Dichos y hechos

Ha coincidido con la furibunda requisitoria del presidente de la Junta y del PSOE, Manuel Chaves, contra la sugerencia formulada por Javier Arenas de una eventual implicación de la Administración autónoma en la corrupción marbellí investigada en el “caso Malaya”, con el “contundente informe de la UDEF” de la Policía Judicial que asegura que los mangantes de Marbella fueron apoyados por alcaldes del PSOE en Almonte y Estepona con resoluciones fuera de la ley, lo que demuestra que toda prudencia es poca a la hora de pronunciarse sobre materias “sub iudice”. De todas maneras, con quien Chaves tendría que cabrearse no es quien lanza aquella sugerencia sino contra un instructor que ya dejó claro en su día que la Junta no fue una perjudicada en el caso sino una “beneficiaria” de los ‘manguis’. ¿No se darán cuenta de que en casos como estos lo mejor es mantener la boca cerrada? Tiempo habrá tras el cierre de la instrucción y, luego, tras la sentencia, para hablar con propiedad. Mientras tanto ni procede acusar a bulto a la Junta ni enrocarse en un gesto inocente en el que nadie puede creer menos que Chaves.

Infierno hospitalario

¿Será verdad que la planta tercera del “hospital de referencia” Juan Ramón Jiménez carece de aire acondicionado –¡con el anticiclón en lo alto y la que está cayendo en Huelva!– incluida la UCI? Cuesta creerlo aunque estos gestorcillos del SAS tienen acreditada (recuerden el infierno estival del “Vázquez Díaz”, aquel ferragosto tremendo en que se llegaron a repartir ventiladores y abanicos) una inigualable capacidad de trocherías e imprevisiones. Un joven sometido a una intervención en el cerebro durante la madrugada del domingo pasado, por ejemplo, ha debido sufrir ese infierno, treinta y seis horas en la propia UCI y el resto en planta, pero siempre a pelo, sin climatización, como si estuviera en un servicio africano. ¡Y no se escucha una voz política, ni por la izquierda ni por la derecha, clamando contra barbaridad semejante! Con los precedentes que existen, es seguro que la gerencia reserva sitio fresco para eventuales incidencias que afecten a próceres y, por supuesto, que esa avería  no la arreglan ya en lo que queda de verano.

La nueva política

Me he quedado de mármol escuchando al lehendakari decir, como quien tira la toalla, que los ciudadanos están hartos de los políticos, incluso de él mismo, cansados de que se les creen problemas y dificultades por los mismos que resultan incapaces de aplicarles luego soluciones adecuadas. No cabe duda de que estamos ante un  pronunciamiento inusitado, desde luego inaudito, que debe de haber caído como pedrada en vidriera sobre la frágil techumbre de esa djilasiana “nueva clase” que ha descubierto en la vida pública un empleo asequible, y con frecuencia vitalicio, que, además no requiere especialidad alguna. Hace poco hizo época la ufana ingenuidad de Pepiño Blanco reconociendo que, con su bachillerato pelado y mondado, cobraba un millón de las viejas pesetas al mes en un país abarrotado titulados en paro o ‘mileuristas’, cuyo salario mínimo está donde está, y en el que las pensiones yacen por los suelos. Pero Ibarretxe no cuestiona este aspecto crucial que es la recluta del político, sino que se refiere, simplemente, a la incapacidad demostrada por toda una ‘clase’ para rematar la tarea por la que el pueblo le paga, y cuya única preocupación notable es la de perpetuarse en el puesto al precio que sea. En su primer mitin andaluz, tras ser elegido por sorpresa jefe de filas de su partido, ZP se dejó caer cándidamente, entre otras promesas “regeneradoras”, con el compromiso de limitar los mandatos políticos, un proyecto que –como le haría notar sobre el mismo escenario un experimentado “apparátchik”– resultaba más desconcertante que en cualquier otra parte en la taifa de Chaves. Algo se mueve, sin embargo, bajo este sólido tinglado cuando hasta el lehendakari se siente rechazado por el gentío y estima que la “clase” en su conjunto está fallando y necesita un  recambio urgente que vaya más allá de los ajustes de cuenta o las jubilaciones de ‘barones’ regionales. Medio siglo de democracia es demasiado incluso para un estamento profesionalizado como el inglés, por ejemplo, pero para una patulea reclutada a manojos resulta tan ruinoso que hasta el lehendakari ha sido capaz de percibir el seísmo bajo sus pies.

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Coincidiendo con la propuesta de Ibarretxe llega desde Francia la consigna de uno de los últimos príncipes del mitterandismo, Jack Lang, quien con el pie en el estribo que le ofrece el irresistible ‘Sarko’, acaba de decir que “ha llegado la hora de dejar paso a una nueva generación”, experiencia que ha de comenzar, según él, por el abandono en masa de la directiva actual, es decir de ésa misma manada de “elefantes” (así los llaman allá) de la que él acaba de separarse voluntariamente para buscar fortuna en la acera de enfrente, dicho sea sin segundas, especialmente en el caso de Lang. Y lleva razón, seguramente, en que no saldremos –ni aquí ni en parte alguna– del agujero de la rutina en el que toda degeneración es posible, en tanto la vida pública no consiga librarse de sus raptores y continúe su carrera desbocada a lomos del toro blanco del cambalache partidista. Los ciudadanos se han vuelto de espaldas a esa vida pública –ahí está el crecimiento galopante de la abstención– ni más ni menos que porque están aburridos frente a una representación absorbida por el comején de su propia supervivencia y cuyo fracaso deben pagar a prorrata los mismos que la mantienen. Y es precisamente esa noción de “mal necesario” lo que transforma la imprescindible confianza democrática en un enconado desdén. Los políticos son hoy el rango peor estimado por la opinión pública, codo con codo con las profesiones infamantes. Hasta un tipo iluminado y poco dúctil como el lehendakari es ya consciente de un problema para el que desde la izquierda francesa se proponen soluciones expeditivas. Nadie protestó nunca contra la magistratura de un nonogenaro como Pertini, pongo por caso. Pero ver perpetuarse a tanto mandria es algo que subleva ya hasta dentro de sus propias filas.

Pinza de cristal

Hemos vuelto a ver juntos a Javier Arenas y a Luis Carlos Rejón, los dos dedos de la famosa “pinza” a la griega que fue la única experiencia verdaderamente democrática que ha vivido la autonomía andaluza en un cuarto de siglo. Arenas habla de “atrevimientos” y “oportunidades”, sostiene, con razón, que el atraso constatado de Andalucía es injustificable para un partido que gobernó tanto tiempo, que si Andalucía ha mejorado no ha sido más que en la medida en que el tiempo ha hecho mejorar a todo el mundo desarrollado, desde Grecia a Portugal, pero que aquí mismo al lado, en Valencia, en Galicia, en Madrid, tenemos ejemplos de “despegue vertical” que, curiosamente, se deben a gestiones de los conservadores. Rejón, por su parte, habla del trabajo perfecto que ha hecho el PSOE “para ahondar en el pseudoandalucismo militante dentro de uan democracia de masas y no de ciudadanos”. Tela del telón. Una “pinza”, siquiera por una temporada, le venía de lujo a este “régimen” rutinizado que agoniza bajo el ferragosto.

Escrito en el agua

Promesas electorales que se lleva el viento, compromisos suscritos en el agua. No habrá AVE para Huelva hasta el 2013 (o sea, hasta que se rematen los demás andaluces), ni enlaces en la costa occidental, ni tres puentes que valgan al paso que va su tramitación, ni carretera Huelva-Cádiz, ni proyectos ferroviarios, ni “desdoble” que valga, ni reapertura de la terminal de mercancías de RENFE cerrada en su día, ni… Ni la aparición de ZP en carne mortal, ni la sombra del paráclito González, ni el respaldo de Chaves han dado de sí más que shakespearianas palabras. Han subido los precios más que en el resto del país, eso sí, y a pesar de los pesares, nos dice quien lo sabe que podemos dormir a pierna suelta sin temor al terrorismo. Algo es algo, que en este caso, sería mucho. Pero del AVE nada, del aeropuerto (un proyecto “guadiana” que se remonta a los primeros años 40), de atascos, todo. Menos mal que las autonómicas están cerca y de nuevo volverán con ellas las promesas, aunque sean escritas en el agua. La Huelva emergente le debe poco al estímulo del Poder. No sé, la verdad, si eso es para reír o para llorar.

La camisa roja

Con motivo del bicentenario de Garibaldi, “el héroe de los dos mundos”, la memoria italiana anda dividida en bandos irreconciliables. Ha salido a relucir la famosa camisa roja, única y de quita y pon que el mítico general usó durante su campaña americana, se oyen voces desmitificadoras que hablan incluso, con la mayor irreverencia, del “brigante aventurero”, se recuerda que su leyenda ha dado de sí tanto como para prestar nombre a unos famosos “jeans”, a unos puros toscanos, a unas galletas inglesas o a una suerte de salmonete frecuente en el otro hemisferio, se inauguran exposiciones, se firman convenios y hasta se da a la luz el curioso inventario de los bienes que aquel célebre insolvente poseyó en su isla de Caprere y que consistía cabalmente en unos cuantos bueyes, doscientas cabras, el doble de pollos, dos caballos, sesenta burros y medio centenar de cerdos. No están conformes con semejantes fastos ni los separatistas de arriba ni los de abajo, que ven en el general a un falso mito del que se habría servido el entonces pobre Norte para hacerse con las riquezas que (entonces) poseía un Sur  próspero, al menos en la imaginación de los ‘separatas’, y que no dejan de recordar de qué generosa manera fue tratado, en fin de cuentas, por encima y por debajo de la conseja popular, el legendario personaje que hasta alcanzó a cobrar su pensión vitalicia como premio a sus desvelos. La cosa ha llegado a tal punto que, en Roma, se han estrechado la mano simbólicamente el último Garibaldi y el heredero saboya en que concluye de momento la estirpe de Víctor Manuel, un poco en plan de arreglar el mundo (para los italianos no hay más mundo que Italia), pero la auténtica guinda del pastel ha sido la publicación de la nota manuscrita que el héroe libró contra el Fisco y que decía ni más ni menos: “Egregio esattore, mi trovo nell’a imposibilita di pagare imposte. Giuseppe Garibaldi”. Así, en dos líneas, con dos bemoles. Le ha faltado tiempo a los objetores italianos para levantar la voz contra el saqueo impositivo y a un puñado de cuerdos para aplicar la protesta a la injusticia que supondría implantar en la República el pretendido federalismo fiscal.

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Por poco coincide con los nones de Garibaldi, como pueden ver, el proyecto de Rajoy de suprimir las cargas patrimoniales y atemperar las de la renta personal, por un lado, y por el otro, con el que la rapiña catalanista ha forzado el paso estatutario hasta perder de vista a los pocos y discretos jacobinos que todavía confían en la virtud equilibradora del centralismo. Pero más me interesa apuntar ahora hacia la  multifuncionalidad de estos mitos políticos que, como el garibaldino, sirven lo mismo para ilustrar el viejo fregado revolucionario que para ambientar ideológicamente la ‘movida’ neoliberal, igual para Craxi que para Spadolini, tan útil para los descamisados del protosocialismo como para los ejecutivos “prêt-à-porter” que aprendieron a hacerse el nudo de la corbata en la Escuela de Chicago. El ministro Caldera predicando antier mismo que la revolución del siglo XXI serán los impuestos y Garibaldi garrapateándole hace dos siglos al recaudador unas líneas someras en las que le declara su heroica decisión de no apoquinar ni un chavo para que lo despilfarre “la Casta”: vean hasta qué punto lleva el paso cambiado este ‘sociatismo’ que no parece haberse enterado siquiera del premio que le han dado a Dährendorf en Oviedo ni de que los publicanos catalanes se han quedado de un plumazo con la butifarra y con las monchetas. “Egregio Esattore”: hay desde el mismo encabezamiento del autógrafo una sombra de burlesca ironía que resuena más divertida en boca del héroe de esa sufrida camisa roja  que mantiene subyugado dos siglos después a un imaginario italiano tan harto de coles como ya lo estuviera el propio mito. Puede que no exista un sistema fiscal justo. El federalismo impositivo no es, tal vez, más que una variante de esa fatalidad.