Apretar el cinturón

Datos de organismos especializados aseguran que la Andalucía opulenta que crece sin cesar por encima de lo imaginable sufre, sin embargo, carencias crecientes en amplios sectores de la población. El veraneo habitual, por ejemplo, ha acusado con dureza el impacto del subidón hipotecario (veinte aumentos en lo que va de año) como lo demuestran los datos sobre la retracción de la demanda de destinos lejanos y caros en beneficio de otros próximos y más baratos. Se habla incluso de que la mitad de los veraneantes habituales habrían suspendido este año ese autohomenaje que tal vez comenzaba a concebirse ya como un derecho definitivo. Hay buenos datos, como en el resto de España aunque no tan buenos como los de otras autonomías, en definitiva, pero el beneficio debe de afectar en exclusiva a los estratos altos y mejor colocados económicamente, no a los populares. La realidad acaba siempre corrigiendo al optimismo. Incluso bajo la canícula.

Rebelión en Almonte

¿Va en serio el plante del alcalde de Almonte, Francisco Bella, sus zurriagazos a la Administración autónoma que gestiona su propio partido, sus inequívocas críticas a los manijeros de Doñana y hasta su leña a los científicos del Parque Nacional, sin contar el rechazo de la famosa valla perimetral que ha hecho que los guasas llamen “Nuevo Guantánamo” a Doñana? ¿O se trata de un reparto de papeles según el cual a Bella le tocaría entretener al personal durante las aburridas calendas del ferragosto, lo mismo cuestionando la sacralizada política de protección del lince que prometiendo mano de hierro en el urbanismo de la costa? No lo sé, pero así empezó el singular alcalde Rafael en Ayamonte y ya vieron el desenlace. Lo que está claro es que ese alcalde del PSOE pone a parir a la Junta a la que acusa de obrar sin pedir siquiera permisos municipales o de adoptar medidas que, a su juicio, no tienen sentido. El tiempo dirá. Si acaba en el tejado es que iba en serio; si no le ocurre nada es que anda tocando el violón.

El profeta solo

No hay que darle demasiada importancia a la reacción oportunista del independentismo y del catalanismo en general ante la trágica muerte del cura Xirinacs. Los profetas son gente incontrolable y como tal no suelen ser aceptadas ni por los poderes que combaten ni por los que apoyan, como demuestra sobradamente la biografía de Xirinacs, el senador más votado de España que, sin embargo, fue evitado por todos y cada uno de los partidos catalanes en sus listas, legislatura tras legislatura, hasta llegar a este final solitario — su suicidio en el bosque parece una meditada ilustración de su aislamiento– que viene a ser el colofón de una vida extraviada en el laberinto de su radicalismo. El elogio unánime de esa tropa farisea, que parece dispuesta a sublimar en otro falso símbolo a un hombre demasiado conocido, pone en evidencia que ni siquiera al extremismo –¡y para qué hablar de las templadas burguesías!– aceptaron jamás las formas pero, sobre todo, el fondo, de una utopía contrahecha que ha rematado ingenuamente con esa inclusión de Italia entre las “potencias ocupantes” de una imaginaria Cataluña sometida. Ni siquiera en los tiempos famosos de sus “plantadas” en la Cámara o ante la ‘Modelo’ barcelonesa logró ese profeta solitario un mínimo respeto, como demostraron los desiertos hemiciclos que acogieron sus soflamas o las despreciables chuscadas que alguna vez le dedicara impunemente Cela. Ahora pueden decir unos y otros lo que les convenga, pero la verdad es que a Xirinacs no lo aceptó nadie en el catalanismo militante, fuera de una minoría exaltada, y que a ninguno de sus capataces se le pasó por la cabeza incluir en su proyecto a un iluminado que se declaraba amigo del terrorismo, encontraba en los etarras “una mica de noblesa” y prefería las “Lleis de Pau i Treva” del abad Oliva a la Convención de Ginebra. Un tipo peligroso, en suma, no sólo para Pujols o Maragall sino para el propio Carod.

xxxxx

Algún día alguien desacomplejado abrirá la veda de los padres de la patria sacralizados sin ton ni son por esta democracia bizcochable e ignara. Dirá, por ejemplo, lo que todo el que haya leído su obra escrita sabe, es decir, que Sabino Arana era un insensato arrebatado capaz de fulminar el sentido común con las improvisaciones más peregrinas. O que Blas Infante, al margen su dignidad personal y su trágico fin, no legó un pensamiento coherente para basar la autonomía efectiva sino el testimonio idealista de un regionalismo insostenible históricamente y rayano en la comicidad en sus concreciones políticas. No creo siquiera que el insigne Castelao (Rodríguez de primer apellido, por cierto), a quien tanto admiro, aceptara ni loco ese título apabullante pero Artur Más se fue alguna vez al monasterio de Ripoll para ceñir la corona imaginaria en la cabeza de Gifré el Pilós antes de desayunar públicamente con el presidente del Barça. ¿Qué iba a hacer Xirinacs en semejante planeta, cómo entenderse con estos ‘comediants’ que lo mismo han pactado con el ‘españolismo’ de derechas o de izquierdas, indistintamente, cada vez que se lo han ofrecido? Jeremías o Ezequiel distinguían entre los profetas enviados y los que hablaban por cuenta propia, seguros de que junto a los genuinos “nabi”, hombres de Dios, figuran con frecuencia los “nabim” de Baal de que habla del Libro de los Reyes. Duro destino el del profeta convencido, falso o auténtico, ingenuo o cínico, y triste broma del destino ver a sus despectivos antagonistas grabar su nombre en el miliar de la memoria. Ni locos se tomarían en serio a Xirinacs ninguno de esos régulos de la taifa para los que, durante tantos años, no fue más que un payaso o simplemente un desquiciado. Como no se toman a los demás “padres” –en ninguna parte– los mismos que viven de su memoria reinventada. Un profeta se puede suicidar por esta razón y no enterarse siquiera.

El secreto a voces

Los trabajadores que Delphi empleará en Tánger van a cobrar un salario seis veces inferior al que cobraban los de Puerto Real. Eso es todo, así de fácil, y por eso mismo resulta llamativa la relativa conformidad de los responsables sindicales y representantes de los parados, ciegos voluntarios a la hora de valorar la actitud de la Junta. La propia voz de los trabajadores insiste en estas mismas páginas en que lo del futuro y la esperanza que se abren a la Bahía es una realidad que está ahí y, quizá por eso mismo, desde la Junta ni se sabe ni se contesta sobre cual ha sido el auténtico plan de esta deslocalización programada hace tanto tiempo como se necesita para establecerse en Marruecos. El tiempo pasa visto y no visto, en todo caso, y no tardaremos en comprobar que las promesas de nueva actividad e inversiones nuevas era puro camelo. Para entonces, eso sí, Delphi se habrá ahorrado ya sus buenos duros contratando en plan basura a los mismos que nos llegan aquí en patera.

Síndrome Valderas

Fue tremendo escuchar a Luis Carlos Rejón, excoordinador de IU (cuando IU tenía 20 diputados), hablar en Punta Umbría, el viernes pasado, de los traidores de IU (“mientras más cercanos, más traidores”, llegó a asegurar), cogerle al vuelo su ironía sobre el fracaso de Valderas en Huelva, tomar nota de su varapalo a la política de sumisión y vasallaje a que el PSOE ha logrado someter, a fuerza de prebendas, a la otrora rebelde coalición de la izquierda. Pero lo duro es contrastar esa reprimenda con la conducta efectiva de Valderas y los suyos, dedicados en cuerpo y alma a bailarle el agua al PSOE lo mismo en Valverde que en Bollullos, lo mismo en Aracena que en la capital, simples intermediarios del “aparato” que paga y manda, simples ganapanes que viven de unas siglas. ¿De qué viviría Valderas fuera de IU? A esa dura pregunta cabría contestar acaso que de lo mismo que la mayoría de sus adláteres: de nada.

Fuera de la ley

No le falta razón, en cierto sentido, al expresidente extremeño, Rodríguez Ibarra, al protestar por la difusión generalizada de la acusación formulada por El Solitario sobre la presunta muerte por error de un pastor al que habrían confundido con el bandido, y la posterior ocultación de esa atrocidad por parte del propio Ibarra y del exgeneral Galindo. Hay cosas delicadas que no pueden acreditarse con el simple testimonio de un delincuente y, ciertamente, en este caso la acusación es de una gravedad que exigiría, por lo menos, alguna aclaración. El problema es que sobran precedentes de barbaridades semejantes que, incluso conocidas y requetepublicadas, no han producido el menor efecto jurídico ni político. Recuerden el caso del mendigo secuestrado y asesinado en Madrid por agentes del servicio secreto, por poner un caso, o el propio caso Lasa y Zabala, ya juzgado, que confirmó la inconcebible barbarie de unos hechos por los que la Justicia condenó precisamente a Galindo. Más recientemente, ahí está el supuesto montaje organizado por el mismo Ibarra, tras el atentado de Atocha, para facilitar apoyo logístico a Vera mientras éste informaba a su partido, en lugar de al Gobierno legítimo, sobre la autoría del golpe. O el chivatazo que salvó a los recaudadores etarras de ser detenidos y cuya investigación duerme el sueño de los justos en las acogedoras gavetas de algún juez. La protesta de Ibarra tendría sentido pleno si en España se respetara la legalidad y los desafueros constituyeran siquiera aisladas excepciones, pero difícilmente puede tenerlo en un panorama en el que la ilegalidad presunta e incluso patente ha llegado a ser no sólo frecuente sino habitual. Un pastor muerto por error en un descampado no parece nada del otro mundo considerado lo que sabemos que viene ocurriendo hace tiempo en el que vivimos, y la eventual ocultación de ese presunto crimen mucho menos todavía. A Ibarra es natural que le moleste la imputación directa y sin pruebas que le hace un delincuente, pero no lo es que pueda sorprenderse de un hecho que no deja de ser al menos verosímil dadas las circunstancias. Y ya puestos, tampoco que se apunte a quien, como él, no es nuevo en la crónica conspiratoria. Lo curioso y grave, a mi juicio, es que lo de menos en esta historia sea la posible muerte del pastor, es decir, que de todo el cuento lo más asumido como verosímil sea ese hecho tremendo que en cualquier democracia solvente hubiera pasado ya a mayores.

xxxxx

El problema estriba, como decía, en que la mera imputación de un forajido sin la menor prueba de lo que denuncia, pueda colar de matute en una opinión que ha visto ya demasiadas barbaridades como para seguir confiando en el rigor de la autoridad, en especial si convalece aún del soponcio que pudo producirle la comparecencia pública del jefe de los espías o la noticia de que, mediante cohechos impunes, esos espías manejan los datos reservados de la Seguridad Social no sólo para controlar ciudadanos sino para recrear con ellos muertos vivientes útiles en sus enredos y manejos. Es grave e injusto, quién lo duda, que se acuse a Ibarra de ocultar el asesinato de un pastor por parte de las fuerzas de seguridad, pero mucho grave resulta, hay que insistir en ello, que hayamos llegado a un punto en que esa probable patraña sea aceptada como posible por los ciudadanos en lugar de ser rechazada como inverosímil, que sería lo natural que ocurriera en una sociedad libre de tantas sospechas. Ibarra se equivoca al apuntar contra los ‘medios’ en lugar de preguntarse qué circunstancias han hecho posible que la improvisada acusación de un maleante sea admitida, de entrada, por una opinión pública que no se extraña ya de que la autoridad secuestre, torture, asesine o entierre en una fosa con cal viva a quien cree oportuno, ni de que desde las alturas del Estado se colabore en montajes como el mencionado. El Solitario no es el problema e Ibarra, por supuesto, lo sabe de sobra.