Palabras mayores

 

No deben pasar desapercibidas la gravísima acusación vertida por el coordinador de IU en Bollillos acusando a un asesor del Ayuntamiento nada menos que de falsificar el acta de unas controvertidas oposiciones para cubrir plaza de policías municipales. Por mucho menos ha debido dimitir hace poco el alcalde de El Puerto de Santa María pero, en cualquier caso, hay que suponer que IU tiene pruebas o testigos para lanzarse al vacío de esa forma, en cuyo caso debe sacarlas inmediatamente a la luz tras entregarlas en el Juzgado. Y si no las tiene y se limita a lanzar el bulo, resultaría sospechoso incluso que el Ayuntamiento (el acusado, allá él) no se querellara contra el acusador y le exigiera responsabilidades como es debido. Salir con la monserga de que IU anda nerviosa y con malas perspectivas electorales no es suficiente. Si el gobierno locald el PSOE no se va derecho a los tribunales habrá que sospechar que algo oscuro hay en esas oposiciones.

La campaña

 

Lleva razón Javier Ortiz –y lo raro es que en este país tan costero no se haya escuchado esa protesta más que en raras ocasiones—cuando dice que a ver si se enteran de una vez las autoridades de que ni las pateras son pateras ni los cayucos, cayucos. No lo son, desde luego, como sabe cualquiera que haya vista alguna vez una patera o, cuando menos, se haya tomado el trabajo de consultar el Diccionario de la RAE, pues por ambos caminos se llega a la conclusión de que esas embarcaciones carecen de quilla, es decir, tienen un fondo plano que no es el caso de las que salen en el telediario, ni tendría lógica que con esa configuración fueran capaces de hacer travesías tan exigentes como las que, por desgracia, se ven obligadas a afrontar. Queda claro, pues, ni pateras ni cayucos, y quede al mejor criterio de náuticos y gramáticos adoctrinarnos de una vez sobre la denominación apropiada de esos ingenios, aunque mucho me temo que la autoridad no está demasiado preocupada, y le sobra razón, con ese tema terminológico. La autoridad anda dividida, eso sí, entre la imagen tonitronante de la vicepresidenta del Gobierno y el pamplineo ése del proyecto de campaña disuasoria que, a quién se le ocurre, parece que es todo lo que al Gobierno se le ha ocurrido una vez en la certeza de que la invasión migratoria no va a pararla nadie sino que va a crecer cada día que pase, llueve o ventee, con mar gruesa o calma chicha. ¡Una campaña disuasoria en Senegal! Uno daría algo por enterarse de cómo ha surgido la idea de ese descomunal disparate que si para algo sirve es para orientarnos sobre la temeraria insolvencia de unos responsables que no tienen ni la menor idea de qué puede hacerse para atajar un fenómeno que, no nos engañemos, no se ha producido de ayer para hoy sino que viene anunciándose a sí mismo desde hace años y de modo creciente. Y más todavía, por saber en qué va a consistir la campaña, si es que llega a organizarse en serio alguna vez, que lo dudo, en una sociedad que malvive en régimen de subsistencia y acosada lo mismo por el fantasma de las feroces guerras regionales que por la hambruna crónica o la epidemia galopante. No son más tontos porque no se entrenan, me dice alguien. Ya me dirán cómo le llevo la contraria.

xxxxx

Insistiré en que el tirón migratorio, la ilusión del paraíso es indisociable de la autopropaganda de las sociedades mediáticas, de la promesa virtual de un edén seductor en el que la lucha por la vida hace tiempo que habría fraguado su armisticio y en el que, de creer en los mensajes de la tele, los coches poco menos que se regalan, los créditos cuelgan maduros del árbol del Bien y del Mal y las broceadas muchachas se desnudan para cruzar la piscina hasta donde las espera un varón fragante a la última colonia. ¡Enseguida van a convencer a esas masas en buena medida tribalizadas aún, analfabetas en su inmensa mayoría, hambrientas y ociosas, de que en el paraíso imaginario van a estar peor que en su infierno real! Hombre, alguien se pondrá las botas con la campañita, eso por supuestísimo –como dicen la ‘basca’ y el ministro de Interior– pero daría algo por asistir a alguna de esas sesiones que ni se me ocurre cómo ni dónde lograrían organizarlas en esos países descoyuntados por la necesidad y explotados por las oligarquías locales socias de Occidente. No se me ocurre, en fin, qué podrán decirle al deslumbrado televidente africano para convencerlo, a estas alturas, de que toda esa propaganda nuestra es más bien falsa y de que aquí, mal que bien, va a estar peor que en su patria imposible. Anden, vayan a Senegal con la pizarra a ver si pica alguien y luego nos lo cuentan. Pero mientras tanto el Gobierno habrá ganado tiempo aunque la avalancha siga y la tragedia no se detenga. La política es el arte de lo posible. Nunca una jodida idiotez resultó más ilustrativa de una realidad.

Juicio impopular

 

No es justo ni cierto que las protestas por la lenidad con que la Justicia trató a Farruquito en la anterior sentencia fueran producto del deseo de venganza. Se trata sólo de sentido común y de legítima aspiración a la igualdad ante la Ley. De sentido común, porque no hay manera de explicar que la responsabilidad por los tremendos delitos que cometió ese artista puedan liquidarse con una sanción simbólica y una multa asequible. De aspiración a la igualdad legal, porque nadie puede dudar de que si llega a tratarse de un ciudadano anónimo este trágico caso hubiera sido solventado con muchos menos miramientos. Hasta se ha dicho, retorciendo la obviedad, que Farruquito era una víctima de su popularidad y, para que nada faltara, del racismo latente. Y no, Farruquito es si acaso una víctima de la arbitrariedad de su conducta irresponsable hasta un límite extremo. Causar una muerte y mentirle a la Justicia no son cuestiones menores sino gravísimos delitos. A los que dicen que al bailaor se le ha hecho un juicio popular hay que contestarle que lo que fue impopular fue la anterior decisión de los jueces.

Un alcalde distinguido

 

Se ha ido Antonio Segovia, probablemente el político más distinguido (y tomen el término como mejor les plazca) que ha tenido Huelva, el alcalde más joven de España que era capaz de meter a Huelva en los despachos de Madrid cuando Huelva era un rincón del mapa que ignoraban hasta sus gobernadores. Político de simpatías, imaginativo, un punto fantasioso, pero también gestor de obras de enorme importancia relativa en una capital que era todavía un poblachón con calles mal adoquinadas y calles con alumbrado precario. Con Segovia, Huelva dio un salto notable en plenos 50 y hay que decir en su abono, porque es la realidad, que supo marginar la sombra política de la dictadura como si con él no fuera la feria. En una ciudad a donde los funcionarios todavía venían “castigados”, él abrió una etapa de modernidad imprescindible que sirvió de base a lo que vino luego. Liberal y fundamentalista del onubensismo, soñador y práctico, distinguido como pocos, fue Segovia un gran profesional que lo dejó todo por la política. ‘Rara avis’. En Huelva hay mucha gente que sabe que todo eso es verdad.

Materia y espíritu

 

En mi maniático seguimiento de las imaginaciones científicas, acabo de encontrar una experiencia que me devuelve intacta la vieja paradoja del interés de los sabios por las cuestiones metafísicas. Se trata de la investigación llevada a cabo por dos investigadores canadienses tratando de establecer un mapa cerebral –¡otro!—en el que estuviera claramente determinada, a ser posible, la región neuronal sede de la experiencia mística, hace unos años “descubierta” por partida doble en un punto bien determinado y único del córtex. Los sabios a que me refiero, MM. Beauregard y Paquette, han concluido con rotundidad, según afirman en un artículo aparecido en las ‘Neuroscience Letters’ que, lejos de producirse en un lugar solamente, los éxtasis y transportes religiosos implican por lo menos a una docena de regiones cerebrales y están relacionados con determinadas reacciones de carácter metabólico y naturaleza eléctrica que afectan simultáneamente al ejercicio de bastantes funciones sensitivas y motrices. De cobayas han hecho esta vez quince monjas carmelitas que han ofrecido a la Ciencia sus cerebros para que la resonancia magnética contribuyera, a su manera, a explicar la experiencia religiosa, lo cual es mucho más explicable y menos contradictorio que el afán de los científicos por intervenir en el área espiritual. Hace tiempo que se señaló la contradicción que suponía el interés de la ciencia social, desde Durkheim a Max Weber, por unas cuestiones metafísicas que eran precisamente las que esas disciplinas trataban en teoría de desterrar, lo que los obligaba, por obvias razones epistemológicas, a trabajar sobre las mismas realidades negadas en nombre del saber secularizado. Los mismos sabios a que hoy nos referimos empiezan por dejar claro que su incursión en la mística para nada presupone la creencia en esa divinidad que, lo admitan ellos o no, ha de estar al otro lado del hilo si es que el sublime deliquio se produce realmente. La doctora Teresa se hubiera tronchado ante estas paradojas seculares que, ciertamente, no dejan de ser divertidas.

xxxxx

Se ha citado más de una vez a esta respecto la frase de Chesterton: “Cuando un hombre deja de cree en Dios, no es que ya no crea en nada, sino que cree en todo”. Y verdaderamente no deja de ser curioso el interés de tantos científicos no sólo ‘sociales’ sino ‘naturales’ en asuntos que pertenecen al mundo que se trata de negar o que conciernen a valores que son los mismos que se trata de erradicar y sustituir. Estos días se discute por ahí el curioso fenómeno de afirmación religiosa observable en la actual sociedad japonesa sin perjuicio de la profunda secularización que ha contribuido a la modernización del país, en contraste con la secularización a palo seco que viven las sociedades occidentales en las que la racionalización científica y la autonomía del individuo han conseguido volcar el sistema tradicional. Pero experiencias como ésta de los neurólogos canadienses nos devuelven intacta, como decía, la paradoja que supone esa suerte de materialismo claudicante y esa ciencia secularizada pero incapaz de zafarse de la tentación metafísica. Hay por ahí algún museo que conserva en formol, en plan doctor Frankenstein, el cerebro de Eisntein alineado con el de otras celebridades, con la esperanza de descifrar en el laberinto de sus circunvoluciones el croquis revelador del genio o el mapa del talento, un proyecto que, en definitiva, se ha saldado hasta ahora con un fracaso rotundo. Pero estos sabios majaretas, al menos, se mantienen a pie firme en su paradigma materialista, mientras que los que traigo a colación prolongan la secular extravagancia de una ciencia autónoma que no acaba de despegarse, de una vez por todas, del viejo tronco metafísico que venían a trocear con ínfulas de aizkolaris. Mientras los fundamentalistas prohíben a Darwin en las escuelas, la Ciencia busca en el cerebro el nicho del trance. Alguien dijo que la paradoja es el nombre que los idiotas dan a la verdad.

Proyectos de lujo

 

Lleva razón el consejero Zarrías al reputar excepcional un proyecto musical dirigido nada menos que por Barenboim, aunque no tanto en subrayar ingenuamente que ese proyecto faraónico sirve para demostrar “que es posible el entendimiento frente a las bombas y a las guerras”. Hombre, sin exagerar. El montaje del Diván es culturalmente inobjetable aunque algo menos que sea una región pobre como Andalucía la que tenga que hacer el gasto en lugar de, pongo por ejemplo, el mismo Gobierno del Estado. Y desde luego, si se objeta ante él el estado precario de nuestros conservatorios, no es cierto eso de que “todo es compatible”, sencillamente, porque a la vista está que no lo es. Barenboim ha dicho que Chaves es el estadista más receptivo ante la Cultura y eso vale un dinero, no lo discuto, pero no cuestiona la crítica que llama megalómana a esa empresa cultural.