¡Ay, Europa!

Leo bajo la canícula el inquietante libro de Jürgen Habermas “Ay, Europa”, publicado hace unos años, junto a un texto reciente del maestro que me envía traducido el constitucionalista Antonio López Pina, que anda muy preocupado con la incomprensión alemana de lo que la Unión puede y debe significar si no quiere verse expuesta a repetir cada poco atolladeros como el del pleito griego que acabamos de “resolver” (es un decir). Habermas acentúa su crítica a la visión política que ha reducido el proyecto europeo a una simple unión monetaria, dejando correr los años sin acometer nunca la prometedora tarea de poner las bases de una unión fiscal y política que permita –siempre en un ámbito federalizante—que si no nosotros, al menos nuestros nietos puedan tenerse algún día por europeos de España, de la misma manera que un ciudadano de Utah o de California se considera ciudadano norteamericano por encima de su naturaleza local. No es posible –acaba de comprobarse de manera dramática—aspirar a un buen orden europeo mientras sólo dispongamos de instancias financieras comunes o, lo que es lo mismo, en tanto que no logremos equilibrar razonablemente el reparto de las cargas y acercarnos al ideal de un conjunto unificado en el que la decisión política se autoimponga por encima y respetuosa sobre las voluntades particulares.

Una idea de Europa como la actual ha sido capaz hace unos días de arrebatar a uno de sus miembros nada menos que su soberanía al forzarlo a aceptar que sus leyes hayan de ser autorizadas por los países acreedores o a depositar sus activos en un fondo administrado por terceros y desde fuera. Los EEUU de Norteamérica, que tanto idealizó Tocqueville, fueron posibles sólo tras un largo proceso de renuncias locales que –incluso tras una cruenta guerra civil—hubo de ser sustituido por una Constitución común que, a salvo los derechos de cada federación, respaldara un poder único y, llegado el caso, indivisible. Pero Habermas, mirando de cerca, insiste en que los acreedores no pueden sustituir a los ciudadanos, ni la Unión seguir su curso sin una política exterior común, ni Alemania vivir desde su egoísmo el corto plazo, ni Europa en su conjunto replicar el desorden interno que rige la relación mundial globalizada. No se trata de salvar el euro sino de instituir una Europa creíble y capaz. De que nuestros nietos, como decía, lleguen a considerarse europeos españoles, concepto bastante más amplio que el de españoles europeos.

Pantomima transparente

Esto de las declaraciones de patrimonio con que se entretienen nuestros políticos no es más que una pantomima. ¿O es que no sabe hasta el más lerdo que la fortunita de cada cual puede ser camuflarse de mil maneras? Que Chaves, personaje tan ordenado y, por fortuna, sin ningún contratiempo gravoso en su biografía, nos diga que, tras toda una vida con sueldo de ministro –nunca lo tuvo menor aunque sí mayor—se retira de la vida pública con el equivalente a un par de milloncejos de pesetas, más parece una burla y hasta un escarnio que una declaración veraz. Tendrán que inventar algo más ingenioso si pretenden que los contribuyentes acabemos por creernos que nuestros impuestos no van más que a donde tienen que ir.

Volver a estudiar

Cuando llegue septiembre y el anticiclón nos permita un alivio es posible que vea la luz un libro de máximo interés para entender a fondo y contemplada de cerca la circunstancia española del porfiado siglo XIX. Se trata de la autobiografía de Antonio María García Blanco, el cura ursaonense “exaltado” y republicano que vivió casi todo el siglo con los ojos bien abiertos, fue catedrático de hebreo en Sevilla y Madrid y, con posterioridad, maestro de su paisano Rodríguez Marín, amigo de don Juan Valera y sobre el que Menéndez Pelayo, a pesar de los pesares, se deshizo más de una vez en elogios. Ha sido, cómo no, el incansable Manuel Moreno Alonso quien ha rescatado esa obra que, según él, bien leída, podría dejar temblando al paradigma convencional de una historiografía que ha ignorado a nuestro sabio y que, por otra parte, tan diferentes versiones nos aporta sobre esa grave porción de nuestro pasado, ahora en revisión no poco intensa. Un tipo tan equilibrado y culto como Serrano Sanz dijo de ese nuestro cura rojo “avant la lettre” que fue personaje tan sabio como extravagante a pesar de su influencia determinante sobre su citado discípulo, Azcárate o don Fernando de Castro, pero eso no debe sorprendernos en este país en el que el mucho saber suele tomarse por extravagancia, nota de suyo tan malévola como insignificante que alguna vez he comprobado que se aplicaba –ah, la insuperable envidia hispana—a mi amigo Moreno Alonso, el talento más activo de nuestra historiografía decimonónica. Paciencia , Manolo, y anchas espaldas, ya sabes.

La autobiografía apenas es trabajada hoy, con todo y haber sido editorialmente tan estimada en otros tiempos, pero es indudable que pocos testimonios puede haber más preñados de la circunstancia vital que ese ejercicio, por lo general vespertino, en que el gran hombre pasa revista a sus éxitos y fracasos, y de paso ajusta las cuentas póstumas que en vida no suelen pasar sin réplicas y aun quebrantos. Testigo y víctima de aquellos vaivenes –me asegura Moreno–, Blanco aporta claves que bien pudieran forzarnos a revisar muchas de nuestras certidumbres, sobre todo a la hora de comprender el papel de la “inteligentsia” y, más si cabe, en el jugado por el clero, sobre cuyo sector afrancesado el propio Moreno acaba de ofrecernos un relevante ensayo. Le temo a estos encuentros con mi amigo Moreno que rara vez no me obligan a revisar lo sabido para volver a empezar.

Amistades imparciales

Dice el consejero-fiscal, Emilio Llera, que poca relevancia tiene el hecho de que la jueza sustituta de Mercedes Alaya, es decir, María Núñez Bolaños, mantenga con él una íntima amistad. ¡Pues claro que el hecho no tiene por qué ser sospechoso, faltaría más! En su día fue Guerra quien, exprimiendo la gramática, dejó caer que Alaya había mantenido una relación íntima con Zoido, malicia que de poco le valió. Hemos llegado a un punto en que la sospecha se ha generalizado tanto como la confianza en lo público fue debilitándose, y eso en nada puede ayudar políticamente a regenerar este clima cada día más irrespirable. Lo que haga la juez vamos a saberlo pronto. Entonces y no ahora cabrá juzgarla a ella por sus hechos y no por cuatro dimes y diretes.

No pero si

Se engañaban quienes apostaron por una solución venial del enredo griego. No era verosímil que una “unión monetaria” como es la UE plantara ese peligroso precedente siendo como es todavía un club con socios de dudosa solvencia. Fueron los griegos, por lo demás, quienes falsificaron la contabilidad para conseguir su ingreso y también quienes hace poco decidieron interrumpir el complejo proceso de recuperación planteado por los que pretendían sanear en lo posible la enorme llaga financiera, para ponerse en manos de unos buhoneros que vendían amables crecepelos y varitas mágicas, olvidando que en este perro mundo, cada vez que uno gana un duro, otro lo pierde. ¡Cómo van a sacar a Grecia del euro, quién osaría romper la baraja por un quítame allá unos doscientos mil millones de euros extraviados en la faltriquera griega!, decían muchos. Otros, menos fantasiosos, acertaban al pensar que no se trataba de que la señora Merkel fuera otra “dama de hierro”, sino de que ninguna compañía seria podría asumir el desfalco griego sin correr un riesgo extremo. Y en efecto, han ganado los “ultraconservadores europeos”, como dice Tsipras, o sea los “prestamistas” de que hablaba Varufakis, de tal manera que, al final del cuento, los propios “antisistema”, los neobolches pupulistas, han debido aceptar condiciones bastante más duras que las que presumía su jactancia. Grecia puede salvarse ahora, aunque sólo si cumple a rajatabla el compromiso adquirido en el último minuto y, no obstante, la imagen del “corralito” tardará en desaparecer del telediario. A ver cómo se lo explica ahora Tsipras al personal.

Veremos qué efecto produce el fracaso de Syriza entre sus correligionarios españoles de Podemos y sus franquicias, hoy socios del PSOE en relevantes instituciones nacionales. ¿Entenderán que una cosa es vender humo en Venezuela y otra por completo distinta trajinarse a los “hombres de negro” del neoliberalismo continental, o seguirán adelante con los faroles, ya que los manijeros de nuestro populismo saben lo poco que tienen que hacer fuera del círculo mágico de su ilusorio equívoco? Grecia, entre grandes sacrificios, es cierto, iba camino de un notable crecimiento hace seis meses, mientras que hoy está instalada en una recesión de imprevisible alcance, lo que ha obligado a los antisistema a pactar su tercer rescate en las más duras condiciones. El votante español ha de mirarse en ese espejo antes de que los prestidigitadores lo planten ante un cajero cerrado.

Al mejor postor

Hay mar de fondo a propósito de los medicamentos “genéricos” que, fabricados en la India y otros paraísos laborales, compra la Junta en subastas. De mis dos pócimas prescritas, una debo comprarla en su versión genuina porque mi médico no se fía, y de la otra, la farmacia ha de darme la auténtica porque no tiene existencias de la que impone la Junta. ¿Cabe fiarse de este sistema, merecen confianza los “genéricos” o es mejor no probar suerte con ellos? Ahora se pide desde la oposición que se supriman las subastas, ese recurso tercermundista cuando menos sospechoso, que hace poco obligó al Gobierno a retirar la tira de “genéricos” impropios o dañinos, eso no hemos llegado a saberlo. ¿Lo sabremos algún día?