La mudanza humana

He pasado la prueba del Planetario tendido sobre los cojines puff y atento a los comentarios de mi nieto. Lo he hecho a sabiendas de que mirar al cielo produce vacilaciones en la fe al tiempo que exalta la imaginación mítica hasta límites imprevisibles, pero también estimulado por las noticias que constantemente nos hacen llegar los astrónomos sobre una eventual migración de los terráqueos a otro planeta. La cúpula celeste es hipnótica además de colosal y, contra la imagen que suele ofrecernos la noche despejada, resulta que es dinámica a más no poder aparte de insondable, y se revela como un ámbito misterioso que adormece los sentidos y nos cala hasta el fondo con sugestiones trascendentes. Dicen que la sonda Gaia, lanzada hace un par de años, anda instalada en un punto ideal, a 1’5 millones de kilómetros de la Tierra, desde el que podrá catalogar más de mil estrellas sólo en nuestra Vía Láctea, amén de cientos de miles de objetos celestes desconocidos como exoplanetas, enanas marrones y, probablemente, millones de asteroides. Por su parte, tres sabios yanquis, aplicando un algoritmo estadístico a los datos suministrados por el satélite Kepler, acaban de romper la prudente baraja al afirmar que en nuestra galaxia hay nada menos que ¡42.000 estrellas similares al Sol!, acompañadas de 603 planetas potencialmente habitables en el futuro, una vez que “sapiens sapiens” acabe de destruir el propio. Me remuevo incómodo sobre mi puff abducido literalmente por el paisaje brillante y abigarrado al que nos asoma el telescopio y comprendo como nunca la elevación que inducía a los pascalianos a la oración panteísta.

No me imagino ese éxodo de la Humanidad a un nuevo hogar que, en el mejor de los casos, parece que estaría a doce años-luz del nuestro, inmerso en el caos armónico, valga el oxímoron, de ese universo inconmensurable pero atestado y al que, curiosamente, sólo conocemos a posteriori encerrado en el enigma mayúsculo de la inmensidad. Y me abandono a la contemplación de la cúpula envolvente en la que desconcierta el vértigo que inspiran los cuásares y galaxias innumerables empeñados en una danza sin fin cuya partitura desconocemos. ¡Abruma pensar que tan vasta inmensidad no es sino un mínimo rincón de ese cosmos “finito, curvo e ilimitado” del que habló Einstein! “Todo calla: solo mi corazón habla en el silencio. La voz del Universo es mi inteligencia”. Entre Lamartine y mi nieto me ayudan a levantarme, todavía deslumbrado por la oscuridad.

Usar y tirar

En Andalucía los funcionarios no han cobrado –ni se espera que, salvo el prodigio, empiecen a cobrar antes de febrero—mientras que en el resto de la patria el Estado cumplió ya con sus acreedores. Pero doña Susana y ese basilisco que es la consejera Montero llevan y traen cuentos cuya moraleja es siempre la misma: la culpa de que la Junta no pague la tiene el ministro Montoro. Los funcionarios nunca fueron conscientes de su fuerza y han venido permitiendo siempre que los políticos los utilicen como se utiliza un cleenex, en plan de usar y tirar. ¿A qué esperan los sindicatos (los trincones y los otros) –hay que preguntarse—para reclamar ante un mangazo como el de la paga suprimida? Y los funcionarios para irse el Juzgado, que ésa es otra.

Defensa obligada

Me reprocha un amable lector –y no es la primera vez que lo hace—dos yerros que, según él, deterioran si es que no arruinan la razón que pueda animar mis columnas. Es el primero, mi insistencia en la tesis de que la Derecha no es tanto un “pensamiento” como una “actitud”, y la segunda mi presunto prejuicio contra las clases favorecidas por la fortuna –entre las que, por otra parte, agradezco siempre a la Providencia mi inclusión entre sus capas moderadas–, un complejo que protesto no haber padecido nunca. Mi censor no me perdona un libro ya lejano, “Hablar con propiedad”, en el que reuní una ciertamente mejorable antología de frases de Derecha, tras desplegar una explicación conceptual que, a pesar de tantos cambios como hemos vivido desde entonces, me sigue pareciendo válida. Quería yo y quiero decir que –incluso respetando las modernas aportaciones liberal-conservadoras de un Hayes o un Milton Friedman—el pensamiento utópico, que es el patrimonio de la izquierda, anduvo siempre más al hilo de la filosofía, mientras que el ideario pragmático de los conservadores se alivió por tradición más concorde con el impulso que con el raciocinio. ¿Cómo explicar si no ese supremo “ser es defenderse” alrededor del cual giró siempre Maeztu, o ese “la pobreza es signo de estupidez” que Calderón Collantes largó en el ambón del Congreso?

En aquella ocasión recogí de don Severo Catalina la afirmación de que “los pobres dignos y resignados…merecen nuestra simpatía y veneración”, junto con el convencimiento de Concepción Arenal de que “cuando el pobre no tiene hambre ni frío, está contento”, enorme ventaja, a su juicio, respecto al rico insaciable. Claret decía que “cuando uno es pobre y lo quiere ser, lo es de buena voluntad y no por fuerza, entonces gusta la dulzura de la virtud de la pobreza” y Sardá Salvany –el autor de “El liberalismo es pecado”—que “el pobre es siempre como un menor en la gran familia cristiana”. Bueno, no se trata de reproducir mi antología y menos mi alegato, sino de representarle a mi lector crítico, siquiera sea con brocha gorda, un paisaje dialéctico que, a pesar de los pesares, sigue vivo y coleando porque la idea de que siempre habrá ricos y pobres no deja de ser un grato excipiente para el tósigo intratable de la desigualdad. Ahí dejo esas muestras elocuentes con la esperanza de que llegue el día en que no se confunda entre nosotros la aspiración a la humana utopía con el delirio jacobino.

La nueva “pinza”

Ya hasta el portavoz de la Junta reconoce que está tomada la decisión de ejercer durante toda la legislatura el derecho de veto impidiendo en la Mesa del Parlamento cualquier iniciativa de la Oposición. Contando con que Ciudadanos –esa esperanza blanca catalana—se abstenga en cada ocasión y sirva al PSOE de tácito mamporrero. Me dice un amigo desde Barcelona –uno de la “vieja guardia” de C’S, cuidado—que todo este que está ocurriendo allá y aquí no es que sea atroz, es que resulta “chusco”. Sí, pero la “pinza” está ahí y ahora al PSOE no le parece mal como cuando se la hicieron a él. El “régimen” andaluz lo sostiene ahora, incompresiblemente, el “regenerador” más cualificado de esta nueva y desastrosa política.

País demediado

En la barra del bar desde donde sigo el escrutinio de las elecciones autonómicas no doy abasto a recoger las ocurrencias de los espontáneos que, como yo, ven los toros desde esa incómoda barrera. Hay unanimidad en que la sonrisa de Mas no expresa más que el reverso del sentimiento y en que, en cualquier caso, entre él y al talib de Junqueras, la distancia ideológica y el espíritu de clase harán imposible todo proyecto político que no sea el de seguir con la monserga de la secesión. También hay quien se rasga la clámide al escuchar de boca del líder de la CUP una innegociable llamada a la desobediencia civil, peor aún, al rechazo frontal de la legislación “española”, así, por las buenas, actitud resumida en el tuit que dirigió a continuación al Estado español: “Adiós, papá”. “¿Y qué hubieran querido estos tíos si llegan a ganar en escaños y votos en lugar de perder parte de lo que tenían?”, se pregunta un tercero que no se explica el fracaso de los partidos históricos. “Todo este lío lo armó Aznar cuando echó a Vidal-Quadras a petición de Pujol, el cleptómano”, musita abrumado un “pepero” confeso. Pago y me voy, cavilando sobre el berenjenal en que se han y nos han metido esos insensatos y en esa macedonia intragable que va constituir el Parlamento más absurdo de la democracia para determinar lo cual en Cataluña, la verdad es que habría que echarlo a suerte. Ya en casa oigo a la triunfadora Arrimadas proponer unas elecciones nuevas, ¡otras!, y decido apagar la radio. PP y PSC creo que celebran el resultado que podría haber sido peor. Sólo Podemos, con un Iglesias visiblemente decaído, reconoce su derrota. Manos mal.
Cataluña lleva años sin gobierno, privada de proyecto político, viviendo de espaldas a una realidad social y económica crítica, mientras los rebeldes se dedican a conspirar en nombre de Wilfred el Pilos y Casanova coreando “Els segadors” y organizándole pitadas al Rey. Pero ¿qué será a partir de ahora, cuando lo único que tenemos claro es que Cataluña está partida por gala en dos países irreconciliables? No lo sé, pero miro la galería de los nuevos líderes que reitera la tv y ni a uno solo: mala cosa. No está Cataluña –ni la del “sí” ni la del “no”– para soportar a una elite gobernante que acaba de llegar de meritoria y lo primero que tiene que hacer es aprender a gobernar. ¿La deuda, acaso un “concierto”, el paro, la inmigración, el deterioro de los servicios sociales? Todo eso habrá de esperar no se sabe hasta cuándo. El conflicto está servido.

La novena provincia

No salen las cuentas catalanas en lo que se refiere al previsible voto “español” de nuestros emigrantes, “la novena provincia andaluza” de la que hablaba el gran José María Osuna, ese votante, andaluz o murciano, que Arcadi Espada siluetea como “habitante de la periferia metropolitana, abúlico y moralmente forastero”, que sólo votaba en los viejos tiempos, cuando el PSOE era el PSOE y el PSUC se mantenía erguido. Dicen que ya “charnego” no es insulto comparado con “español”, porque aquella generación ha dejado el paso a nuevas cohortes, aclimatadas ya no sólo a la realidad sino a los mitos locales. Andalucía se ha desangrado muchas veces. Una de ellas en Cataluña.