Otoño marbellí

 

Ha dicho mi admirado (y denigrado) Javier Gómez de Liaño, defensor hoy de la que Gil llamaba “la Rubia”, es decir, de la exportavoz del PSOE en aquel Ayuntamiento, Isabel García Marcos, que “le choca que quien lleva muchos años combatiendo acabe por cometer los mismos delitos que combatió. Bueno, a ver qué va a decir, con el embolado que tiene en lo alto, pero realmente no es tan difícil imaginar, a estas alturas del ‘thriller’, la manera de compatibilizar ambas actitudes. Chaves mismo dice que no se molesta en contestar a Roca por que es un delincuente, como si ésa fuera razón ni medio qué para neutralizar la gravísima acusación que Roca ha lanzado contra la Junta de Andalucía y cómo si fuera la primera vez que él ovaciona a unos delincuentes. Tampoco Plata, el candidato más o menos ‘in pectore’, lo tiene del todo claro, dada su conexión con el “caso Chaves”. Y ya veremos qué ocurre cuando se manifieste el gilista/ andalucista Carlos Fernández en carne mortal y largue por esa boquita. Mal pinta el otoño en Marbella aunque casi todo apunta a que el temporal acabará centrándose sobre Sevilla.

Mesa y partidos

 

Parece ser que a la Mesa de la Ría, vamos, para entendernos, al más que presunto candidato a la alcaldía José Pablo Vázquez Hierro, le molesta la presencia de los partidos en la organización, porque –dicen ellos—es posible que aleje a los ciudadanos y los haba inhibirse en lugar de estimularlos a incorporarse al proyecto. Vaya cuento, compadres, porque ya me explicarán la razón por la que Vázquez mismamente se arroga más “civilidad” que los partidos, que son, que uno sepa, al menos por el momento, los únicos instrumentos de representación reconocidos constitucionalmente. ¡Con lo sencillo que la Mesa hubiera seguido siendo Mesa sin meterse en políticas, como dicen que decía Franco! Me da que la verdad es que ese candidato “civil” quiere espacio libre para su aventura y, a ser posible, sin obstáculos, que tiempo habría, llegado el caso de ver a qué partido se arrimaría si lograra el dudoso escaño. O sea, lo mismo que los demás partidos pero de paisano. Algo más eficaz deberán encontrar si pretenden mantener esa ambiciosa candidatura.

Happy slapping

 

Los chicos extremados de esta era tan complicada inventan unas cosas terribles. Una de ellas es el “happy slapping” que ustedes están hartos de ver aunque tal vez algunos no asocien esa expresión a su horroroso contenido que es, ni más ni menos, que el deporte de filmar las agresiones gratuitas y normalmente cobardes a que esos vándalos mimados someten a sus víctimas indefensas. Un mendigo refugiado en un cajero automático, por ejemplo, un inmigrante sin papeles dormido sobre el banco de una estación de autobuses, cualquier criatura sorprendida por los vándalos es buena para dar rienda suelta a sus instintos y liberar tal vez con tan atroz experiencia sabe Dios qué frustraciones o rencores celosa o inconscientemente ocultos. Se lincha al aislado y se filma: ésa es la nueva diversión, que en España trata de hacerse pasar como si no fuera más que una serie de incidentes o, todo lo más, una moda son trascendencia –la desdramatización es una especialidad política, como saben—pero que en Francia, por ejemplo, ha sido objeto, esta misma semana, de una dura instrucción del ministro de Educación, Gilles de Robien, que trata de liquidar el tabú en torno a esta barbaridad y plantarle cara como es debido, es decir, con la ley en una mano y el vergajo en la otra. Me preguntaba Carlos Herrera en la radio a qué atribuía yo casos como el de esa muchachita de Burgos que ha sido literalmente avasallada a pedradas y golpes por una treintena de coleguis que con ella comparten aula y tal vez pupitre, y yo no he sabido qué contestarle aparte de eso que acabo de decir sin templar la gaita: que esas cosas ocurren porque no hay autoridad, que es una cosa muy tremenda, ya se trate de desdeñar como reflejo conservata ya se mire desde la perspectiva progresista que sea. De una cosa estoy seguro y es que si el padrecito Lenin trinca a una cuadrilla linchando a una menor los manda recomendados a Siberia una temporada, así que a ver si dejamos de explotar el truco de la adjudicación reaccionaria del criterio expeditivo. Ni un hombre ni una sociedad son más libres ni más progresistas porque extremen la lenidad con la barbarie: al revés. Ésta parece ser la lección que más se le resiste a mucho espíritu libertario al menos mientras el linchado no sea su hija o él mismo.

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Lo malo de esta tragedia es el poco tiempo que le ha hecho falta a este país culturalmente tan remolón para adaptarse como la mano al guante a esta delincuencia insospechada que, de la noche a la mañana, nos ha caído en lo alto. Un día es un niñato mitómano que, estimulado por dibujos animados, degüella con una katana a toda su familia; otro son un par de mozas en la edad del pavo que cosen a puñaladas a una compañera de colegio; y el de más allá es un grupito de inocentes criaturas que no paran hasta hacer que un compañero acosado se lance al vacío. Y todos están en la calle, por supuesto, como lo están aquellos dos que le arrancaron a mano la tráquea a un pobre trabajador que esperaba el autobús siguiendo cierto juego de rol, mientras la autoridad mira a otro lado y proliferan los imaginativos que recomiendan el árnica de los “trabajos sociales” como instrumento no sólo de expiación sino también de improbable mudanza. Ya ven, no hace falta más que importar un extranjerismo como la gente –“happy slapping” mismamente—y, hala, a tundir al pobre que, todo lo más, un buen juez nos mandará escribir unas planas o barrer el paseo. ¡Qué tristeza fatal, qué suerte de sentimiento de desamparo, el de la niña linchada y el del pobre padre entrillado entre su desgarrada amargura y las exigencias del implacable fuero de la corrección política! Verán, sin embargo, como todo queda en agua de borrajas y en un amago de regañina. Nunca entenderé por qué extravagante razón la ventaja haya de estar siempre, en estos casos, del lado del fuerte. Acaba de decir Sarkozi que hay que borrar el 68 de nuestra cultura. De lo que uno está tentado es de borrarse de este brutal neolítico con todas sus consecuencias.

Parlamento inútil

 

Cuando en los años 80, el ingenio de Antonio Burgos caricaturizó a la cámara autonómica como un parlamento “de la señorita Pepis” se levantaron fariseas muchas voces en defensa del fuero. Me gustaría saber qué podrían decir hoy ante el ridículo –el mayor de este cuarto de siglo largo de autogobierno—que supone admitir en público, como ha hecho el PSOE de Chaves, que lo acordado en nuestro Parlamento no era más que “un brindis al sol” y que ahora será el ‘tío Paco’ madrileño el que venga con la rebaja. Va a tardar en recuperarse esta institución de semejante ataque perpetrado por su mayoría absoluta, pero puede que los andaluces se enteren de una vez de lo poco que de verdad cuenta Andalucía y de lo poquísimo que vale nuestra autonomía cuando se trata de vérselas con un Gobierno que no sea adversario. Que este Parlamento no sirve para casi nada, tal como está, no es ninguna novedad. La diferencia desde ahora será que quien sostenga esa tesis podrá remitirse al propio ejemplo dado por el partido que gobernó siempre este corral.

Palabras mayores

 

No deben pasar desapercibidas la gravísima acusación vertida por el coordinador de IU en Bollillos acusando a un asesor del Ayuntamiento nada menos que de falsificar el acta de unas controvertidas oposiciones para cubrir plaza de policías municipales. Por mucho menos ha debido dimitir hace poco el alcalde de El Puerto de Santa María pero, en cualquier caso, hay que suponer que IU tiene pruebas o testigos para lanzarse al vacío de esa forma, en cuyo caso debe sacarlas inmediatamente a la luz tras entregarlas en el Juzgado. Y si no las tiene y se limita a lanzar el bulo, resultaría sospechoso incluso que el Ayuntamiento (el acusado, allá él) no se querellara contra el acusador y le exigiera responsabilidades como es debido. Salir con la monserga de que IU anda nerviosa y con malas perspectivas electorales no es suficiente. Si el gobierno locald el PSOE no se va derecho a los tribunales habrá que sospechar que algo oscuro hay en esas oposiciones.

La campaña

 

Lleva razón Javier Ortiz –y lo raro es que en este país tan costero no se haya escuchado esa protesta más que en raras ocasiones—cuando dice que a ver si se enteran de una vez las autoridades de que ni las pateras son pateras ni los cayucos, cayucos. No lo son, desde luego, como sabe cualquiera que haya vista alguna vez una patera o, cuando menos, se haya tomado el trabajo de consultar el Diccionario de la RAE, pues por ambos caminos se llega a la conclusión de que esas embarcaciones carecen de quilla, es decir, tienen un fondo plano que no es el caso de las que salen en el telediario, ni tendría lógica que con esa configuración fueran capaces de hacer travesías tan exigentes como las que, por desgracia, se ven obligadas a afrontar. Queda claro, pues, ni pateras ni cayucos, y quede al mejor criterio de náuticos y gramáticos adoctrinarnos de una vez sobre la denominación apropiada de esos ingenios, aunque mucho me temo que la autoridad no está demasiado preocupada, y le sobra razón, con ese tema terminológico. La autoridad anda dividida, eso sí, entre la imagen tonitronante de la vicepresidenta del Gobierno y el pamplineo ése del proyecto de campaña disuasoria que, a quién se le ocurre, parece que es todo lo que al Gobierno se le ha ocurrido una vez en la certeza de que la invasión migratoria no va a pararla nadie sino que va a crecer cada día que pase, llueve o ventee, con mar gruesa o calma chicha. ¡Una campaña disuasoria en Senegal! Uno daría algo por enterarse de cómo ha surgido la idea de ese descomunal disparate que si para algo sirve es para orientarnos sobre la temeraria insolvencia de unos responsables que no tienen ni la menor idea de qué puede hacerse para atajar un fenómeno que, no nos engañemos, no se ha producido de ayer para hoy sino que viene anunciándose a sí mismo desde hace años y de modo creciente. Y más todavía, por saber en qué va a consistir la campaña, si es que llega a organizarse en serio alguna vez, que lo dudo, en una sociedad que malvive en régimen de subsistencia y acosada lo mismo por el fantasma de las feroces guerras regionales que por la hambruna crónica o la epidemia galopante. No son más tontos porque no se entrenan, me dice alguien. Ya me dirán cómo le llevo la contraria.

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Insistiré en que el tirón migratorio, la ilusión del paraíso es indisociable de la autopropaganda de las sociedades mediáticas, de la promesa virtual de un edén seductor en el que la lucha por la vida hace tiempo que habría fraguado su armisticio y en el que, de creer en los mensajes de la tele, los coches poco menos que se regalan, los créditos cuelgan maduros del árbol del Bien y del Mal y las broceadas muchachas se desnudan para cruzar la piscina hasta donde las espera un varón fragante a la última colonia. ¡Enseguida van a convencer a esas masas en buena medida tribalizadas aún, analfabetas en su inmensa mayoría, hambrientas y ociosas, de que en el paraíso imaginario van a estar peor que en su infierno real! Hombre, alguien se pondrá las botas con la campañita, eso por supuestísimo –como dicen la ‘basca’ y el ministro de Interior– pero daría algo por asistir a alguna de esas sesiones que ni se me ocurre cómo ni dónde lograrían organizarlas en esos países descoyuntados por la necesidad y explotados por las oligarquías locales socias de Occidente. No se me ocurre, en fin, qué podrán decirle al deslumbrado televidente africano para convencerlo, a estas alturas, de que toda esa propaganda nuestra es más bien falsa y de que aquí, mal que bien, va a estar peor que en su patria imposible. Anden, vayan a Senegal con la pizarra a ver si pica alguien y luego nos lo cuentan. Pero mientras tanto el Gobierno habrá ganado tiempo aunque la avalancha siga y la tragedia no se detenga. La política es el arte de lo posible. Nunca una jodida idiotez resultó más ilustrativa de una realidad.