La Junta guarda silencio

Nuevos ataques –incendios incluidos, persecución de trabajadores– a las empresas onubenses instaladas en Argentina, las mismas que la vicepresidenta del Gobierno aseguró que serían protegidas gracias a su mediación. Y la Junta, ni mu. A Chaves no le interesa la economía más que en clave partidaria, de manera que puede actuar como un abanderado de nuestras inversiones en Marruecos –un régimen corrupto donde los haya– pero no va a mover un dedo para defender a unos “emprendedores” andaluces que no son de su cuerda, a pesar de que se lo han solicitado las organizaciones empresariales. Hasta la Junta de Galicia ha echado su cuarto a espadas en esta historia deplorable de la que nada dicen tampoco, todo hay que decirlo, los partidos de Huelva, alguno por razones obvias, otros inexplicablemente. Si esta situación afectara a inversores de alguna autonomía “de primera”, no cabe la menor duda de que otro gallo cantaba.

El topo divino

El milagro de la multiplicación de los topos trae en vilo a medio mundo y, ciertamente, no es para menos. Cálculos nada pesimistas, a juicio de los expertos, cifran en cerca de muchos millón el número de esas criaturas que estarían socavando los viejos reinos, dando buena cuenta de sus raíces suculentas, y en no menos de medio millón de hectáreas las afectadas por la sigilosa invasión que lastima ya a doscientos pueblos. Ante la perspectiva de perder la cosecha, un ejército de viticultores anda movilizado con una prolija máquina de guerra que incluye desde el agua al ultrasonido, tubos-trampa o artilugios ruidosos, pasando por palos y escopetas, más todo un muestrario exterminador en el que figuran el gasóleo, la naftalina, el carburo o el alcanfor, y finalmente, el recurso a rozas y petardos con que ahuyentar la plaga. Nada tan camusiano se había visto hace mucho en los campos de Mío Cid para desolación del paisanaje que intuye oscuramente la sugestión de la plaga mientras el ecologismo más arriscado, además de descartar el uso defensivo de venenos y redes eléctricas, reclama paciencia confiando en que el frío del invierno dé al traste con esa prolífica nación que se reproduce en camadas de diez cada veinte días, lo que, calculando como el buen cubero, arroja un balance de trece mil descendientes anuales por pareja. Me he acordado que el año que viene será, en el calendario chino, el consagrado a la rata, prima segunda de este inesperado azote al que, desde luego, conviene mejor que a aquella, si cabe, las cualidades de fertilidad y propensión al despilafarro que le atribuyen en Oriente. Y también de que el topo fue una bestia respetada por el griego clásico –Asclepio (Esculapio) topo habría sido en un principio– que, inspirado por la imagen de su existencia subterránea, llegó a ver en él al auténtico psicopompo que guiaría las almas extraviadas por el laberinto final y, en esa medida, al gran sanador no sólo del cuerpo sino también del alma. Anden, váyanle con ese chasco a los labriegos que ven venirse abajo sus viñas y arruinarse sus patatales, a ver qué opinan de las viejas mitologías.

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La imagen de esos campos desolados está dando la vuelta al mundo sin dejar de plantear la cuestión de cómo ha sido posible que nadie previniera un riesgo semejante a pesar de que, según parece, quienes saben del rollo no lo descartaban, antes bien, lo venían avisando desde hace años. Pero es el contraste de esa misma imagen con la que tenemos en mente del mundo actual lo que vuelve inaceptable la idea de una derrota humana en esta oscura batalla librada en toda la línea por ese ejército primordial frente al que ni siquiera sabe qué hacer, a juzgar por el batiburrillo de las providencias adoptadas, esta especie nuestra, presuntamente sabia, que señorea el mundo. Las benditas lluvias de la otoñada y un invierno clemente prometen, además, una nueva explosión demográfica para la primavera próxima, cábala que, de ser cierta, cobraría, sin duda, esos tonos apocalípticos que a los “verdes” les están viniendo como anillo al dedo para rebotar el tema desde las gazaperas hasta la capa de ozono y cargar, ahora con argumentos tan sombríos como fuertes, contra el fortín en el que crece seguro el cambio climático. Si no fuera por lo que es, la verdad es que resulta estupendo el mítico espectáculo de la impotencia del hombre ante la plaga, la silueta del labriego inerme, desconcertado ante la invasión, como arrancado del ‘Éxodo’, agarrando la azada y apretando los dientes, impotente ante la astucia de una Madre Naturaleza que da a unos munífica lo que a otros arrebata, ajena a la desolación e indiferente a la plegaria. Creo que fue Giraudoux, ese apasionado del secreto del cosmos, quien sostuvo que en el mundo no hay nada perfecto aparte de la calamidad. A mí, para qué engañar a nadie, a quien me gustaría escuchar ante este azote es a Miguel Delibes.

Tópicos intolerables

Es intolerable que en el Congreso se sublime el insulto con el viejo tópico del “señorito andaluz”, pero más todavía lo es que ni una voz se alce enfrente para rechazar por las bravas la idiotez de ese diputado catalán que, hay que recordarlo, es socio del Gobierno. No puede evitarse que un insensato recurra a tópicos y diga sandeces; es indispensable, no obstante, cuando el tópico es insultante, que se le responda con tanta energía como buen criterio. Claro que lo que resulta preocupante es que un cuarto de siglo largo de convivencia autonómica no haya servido siquiera para difuminar eses clichés arbitrarios que, en no pocas ocasiones, se propician desde la propia región insultada por razones partidistas o por simple e ingenua ignorancia. ¿Cuántas veces se ha invocado esa imagen rancia desde aquí dentro, cuántas se la utilizado políticamente para caricaturizar al adversario? Ese tonto catalán no ha hecho más que utilizar un instrumento que puede que lleve marca andaluza. Quizá eso explica mejor que nada el silencio ante el improperio.

Unos por otros

El enredo fenomenal de la Oficina de Extranjería, que arrastra ya demasiado tiempo, va de mal en peor. No tienen más que escuchar a la responsable decirle al juez que la Subdelegación conocía puntualmente lo que en ella ocurría –y han ocurrido cosas, ciertamente, bien graves– o que la custodia de los expedientes perdidos correspondía al ordenanza, bien entendido que ese modesto funcionario no disponía ni de un mal candado para mantenerlos a buen seguro. Han pasado muchas cosas en esa ‘delega’ ante la indiferencia o, al menos, la inacción del responsable máximo, que no es otro que el Subdelegado, un personaje desconcertante porque, cada vez que se enreda la cosa, une a su discreto prestigio la evidencia de estos fallos garrafales. Las excusas que llevamos oídas en esa Oficina pasan hace años de la raya sin que Bago se de por enterado ni siquiera cuando se han producido situaciones injustificables. El ‘delegata’ no quiere problemas. Con ello no hace más que imitar a quien representa.

Neolítico rojo

El presidente venezolano Hugo Chávez está haciendo, según se dice, la revolución televisada. Habla en directo a los ciudadanos pero desprecia a las instituciones, se amiga con los caudillos del indigenismo como heredero de Castro, planta cara al Imperio y se pasa la libertad por la faja como los matadores seguros. Claro está que la revolución bolivariana es una cosa compleja, un concepto indefinible (Bolívar va para santo en aquel país de santerías) que debe compatibilizar usos actuales con viejas utopías sin dejar de pedalear para que la máquina no se pare. Su último invento ha sido el “trueke” (sic), el viejo intercambio no dinerario, el “do ut des” con que la Humanidad cebó sus primeras etapas hasta que descubrió el maldito parné. Así en el pueblo comunal de Bella Vista, en la comunidad de Uriche que está en estado de Yaracuy, el propio Gobierno ha impulsado una feria de intercambios en la que el mercado no funciona con bolívares sino con unas papelas llamadas “lionzas” en honor de una leyenda del candomblé, y utilizadas por un “Grupo de Trueque Bolivariano” constituido por medio centenar de “prosumidores” (agentes que producen y consumen a un tiempo) dispuestos a intercambiar sus productos –dulces o camisas, adornos o jugos de chicha– a razón de valores (precios, ay) establecidos por los propios agentes aunque revisados por un organismo oficial. Una “lionza” valdría mil bolívares pero no es convertible en moneda, lo que garantiza, a juicio de Chávez, que será usada para vivir y no para acaparar, es decir, para asegurar el “trueque solidario” que ya fuera entrevisto por Mauss o Malinowski y del que dieran noticias tantos viejos maestros, empezando por Adam Smith cuando habló de Malasia. El antropólogo Herkovits, al que todavía leíamos en la Facultad en mis tiempos, censó como pueblos de trueque a los isleños de Isasi o los jabin de Nueva Guinea, a los veldas y singhaleses de Ceilán (que aún no se llamaba Sri Lanka) y a los kpelles y golas de Liberia, pero recuerdo un poético texto académico en el que se contaba como ciertos pueblos malayos dejaban de madrugada en un calvero su miel o su caza para recoger por la mañana las ofertas que, con cotrapartida, les harían los cingaleses, una práctica que se denominó trueque o comercio “mudo” y que tal vez encerrara en su ingenuo seno el invento futuro del mercado. Vean qué modo de retroceder al Neolítico por la tele, en directo y en tiempo real.

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Eso sí, el “trueke” vale sólo para los pobres, para la inmensa legión de pringaos excluidos del festín del petrodólar en aquel país riquísimo pero tan mal distribuido como la inmensa mayoría (o más). La deuda pública de esta Venezuela a caballo entre el pasado perfecto y el futuro más problemático asciende a 40.000 millones –no de “lionzas” sino de dólares– según el régimen, y a 70.000 según la oposición, y antier como quien dice el dictador anunciaba una oferta pública de bonos del Estado que alcanza los 1.500 millones de la misma odiada moneda imperial y a la que, obviamente no están convocados los “prosumidores” de Yaracuy sino los inversores puros y duros de toda la vida, qué duda cabe que incluyendo a los de la nueva clase política. En el ámbito ingenuo del indigenismo, hemos de ver todavía, probablemente, muchos numeritos como el del “trueque solidario”, pura prehistoria burocratizada para colorear el telediario y poner un fondo de arpas y maracas a los kilométricos discursos de ese pintoresco dictador que, ante la pasividad connivente de tantas democracias, anda preparando ya su mandato vitalicio. En el “mercado comunal” de Urachiche una enorme pancarta anima a los “prosumidores” con la consigna “Lleve pa’ que el indio traiga” que, como ven, no precisa comentario. Me he acordado de que Smith, hablando de “la riqueza de las naciones” aseguraba que jamás un perro cambió con otro un hueso de manera deliberada.

Apretar el cinturón

Datos de organismos especializados aseguran que la Andalucía opulenta que crece sin cesar por encima de lo imaginable sufre, sin embargo, carencias crecientes en amplios sectores de la población. El veraneo habitual, por ejemplo, ha acusado con dureza el impacto del subidón hipotecario (veinte aumentos en lo que va de año) como lo demuestran los datos sobre la retracción de la demanda de destinos lejanos y caros en beneficio de otros próximos y más baratos. Se habla incluso de que la mitad de los veraneantes habituales habrían suspendido este año ese autohomenaje que tal vez comenzaba a concebirse ya como un derecho definitivo. Hay buenos datos, como en el resto de España aunque no tan buenos como los de otras autonomías, en definitiva, pero el beneficio debe de afectar en exclusiva a los estratos altos y mejor colocados económicamente, no a los populares. La realidad acaba siempre corrigiendo al optimismo. Incluso bajo la canícula.