Segundas partes

No sé gran cosa, lo confieso, sobre Bernard Weber, el organizador de la ‘movida’ en torno a la elección de las nuevas siete maravillas del mundo, que estos días estira la pamplina proponiendo enviar al espacio las fotografías tridimensionales de los monumentos elegidos para asegurar su memoria incluso en el supuesto –del que Dios nos libre– de que “el mundo sea destruido”. Cien millones de votantes por Internet habrán respirado hondo al conocer esta iniciativa que culmina esta colosal comedia a la medida de la inopia en que nos movemos. Las maravillas genuinas, las fetén, respetadas durante veintitrés siglos, fueron una leyenda más que nada, una sombra prestigiosa derivada de los versos de Antípatro de Sidón –el que igualó a Safo con las Musas y cuentan que enfebrecía puntualmente en cada uno de sus cumpleaños, en el último de los cuales falleció–, un piadoso lugar común de la memoria que trataba de resumir el cosmopolitismo antiguo sin más pretensiones. La Gran Pirámide, el Zeus criselenfantino de Olimpia, los babilonios Jardines Colgantes, el Coloso de Rodas, el templo de Artemisa, el Mausoleo de Halicarnaso o el Faro de Alejandría atravesaron los siglos más como una leyenda que otra cosa, rara vez visitados por el viajero y más rara aún mencionados por los curiosos. A las maravillas nuevas, en cambio, las han votado más de cien millones de internautas aunque, ciertamente, el resultado convenga más al folleto de una agencia de viajes que al memorialismo histórico. La UNESCO sabía lo que estaba haciendo cuando avisó que se desvinculaba del controvertido proyecto, apoyado a muerte, sin embargo, por el aldeanismo culturalista. No me extraña que Weber se disponga ya a prolongar su aventura eligiendo las siete maravillas ‘naturales’ del mundo y, posteriormente, las siete ‘tecnológicas’ entre las que el Puente de Brooklyn le disputará los laureles al mismísimo Internet. Hay mucha gente que vive del cuento, está visto, y más todavía dispuesta a pagar a esos charlatanes por escudarlos. Con su pan se lo coman.
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Nadie vio nunca las siete maravillas, por supuesto, hasta que, ya en pleno Renacimiento, un pintor picado de humanista, Maerten van Heemskerck, ofreció sus famosos dibujos sobre el tema, como una respuesta natural al interés de una era animada por los descubrimientos, y llamándolas él ya “maravillas” (‘thaumata’), afortunada mala traducción del término usado por nuestro Antípatro, y parece que antes por Calímaco de Cirene, que no era otro que ‘theamata’, esto es “cosa digna de ser vista” por su notabilidad. Así se escribe la Historia y así van rebotando por los tiempos las ideas y los tópicos, esperando a que un buen día cualquier aventurero se levante decidido a montar el circo y convoque un concurso universal para redescubrirlos en la imaginaria acrópolis de Internet, como si la estimativa universal fuera cuantificable y el incierto voto cibernético fuera de fiar. Eso sí, el experimento de Weber ha servido para probar que un mundo cada día más globalizado puede afirmar simultáneamente su aldeanismo, pues que sé yo, sustituyendo la Gran Pirámide por el Cristo carioca que abre sus brazos sobre el esplendor de las playas y la miseria de la fabela. Aquí mismo se ha deplorado incluso oficialmente la exclusión de la Alambra como si de una ‘conspiranoia’ se tratara, pero pronto tendremos las mismas o parecidas quejas por parte de quienes protesten por la elección del Kilimanjaro en perjuicio del Cañón del Colorado, o viceversa, cada cual con su catetería a cuestas pero todos firmes en la ingenua creencia de que lo “real maravilloso” puede erigirse por elección. Nacemos, vivimos y morimos en medio de lo maravilloso, le confió en una carta Napoleón a Josefina. Vean cuánto ha degenerado la idea de maravilla apenas en un par de siglos.

Delphi, el gran camelo

Se cerró Delphi en Puerto Real. Eso es lo único cierto en medio de este desconcierto calculado, entre tanta patraña y tanto camelo: miles de trabajadores que pierden su puesto, mil seiscientos que van de cabeza al paro y luego Dios dirá, los “subcontratados” a la luna de Valencia. Chaves insiste en que la catástrofe será benéfica, en fin de cuentas, porque abrirá posibilidades nuevas a la Bahía ya que vendrían a ella (¿) compañías nuevas y emprendedoras que habrán de crear más puestos de trabajo de los que pudiera mantener Delphi. Claro, y dos huevos duros, al menos mientras no aclare Chaves cuáles son esas empresas que tan en secreto guarda, qué sigilosos proyectos manejan y para cuándo, más o menos, se espera que atraquen por aquellos puertos. Eso sí, los parados están ahí, con nombre y cara propios, con su precariedad a cuestas, con su angustia contenida. No ha entrado Delphi en el balance de Chaves, por supuesto. Aquí no hay corrección posible al margen del autobombo.

No enmendalla

Dice el alcalde de Jabugo que el Pleno del Ayuntamiento no es lugar para hablar de transfuguismo, y yo creo que lleva razón, porque el lugar apropiado es la Mesa para el Seguimiento del Pacto Antitransfugismo, con sede en el Congreso de los Diputados. Claro que esa Mesa ya ha hablado y ha dicho todo lo que tenía que decir, a no ser que la incómoda postura en que esa honorable decisión dejaba al presidente del partido, Manuel Chaves, fuerce a la ministra de Administraciones Públicas y al propio secretario de Organización de la Ejecutiva, a tragarse sus propias palabras y mirar para otro lado. Chaves está demostrando que, ni siquiera en el supuesto extremo de un caso ya decidido por la Mesa, puede admitir su participación pasiva/activa en este caso indecoroso, aunque, ciertamente, no más que otros que se han producido en la misma provincia. No enmendalla, pues, y adelante con los faroles. El trasnfuguismo es el mejor negocio encontrado por el PSOE en Huelva. No es cosa de pedirle que lo tire por la ventana ética.

Mujeres al poder

La primera dama argentina, Cristina Fernández, es una dama de armas tomar. Hace pocos días estuvo en España abroncando a la plana mayor de nuestro empresariado en términos tales que uno de los aludidos, presidente de un gran banco, hubo de significarle, caballerosa pero enérgicamente, su mala disposición a recibir palizas de las visitas, incluidas las de las primeras damas. Fernández, como se sabe, anda crecida desde que fortaleciera a su marido ganándole el pulso a la ‘Chice’ Duhalde, antecesora en el puesto, y parece dispuesta a explotar la demagogia “piquetera” del tardoperonismo que anda quemando empresas españolas y amenazando con amargar de por vida a nuestros inversores como su invertir fuera sinónimo de colonizar y como si no estuviera visto y comprobado que no hay inversor que no haya llegado a su destino de la mano de un indígena. Argentina es pionera en esa tradición que inauguró Evita, evidentemente, o como alguna vez insinuó el propio Cortázar puede que la clave esté en que aquel país narcisista y edípico sea el corazón de una “América femenina” complementaria de la América macho que el fascismo surreal de Jiménez Caballero intuyó entreveía en el Paraguay de Ströesner, que él definía por derecho como “los cojones de América”. En Uruguay tropiezo con una encuesta propuesta a los lectores por un influyente diario para que elijan la presidenta ideal, pero me quedo con una frase estupenda pronunciada por una mujer en un debate sobre el tema: “La igualdad se probará cuando tantas mujeres incapaces lleguen al Poder como hombres incapaces hemos tenido en él”. No se trata, ya lo ven, de exigirle a las mujeres superioridad sobre sus competidores masculinos. Que haya más mujeres en el Poder –buenas, malas o regulares– es una mera cuestión de justicia.

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Hay que reconocer que, sin embargo, el modelo político aportado por la mujer sigue siendo todavía el tradicional de los machos sin modificaciones significativas. Una mujer como la Thatcher o incluso como la Merkel no practican una política diferente a la de los varones, y es probable que tampoco difieran gran cosa las que, cuando llegue el momento, pudieran practicar la señora de Clinton, la de François Hollande o la mentada del presidente Kirchner. Es más, hay quien dice que cualquiera de ellas bien puede acabar siendo más dura que sus respectivos maridos, una idea realista que echa por tierra el innecesario argumento de la originalidad benéfica del “factor femenino” en la política del futuro. Una encuesta revelada por un instituto de opinión en USA revelaba hace bien poco que casi ocho de cada diez yanquis, machos o hembras, está ya “preparado” para ese cambio decisivo que, todo caso, ha de ser el gobierno de la mujer, sin necesidad de que ésta deba justificar su candidatura con las tradicionales y devaluadas promesas de idoneidad femenina. El varón ha venido maltratando el poder inveteradamente sin que nadie le exigiera garantías ni esperara de él otra cosa , y esa evidencia es la que confiere pleno sentido a quienes sostienen incluso que no habrá verdadera igualdad en tanto la vida pública no se amolde a los fracasos de la mujer de la misma manera que durante siglos se acomodó a los del hombre: sólo cuando haya tantas mujeres incapaces como varones inútiles se podrá hablar, en realidad, de igualdad política auténtica entre los sexos. Seguro que la bronca de la Kirchner a nuestros ‘managers’ no hubiera resonado tanto si el que la lanza es su marido, lo que no sólo puede hacernos recapacitar sobre el nuevo papel de las mujeres en la vida pública sino que tal vez nos invita a repensar, bajo una luz distinta, el papel de los machos en ese ámbito tan expuesto. Nada menos que Taine pensaba que dar el poder a la hembra es como entregar la navaja a un niño. Si hemos sobrevivido a este androceo no imagino que puede asustarnos del mando de la mujer.

El dinero de ellos

Coincidiendo con el forzado descubrimiento del enorme “pelotazo” perpetrado por el alcalde de Sevilla, la decisión del consistorio marbellí de encargar a un bufete de altos vuelos la tarea de recuperar lo afanado por sus ediles infieles y alguna otra, sólo el calor salvará al Poder de una indignada reacción ciudadana que contiene, de hecho, la resignación con la que ese Poder cuenta. Apenas una voz se ha levantado en medio de la galbana y ha sido para exigir al partido de enfrente que haga público, a su vez, lo que afanan sus ediles, como si lo que pudre la vida pública fuera el pulso que se traen los partidos y no la clamorosa evidencia de que el sentido patrimonial la ha estragado hasta un punto seguramente irreversible. Nadie está haciendo más que los ciertos políticos por degradar su actividad ni menos por regenerarla en una democracia que parece haber asumido como normal que el dinero público sea saqueado legal o ilegalmente.

Abandono absoluto

Si hace unos días se denunciaba el abandono de los quemados del gran incendio de hace tres años en las provincias de Huelva y Sevilla, cuyos montes ni siquiera han sido limpiados todavía, tras el incendio del domingo en Niebla, los propios trabajadores del Infoca –calificando de “abandono absoluto” la situación de la zona quemada– descubrían lo que la Junta consigue ocultar hasta que no tiene remedio: que los trabajos de limpieza y conservación del monte que se vienen llevando a cabo resultan insuficientes. No se ignora que esa tarea es vasta y compleja pero menos debe olvidarse que el riesgo que corre esta provincia, devastada por el fuego verano tras verano, hace imprescindible un plan general, público y acordado que comprometa a todas las Administraciones y sea capaz de borrar la imagen pública que las representa como inútiles montajes partidistas que entregan al azar la suerte de todos. Debería aclararse, para empezar, cómo de “absoluto” era esa “abandono” denunciado ayer en Niebla. Y debería existir un cauce para reclamar la responsabilidad a quien corresponda en casos semejantes.