‘Ninot indultat’

Bueno, ya se quedó Chaves sin el juguete del recurso valenciano contra el Estatuto, desestimado por el TC. Ahora tendrá que vérselas en solitario –para eso acumula presidencias, incluida la del PSOE– con el pendiente interpuesto por la Junta de Extremadura, su conmilitona y, en consecuencia, su subordinada. ¿Quién es ahora el “incoherente” que dice blanco en unas regiones y negro en otras? Chaves lo va a tener crudo para justificar que sea el PSOE en solitario quien impugne esta Carta Magna que ha de llevarnos por la vía rápida a los confines de la Modernidad, y será, en cambio, el PP el que pueda de ahora en adelante cargar en ese sentido. Hay tiros que salen por la culata y a cualquiera que deje la carabina en manos de un sujeto como Ibarra le puede ocurrir lo que le ha ocurrido a Chaves y a ZP, incluso si el recurso extremeño no prospera tampoco. ¡Porque, anda que como prospere…!

El caldo y las tajadas

Raro, no poco truculento, está resultando el pulso entre CCOO y UGT a propósito del “cierre” de Fertiberia por la cuestión de los depósitos de fosfoyesos. Demasiado abrupto el “descubrimiento” del problema por parte de CCOO, lo suficientemente claros los motivos de UGT para no abandonar de golpe y porrazo su postura de acólito. Tal vez sea hora de decir que el problema medioambiental onubense no puede reducirse a un caso concreto –para empezar, Fertiberia no es la única industria del Polo que vierte en esos depósitos– ni manejarse con criterio oportunista, anteponiendo la conservación del empleo a la salud pública cuando mejor le parece a cada cual. Ahí tienen el actual silencio de todos en torno a la central de Endesa, como si nunca se hubiera producido la calculada manifestación política contra el Ayuntamiento a la que asistieron incluso quienes se abstenían en el Pleno. Los sindicatos están demasiados ligados al Poder y en exceso tentados por sus cantos de sirena. Y con estos desplantes y arrimones van a conseguir que nadie les haga caso.

La estirpe de Adán

La BBC ha venido insistiendo una larga temporada en las causas y efectos de la discriminación que sufren los ciudadanos (británicos, “of course”) un poco desde todos los ángulos posibles. Hay gente discriminada por razones raciales o simplemente por sospecha de enfermedad contagiosa, la hay por motivos laborales o por origen geográfico, pero también por causas tan irracionales como el defecto físico o, incluso, el rasgo infrecuente. En un estremecedor informe da cuenta la cadena de la historia de una familia de Newcastle, los Chapman, obligada a mudar de domicilio en tres ocasiones como consecuencia de la auténtica persecución que sufrían sus hijos en el ámbito escolar por el simple hecho de ser pelirrojos, acoso que llegó a provocar el intento de suicidio de uno de ellos a los once años de edad. Otro caso notorio en este sentido es el de un joven apuñalado por la espalda condenado exclusivamente, al parecer, por el color de su pelo. Es verdad que la inquina al pelirrojo es tan antigua como el pensamiento mítico, del que emerge pronto la idea de que el rutilismo, que es como ahora se denomina ese fenómeno, está conectado sutilmente con lo diabólico hasta el punto de que la “marca de Caín” se ha identificado en numerosas ocasiones con él. Adán también habría sido pelirrojo, como atestigua el propio Miguel Ángel en alguna obra, pero en su caso, como en el de Salomón o Esaú, en el color del pelo no se ve el estigma que ladinamente se insinúa al atribuírselo –sin el menor fundamento, claro está– pongamos por caso, a la sufrida Magdalena. Parece que en el proceso que hubo de soportar el sabio Arias Montano a propósito de su traducción de la Políglota, el fanático León de Castro osó referirse a la rubicundez del maestro como supina sugerencia de judaísmo recordándole que, como el encausado, Judas fue, supuestamente, pelirrojo, a lo que Arias, poco amigo de jesuitas y dominicos, respondió abruptamente: “Pues no olvide vuesa Paternidad que Judas era de la compañía de Jesús”. Algún romanista (quizá Foustel de Coulanges, pero no tengo el texto a mano) habla de la superstición romana que atribuía mala suerte al color rojo del pelo, lo contrario, por cierto, de lo que ocurría en Egipto, donde ese fenotipo fue considerado como signo divino. La nómina de celebridades pelirrojas es enorme. Una vez más se prueba que lo que puede ser motivo de admiración por arriba es por abajo causa de rechazo.

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Le sigo el rastro al tema y compruebo que también en otras latitudes, desde Argentina a Grecia, el color rojo del cabello ha sido causa frecuente de afrentas y persecuciones. Un reciente ‘bestseller’ ha contribuido, por su parte, a actualizar el debate al lanzar la hipótesis de que el hombre neardenthal tal vez fuera pelirrojo lo que sugeriría la posibilidad de que los actuales fuéramos herederos de aquella raza extinta a través de algún gen recesivo que perviviría agazapado en nuestras dotaciones genéticas. Pero volviendo al chico de los Chapman, hay que insistir en el fracaso de un sistema de socialización que hasta ahora se ha mostrado incapaz de proteger a las minorías y, muy en especial, a los miembros disímiles de la mayoría dominante en el conjunto.  Y en el recuerdo de aquella novela eximia que fue “Poil de carotte” (piel de zanahoria) en que Jules Renard supo simbolizar en un pelirrojo desdichado (él mismo, como sabemos) las tristezas y desventuras de un niño solitario y acosado que acaba plantándose ante la vida con furia tan llamativa como comprensible. Esta sociedad hace dinero explotando la imagen rojiza de Nicole Kidman mientras tortura muchachos en el aula o en el patio del recreo sólo por el color de su pelo. Lo mismo ocurría, después de todo, en la Inglaterra que se teñía de caoba como la reina Isabel en los palacios pero seguía viendo a Judas en los ‘rufos’ del común. Son duros los símbolos. Los maestros no deberían perder de vista esa estremecedora realidad.

Rejoneo a pie

Se han puesto de los nervios lo mismo en el pretorio de Chaves que en la covachuela donde resisten los penúltimos de IU con la vuelta a la actualidad política de uno de sus más brillantes actores de la democracia, Luis Carlos Rejón. Claman contra él tildándole de ‘esperpento’ en manos de Arenas /Concha Caballero o sugiriendo que el personaje está pasado de moda (¡Chaves!). Pero lo que ocurre, en realidad, es que desde el PSOE mansueto e integrado de Chaves hasta la IU desnortada y servil de estos supervivientes corre el pasmo de que ese radical incontinente saque el viejo látigo y lo emplee esta vez contra sus propias filas. Asusta el mero recuerdo de la “pinza” que puso al ‘régimen’ contra las cuerdas y echó a Chaves de su mansión oficial (a mi entender, no poco gratuitamente) pero no cabe duda de que, en el actual marasmo de la autonomía, cualquier revulsivo resulta interesante. Que tomen tila si lo necesitan, pero Rejón tiene todo el derecho del mundo a volver a una política en la que sus antiguos colegas vegetan, por cierto, a la sombra del PSOE.

Palos entre los radios

Creo que se equivoca el PSOE de Huelva o quien se tercie intentando meter palos entre los radios a los planes de expansión de la capital. En el del Ensanche, mismamente, da más o menos igual (el promotor perderá por la tardanza pero ganará por el incremento del valor) que el Ayuntamiento logre del TSJA rebaje en doscientas viviendas el plan municipal porque, al final, la Junta no tendrá otra salida que acabar aceptando una “reorganización” o como quieran llamarle y el Ensanche saldrá adelante acercando la ciudad a la Ría, como querían los sociatas, por cierto, hace un cuarto de siglo. Curiosidad: la sentencia del TSJA fue filtrada desde el PSOE en sábado seguramente para neutralizar la movida provocada por el alcalde con su apuesta famosa de los diez millones. ¿La tenían hibernada, quién se la dio antes que a nadie? De nuevo es posble plantear estas indeseables preguntas que, por más que beneficie a un partido, no benefician en nada a la democracia de todos.

Los duelos y el pan

Dos noticias muy diferentes, pero que no dejan de conectar en el trasfondo psíquico, campan estos días por la actualidad. Se refiere una al acuerdo alcanzado por los responsables de la atribulada diócesis católica de Los Ángeles con las víctimas de abusos sexuales padecidos a manos de sacerdotes, monjes, profesores y otros empleados eclesiásticos que abusaron de su inocencia durante la minoría de edad, un asunto que colea desde hace cuarenta años, que ha provocado ya la dimisión de un cardenal encubridor y que, finalmente, va a resolverse por el sencillo procedimiento de apoquinar un millón de euros por barba a los abusados –500 millones para quinientas víctimas– a cambio de un cierre también definitivo del contencioso. La otra noticia viene de Libia y habla del perdón que podría ser concedido a las cinco enfermeras búlgaras y el médico palestino acusados de haber inoculado en 1998, de manera deliberada, a cuatrocientos niños el virus del Sida, todos los cuales han sido condenados a muerte y serán ejecutados a no ser que –tras haber solicitado formalmente clemencia los condenados salvando así futuras reclamaciones en el ámbito internacional– llegue puntual a las predispuestas familias afectadas la bonita suma de un millón de dólares por cada uno de los niños enfermos. Hasta madame Sarkozy, esa bella amazona que compite con evidente ventaja con la derrotada Ségolène Royal, ha debido trasladarse a Trípoli para presionar sobre aquella autocracia pero todo indica que el poderoso caballero que es ‘Don Dinero’ ha ganado también esta batalla: las familias trincarán el millón y callarán para siempre a cambio de que las otras víctimas –que ésas sí que lo son–, esto es, las enfermeras y el médico, se libren de la horca y recuperen la libertad tras ocho años de duras prisiones. En Los Ángeles o en Trípoli ha funcionado igual el clásico mecanismo de la compensación, por lo que tal vez el mundo civilizado deba felicitarse, pero no sin que una incierta nota de inquietud moral sobrevuele las conciencias. Todo –desde la salud de un niño hasta la inocencia perdida– tiene un precio en esta lonja desmoralizada.
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Se queda uno nota al enterarse de que algunos de los nuevos millonarios cobrará por la herida que recibió allá por los años 50 y aún por los 40, heridas que en la mayoría de los casos –que se sepa, y se sabría de ser cierto– no arrastra secuelas que no puedan solucionarse con una terapia elemental y un discreto apoyo químico. Como se queda uno de piedra ante el espectáculo de esa subasta celebrada al amparo de una Justicia que no tiene inconveniente en cebarse con unos cooperantes mundialmente apoyados mientras que parece dispuesta a echar pelillos a la mar en el momento –eso se especifica con claridad en el acuerdo– en que el dinero esté efectivamente, contante y sonante, en manos de sus perceptores. Los pedófilos quedarán, en consecuencia, en libertad de renovar, si es que les quedan ganas, sus míseras aventuras, y los presuntos inoculadores del Sida recuperarán una libertad desde la que nadie puede asegurar que no vuelvan a dañar fatalmente al prójimo. ¿Es eso justo, tiene el menor sentido cambiar responsabilidad por dinero, puede creerse que hay sujetos afectados por un abuso remoto casi medio siglo después, o habrá que concluir que estamos confirmando un sistema en el que la Justicia es negociable (siempre lo fue, en fin de cuentas) por grave que sea el delito y patente que pueda resultar el riesgo de reincidencia? En el ‘hall’ de nuestros hospitales proliferan ya aguilillas que ofrecen sus servicios jurídicos a las familias que se consideran sanitariamente perjudicadas y eso, aparte de los aguilillas, no es bueno para nadie. Como no puede serlo ceder ante la brutalidad de una autocracia como la de Gadaffi y rescatar penados como si fuéramos mercedarios de otro tiempo. Mala cosa es convertir en un principio el adagio antiguo de que los duelos con pan, son menos.