Síndrome Valderas

Fue tremendo escuchar a Luis Carlos Rejón, excoordinador de IU (cuando IU tenía 20 diputados), hablar en Punta Umbría, el viernes pasado, de los traidores de IU (“mientras más cercanos, más traidores”, llegó a asegurar), cogerle al vuelo su ironía sobre el fracaso de Valderas en Huelva, tomar nota de su varapalo a la política de sumisión y vasallaje a que el PSOE ha logrado someter, a fuerza de prebendas, a la otrora rebelde coalición de la izquierda. Pero lo duro es contrastar esa reprimenda con la conducta efectiva de Valderas y los suyos, dedicados en cuerpo y alma a bailarle el agua al PSOE lo mismo en Valverde que en Bollullos, lo mismo en Aracena que en la capital, simples intermediarios del “aparato” que paga y manda, simples ganapanes que viven de unas siglas. ¿De qué viviría Valderas fuera de IU? A esa dura pregunta cabría contestar acaso que de lo mismo que la mayoría de sus adláteres: de nada.

Fuera de la ley

No le falta razón, en cierto sentido, al expresidente extremeño, Rodríguez Ibarra, al protestar por la difusión generalizada de la acusación formulada por El Solitario sobre la presunta muerte por error de un pastor al que habrían confundido con el bandido, y la posterior ocultación de esa atrocidad por parte del propio Ibarra y del exgeneral Galindo. Hay cosas delicadas que no pueden acreditarse con el simple testimonio de un delincuente y, ciertamente, en este caso la acusación es de una gravedad que exigiría, por lo menos, alguna aclaración. El problema es que sobran precedentes de barbaridades semejantes que, incluso conocidas y requetepublicadas, no han producido el menor efecto jurídico ni político. Recuerden el caso del mendigo secuestrado y asesinado en Madrid por agentes del servicio secreto, por poner un caso, o el propio caso Lasa y Zabala, ya juzgado, que confirmó la inconcebible barbarie de unos hechos por los que la Justicia condenó precisamente a Galindo. Más recientemente, ahí está el supuesto montaje organizado por el mismo Ibarra, tras el atentado de Atocha, para facilitar apoyo logístico a Vera mientras éste informaba a su partido, en lugar de al Gobierno legítimo, sobre la autoría del golpe. O el chivatazo que salvó a los recaudadores etarras de ser detenidos y cuya investigación duerme el sueño de los justos en las acogedoras gavetas de algún juez. La protesta de Ibarra tendría sentido pleno si en España se respetara la legalidad y los desafueros constituyeran siquiera aisladas excepciones, pero difícilmente puede tenerlo en un panorama en el que la ilegalidad presunta e incluso patente ha llegado a ser no sólo frecuente sino habitual. Un pastor muerto por error en un descampado no parece nada del otro mundo considerado lo que sabemos que viene ocurriendo hace tiempo en el que vivimos, y la eventual ocultación de ese presunto crimen mucho menos todavía. A Ibarra es natural que le moleste la imputación directa y sin pruebas que le hace un delincuente, pero no lo es que pueda sorprenderse de un hecho que no deja de ser al menos verosímil dadas las circunstancias. Y ya puestos, tampoco que se apunte a quien, como él, no es nuevo en la crónica conspiratoria. Lo curioso y grave, a mi juicio, es que lo de menos en esta historia sea la posible muerte del pastor, es decir, que de todo el cuento lo más asumido como verosímil sea ese hecho tremendo que en cualquier democracia solvente hubiera pasado ya a mayores.

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El problema estriba, como decía, en que la mera imputación de un forajido sin la menor prueba de lo que denuncia, pueda colar de matute en una opinión que ha visto ya demasiadas barbaridades como para seguir confiando en el rigor de la autoridad, en especial si convalece aún del soponcio que pudo producirle la comparecencia pública del jefe de los espías o la noticia de que, mediante cohechos impunes, esos espías manejan los datos reservados de la Seguridad Social no sólo para controlar ciudadanos sino para recrear con ellos muertos vivientes útiles en sus enredos y manejos. Es grave e injusto, quién lo duda, que se acuse a Ibarra de ocultar el asesinato de un pastor por parte de las fuerzas de seguridad, pero mucho grave resulta, hay que insistir en ello, que hayamos llegado a un punto en que esa probable patraña sea aceptada como posible por los ciudadanos en lugar de ser rechazada como inverosímil, que sería lo natural que ocurriera en una sociedad libre de tantas sospechas. Ibarra se equivoca al apuntar contra los ‘medios’ en lugar de preguntarse qué circunstancias han hecho posible que la improvisada acusación de un maleante sea admitida, de entrada, por una opinión pública que no se extraña ya de que la autoridad secuestre, torture, asesine o entierre en una fosa con cal viva a quien cree oportuno, ni de que desde las alturas del Estado se colabore en montajes como el mencionado. El Solitario no es el problema e Ibarra, por supuesto, lo sabe de sobra.

Juntos y revueltos

Tremenda la imagen del homenaje “radical” a Blas Infante. Una mixtura confusa, unas ideologías polvorientas, pero sobre todo un descomunal despiste a la hora de refugiarse en la idea de un bizarro “nacionalismo de izquierda”. Mal tienen que andar las cosas para que suene ese mensaje –que, por cierto, no descartaba siquiera el “recurso a la violencia”– que retrata mejor que nada el vacío ideológico y el consiguiente desconcierto de esos líderes menores. Incluso se anuncia un “sindicato andaluz”, en plan aberchale sureño, y se declara “enemigo” al “Estado español”. Los viejos chistes del “Sherry Batasuna” y el “blasinfantilismo” quizá, pero lo que no se comprende es la presencia en ese aquelarre, como diría Chaves, de algunos personajes como Rejón. Lo único positivo quizá es que con semejante espectáculo han colocado al nacionalismo en la más alejada periferia política. Algo es algo. Sólo nos faltaba aquí una nueva mitología.

Caballo de batalla

Insiste el PSOE onubense en la idea de que si no hay Ciudad de la Justicia es porque el Ayuntamiento no cede terrenos. Bueno, ya admite que hay una parcela cedida, pero dice ahora que la prefiere “transparente” y sin problemas, olvidando que la cedida fue aprobada por el Pleno y es, en todo caso, de “obligada cesión al Ayuntamiento”. Ciudad de la Justicia no hay porque la Junta no quiere, porque, de querer, no estaría acondicionando la antigua ‘delega’ de Educación, o la hubiera construido en la antigua ‘Agromán’ (que es suya), o en parcela comprada por ella misma como hiciera para construir el edificio de la Junta en Zafra. Da grima ver que continúa intacta la estrategia de la zancadilla, la obsesión por lastimar al Ayuntamiento rival primando sobre el interés ciudadano. Y no es verdad que en todas las provincias los Ayuntamientos hayan arrimado el hombro: en Sevilla la Junta ha optado por alquilar a un empresario un edificio aún no construido, imaginen el chollo. El Ayuntamiento debe explicar con claridad un asunto que tiene tan fácil explicación.

Cenizas y caléndulas

Semanas atrás se ha vivido en el País de Gales una sorda batalla religiosa a propósito de la decisión judicial de sacrificar a un buey tuberculoso –un frisón zaino criado en un templo hinduista– para evitar el contagio animal y los consiguientes riesgos humanos. Miles de fieles determinados a impedirlo forzaron incluso una intervención policial dentro del recinto sagrado, como si no hubiera pasado el tiempo desde que hace cuarenta años una inmensa muchedumbre rebelada en Nueva Delhi, encabezada por santones desnudos –como los que viera Alejandro– adornados con guirnaldas de caléndulas y blanqueados con ceniza de bosta vacuna, acabó como el rosario de la aurora por defender el fuero de la vaca sagrada. ¿No había dicho Gandhi, después de todo, que lo fundamental del hinduismo es la defensa de la vaca? Mavin Harris, que se detuvo con inteligencia a contemplar este hecho fenomenal que es el culto hindú al bovino, recordó en su día que la Constitución Federal de India incluía un código de los derechos vacunos rayano en lo ridículo, pero él mismo se encargó de explicar que la renuncia al sacrificio del animal sagrado tenía sobrados motivos de orden económico con independencia de sus adherencias míticas. Hoy las cosas han cambiado no poco pero queda probablemente lejos la definitiva abolición de una observancia que, con motivo de la reciente odisea de las “vacas locas”, dio mucho qué hacer a la autoridad empeñada en modernizar aquella vasta nación. Lo del buey galés es ya más raro, por supuesto, porque lo que en Calcuta es mito y folclore por partes iguales, en una granja británica no puede ser otra cosa que extravagancia, no sólo a los ojos del juez que ha de aplicar la ley sin detenerse en  pamplinas dogmáticas sino a los de cualquier ciudadano razonable. Los monjes han perdido la batalla esta vez, pero yo creo que el conflicto mismo, la pelea en torno al pobre ‘Shambo’ y su entrega final al matarife, no dejan de aportar una nueva prueba bien elocuente al debate sobre el ingenuo diálogo entre las civilizaciones.
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Sin salirnos de ese debate cabe comparar el discreto eco de la batalla galesa con la generalizada inhibición ante la veintena de ejecuciones humanas perpetradas por los integrista iraníes en poco menos de un mes, a pesar incluso de la difusión de varias espeluznantes fotografías de improvisados cadalsos con los cuerpos colgantes de las ejecuciones múltiples, o de esa terrible del hombre lapidado a cantazos reo de un delito de sodomía para el que la soga al cuello, a juicio del cadí, resultaba poco castigo. En la misma India monos o ratas acogidos a sagrado en los templos más venerados gozan de un envidiable estatuto incomparablemente más humano que las prácticas de control o castigo familiar de la mujer, consagradas por la costumbre. No hay santones adornados con caléndulas y embadurnados con el polvo sagrado de la boñiga manifestándose por los miles de hembras desfiguradas por el ácido como castigo a su desobediencia a los machos familiares pero sí que los hemos visto arremolinarse frente a los gendarmes en defensa de un buey tísico que ni siquiera llevaba la silueta de un cuervo en el lomo y en la lengua la de un escarabajo, como el Apis sagrado de la mitología primordial, ni hubiera sido capaz de raptar a la ninfa, como Zeus, transportándola seductor en el lomo. A Amnesty Internacional le hubiera costado lo suyo reunir a favor de cualquiera de las condenadas a la lapidación que aguardan su hora fatal, los miles de  firmas conseguidas sin esfuerzo para salvar a ‘Shambo’ del puntillero. Y eso, qué quieren que les diga, es un indicio confuso, un rasgo primitivo, una desconcertante nota de esta sociedad desnortada que lo mismo se abisma en la tradición que se despeña, sin pensárselo dos veces, en el vórtice modernista. No sé que habrá sido, finalmente, de ‘Shambo’. Qué fue de los reos iraníes lo hemos podido ver todos.

Los platos rotos

Difícil van a tenerlo Ayuntamientos como el cuatripartito de Chiclana para recomponer el plato roto a conciencia por sus antecesores –miles de viviendas ilegales, no pocas salvadas ya por la prescripción– como no sea a través de un acuerdo con la Junta providente del estilo del que se ha tramado en Marbella con el nuevo PGOU. Pero de momento hay noticias difíciles de entender, como la constatación de que, en lo que va de año, el Registro haya anotado 250 obras nuevas y la Fiscalía gaditana haya debido poner pie en pared ante la posibilidad de que se hayan efectuado ya mil nuevas parcelaciones ilegales. ¿No tiene arreglo la corrupción, qué hace falta para meter en cintura a los especuladores, no hay Administración capaz de pararlos, ni siquiera la de Justicia? Asombra la fría indiferencia con que desde esas Administraciones se contempla el festín urbanístico tanto como el hecho mismo que la orgía continúe. Ningún Poder ha dado hasta ahora pruebas de determinación en este negocio que es, hoy por hoy, probablemente, la madre de todas las corrupciones.