Conocer mundo

460 viajes oficiales, 32 interiores y 55 al extranjero, más de 262 millones de pesetas: eso es lo que lleva gastado un solo Ayuntamiento, el de Sevilla, desde hace tres años. Viajes a La Habana y Québec, a Tokio Ciudad del Cabo, México, Buenos Aires, Quito, Puerto Rico, San Francisco, Chicago, Los Ángeles, Nueva York, Sydney, Londres, Génova, Oporto, Lisboa, Venecia, Florencia o Roma, entre otras ciudades, para que nuestros ediles –bajo mínimos muchas veces—se quiten viajando el pelo de la dehesa. Sólo el alcalde Monteiserín –el mismo al que se atribuye lo de las bolsas de dinero a los chabolistas o lo de la trama de las facturas falsas—se han pulido 600.000 euros por los cinco continentes dejando a Marco Polo a la altura del zapato. Qué poquísima vergüenza, oigan, qué descaro pensando en el contribuyente que ha de rascarse a la fuerza el bolsillo para que esta tropa le cuente luego a la vecina lo bonitas que son las antípodas. El control, del gasto se está convirtiendo en el talón de Aquiles de una democracia que cojea ya, y de qué manera, del otro pie. 

El aguafiestas

¡Jodido periódico éste, jodido ‘Mundo’ descubridor de sentinas, levantador de secretos, debelador de mangancias! Sea comprensivo el lector con el papelito que nos ha tocado en el reparto de esta democracia secuestrada en el que, si no es por El Mundo, mecachis, nadie se entera en esta provincia de los transfugazos a la carta, de los trajines de algún cura subvencionado, del sabotaje partidista a una televisión pública, del “megaproyecto Barrero” que hubo de parar el propio Chaves o del posterior negocio de las parcelas de Punta, de la estafa de ‘Huelva Solidaria’ o de las epidemias ocultadas por la Junta entre tantos asuntos oscuros. El último mal trago ha sido denunciar la golfa trama de la Oficina de Extranjería, que ahora sabemos, ¡encima!, que hace meses que el Defensor Chamizo había puesto en conocimiento del ‘delegata’ Bago. ¡Qué incómodo papelón, créannos! Aunque peor debe ser guardar silencios cómplices y columpiarse en las subvenciones. Cada palo que aguante su vela como nosotros aguantamos la nuestra. 

El sueño ibérico

Las casas portuguesas fronterizas con España sostienen sus aleros sobre grotescos canecillos de forma humana que se encaran con el país vecino mostrándole ufanos la higa con el dedo corazón. Lo cuenta un lusitano tan inteligente y de espíritu tan conciliador como José Saramago en su impagable “Viaje a Portugal”, pero es algo que conocemos de sobra los españoles fronterizos que alguna vez hemos visto esas antañonas culebrinas artilleras encarando nuestra tierra con una leyenda reluciente que suele decir –en portugués ,claro– “Tiembla España” o algo por el estilo. Como lo sabe cualquiera que conozca nuestra desavenida historia, en particular desde la fracasada experiencia de la anexión  filipina. Es una tradición eso de los desplantes y desdenes, de los que, según una crónica de la época, ni siquiera se libró el temible Felipe II y su séquito en su célebre visita a Lisboa, y que ha sido luego alimentada por el provincianismo recíproco que levantó barbacanas más allá de la frontera mientras de la parte de acá fomentaba una indiferencia rayana en el desprecio. Y sin embargo, la encuesta que hace poco publicaba un periódico lisboeta y según la cual uno de cada tres portugueses estaría hoy abiertamente por la unión entre las dos naciones, no es precisamente una novedad, sino el “revival” de un sueño o proyecto histórico que tuvo especial aliento entre los románticos de la Restauración y que todavía personajes como Unamuno acariciaban tras el Desastre del 98. El tema del iberismo y el proyecto de la ‘Unión Ibérica’ son, en efecto, asuntos viejos, aunque haya sido preciso el tsunami europeísta para permitir a las buenas razones imponerse sobre una sentimentalidad heredada de generación en generación. Hay en la frontera que nos separa por el sur cuñas vacilantes que se meten hacia allá o hacia acá como una quebrada torpe trazada con la péndola de los agravios por el pulso temblón de la historia, toponimias inequívocas que desdicen la geografía política, y migas o desavenencias lugareñas que descubren la artificialidad de las fronteras. Dicen que se ha armado una buena en el país vecino con este motivo que, en buena lógica, como digo, no debería sorprendernos demasiado una vez que las mugas artificiales han sido borradas por el proyecto continental y que la globalización ha dejado tan en evidencia la lógica del recelo.
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Lo que sí resulta paradójico es asistir a estas paces virtuales entre dos enemigos históricos (llamemos a las cosas por su nombre) mientras se recrudece entre nosotros la guerra intestina alimentada por los separatismos –otra herencia romántica—que planean destrozar el mapa plurisecular trazando sobre su geografía acrisolada la caprichosa marca de la taifa rebelde. Es cierto que en Cataluña acaba de fracasar la ‘kermesse heroïque’ separatista puesta en la picota por una raquítica participación en el último referéndum como lo es que en el País Vasco todas las propagandas y los desafueros no consiguen mitear siquiera la opinión, que sigue siendo favorable a mantener la unidad inmemorial antes que a lanzarse a aventuras albanesas. Los portugueses, en cambio, que ya dieron muestra de singular cordura ofreciéndonos el ejemplo de su Transición como espejo de la nuestra (algo que suele olvidarse), y que supieron asumir sin aspavientos el fin de un imperio imaginario que apenas enriquecía a unos cuantos a cambio de desangrar a muchos, parece que andan ahora entreviendo la posibilidad de armar una península grande y libre, con perdón, en la que Europa, por fin, comience en vez de acabar. La “castellanización de la monarquía” que supuso, entre otras cosas, centrarla en Madrid en lugar de en Lisboa, tiene tantos partidarios con detractores. Este nuevo sueño de iberización de la península también contará los suyos pero no cabe duda de que tiene hoy más fundamento que tuviera jamás en su ya larga historia.

Cuentas no cuadran

La Junta se ha visto en la precisión de sumar todo lo sumable (y lo insumable) para que le cuadren medianamente siquiera las cuentas de unos Presupuestos del Estado que, como era previsible, nos traerán este año menos dinero que el pasado pero, muy probablemente, menos que el próximo. Duro que va para Cataluña –y ese es pacto cerrado por el Gobierno para su supervivencia–, duro que otro pierde, como es natural, y no parece que sea Andalucía la voz que vaya a clamar en ese desierto reclamando lo que es suyo. El problema del “Gobierno amigo” es ése precisamente: que la Junta autónoma puede decir lo que quiera en su propaganda, pero al final no tiene otro remedio que mamar lo que buenamente le asignen desde Madrid. Nos va a salir la torta un pan el jodido ‘Estatut’ y, encima, de poco ha de valernos este engendro remendón que estos días tratan de salvar ‘in extremis’ en Madrid nuestros caprichosos profesionales de los partidos. Menos dinero, esa es la veri, menos inversión, adiós a los AVEs prometidos y otras bicocas, porque lo primero es lo primero. Alguna vez dijimos pensando en Chaves aquello de “Yo quiero un Pujol”. Ahora tendría más sentido decir, bien que sólo en este sentido, “yo quiero ser catalán”. 

Delega del desgobierno

Por más que trate uno de salvar la ‘bonhomie’ del delegata Bago, la verdad es que no hay modo de eludir la evidencia de que su gestión gubernativa está resultando un desastre más que cualquier otra cosa. Ahí tienen esa Oficina de Extranjería, que ha dado ya que hablar más que Vietnam, y ese último y despreciable caso de abuso de los pobres “sin papeles”, exprimidos en sus míseras posibilidades o simplemente humillados como esclavos sexuales. Una cosa es fracasar a la hora de reprimir brotes de racismo o a la de gestionar pasaportes, y otra muy distintas no enterarse de que en ‘sus’ dependencias de está cobrando lo que no tienen a un puñado de desgraciados o pasándose por la piedra a las desdichadas inmigrantes que buscan un trabajo para sobrevivir. Demasiado incluso para el bientratado Manuel Bago, que debería, al menos, escenificar la comedia de su dimisión aunque fuera para verla rechazada por los culpables últimos de semejante desgobierno. 

La historia silbada

En los obituarios sobre Malcom Arnold, el autor de la banda sonora de “El puente sobre el río Kwai” que acaban de publicarse con ocasión de su muerte, me he enterado de algo decepcionante sin remedio para alguien de mi generación: que el silbido original de aquella banda, himno de la alegría todavía no poco belicosa de las juventudes de los 60, no era obra suya sino aportación, ciertamente excepcional, de Kennet Alford inspirada en el sugestivo tema de la melodía. Es una fatalidad lo que está ocurriendo con la vieja epopeya cinematográfica, porque hace poco tiempo tuve ocasión den empaparme en la tele digital de la sarta de camelos que constituyen aquella historia inventada por completo, en la que nada acredita, al parecer, la realidad del flemático ‘coronel Boggie’ que da nombre a la marcha, ni de los héroes yanquis burreando a los japos ni de la traca final de la oportunísima voladura del puente bajo el convoy enemigo, sino un episodio bélico mucho más banal motivado por un proyecto enemigo algo parecido pero que ni siquiera habría tenido lugar en el paraje elegido por David Lean para su film sino en otro rincón de aquella foresta que hoy visitan, comidos por los mosquitos y la novelerías, los turistas occidentales. Tan falsa como la pegadiza marcha fueron, pues, la historia misma, los literarios personajes, el milagro del heroísmo y la fábula cuya moraleja nos traía la convicción del ineluctable final feliz de las disciplinas bien llevadas, lo cual, obviamente, no hace al caso, dada la convencional falacia del cine ejemplarizante en general y del bélico en particular. Para la memoria sublimada de más de uno, no cabe duda, esa desmitificación de aquel ‘paso honroso’ ha de suponer un quebranto irreparable, pero también es cierto que no es buena táctica apuntalar la moral con mitos fácilmente desmontables, por mucho que les hayamos silbado entusiasmados su banda imaginaria. La Historia no es una ciencia sino un arte al que sólo se llega por la imaginación.
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Anden , para que recuperen “memorias históricas” al margen de los historiadores, para que confíen la tarea debeladora del pasado al primero que pase por delante de la puerta del partido o al segundo que llame dos veces, como el cartero famoso, a la puerta del motel de los recuerdos. La Historia es una cosa muy seria, sin perjuicio de esa delicada condición suya que hace que ni en primera ni en segunda versión nos permita, honradamente, poner por sus conclusiones la mano en el fuego. Uno puede ser fiel lector de Suetonio, pongo por caso (y yo lo soy), sin dejar de reconocer lo que se le nota al viejo maestro el tirón clientelar que determinan sus simpatías personales por este o aquel otro césar, del mismo modo que se puede confiar en Tácito sin dejar de percibir cómo su “filosofía de la historia” –que todavía en el Barroco será utilizada (y perseguida) como vehículo del criptomaquiavelismo– condiciona y hasta fuerza hechos y perfiles. El guionista que le proporcionó a David Lean aquella historieta apasionante debía saberlo o intuirlo por lo menos, como lo saben, en definitiva, todos los memorialistas del pasado por la razón elemental de que no hay uno solo entre ellos que escape a la ley de la simpatía, superior siempre a la de las rigideces de una objetividad tal vez imposible. Y si no ahí tienen el caso, una generación o dos silbando una marcha que nunca existió en homenaje a unos héroes que nunca existieron en un paisaje que ni siquiera era el auténtico. El toque está en comprender que bajo tal dificultad subyace casi siempre alguna verdad profunda. Hoy sabemos, por ejemplo, que la coronación de Erec, el héroe artúrico, bien pudiera ser el trasunto de cierta ceremonia real ocurrida efectivamente en Nantes en tiempos de Enrique II. No sólo los Arana reinventaban el pasado. En fin de cuentas, ya me dirán quién no ha silbado alguna vez convencido una marcha recién sacada del microhorno de la superchería.