El buen magnate

Un apellido magnate bien conocido desde hace años incluso en la crónica de sociedad, Getty, vuelve a titulares con motivo del acuerdo alcanzado entre sus sucesores y el Estado italiano sobre las obras de arte antiguo que, compradas en su día por el epónimo a los traficantes del género, exhibe todavía en sus museos la preclara familia. En realidad, no puede uno hacerse una idea de lo que hubiera sido del arte –quiero decir del negocio del arte– sin la mediación filantrópica de los poderosos, esos coleccionistas desinteresados que hacen los negocios más redondos al tiempo que conquistan su merecida fama de bienhechores, y en ellos incluyo desde el citado Paul Getty hasta lord Elgin, el que se llevó por la cara los famosos “mármoles” al British Museum, hasta el Rupert Murdoch que, según acaba de saltar también a la actualidad, fue quien llevó a la Nacional Gallery de Australia ese Van Gog falso –espléndido, por cierto– que acaba de ser desenmascarado por los expertos como obra de copista seguramente próximo al genio o a su círculo. En Sevilla mismo se expone estos días la “Santa Rufina” rescatada por la Fundación Focus –a pesar de que subsistan algunas dudas residuales sobre su, al parecer, cuestionable autorí–, una prueba más de la imprescindibilidad del mecenazgo, cara luminosa de una luna administrativa que oculta en la oscura el fracaso de la gestión institucional. Es cierto que ya los magnates no patrocinan la obra artística como en su día hicieran la aristocracia de sangre o la Iglesia, pero no lo es menos que tanto ayer como hoy, sin el trapicheo de los poderosos, el mundo del arte sería otro muy distinto en el supuesto de que hubiera logrado sobrevivir. El museo Tyssen o el Picasso, sin ir más lejos, demuestran que el nuevo ‘evergetismo’ puede ser a un tiempo un éxito cultural y un negocio redondo, en especial contando con el papanatismo proverbial de las Administraciones, pero incluso los gestos aislados, los regalos y cesiones con que nos abruman esos potentados, me da que no debe de salirle gratis al contribuyente ni, por supuesto, tan caro como parece al milloneti rumboso. Paul Veyne explicó en un libro memorable cuántas maneras había ya en Roma de “compensar” la magnanimidad de los grandes pudientes y me temo que entre nosotros pudiera escribirse otro por el estilo sin más que ponerse a ello y atenerse a las consecuencias, claro.

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Sabe Dios qué sería del arte soberano sin los manirrotos magnates, aparte de que no deja de ser consolador, en cierto modo, el propio filibusterismo tantas veces demostrado por estos amantes de lo bello. Los generales de Napoleón saqueaban de entrada nuestras abandonadas catedrales enviando a Francia en carros el fabuloso botín, lo mismo que, andando el tiempo, harían los jerifaltes nazis, como Göering, desvalijando los museos de París. Son formas impropias de demostrar la afición, por descontado, rapacidades que no dejan de implicar cierta nobleza de la estimativa, en todo caso más soportable que la de un trujimán marbellí colgando ‘mirós’ sobre su bañera y junto a la jirafa disecada. Los griegos actuales, esos piratas, llaman ladrón a Elgin a pesar de la evidencia de que, sin su intervención, lo probable es que los mármoles del Partenón habrían sido subastados por piezas hace mucho. Hoy todavía para ver “El aguador de Sevilla” es preciso peregrinar al santuario londinense de Marble Arc donde Wellington depositó el liberal regalo que le hizo España por los servicios prestados, que no fueron pocos, ésa es la verdad, así como para completar nuestra visión del barroco español no está de más llegarse hasta la Quinta Avenida para disfrutar con la Frick Collection. No solemos ser conscientes de lo que, para la realidad artística, supone el apoyo del magnate, con independencia de que luego resulte que, en muchas ocasiones, el magnate acabe forrándose a cambio de ese apoyo. Nadie como nuestros responsables de Cultura para cerrar ese círculo.

No se lo cree ni él

Corrobora Chaves desde Marruecos (el primer día no quiso ni mentar la bicha) que nada sabía del cambalache de Delphi y su plan para trasladar su inversión de Puerto Real a Tánger. Es más, dice el caballero que se ha “enterado por la prensa”, lo cual, aparte de no resultar ya nada original sino más bien manido, es tan inverosímil que autoriza a pensar directamente en el camelo. Las relaciones de Chaves con el “régimen” marroquí no son una excepción en su partido sino más bien, a estas alturas, un caso más aunque, ciertamente, un caso muy especial por cuanto la Junta de Andalucía sirve a esas estrategia de penetración de punta de lanza. Pero si con tantos viajes de primer nivel no se ha enterado siquiera de la que se estaba tramando en la otra orilla es que está en Babia, y si se ha enterado, que es lo verosímil, es que ha mentido a los trabajadores y a todos los andaluces con más cara que espaldas. Estamos haciendo de embajadores en el país que nos arrebata lo poco que tenemos. Chaves tendría que responder por bien por su inopia bien por su complicidad.

Médicos y atascos

La actualidad veraniega de la provincia se reproduce puntualmente cada año: faltan médicos y sobran atascos. En Nerva o en Matalascañas, en la propia capital, el usuario del sistema público de salud paga a escote el desinterés político y las rutinas administrativas haciendo colas interminables para ser atendido, en el mejor de los casos, por un facultativo de urgencia, contratado para el caso, y más que probablemente “por días” y hasta “por horas”. En los insuficientes accesos a la costa –instrumentos partidistas desde hace años– los ciudadanos se pudren en las colas interminables con las que el Gobierno castiga a sus adversarios y competidores electorales. Este verano como todos, sin novedad. Si hay algo que falta a nuestros politiquillos en la medida en que sobra la mala fe, es imaginación y ganas de arreglar las cosas. De otro modo, ya me explicarán ese déficit viejo de sanitarios y esos atascos más que clásicos.

La hermana bestia

Nunca he descartado que una de las claves más efectivas que permiten el reajuste de nuestro implacable sistema social sean sus “utopías estéticas”, concepto gratuito con el que aludo a tantas formulaciones, siquiera teóricas, de proyectos benéficos que se suponen emanados de ese humanismo genuino que hace de gran legitimador de nuestro caos. La dureza ante la desdicha, por ejemplo, el argumento incontrovertible en principio, de que a nada conduce cuestionar lo que no tiene solución, pues, qué sé yo, la miseria pongo por caso,  suele compensarse con iniciativas –insisto, siquiera teóricas– que van mucho más allá, no sólo de lo factible, sino de lo razonable. Nada podemos hacer para aliviar la suerte de nuestros ancianos, poco para prevenir siquiera el contagio del sida entre las vastas poblaciones “en vías de desarrollo”, menos todavía para proceder contra la esclavitud infantil o el auge imparable de la industria de la prostitución internacional, pero eso no obsta para que exijamos un trato atento y compasivo para los demás animales, salvajes o domésticos, en cuyo favor no se escatiman ideas ni, llegado el caso, medios y remedios. No suelo reproducir textos ajenos, desde luego, pero no me resisto a copiar literalmente algunos renglones arrancados a la competencia en el contexto de un reportaje sobre la suerte de las “mascotas” o animales de compañía, ciertamente, explotadas sin reparos por sus dueños. “La vida que llevamos nos deja poco tiempo para entregarlo a nuestras mascotas, y eso les afecta emocional y sentimentalmente”, dice la experta, para que la reportera apostille: “El desorden emocional se presenta de manera alarmante en mamíferos como perros y gatos, pero también en reptiles y aves”, grave caso, sin duda, que sugiere la siguiente recomendación: “Las mascotas deprimidas deben ser tratadas por un especialista en conducta animal, recibir medicamentos si el experto lo estima necesario, acupuntura, ‘flores de Bach’, aromaterapia y masajes, aparte de ser estimuladas por sus amos con música, juegos y pasatiempos de habilidad”. El crack moral de las sociedades modernas ha sublimado la “pietà” franciscana como última coartada.
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 Me trae loco, sin ir más lejos, la diatriba que se traen en cierto foro animalista grupos rivales de investigadores que se acusan mutuamente de ignorancia y se reprochan sus respectivos paradigmas salvíficos en torno al amenazado hermano lince de Doñana, esa infeliz especie que, junto a los miles de millones que le dedica el erario, sólo dispone, por lo que ellos mismos dicen, de tres asociaciones de defensa, más de ciento cincuenta equipos de investigación, collares de seguimiento y cepos acolchados, sin contar los pasos subterráneos y conejos recriados para mejorar su dieta, un programa que ya quisiera para sí, un suponer, la legión de la tercera edad que malvive donde malvive olvidada de todos, hasta de los suyos. ¿Será que disponemos de poco tiempo para “entregar” a nuestros ancianos o acaso que hemos de compartir el poco de que disponemos entre ellos y nuestras desdichadas mascotas, las del prozac y  las ‘flores de Bach’, los masajes y los pasatiempos recreativos? El pietismo no anduvo jamás tan descoyuntado, la bondad implícita en el humanismo no se debatió  nunca en esta falsa paradoja que resigna la compasión por el semejante al tiempo que reclama para perros o culebras el tacto más primoroso. Hemos repetido tanto que cada minuto muere un puñado de niños hambrientos (o sedientos) que apenas percibimos ya en esa imagen la silueta gastada de lo inevitable. Lo de la mascota es otra cosa. Tengo amigos que han proporcionado a sus gatos costosos psicoanálisis. Están, por descontado, entre quienes aseguran que las hambrunas humanas y otros apocalipsis, no tienen solución.

Calor africano

Viene bien el calor, africano a ser posible, para confundir bajo la calima el desolador paisaje político. Chaves anda en Marruecos como si no se hubiera enterado de la jugada de Delphi, los empresarios de El Algarrobico dicen que demás está lo que digan los tribunales sobre su “hotel sobre la orilla” si el Ministerio no tiene pasta para indemnizar a la propiedad, nadie sabe –ni la propia ministra y menos aún la Junta– por qué se quema el monte en Cerro Muriano, se publican los fabulosos sueldos de los políticos, protestan los usuarios por la falta de médicos en las aglomeraciones de verano, colea el saqueo marbellí como la penúltima serpiente de verano y nos enteramos de que si el presidente del Consejo Audiovisual le pagan bastante más que al Presidente del Gobierno por su más que prescindible tarea, a sus consejeros también. La galbana ayuda lo suyo para entumecer la conciencia. Es posible que si una borrasca refrescara el ambiente, el corral se alborotara en condiciones.

Peligro invisible

El acontecimiento y sus circunstancias los conoce el lector: un sujeto presuntamente multidrogado atropella y da muerte a un ciudadano y hiere a varios, sus familiares y amigos acosan ferozmente al fotógrafo de prensa que, como no podría ser menos, trata de fotografiar a aquel, para perseguirlo luego a pedradas por las calles de la capital. Pero más llama la atención –de comprobarse finalmente– aquellas circunstancias: un sujeto expresidiario, sin oficio conocido, dueño de cinco vehículos (algunos de lujo), cargado hasta las trancas de joyas… que no despierta la menor sospecha en ninguna autoridad hasta que se produce lo irreparable. ¿Habrá muchos como ese sujeto en Huelva, qué sabrán los responsables de la seguridad de este persona, de sus andanzas, del origen de sus fortunillas, de sus más que probables fechorías? Mucho me temo que poco y, seguramente, me paso, pero ahora tienen una buena ocasión para darle un repaso a la nómina de peligrosos. Un sujeto drogado a 200 por hora y en contramano es una barbaridad, pero ese mismo sujeto campando impune por sus respetos es un absurdo.