Niños y cerdos

Una de los fallos de la especie humana ha consistido en su incapacidad para ajustar su reproducción adecuadamente al medio. Las otras, las “animales”, ya saben, se ajustan al medio sin necesidad de que nadie les lea la cartilla, se pliegan sumisas a un imperativo natural que el gran Malthus –tan poco leído, tan malentendido, todo hay que decirlo– demostró con una simple teoría de la proporción. Pero los hombres no leen a Malthus ni se ocupan en controlar sus feromonas, sino que se reproducen, unas veces de más y otras de menos, siguiendo la imperiosa razón del sexo que es, como se sabe, ajena a toda Razón. Nunca logró la especie un equilibrio razonable de la poblaicón salvo allí donde se mantuvo tan cerca de la Madre Naturaleza como para confundir su perfil con el de las demás, sobre el fondo idílico y engañoso del “estado de naturaleza”. Cuando se “humanizó”, es decir, cada vez que trató de escapar a ese yugo ecológico para aumentar o reducir su volumen, la jodió sin remedio, según aquel sabio ya citado porque los recursos crecen en proporción aritmética mientras que la población lo hace en términos geométricos. Ésa es, en resumen, la historia, y más o menos eso fue lo que nos enseñó el insuperado talento de Alfred Sauvy antes de que las cosas se enredaran como lo han hecho, al margen de que el Poder haya tratado siempre, desde los tiempos más remotos, de controlar el rebaño en función de sus necesidades. En el mundo occidental, por ejemplo, llevamos años preocupados ante los bajos índices demográficos, consecuencia paradójica de la mejora del nivel de vida en un marco vital cada día más estrecho, hecho que ha conseguido igualar las políticas de población de las dictaduras con las de los regímenes democráticos. Franco y ZP no difieren al proponer a la pereza reproductiva la idea de que un hijo bien puede nacer con un pan debajo el brazo.

xxxxx

Por si quedaba algún gesto oportunista pendiente tras el “talonazo” del Gobierno a las paridas, el PP acaba de anunciar a bombo y platillo que, de gobernar sus huestes, no serían 2.500 euros lo que caería del cielo en el moisés del reciennacido, sino 3.000 cabales para el primer hijo, 3.500 para el segundo y 4.000 para el tercero, fantástica progresión que nos retrotrae a los tiempos en que las familias numerosas iban a El Pardo con atuendo dominical sabedoras de que el NO-DO haría famosa su imagen en todo el país. No se fían de una sociedad que debe su incremento vegetativo a la fertilidad de la inmigración y buscan estimular como sea la genética patria, no ya con el estímulo clásico del honor que supone la progenie, sino a base de alegrarle la pajarilla a los reproductores con un cheque al portador. En China, lo que son las cosas, sobra lo que falta aquí, de modo que el Poder solícito debe velar porque la reproducción no se desmande más allá del hijo único en una política estricta que no descarta siquiera la eliminación de las hembras y que ahora trata de reforzarse reforzándola con el progreso de la ganadería. “La madre tierra está cansada de mantener más hijos”, “Cría menos niños y más cerdos”, reza la propaganda oficial de un universo desbordante que a punto está de alcanzar en su órbita el cénit de los mil quinientos millones de bocas que alimentar. Ya ven qué mundos tan distintos, uno en el que se castiga la reproducción, y otro que logra el prodigio de poner de acuerdo, al menos cualitativamente, a esos dos antagonistas irreductibles que mantienen al país partido por gala en dos. Este es un mundo muy raro, en todo caso, como lo prueba que esté subiendo exponencialmente el precio del cereal por el que suspiran dos tercios de sus habitantes desde que las cosechas se dedican no se dedican a consagrar hogazas sino a producir bioetanol para nuestro tráfico insaciable. Habría que rescatar el NO-DO, tal vez, para constatar la superioridad del paritorio frente a la zahúrda. Sería nuestra penúltima oportunidad de resistor la invasión china.

Sírvase usted mismo

Continúa la crónica veraniega del festín político, desde la millonada del alcalde de Sevilla al pelotazo del presidente de la Diputación de Almería (uno que acaba de perder las elecciones en su propio Ayuntamiento, no se lo pierdan), desde los miliardos de euros despilfarrados por la banda marbellí en “protocolo” y pamplinas a las desmesuradas facturas pagadas por delegaciones de la Junta en festejos y cuchipandas. El alcalde de Sevilla dice, encima, que criticar esa orgía es antidemocrático y declara que a él personalmente le parece todavía insuficiente lo que cobra una eminencia profesional como él o como sus mariachis, dicho sea a pesar de que el propio Chves –¡calculen!– ha creído imprescindible sugerir la necesidad de regular institucionalmente el inmenso “saqueo legal” que padece esta región colista y resignada. Junto a los bucaneros del “management”, los políticos son los únicos trabajadores (en fin, valga el término) que se fijan el salario y las condiciones de trabajo a sí mismos. Pocas cosas le han causado un daño semejante a la precita democracia.

Bocas cerradas

Los ‘delegatas’ de la Junta compiten desde hace algún tiempo en despropósitos injustificables pero han redescubierto el viejo truco de no decir ni pío ni aunque los cojan atracando un banco. ¿Y por qué habrían de decirlo si cuentan con las bendiciones del partido al que todo le deben y de la Administración que todo les consiente? Ha habido delegados condenados por ‘mobbing’ a los que ni les ha reñido, los ha habido “colocadores” a dedo de vástagos notables, y los hay de actualidad por habérseles descubierto pruebas de despilfarro injustificables o porque la propia Junta los haya acusado de “incumplimientos” financieros en la administración de lo público. ¿Y qué, insisto, cómo exigirles una responsabilidad que quienes deberían imponerle les disculpa? Las denuncias en un “régimen” son papel mojado. De sobra saben ellos que con dar la callada por respuesta es la mejor solución para ellos y para el partido.

El buen magnate

Un apellido magnate bien conocido desde hace años incluso en la crónica de sociedad, Getty, vuelve a titulares con motivo del acuerdo alcanzado entre sus sucesores y el Estado italiano sobre las obras de arte antiguo que, compradas en su día por el epónimo a los traficantes del género, exhibe todavía en sus museos la preclara familia. En realidad, no puede uno hacerse una idea de lo que hubiera sido del arte –quiero decir del negocio del arte– sin la mediación filantrópica de los poderosos, esos coleccionistas desinteresados que hacen los negocios más redondos al tiempo que conquistan su merecida fama de bienhechores, y en ellos incluyo desde el citado Paul Getty hasta lord Elgin, el que se llevó por la cara los famosos “mármoles” al British Museum, hasta el Rupert Murdoch que, según acaba de saltar también a la actualidad, fue quien llevó a la Nacional Gallery de Australia ese Van Gog falso –espléndido, por cierto– que acaba de ser desenmascarado por los expertos como obra de copista seguramente próximo al genio o a su círculo. En Sevilla mismo se expone estos días la “Santa Rufina” rescatada por la Fundación Focus –a pesar de que subsistan algunas dudas residuales sobre su, al parecer, cuestionable autorí–, una prueba más de la imprescindibilidad del mecenazgo, cara luminosa de una luna administrativa que oculta en la oscura el fracaso de la gestión institucional. Es cierto que ya los magnates no patrocinan la obra artística como en su día hicieran la aristocracia de sangre o la Iglesia, pero no lo es menos que tanto ayer como hoy, sin el trapicheo de los poderosos, el mundo del arte sería otro muy distinto en el supuesto de que hubiera logrado sobrevivir. El museo Tyssen o el Picasso, sin ir más lejos, demuestran que el nuevo ‘evergetismo’ puede ser a un tiempo un éxito cultural y un negocio redondo, en especial contando con el papanatismo proverbial de las Administraciones, pero incluso los gestos aislados, los regalos y cesiones con que nos abruman esos potentados, me da que no debe de salirle gratis al contribuyente ni, por supuesto, tan caro como parece al milloneti rumboso. Paul Veyne explicó en un libro memorable cuántas maneras había ya en Roma de “compensar” la magnanimidad de los grandes pudientes y me temo que entre nosotros pudiera escribirse otro por el estilo sin más que ponerse a ello y atenerse a las consecuencias, claro.

xxxxx

Sabe Dios qué sería del arte soberano sin los manirrotos magnates, aparte de que no deja de ser consolador, en cierto modo, el propio filibusterismo tantas veces demostrado por estos amantes de lo bello. Los generales de Napoleón saqueaban de entrada nuestras abandonadas catedrales enviando a Francia en carros el fabuloso botín, lo mismo que, andando el tiempo, harían los jerifaltes nazis, como Göering, desvalijando los museos de París. Son formas impropias de demostrar la afición, por descontado, rapacidades que no dejan de implicar cierta nobleza de la estimativa, en todo caso más soportable que la de un trujimán marbellí colgando ‘mirós’ sobre su bañera y junto a la jirafa disecada. Los griegos actuales, esos piratas, llaman ladrón a Elgin a pesar de la evidencia de que, sin su intervención, lo probable es que los mármoles del Partenón habrían sido subastados por piezas hace mucho. Hoy todavía para ver “El aguador de Sevilla” es preciso peregrinar al santuario londinense de Marble Arc donde Wellington depositó el liberal regalo que le hizo España por los servicios prestados, que no fueron pocos, ésa es la verdad, así como para completar nuestra visión del barroco español no está de más llegarse hasta la Quinta Avenida para disfrutar con la Frick Collection. No solemos ser conscientes de lo que, para la realidad artística, supone el apoyo del magnate, con independencia de que luego resulte que, en muchas ocasiones, el magnate acabe forrándose a cambio de ese apoyo. Nadie como nuestros responsables de Cultura para cerrar ese círculo.

No se lo cree ni él

Corrobora Chaves desde Marruecos (el primer día no quiso ni mentar la bicha) que nada sabía del cambalache de Delphi y su plan para trasladar su inversión de Puerto Real a Tánger. Es más, dice el caballero que se ha “enterado por la prensa”, lo cual, aparte de no resultar ya nada original sino más bien manido, es tan inverosímil que autoriza a pensar directamente en el camelo. Las relaciones de Chaves con el “régimen” marroquí no son una excepción en su partido sino más bien, a estas alturas, un caso más aunque, ciertamente, un caso muy especial por cuanto la Junta de Andalucía sirve a esas estrategia de penetración de punta de lanza. Pero si con tantos viajes de primer nivel no se ha enterado siquiera de la que se estaba tramando en la otra orilla es que está en Babia, y si se ha enterado, que es lo verosímil, es que ha mentido a los trabajadores y a todos los andaluces con más cara que espaldas. Estamos haciendo de embajadores en el país que nos arrebata lo poco que tenemos. Chaves tendría que responder por bien por su inopia bien por su complicidad.

Médicos y atascos

La actualidad veraniega de la provincia se reproduce puntualmente cada año: faltan médicos y sobran atascos. En Nerva o en Matalascañas, en la propia capital, el usuario del sistema público de salud paga a escote el desinterés político y las rutinas administrativas haciendo colas interminables para ser atendido, en el mejor de los casos, por un facultativo de urgencia, contratado para el caso, y más que probablemente “por días” y hasta “por horas”. En los insuficientes accesos a la costa –instrumentos partidistas desde hace años– los ciudadanos se pudren en las colas interminables con las que el Gobierno castiga a sus adversarios y competidores electorales. Este verano como todos, sin novedad. Si hay algo que falta a nuestros politiquillos en la medida en que sobra la mala fe, es imaginación y ganas de arreglar las cosas. De otro modo, ya me explicarán ese déficit viejo de sanitarios y esos atascos más que clásicos.