Un onubense en lo más alto

Nunca tuvo Huelva mejor representación cívica de la que hoy tiene, tan por encima de la política. A Amador Suárez –a quien, mientras ZP recibe obsequioso a la “Chiche” Kichtner, le queman sus empresas en Argentina– acaban de elegirlo presidente de Cepesca, la mayor organización pesquera de Europa, voz única de España para hacerse escuchar aquí y en Bruselas, 1.200 empresas pesqueras, 41 asociaciones de armadores incluyendo 17 andaluzas, 1.400 buques, 20.000 tripulantes, 300.000 toneladas de registro bruto, un gigante que representa al 95 por ciento de la flota de altura y al 75 de la bajura. Lo han apoyado con decisión, incluso desde el Ministerio, mientras me consta que  la Junta de Andalucía no se ha dignado siquiera en llamarlo por teléfono. Eso se llama defender “lo nuestro”, eso es lo que se dice valorar nuestra presencia y nuestra capacidad de influir dentro y fuera de la nación. Ese es, sencillamente, tener el horno en manos del aprendiz. Amador Suárez no es un político sino un gran “emprendedor” de esos que predica la Junta. Se conoce que, sin embargo, no es de su cuerda. Huelva y Andalucía deben saber estas cosas.

La sangre ajena

Un ciclista kazajo, Alexandre Vinakourov, que venía haciendo un excelente papel como ganador de etapas en este ‘Tour’ devaluado, ha debido abandonar la competición, junto con su equipo, una vez demostrado que debía sus triunfos a la sangre ajena. Justo cuando parecía que las proezas de Contador, ese español prodigioso, podrían devolver a la célebre prueba el prestigio perdido y volver a “enganchar” como antaño, otro escándalo de dopaje viene a confirmar la hipótesis pesimista de que toda competición –sin excluir ni al amor ni a la guerra– suele tener arranques románticos para acabar rompiendo en míseros amenes barrocos. El Tour mismo no es, evidentemente, el que era cuando Federico Bahamontes –un cianótico criado con la algarroba de postguerra que se entrenaba subiendo las cuestas toledanas– podía permitirse el lujo de sentarse en lo alto de un “col” y comerse un helado para dar cuartelillo a sus rivales. O cuando Fausto Coppi ganaba la Milán-San Remo con un cuarto de hora de ventaja. O cuando el bello Anquetil se erigió en líder intratable del velocismo sin dejar de sonreír a las muchachas que entonces comenzaban a acosar a los héroes en la meta. Nada de eso. Todavía hace un quinquenio, el sociólogo francés Georges Vigarello creyó descubrir las claves del ‘Tour’ en el marco de una mitología nacional aunque no nacionalista, al ver en la famosa prueba una epopeya que actuaba como un eficaz reunificador de la conciencia nacional en torno al sentimiento de identificación con el paisaje, tesis que avalaba con el hecho de que sus ediciones más “esenciales” habían resultado ser precisamente las celebradas tras las guerras o crisis nacionales vividas por el país. Él demostró entonces que lo de menos eran los espectadores que asistían ‘in situ’ a la carrera frente al increíble 73 por ciento de la población francesa por entonces registrada en la audiencia televisiva. Algo ha cambiado, sin embargo, y de forma difícilmente reversible, tras la irrupción de la dopa en esta histórica ordalía y el descubrimiento del sórdido tráfico de sangre humana –aparte losde anfetas, esteroides anabolizantes o simples diuréticos– sin el que, al parecer, ya no son posibles las hazañas clásicas. La imagen del triunfo suele asociarse a la de pureza, y eso, naturalmente, se paga.

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 Ni que decir tiene que el ‘doping’ no es un invento reciente. Drogas de muchas clases se usaban ya en Olimpia o en Delfos por parte de aquellos efebos por los que se pirraba Píndaro, y en el circo romano se dopaba a los caballos en las carreras de cuadrigas, algo que no debe extrañar sabiendo que en la Roma del severo Augusto funcionaban casi mil tiendas de opio. Y sospecho, además, que los escándalos no han aparecido hasta ahora ni más ni menos que porque han debido aguardar a que las técnicas analíticas avanzaran lo suficiente, pero que tal vez muchos de nuestros románticos escaladores subían el Tourmalet ‘colgados’ como jaulas de sabe Dios qué sustancias menos sofisticadas que las que hoy pervierten el ideal deportivo. Otra cosa es, y bien distinta, por supuesto, que la noción idealista del deporte, que ilustra mejor que nada el llamado “espíritu olímpico” del barón de Coupertin, se ande imponiendo a una realidad que parece imparable, y que un cierto desencanto sea la respuesta colectiva al tocomocho que nos venían colocando los falsos románticos. Lo que queda por ver es qué alcance tienen estas decadencias y hasta qué punto, de ser correcta la hipótesis de Vigarello, el “país mental” pudiera resquebrajarse averiado por las grietas de tanta transfusión y tanto chute. Este mundo sólo funciona con el combustible cínico de la exigencia moral ajena aunque sepa de sobra de qué va la película. Rousseau imaginó al “buen salvaje” sobre el modelo que el capitán Cook vio en los mares del Sur. Su ralea se empeña en fingir que sigue exigiéndoles a sus héroes que se alimenten en exclusiva del árbol del pan.

La cuestión territorial

Desde que conocí la decisión del Tribunal Constitucional de confirmar el escrutinio de Zahara de la Sierra dando por nula una papeleta del PP que llevaba escrita en el margen inferior una guasa boba contra ZP, pero considerando válidos dos votos del PSOE, uno igualmente sobrescrito, y otro que incluía dos papeletas (de `partidos distintos), no dejo de pensar en la gravedad de un criterio que, en lo sucesivo, va a dar mucho juego a los interventores bronquistas. Pero, sobre todo, no se me quita de la cabeza una idea: ¿qué hubiera ocurrido si, en lugar del PP andaluz, hubieran sido ERC o Batasuna los perdedores de un Ayuntamiento por un voto en esas condiciones? Gana terreno la sensación de que el PP está en Babia, veraneando como los reyes viejos, mientras los manijeros de su adversario no descuidan el más mínimo detalle. Pero vuelvan a la pregunta anterior: ¿hubiera actuado igual el TSJA y el TC igual si el caso les hubiera llegado desde Cataluña o desde el País Vasco? Ya me pueden jurar por sus mengues lo que quieran, que personalmente seguiré convencido de que no.

Rebaja en el sueldo

El alcalde de Ayamonte, Antonio Rodríguez, se ha rebajado paladinamente el sueldo: ya no ganará al mes un millón de las antiguas pesetas, como su predecesor, sino solamente 700.000 sobradas, puesto que del kilo flamenco que se llevaba el gran Rafael González, se he recortado, como digo, dos mil euritos. Todo un gesto, en cualquier caso, rebajarse voluntario la leña en una cuarta parte, pero todo en ‘cante’, en fin de cuentas, porque nos descubre por dónde va ya la vera de los sueldos municipales –esa huerto sin vallar– y hasta qué indignante punto el alardeado “servicio público” se ha convertido en un negocio pingüe para personajes cuyo nivel profesional jamás le hubiera proporcionado semejante chollo. Se debería exigir que los alcaldes y concejales y demás cargos públicos declaren, no qué poseen, sino cuánto ganan, dónde y por qué, aunque no fuera más que por adecentar la política. Mientras tanto, felicidades y plácemes a ese héroe discreto que ha comprendido que una cosa es ganarlo dignamente y otra muy distinta forrarse en el cargo.

El precio de la vida

Gran despliegue propagandístico en Francia, y en la UE en general, ante la liberación de las enfermeras búlgaras y el médico palestino condenados a muerte en Libia por el inconcebible delito de haber inoculado deliberadamente el virus del sida a quinientos niños. Se pone de relieve el “gesto de humanidad” del régimen de Gadaffi y el mérito compartido por el matrimonio Sarkozy y la administración europea, que han actuado como mediadores con los buenos oficios del emir de Qatar, actor, a su vez, como mediador de mediadores. Todos contentos. El propio ‘Sarko’ viajará a ese país que vive vuelto de espaldas al mundo para agradecer la decisión que, todo hay que decirlo, no ha sido tan gratuita como se pretende presentar, pues fue acompañada del pago de un rescate (porque eso es lo ha sido) de un millón de dólares por niño presuntamente inoculado. Curiosa situación ésta en que Occidente suplica o negocia con países islámicos por la vida de rehenes, extraño cambio de papeles que pone de relieve, en primer término, el éxito relativo pero indudable del terrorismo en cualquiera de sus formas (incluyo el institucional, es decir, el que practican los Estados parapetados en su ley), y en segundo plano, la capacidad de la política para metabolizar lo que le echen, incluso si lo que le echan es una miserable conspiración como ésta de esos sanitarios que han purgado ocho terribles años de cárcel en aquel país. ¡Pero que notición el de madame Sarkozy posando en plan hada madrina en la escalerilla del avión y la Unión Europea apuntándose, por una vez y sin que sirva de precedente, el tanto de un logro internacional en esa delicada zona! Nadie habla, por supuesto, de los millones pagados, como si el pago de un rescate fuera de recibo entre sociedades civilizadas y como si la vida de las personas –la de los niños contagiados, la de los facultativos víctimas– resultara tan fácil de tasar. Un millón de dólares es una cifra convincente lo mismo para vencer la honestidad de una dama (recuerden la oferta de Robert Reford)  que para valorar su cogote.

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Desde luego hay que admirar la capacidad de esta tropa para sacar agua de donde no la hay. Por ejemplo, para transformar en un éxito diplomático y en una importante baza de la estrategia “monarquista” del presidente francés, el fin de una tragedia que ha durado ocho años y que por poco acaba como el rosario de la aurora, con las enfermeras y el médico colgando de una soga en el mejor de los casos. No es que uno rechace la negociación, nada de eso; es simplemente que cualquiera se rebela ante el episodio del rescate, ante le montaje político y mediático para quitar de la vista del público esa escena decisiva que ha sido el pago de los quinientos millones de dólares, teóricamente destinados a conseguir el perdón de la parte ofendida y que vayan ustedes a saber, por supuesto, en qué manos o en qué caja numerada de banco suizo acabarán aterrizando. ¿Se debe negociar ante estos retos a la decencia que son los secuestros de hecho o “de derecho”? Pues posiblemente sí, a ver cómo coños sostener lo contrario, pero lo que no se debe es poner precio a una vida humana y acabar pagándolo. Entre otras cosas porque menudo negocio acaba de descubrir ese complejo submundo con el que no compartimos ni los presupuestos éticos ni, por descontado, los jurídicos. Una vez protestamos (algunos) contra el brutal bombardeo de Trípoli ordenado por Reagan  en el que el propio Gadaffi perdió a una hijita. Ahora pienso que deberíamos hacerlo a coro en lugar de simular que festejamos esa “humanidad” con tarifa venturosamente mostrada por los secuestradores. ¡Pero como lucía madame Sarkozy posando en la escalerilla del avión! Seguro que el glamour de esa imagen no se le ha escapado a ni Gadaffi ni a sus contables.

Serviles y resentidos

Para el personal generalmente ignaro de esos “aparatos” de partido que padecemos no hay mejor argumento ante la crítica o la disidencia que el del resentimiento. Un resentido hubimos de escuchar que era Escuredo cuando lo dejaron agarrado a la brocha o hace poco cuando se apuntó a la “plataforma” crítica, o Borbolla cuando se rebeló en la satrapía de Guerra, o Guerra cuando fue defenestrado por González, o Caballos cada vez que fue catapultado, o… Parece como si los “serviles” (el término es viejo: viene rodando desde Fernando VII) no concibieran otra razón para la discrepancia o incluso para la singularidad que la ambición ni otro argumento para la crítica que el reconcomio del perdedor. Ahora los resentidos, según el PSOE, son cualesquiera ciudadanos que, en uso de su libertad, se acerquen al PP o acepten participar en cualquier iniciativa adversaria, peor ya digo que, en tiempos, lo han sido también todos y cada uno de sus propios mandamases. El propio Pizarro, bocazas de guardia, será un resentido el día –“certus an incertus quandum”– en que lo boten a él. Que llegará, no lo duden, que llegará.