Sin Bruno no es lo mismo

Se demostró en el último pleno, tras el absurdo maratón de imputaciones precipitadas con que esa oposición sin ideas ni nervio, pretendió escenificar la comedia de la nueva era. Se echó de menos a Andrés Bruno Romero, ésa es la verdad, incluso con su áspera dialéctica y sus encoñes visibles, por la sencilla razón de que en el equipo (¿) de Parralo no hay nadie que se aproxime siquiera al defenestrado en punto a conocimiento del urbanismo de la capital y demás circunstancias políticas. Aburridos, vacíos, improvisados, incluso inverosímiles, los zambombazos que Parralo pretendió darle al Alcalde antes de que se cumpla siquiera el plazo de los cien días corteses, acabaron en bostezos hasta dentro de su propio grupo. Mal comienzo. Tener que echar de menos a quien se puso en la calle sin previo aviso debe de resultar duro. Seguro que Parralo lo reconoce en su fuero interno.

Especies amenazantes

Llevamos un verano erizado de sucesos referidos a especies amenazantes. Para empezar y, al parecer, a causa de la elevación de las temperaturas marinas, las medusas han invadido como cada año, aunque más que nunca, las costas mediterráneas, provocando la comprensible alarma bajo la abarrotada sombrilla pero, sobre todo, en el desierto chiringuito. Una criatura, por su parte, ha sido mordida por una víbora, especie que debe de andar protegida a pesar de su altísimo peligro, puesto que en Andalucía se ha gastado alguna vez dinero público –y no vayan a creer que es coña– en “repoblar” con ella nuestros amenazados montes. Hay que tantear con sumo cuidado estas delicadas cuestiones siempre vigiladas de cerca por el conservacionismo radical que, por ejemplo, en Cataluña, más o menos entre el Vallès y el Baix Llobregat, mantiene estos días en vilo a una autoridad perpleja al verse maniatada, frente a la plaga del mosquito-tigre, a causa de la severa limitación que impone a los trabajos sanitarios la condición protegida de las zonas en que se asientan sus criaderos. En Castilla y León, por si algo faltaba, una inquietantísima invasión de topillos, que mantiene en vilo no sólo a la agricultura sino a la amenazada población del viejo solar románico, nos imagina una vez más la vieja fábula camusiana de la peste y sus secuelas, mientras los médicos rurales se tientan la ropa asustados por esa tularemia rampante que difunden esos malditos roedores. El voluntarismo modernizador de estos nuevos “ilustrados” no encontrará imagen más incongruente que las rústicas partidas de mozos armados de palos y escopetas que se echan al campo al ser de día dispuestos a diezmar las falanges de ese enigmático apocalipsis que amenaza con enviar sus jinetes por todo el país. El espléndido futuro que nos prometían tirios y troyanos nos ha pillado, al cabo, apaleando topillos.
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No es dudoso que el ideal conservacionista, tal y como marcha en este momento tanto por la vía oficial como por la privada, necesita ser revisado y puesto en hora en medio de tanta confusión, sobre todo si se pretende que no acabe por imponerse reactivamente la idea antípoda que, de momento, lleva ganado ya mucho terreno entre quienes no comprenden que se pueda gastar en proteger al lince lo que parece ser que no hay para amparar al ser humano o que una población de contribuyentes haya de soportar resignada el flagelo de un mosquito gigantón llegado de Vietnam o Camboya precisamente por el hecho de que la astucia de la Madre Naturaleza ha enseñado a esa especie a procrear en un territorio tabú al que no alcanza la corta mano de los civilizadores. Hay incluso quien plantea ya si el envalentonamiento de este “aedes albopictus” no se deberá a la protección misma, esto es, si la proliferación del mosquito famoso no será más que el diezmo y la primicia que nos impone implacable el santuario natural del paraje privilegiado, acogido a sagrado bajo el cual, la enojosa especie procrea en proporción geométrica. No faltan razones, desde luego, para luchar contra el labriego que se defiende por las bravas con sus venenos tradicionales pero se echa de menos un cierto equilibrio que debería considerar también la protección del hombre, esa especie sin valedor que se creyó ingenuamente durante siglos reina de la Creación para despertarse un mal día como la última de la fila. Medusas, víboras, mosquitos o topos,  preocupan y ocupan más al aprendiz de brujo, tan poco darwiniano en última instancia, que desde su torre de marfil pretende ponerle puertas al campo para garantizar que dentro del cerrado continúa librándose la batalla de acuerdo con su código primitivo, bajo la atenta mirada del arcángel flamígero. Me parece recordar que fue Diderot quien avisó de que el hombre no tiene otra alternativa que rechazar la Naturaleza o someterse a ella. Con el zoo campando por sus respetos, el actual parece que ya ha elegido.

El PSOE condena al PSOE

La verdad es que el transfuguismo ha llegado ser un escándalo y que hay provincias, como la de Huelva –con más de cien tránfugas en las últimas listas del PSOE– en las que se ha convertido en una auténtica industria de la impostura política que casos como el del Ayuntamiento de Jabugo convierten en éticamente insostenibles. Por eso ha sido generalmente aplaudida su condena por parte de la Mesa Antitransfuguismo, que ahora preside la ministra Salgado, y en especial la actitud del PSOE que ha creído imprescindible sancionarse a sí mismo purgando el mapa político de vergüenzas semejantes. Claro es que hay muchos Jabugos, incluso sin salir de Huelva, y más claro todavía que al rechazarse esa “trampa política” la sanción debería alcanzar a no sólo a sus fautores directos sino a los ventrílocuos que hablan por ellos. Lo que dijeron en su día sobre Jabugo el chavista Pizarro o los capos onubenses, por ejemplo, exigiría que se amplíe a ellos el sartenazo de ese órgano democrático. Castigar sólo al alcalde y un concejal de ladea parece un sinapismo más que otra cocas.

Un onubense en lo más alto

Nunca tuvo Huelva mejor representación cívica de la que hoy tiene, tan por encima de la política. A Amador Suárez –a quien, mientras ZP recibe obsequioso a la “Chiche” Kichtner, le queman sus empresas en Argentina– acaban de elegirlo presidente de Cepesca, la mayor organización pesquera de Europa, voz única de España para hacerse escuchar aquí y en Bruselas, 1.200 empresas pesqueras, 41 asociaciones de armadores incluyendo 17 andaluzas, 1.400 buques, 20.000 tripulantes, 300.000 toneladas de registro bruto, un gigante que representa al 95 por ciento de la flota de altura y al 75 de la bajura. Lo han apoyado con decisión, incluso desde el Ministerio, mientras me consta que  la Junta de Andalucía no se ha dignado siquiera en llamarlo por teléfono. Eso se llama defender “lo nuestro”, eso es lo que se dice valorar nuestra presencia y nuestra capacidad de influir dentro y fuera de la nación. Ese es, sencillamente, tener el horno en manos del aprendiz. Amador Suárez no es un político sino un gran “emprendedor” de esos que predica la Junta. Se conoce que, sin embargo, no es de su cuerda. Huelva y Andalucía deben saber estas cosas.

La sangre ajena

Un ciclista kazajo, Alexandre Vinakourov, que venía haciendo un excelente papel como ganador de etapas en este ‘Tour’ devaluado, ha debido abandonar la competición, junto con su equipo, una vez demostrado que debía sus triunfos a la sangre ajena. Justo cuando parecía que las proezas de Contador, ese español prodigioso, podrían devolver a la célebre prueba el prestigio perdido y volver a “enganchar” como antaño, otro escándalo de dopaje viene a confirmar la hipótesis pesimista de que toda competición –sin excluir ni al amor ni a la guerra– suele tener arranques románticos para acabar rompiendo en míseros amenes barrocos. El Tour mismo no es, evidentemente, el que era cuando Federico Bahamontes –un cianótico criado con la algarroba de postguerra que se entrenaba subiendo las cuestas toledanas– podía permitirse el lujo de sentarse en lo alto de un “col” y comerse un helado para dar cuartelillo a sus rivales. O cuando Fausto Coppi ganaba la Milán-San Remo con un cuarto de hora de ventaja. O cuando el bello Anquetil se erigió en líder intratable del velocismo sin dejar de sonreír a las muchachas que entonces comenzaban a acosar a los héroes en la meta. Nada de eso. Todavía hace un quinquenio, el sociólogo francés Georges Vigarello creyó descubrir las claves del ‘Tour’ en el marco de una mitología nacional aunque no nacionalista, al ver en la famosa prueba una epopeya que actuaba como un eficaz reunificador de la conciencia nacional en torno al sentimiento de identificación con el paisaje, tesis que avalaba con el hecho de que sus ediciones más “esenciales” habían resultado ser precisamente las celebradas tras las guerras o crisis nacionales vividas por el país. Él demostró entonces que lo de menos eran los espectadores que asistían ‘in situ’ a la carrera frente al increíble 73 por ciento de la población francesa por entonces registrada en la audiencia televisiva. Algo ha cambiado, sin embargo, y de forma difícilmente reversible, tras la irrupción de la dopa en esta histórica ordalía y el descubrimiento del sórdido tráfico de sangre humana –aparte losde anfetas, esteroides anabolizantes o simples diuréticos– sin el que, al parecer, ya no son posibles las hazañas clásicas. La imagen del triunfo suele asociarse a la de pureza, y eso, naturalmente, se paga.

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 Ni que decir tiene que el ‘doping’ no es un invento reciente. Drogas de muchas clases se usaban ya en Olimpia o en Delfos por parte de aquellos efebos por los que se pirraba Píndaro, y en el circo romano se dopaba a los caballos en las carreras de cuadrigas, algo que no debe extrañar sabiendo que en la Roma del severo Augusto funcionaban casi mil tiendas de opio. Y sospecho, además, que los escándalos no han aparecido hasta ahora ni más ni menos que porque han debido aguardar a que las técnicas analíticas avanzaran lo suficiente, pero que tal vez muchos de nuestros románticos escaladores subían el Tourmalet ‘colgados’ como jaulas de sabe Dios qué sustancias menos sofisticadas que las que hoy pervierten el ideal deportivo. Otra cosa es, y bien distinta, por supuesto, que la noción idealista del deporte, que ilustra mejor que nada el llamado “espíritu olímpico” del barón de Coupertin, se ande imponiendo a una realidad que parece imparable, y que un cierto desencanto sea la respuesta colectiva al tocomocho que nos venían colocando los falsos románticos. Lo que queda por ver es qué alcance tienen estas decadencias y hasta qué punto, de ser correcta la hipótesis de Vigarello, el “país mental” pudiera resquebrajarse averiado por las grietas de tanta transfusión y tanto chute. Este mundo sólo funciona con el combustible cínico de la exigencia moral ajena aunque sepa de sobra de qué va la película. Rousseau imaginó al “buen salvaje” sobre el modelo que el capitán Cook vio en los mares del Sur. Su ralea se empeña en fingir que sigue exigiéndoles a sus héroes que se alimenten en exclusiva del árbol del pan.

La cuestión territorial

Desde que conocí la decisión del Tribunal Constitucional de confirmar el escrutinio de Zahara de la Sierra dando por nula una papeleta del PP que llevaba escrita en el margen inferior una guasa boba contra ZP, pero considerando válidos dos votos del PSOE, uno igualmente sobrescrito, y otro que incluía dos papeletas (de `partidos distintos), no dejo de pensar en la gravedad de un criterio que, en lo sucesivo, va a dar mucho juego a los interventores bronquistas. Pero, sobre todo, no se me quita de la cabeza una idea: ¿qué hubiera ocurrido si, en lugar del PP andaluz, hubieran sido ERC o Batasuna los perdedores de un Ayuntamiento por un voto en esas condiciones? Gana terreno la sensación de que el PP está en Babia, veraneando como los reyes viejos, mientras los manijeros de su adversario no descuidan el más mínimo detalle. Pero vuelvan a la pregunta anterior: ¿hubiera actuado igual el TSJA y el TC igual si el caso les hubiera llegado desde Cataluña o desde el País Vasco? Ya me pueden jurar por sus mengues lo que quieran, que personalmente seguiré convencido de que no.