Crisis y crisis

Crisis del PSOE en Lepe, donde los duros se rebelan contra un aparato que se ha quedado sin mascarón de proa. Crisis del PSOE en la capital, de creer en la insistente rumorología que asegura que el frete antiParralo avanza implacable y hasta se va de las manos de la “mesa camilla”. Posible crisis en Almonte donde el alcalde perpetuo cuestiona y deja a la Junta a los pies de los caballos una y otra vez. Lo que vende, sin embargo, no son esas crisis sino las que los estrategas rivales buscan y hasta encuentran en un PP donde no falta, como es natural, un roto para un descosido, sobre todo si lo que se explota es el liderazgo de Pedro Rodríguez. El PSOE gana siempre estas escaramuzas reales o imaginarias que el PP nunca supo manejar publicitariamente. Es una ventaja dialéctica y eso, qué duda cabe, ha formado parte del juego político desde la Transición hasta hoy. La derecha no sabe vender lo mismo que la izquierda vende con destreza. A esa cuestión no habría que ponerle pero sino buscarle culpables. Y remedios.

¿Quién quema el monte?

Arde Grecia. Desde el Peloponeso hasta las puertas de Atenas, la isla de Eubea, el fuego ha sido provocado al menos por treinta focos y el calor y los vientos han hecho el resto. Grecia lleva sufridos este verano tres mil incendios que ha arrasado cien mil hectáreas y se han llevado por delante más de medio centenar de vidas humanas. Duros han sido también los padecidos en Bosnia e Italia, como en años anteriores en Portugal y, como siempre, en España. En España se producen más de veinte mil al año y se pierden en ellos ciento cincuenta mil hectáreas, una catástrofe de consecuencias impredecibles que combatimos a media vista, como caballo de picador, sin querer enterarnos de la realidad ni asumir las graves dificultades que entraña su combate. Pero ¿quién quema el monte desde Galicia a Cataluña, desde Guadalajara a Huelva? Un informe no poco revulsivo, realizado por Greenpeace, acaba de hacerse público y en él se trata de establecer el perfil múltiple del incendiario, tan banalmente reducido aquí a la caricatura del majareta asocial que se venga con su mechero asolando el paisaje. El tema es más complejo, al parecer, según Greenpeace, que pergeña un dragón de ocho cabezas que aún no ha encontrado su san Jorge. Los propios labriegos, para empezar y aunque cueste creerlo, que serían responsables –más allá de la airada protesta de la patronal– de tres de cada diez siniestros incluyendo los cincuenta mayores de nuestra historia, un total de más de noventa mil hectáreas perdidas. A los que siguen los “ganaderos inconscientes” a los que se endosan uno de cada cuatro pero el doble de territorio malogrado, o los “malos cazadores”, que buscan el beneficio de ciertas especies en los quemados, sin contar a los especuladores, a los famosos imprudentes o a los insensatos que buscan garantizar su salario en el retén. Un panorama desolador con un agravante: que sólo se logra arrestar al uno por ciento de los incendiarios y, lo que cierra el círculo vicioso, que apenas se logra juzgar al 20 por ciento de los detenidos. Algo, más bien, muchas cosas, no funcionan en este crematorio que más pronto que tarde va a acusar sin remedio el daño soportado. La España que una ardilla podía cruzar sin pisar tierra hace tiempo que no existe. Pronto puede que tampoco exista la actual.
                                                                xxxxx
Era un cuento, una escapatoria, pues, al parecer, el de la silueta del pirómano camuflado en su propia identidad. Y en todo caso en la lista de Greenpeace se echa de menos al fantasma más real, a saber, el de esas Administraciones que regatean a porfía en la limpieza previsora del monte, única garantía efectiva frente a la mano criminal o al fatal accidente. En Huelva, tras el incendio devorador ocurrido hace tres años, de creer a los lugareños y a los vigías conservacionistas, ni siquiera se han limpiado todavía los montes abrasados. Aunque probablemente el gran fallo está en el dispositivo sancionador, en ese código gaseoso que no está a la altura de las circunstancias, en ese aparato judicial carente de recursos y expertos y, sobre todo, en la difundida conciencia de impunidad que justifica sobradamente lo que sabemos y decíamos antes: que apenas se pilla a uno de cada cien incendiarios y no se juzga más que a veinte de cada cien entre los pillados. Mal de muchos, en todo caso, como ilustra en estos terribles momentos el resplandor de la hoguera griega. En USA se han dictado hasta cadenas perpetuas para grandes incendiarios, según parece. Por acá somos más benignos, y más gremialistas, pero también más abandonados. No hemos sido capaz de organizar siquiera un operativo antiincendios que excluya al incendiario, eso lo dice todo. Ni de forzar a nuestros gobernantes, a través de la opinión, a invertir calladamente en esa tarea invisible que es la única útil aunque no dé votos. La ardilla de Plinio ha abdicado en el topillo su corona imaginaria. En el Gobierno se consuelan seguros de que ya vendrá el invierno.

Palo al síndico

Ha tenido que ser un expresidente del Consejo Económico y Social quien le de fuerte y flojo al sindicalismo actual, acólito del Poder, comensal junto al otro “agente social” en la mesa del Señor. No tenemos siquiera, treinta años después, la ley de Huelga que establece la Constitución; los conflictos se dirigen hoy a presionar al ciudadano y no al patrón; se exige la paridad en los consejos de administración de las empresas pero no entre los liberados sindicales; hay mucho temporal y hasta se llega a incentivar con dinero del contribuyente, ante la pasividad de esos gremios, a los “falsos autónomos”; los sindicatos se han  opuesto “sistemáticamente” a que se regule el juego de derechos. Federico Durán se ha despachado a gusto, incluso en plan Groucho: “En el caso Delphi hace falta autocrítica; los sindicatos han nido de victoria en victoria hasta la derrota final”. ¡Vaya palo! No contestará, pero no por prudencia, sino porque, seguramente, poco o nada tendrían que responder.

Conmigo o contra mí (2)

En los dos meses mal contados que lleva rodando el nuevo Ayuntamiento de Punta Umbría han desfilado oficialmente por el consistorio, en plan Reyes Magos, la tira de ‘delegatas’ de la Junta. Concretamente los/as de Educación, de Cultura, de Obras Públicas (con la consejera puesta), de Empleo de Innovación o de Bienestar Social, sin contar al delegado del Gobierno en persona o al ‘subde’, que asistió a la toma de posesión acompañado/acompañando (¿) al secretario Barrero. Son los mismos que jamás aparecieron mientras gobernó un alcalde del PP, sólo visitado en su legislatura y por motivos incidentales por el de Empleo. ¡Y Chaves repitiendo como papagayo que la Junta no discrimina entre propios y rivales! Como los vecinos son los mismos que hace dos meses, resulta obvio que en Punta hay tantos intereses creados y por crear que se trata de conservar al gobierno a toda costa.

La cuestión del día

No deja de parecerme peregrino que, teniendo encima la que tenemos, el gran problema de España o uno de los principales sea el de la implantación de ese engendro apresurado que es la nueva asignatura, la ‘Educación para la Ciudadanía’, discurrida por el laicismo (que no por la laicidad) militante. Uno suele creer que el civismo es cosa de familia, aunque hace ya mucho tiempo, el sociólogo Cooley –aquel cuya inspiración se ha relacionado con la bella idea de Goethe de que la propia vida debe ser una obra de arte– nos avisó de que, con independencia de quien ‘informe’ al niño, lo que verdaderamente lo ‘forma’ es el “grupo pequeño”, el círculo íntimo de la primera experiencia social, es decir, el ámbito amistoso. ¿Cómo adoctrinar al muchacho, por lo demás, sin caer en la tentación ideológica? ¿Y qué sentido puede tener el adoctrinamiento sesgado si el poder sucesor tendrá siempre en su mano invertir el transparente y mandar a las escuelas textos peñados de filosofías contrarias? Sólo desde la cerrilidad puede discutirse el derecho y el deber del Estado –aunque me gustaría más decir, “de la Sociedad”– a difundir un ideario básico cuyos sillares no fueran otros que los principios incuestionables conquistados a través del tiempo, qué sé yo, los derechos del hombre y del ciudadano, tal como los hallamos hoy consagrados por la aceptación común, acaso las básicas ideas de respeto mutuo implícitas o explícitas en los códigos éticos o religiosos. Ahora bien, ya me dirán qué sentido tiene tratar de imponer una visión del mundo y del hombre determinada en exclusiva por el interés parcial de un grupo o una clase, es decir, imponer una ‘ideología’ –en el sentido que usaba el concepto Marx pero también en el de Mannheim o Shils, da lo mismo– que, como tal, nunca podrá dejar de ser eventual. Del laicismo republicano no dejó rastro la dictadura pero de aquellas nuevas inquisiciones apenas se mantienen en pie cuatro piezas tras los embates de la democracia. Pues eso, a ver si lo acaban de entender.

                                                              xxxxx

En las “Charlas” que celebramos en Punta Umbría acaba de mostrar Ignacio Sotelo su rotunda disconformidad con un intento semejante, que él relaciona sabiamente con este bizarro conflicto religioso-educativo que se traen entre manos un Gobierno decidido a utilizarlo como baza electoral y una Iglesia incapaz de asumir el cambio irreversible experimentado por el país. Y Gustavo Bueno –nótese qué modos y qué talantes tan distintos– ha crucificado en el “Catoblepas”, su espléndida revista, la letra y la música de los textos hasta ahora conocidos con los que se pretende mortificar a la ‘basca’, con un pie en el “pensamiento Alicia”, el otro en el radicalismo idealista y, en medio, gravitando amenazadora sobre la ceremonia confusa, la gónada del Poder. Cómo haya podido consumarse un desencuentro tan membrillo es cosa, sin duda, admirable dada la problemática realidad presente, aunque Sotelo pueda soltarnos, como alguna vez nos soltó, esa paradoja deliciosa de que “en España vamos de catástrofe en catástrofe pero cada vez se vive mejor”. Y hombre, como la esperanza es lo último que se pierde, habrá que agarrarse a la evidencia de que una educación nacional que fue capaz de sobrevivir al “calendario juliano” y su autor, bien puede sobrevivir al zapaterismo ilustrado o por ilustrar y a lo que le echen. De todas formas, échenles ustedes a su vez una ojeada a esos textos que se pretende encalomar a nuestros alevines y verán lo que es bueno, incluyendo desde la utopía banalizada que proponen los ‘buenistas’, al elogio del comunismo (es la ‘cuota’ de IU, supongo) en cuanto única fuerza capaz de “compensar” el exceso y la deshumanización capitalista. Yo que esos padres recurrentes dejaba rodar la bola a ver dónde paraba, seguro, entre otras cosas, de que pocos chavales cruzarán en serio el espejo sin azogue de Alicia.

Hipotecas de paz

IU le debe a El Monte 2’3 millones. El PSOE domina El Monte de arriba abajo. Ergo, IU deberá marcar el paso conforme le toque el pito, con perdón, el furriel de su adversario/enemigo tradicional. Vueltas que da el mundo, datos que explican por entero la sumisión (el radicalismo eventual no pasa de simple coartada) demostrada durante tantos años, razones que dejan claras –una vez más– las razones que IU puede tener y tiene para no sacar el pie del camino y desfilar atenta a los deseos del acreedor. Pero la reflexión a que debe llevarnos este mal ejemplo no es la de este consabido cambalache, sino la de que, mientras tanto padre de familia revuelve insomne sus cuentas domésticas, los partidos se reparten el dinero de los impositores como quien desgarra la túnica inconsútil. Viven de pedir de vez en cuando que el Rey entregue sus cuentas o de acosar a algún financiero pillado ‘in fraganti’, pero ellos jamás muestran su contabilidad. Los amos del cortijo le llaman a esto “paz social”. Los náufragos de la izquierda posible ya no saben ni cómo llamarle.