Médicos y atascos

La actualidad veraniega de la provincia se reproduce puntualmente cada año: faltan médicos y sobran atascos. En Nerva o en Matalascañas, en la propia capital, el usuario del sistema público de salud paga a escote el desinterés político y las rutinas administrativas haciendo colas interminables para ser atendido, en el mejor de los casos, por un facultativo de urgencia, contratado para el caso, y más que probablemente “por días” y hasta “por horas”. En los insuficientes accesos a la costa –instrumentos partidistas desde hace años– los ciudadanos se pudren en las colas interminables con las que el Gobierno castiga a sus adversarios y competidores electorales. Este verano como todos, sin novedad. Si hay algo que falta a nuestros politiquillos en la medida en que sobra la mala fe, es imaginación y ganas de arreglar las cosas. De otro modo, ya me explicarán ese déficit viejo de sanitarios y esos atascos más que clásicos.

La hermana bestia

Nunca he descartado que una de las claves más efectivas que permiten el reajuste de nuestro implacable sistema social sean sus “utopías estéticas”, concepto gratuito con el que aludo a tantas formulaciones, siquiera teóricas, de proyectos benéficos que se suponen emanados de ese humanismo genuino que hace de gran legitimador de nuestro caos. La dureza ante la desdicha, por ejemplo, el argumento incontrovertible en principio, de que a nada conduce cuestionar lo que no tiene solución, pues, qué sé yo, la miseria pongo por caso,  suele compensarse con iniciativas –insisto, siquiera teóricas– que van mucho más allá, no sólo de lo factible, sino de lo razonable. Nada podemos hacer para aliviar la suerte de nuestros ancianos, poco para prevenir siquiera el contagio del sida entre las vastas poblaciones “en vías de desarrollo”, menos todavía para proceder contra la esclavitud infantil o el auge imparable de la industria de la prostitución internacional, pero eso no obsta para que exijamos un trato atento y compasivo para los demás animales, salvajes o domésticos, en cuyo favor no se escatiman ideas ni, llegado el caso, medios y remedios. No suelo reproducir textos ajenos, desde luego, pero no me resisto a copiar literalmente algunos renglones arrancados a la competencia en el contexto de un reportaje sobre la suerte de las “mascotas” o animales de compañía, ciertamente, explotadas sin reparos por sus dueños. “La vida que llevamos nos deja poco tiempo para entregarlo a nuestras mascotas, y eso les afecta emocional y sentimentalmente”, dice la experta, para que la reportera apostille: “El desorden emocional se presenta de manera alarmante en mamíferos como perros y gatos, pero también en reptiles y aves”, grave caso, sin duda, que sugiere la siguiente recomendación: “Las mascotas deprimidas deben ser tratadas por un especialista en conducta animal, recibir medicamentos si el experto lo estima necesario, acupuntura, ‘flores de Bach’, aromaterapia y masajes, aparte de ser estimuladas por sus amos con música, juegos y pasatiempos de habilidad”. El crack moral de las sociedades modernas ha sublimado la “pietà” franciscana como última coartada.
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 Me trae loco, sin ir más lejos, la diatriba que se traen en cierto foro animalista grupos rivales de investigadores que se acusan mutuamente de ignorancia y se reprochan sus respectivos paradigmas salvíficos en torno al amenazado hermano lince de Doñana, esa infeliz especie que, junto a los miles de millones que le dedica el erario, sólo dispone, por lo que ellos mismos dicen, de tres asociaciones de defensa, más de ciento cincuenta equipos de investigación, collares de seguimiento y cepos acolchados, sin contar los pasos subterráneos y conejos recriados para mejorar su dieta, un programa que ya quisiera para sí, un suponer, la legión de la tercera edad que malvive donde malvive olvidada de todos, hasta de los suyos. ¿Será que disponemos de poco tiempo para “entregar” a nuestros ancianos o acaso que hemos de compartir el poco de que disponemos entre ellos y nuestras desdichadas mascotas, las del prozac y  las ‘flores de Bach’, los masajes y los pasatiempos recreativos? El pietismo no anduvo jamás tan descoyuntado, la bondad implícita en el humanismo no se debatió  nunca en esta falsa paradoja que resigna la compasión por el semejante al tiempo que reclama para perros o culebras el tacto más primoroso. Hemos repetido tanto que cada minuto muere un puñado de niños hambrientos (o sedientos) que apenas percibimos ya en esa imagen la silueta gastada de lo inevitable. Lo de la mascota es otra cosa. Tengo amigos que han proporcionado a sus gatos costosos psicoanálisis. Están, por descontado, entre quienes aseguran que las hambrunas humanas y otros apocalipsis, no tienen solución.

Calor africano

Viene bien el calor, africano a ser posible, para confundir bajo la calima el desolador paisaje político. Chaves anda en Marruecos como si no se hubiera enterado de la jugada de Delphi, los empresarios de El Algarrobico dicen que demás está lo que digan los tribunales sobre su “hotel sobre la orilla” si el Ministerio no tiene pasta para indemnizar a la propiedad, nadie sabe –ni la propia ministra y menos aún la Junta– por qué se quema el monte en Cerro Muriano, se publican los fabulosos sueldos de los políticos, protestan los usuarios por la falta de médicos en las aglomeraciones de verano, colea el saqueo marbellí como la penúltima serpiente de verano y nos enteramos de que si el presidente del Consejo Audiovisual le pagan bastante más que al Presidente del Gobierno por su más que prescindible tarea, a sus consejeros también. La galbana ayuda lo suyo para entumecer la conciencia. Es posible que si una borrasca refrescara el ambiente, el corral se alborotara en condiciones.

Peligro invisible

El acontecimiento y sus circunstancias los conoce el lector: un sujeto presuntamente multidrogado atropella y da muerte a un ciudadano y hiere a varios, sus familiares y amigos acosan ferozmente al fotógrafo de prensa que, como no podría ser menos, trata de fotografiar a aquel, para perseguirlo luego a pedradas por las calles de la capital. Pero más llama la atención –de comprobarse finalmente– aquellas circunstancias: un sujeto expresidiario, sin oficio conocido, dueño de cinco vehículos (algunos de lujo), cargado hasta las trancas de joyas… que no despierta la menor sospecha en ninguna autoridad hasta que se produce lo irreparable. ¿Habrá muchos como ese sujeto en Huelva, qué sabrán los responsables de la seguridad de este persona, de sus andanzas, del origen de sus fortunillas, de sus más que probables fechorías? Mucho me temo que poco y, seguramente, me paso, pero ahora tienen una buena ocasión para darle un repaso a la nómina de peligrosos. Un sujeto drogado a 200 por hora y en contramano es una barbaridad, pero ese mismo sujeto campando impune por sus respetos es un absurdo.

Teoría del retrato

Acaba de ver la luz un estudio realizado por un grupo de estudiosos de la universidad de Tel Aviv sobre la copia de autorretratos que dejó tras de sí el genio de Rembrandt, la mayor colección de la historia del arte, por lo visto, y que constituye, según los autores, toda una “autobiografía pictórica” en la que incluso han especulado con sus eventuales enfermedades (arteritis, rosácea, hipotiroidismo y el ‘mal del pintor’, el saturnismo)  y posible causa de su muerte. De vez en cuando hay quien se planta ante esos complejos ejercicios para bucear en ellos en busca de la personalidad del retratado por encima y por debajo de su estado de ánimo, obviamente errático desde la autocompasión o la soberbia hasta la timidez o el narcisismo. No conozco mejor reflexión sobre lo que el retrato, en general, representó y supone en la historia no sólo de la pintura sino, y sobre todo, en la de las mentalidades, que el breve pero admirable opúsculo de Galienne y Pierre Francastel, una obra que cifra el orto del género en el III Milenio y va siguiéndole el rastro a través de las vicisitudes de una evolución histórica que, sin duda, condiciona si no determina su sentido y hasta su manera. Los estudiosos de Rembrandt han concluido en esta ocasión que el maestro murió seguramente sumido en un estado melancólico así como que durante toda su vida arrastró una “depresión menor” que, ciertamente, no mermó su capacidad de trabajo ni, por lo que sabemos, sus ganas de vivir. Como hipótesis general no cabe duda de que el retrato –un género de origen mayestático si adoptamos la posición de Francastel– evoluciona paralelo a la personalidad humana de modo que será en el tiempo vivísimo en que el individuo surge y se impone en el conjunto social (y eso suele relacionarse con la presencia de la burguesía ciudadana) cuando, con las variantes que son bien conocidas, acabará alcanzando sus cotas más altas. Pero no cabe duda de que un retrato nobiliario precedió al propiamente burgués como un retratismo hierático había antecedido al nobiliario tal como lo conocemos en nuestro ámbito geohistórico. Un hombre que pinta a otro lo tiene literalmente en sus manos y si no recuerden el comentario del papa Inocencio –“Troppo vero!”– cuando vio el retrato velazqueño que guarda la Galería Doria Pamphili. Otro tema es cuando un hombre se retrata a sí mismo.
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Y es otro tema porque el autorretrato implica inevitablemente una íntima confesión con independencia de que lo confesado se ajuste de modo fiel a la autenticidad o haya sido, consciente o inconscientemente, alterado por el designio del autor. Rembrandt no pudo evitar dejar en sus rostros representados la huella leve de su malestar o el brillo de su contento, como el pobre Van Gog fue ennegreciendo sus múltiples retratos a medida que iba consumiéndose su castigada naturaleza, hasta romper en esos trazos negros (hay uno del estilo en el Belvedere de Viena que es escalofriante) con los que se castiga a sí mismo en su propia figura, en la que una pincelada roja en el lacrimal supone acaso un último resto de vida esperanzada. Hay grandeza y miseria encriptada en el retrato ajeno y, por supuesto, también en el autorretrato, como hay ternura o perfidia, lirismo o prosa dura en la manera de contarnos a brochazo limpio como era la persona retratada más allá de los convencionalismos. No se comprende, por ejemplo, como Carlos IV no ahorcó sin compasión a Goya cuando vio su retrato de familia en el que cada cara es un discurso cuando no es un sermón sobre la naturaleza humana, demasiado humana, de los encumbrados personajes. Y ello vale también para el retrato no figurativo, explorador por otras perspectivas de una misma realidad. Picasso decía más o menos que el arte es una mentira que nos acerca a la verdad. Supongo que Jacqueline o Dora Maar sabían bien de qué hablaba el genio.

Las patas cortas

La mentira tiene las patas cortas, el camelo más cortas todavía. Vean a Delphi abriendo el portón en Tánger nada más cerrarlo en Puerto Real, como ya lo había abierto en Rumanía. ¿Por qué insistirá la Junta de Chaves en que estos bailes de activos nada tienen que ver entre sí y que sólo la casualidad explica lo que no es más que una deslocalización salvaje perpetrada por aquellos a quienes la Junta, entre otros, le habían untado generosamente los bolsillos? Delphi se ha quedado con la pasta de nuestras subvenciones, eso es todo, y una vez capitalizado ese beneficio ya tiene poco que hacer en este “primer mundo de tercera” que es esta Andalucía rica para los pobres y cara para los ricos. ¿Sabría algo Chaves, por lo demás, del proyecto marroquí, teniendo como tiene hilo directo con quienes dirigen desde la otra orilla estos pingües manejos? Esa sombra tangerina era la que le faltaba a una Junta que, en todo este proceso, ha hecho de mamporerra de los deslocalizadores y poco más.