El fiasco del verano

El verano está resultando un fiasco para los apocalípticos. El calor va y viene en olas discretas, alternando el optimismo de los escépticos que niegan el cambio climático con la murria de quienes lo temen. Leo por un lado que un venerado chamán, allá en una escondida selva americana, ha vaticinado, tras destozar a un gallo de un mandoble candomblé y escudriñar sus vísceras palpitantes, que el sol crecerá sobremanera y acabará precipitándose sobre nuestras humanidades más pronto que tarde. Pero por otro me entero de que un personaje tan respetable como el director del Museo de la Ciencia valenciano, Manuel Toharia, despacha el tema y problema de ese presunto cambio atribuyéndolo sin contemplaciones a una suerte de conspiranoia mediática ni más ni menos condicionada que otros escándalos por el mero cálculo de los programadores. Es lo mismo, en definitiva, que concluyeron los estudiosos que repasaron los minuciosos registros de los colonizadores de Riotinto, los mineros ingleses, a saber, que unas por otras, la media de todos los veranos venía a ser la misma en el siglo largo que llevaban registrado, en medida no menor que los fríos conservaban sin grandes mutaciones el perfil invernizo. Claro que el problema debería de haber dejado de serlo tras el informe –ése sí que apocalíptico– de esa ‘crème de la crème’ científica que asesora al club de los poderosos emitió no hace mucho, y en el que poco menos que se fijaba un término para la catástrofe irreversible en el caso de que la Humanidad no reaccionara enseguida para detener el presunto deterioro de la atmósfera. No sé, francamente, ni creo que nadie pueda decir que lo sabe a ciencia cierta, toda vez que la cuestión ha pasado esa línea roja tras la que los hechos mutan en leyendas y quedan a merced de la opinión. Eso sí, el verano no ha confirmado las profecías más aciagas sino que viene deslizándose sobre la guía templada de unas medias más que soportables. De tejas para arriba no hay quien se oriente, eso va a misa, pero al paso que va la burra me temo que pronto tampoco las tendremos todas con nosotros de tejas para abajo.
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Hace años se quejaba con razón el maestro John D. Bernal, aquel sabio olvidado, del papel alarmante que la Ciencia parece complacerse en jugar ante la indefensión de los hombres, un papel que a él, como a otros, le sugería el desempeñado en otros tiempos por algunas religiones. Lo que no quita del todo la razón a los prudentes convencidos de que el miedo guarda la viña, y en lo que se refiere a la plausibilidad del cambiazo atmosférico que nos inquieta esta temporada, la verdad es que el refrán, más que adagio, parece un mandamiento. Vendrá el otoño, por supuesto, y con él las nuevas cábalas y pronósticos que seguramente anunciarán escarchas y tiritonas para el invierno, pero empiezo a cavilar en que, en fin de cuentas, tal vez tampoco ocurra nada del otro mundo en esa estación íntima por más que en el telediario no cejen de amedrentarnos con la imagen del deshielo polar y la metáfora del agujero de ozono. Dicen que los osos boreales han cambiado su dieta inmemorial forzados por la veda que el deshielo ha impuesto a la caza de sus presas marinas, pero uno tiende ya a no comulgar así como así con estas nuevas desconcertantes. Son demasiados fiascos, compréndanlo, más fallos de la cuenta por parte de los predictores, pero sobre todo la clemente evidencia de un verano templado que nos anunciaron en tonos dantescos pero que está resultando una milhoja. Hasta las cabañuelistas de agosto parece que no han dado una este año, y eso, en cierto sentido, ya es peor, puesto que compromete la pura experiencia y no sólo la capacidad hipotética de la que tanto abusamos. Parecemos condenados a permanecer cautivos en la caverna vigilados doblemente por ‘apocalípticos’ e ‘integrados’. Por lo demás, me parece que lo más científico es mantener a toda costa que el termómetro es el termómetro.

Culpas repartidas

Se puede estar de acuerdo con Arenas cuando reprocha a la Junta la dureza con que anda tratando al Ayuntamiento marbellí desde que fracasó su opción partidista y gobiernan los de enfrente. Mucho menos cabe aceptar que recuerde sólo la benignidad de la Junta con el gilismo teniendo en cuenta que el PP no fue ajeno a esa estrategia cuando y mientras le convino. ¿O no nos acordamos ya de que a Gil le entregó el PP la Mancomunidad de la comarca cuando todavía cabía mantener políticamente con aquel personaje tratos y contratos? Puestos a reprochar tolerancias y componendas en Marbella ninguno de los dos grandes partidos saldría ileso de la bronca aunque, ciertamente, la responsabilidad de la Junta del PSOE haya sido tan grave que la propia Justicia ha visto a la institución como beneficiaria del negocio sucio. Las culpas andan repartidas en esa timba histórica en la que, seguramente, lo más cuerdo para esos partidos sería no remover el pasado.

Rebajas de verano

No hay noticias de interés en el mundillo político durante el ferragosto, como si la provincia tuviera ya rematados todos los deberes y no quedaran más que cuatro virguerías con que entretenerse. La Junta, la consejería de Agricultura y Pesca, reclama a los turistas que se abstenga de rebuscar coquinas, en Isla se tiran de los pelos (es un decir) los barandas del PP mientras se disputan a dentelladas la única “diputación” conseguida en las elecciones, en la capital, la candidata fracasada reclama terrenos y más terrenos ya cedidos mientras sus adláteres se quejan de que el alcalde no los deja jugar a las bodas… Por lo demás, parece que nada inquieta en la vida pública y desde el Polo se envía a los impacientes el mensaje de que es mejor avanzar despacito y con buena letra que correr riesgos mayores. Nada con sifón, prácticamente. Tal vez las vacaciones políticas deberían durar todo el año.

Cerebros lavados

Nos llama la atención José Luis Balbín sobre las ideas vertidas por Noam Chomsky, en una entrevista reciente, sobre la función y los límites del “cuarto poder”. Para el insigne filólogo el recurso a los “periódicos de referencia” sería ya una prueba de mediatización y el hecho que nos pone en la pista de una realidad fundamental para comprender nuestras sociedades: que esos ‘medios’ son, en realidad, el instrumento de gobierno permanente de los regímenes democráticos en la misma medida que la propaganda lo es en los que practican la autocracia. ¿No se basó la propaganda soviética en los hallazgos de la sociología de la comunicación yanqui, no fueron saqueados por las dictaduras en beneficio propio los trabajos que los Shills y los Janovitz habían hecho para destripar el juguete dictatorial? El argumento principal de esta crítica desmitificadora se fija en el divorcio entre la opinión pública y la que González llamaba la “publicada”, es decir, en el hecho comprobado de los repetidos fracasos de los grupos de influenciación que los medios representan ante hechos decisivos de la vida pública: el referéndum francés del 2005, en el que aquellos apostaban lo contrario de lo que decidió el pueblo, la distancia entre el deseo mayoritario de desnuclearización de Oriente Medio y una propuesta mediática más próxima a los proyectos políticos (y económicos, claro) que a esos deseos de la masa. Que por cierto, según Chomsky, no es la parte de la sociedad que más y mejor se somete a las técnicas de persuasión comparada con las elites, decididamente más permeables a la influencia que la muchedumbre solitaria. Nadie escapa a la pretensión de lavado de cerebro que auspicia el Poder, en unos casos manipulando la información, en otros potenciando la propaganda. La preservación de la libertad –individual, colectiva– requiere cada vez más un discreto distanciamiento de la opinión recibida. No sólo las dictaduras lavan cerebros, en definitiva. La lavandería democrática se diferencia exclusivamente en el método. Incomparablemente más buido, por supuesto, más sofisticado y menos bronco. El control social se ejerce con mano de hierro o con guante de seda. Pero se ejerce igualmente.

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Queda lejos la leyenda que reservaba el ‘lavado’ –la práctica de desestructuración de la personalidad– al modelo soviético. La odisea que Artur London nos contaba al cabo de los años en “La Confesión”, la que la historia y la mitología (por partes iguales) difundieron en un Occidente satisfecho que se ha creído durante decenios a salvo de los manipuladores; resulta que no eran el único instrumento de sumisión sino que había otros tan eficaces o más, si cabe, a la hora de someter al proyecto poderoso las voluntades individuales. A la sombra de la libertad floreció la técnica suasiva que comenzaba por arruinar la confianza en la propia capacidad racional antes de proponer la ‘conversión’ a un estilo nuevo, a un nuevo modo de “integración” en el que incluso la esclavitud virtual confunde su reflejo con el albedrío. Eso sí, el instinto sobrevive lo suficiente para arruinar un referéndum superando la sugestión o para distanciarse de un proyecto suicida, lo que permite a Chomsky abrigar la esperanza de que, al final, es posible, incluso probable, que la información prevalezca sobre los designios de los controladores. ¿Seguro? Alguna vez he recordado la idea de Bernanos de que ni las democracias pueden evitar la hipocresía ni las dictaduras el cinismo. Colgado entre el presente y el futuro, Chomsky parece que piensa algo por el estilo pero, aunque deje abierto un postigo a la esperanza, la verdad es que nos deja el alma en vilo. Quizá por eso se felicita la Regás de la decadencia de los periódicos y su decreciente (¿) difusión. Ellos y ellas también ‘proyectan’ deseos. El de que la crítica enmudezca, por ejemplo, y sólo permanezcan audibles las voces “de referencia”.

Espejo para Delphi

Gran tallina la propinada a los despedidos de Bolidén, los recolocados por Chaves tras la tragicomedia de la multinacional que se fue de rositas, y ahora despedidos como, seguramente, estaba previsto. Buena lección para los “parados con perspectiva” de Delphi, todavía en fase zalamera pero, qué duda cabe, apuntados a futuras decepciones. La realidad es que la Junta tapa sus imprevisiones (o sus previsiones, quién sabe) saliendo del paso como puede, pero eso no sería posible, obviamente, sin la complicidad mayor o menor de unos sindicatos domesticados por los dineros de la ‘concertación’ y otros narcóticos. Porque ¿han oído acaso alguna exigencia de aclaración de las subvenciones trincadas por los fugados o alguna explicación de cómo hubiera sido posible que la Junta no se enterara de la fuga de los subvencionados a Rumanía y Marruecos? Los de Bolidén también debieron creer en sus “perspectivas” alguna vez y ahí los tienen.

Ahora Isla Chica

Otra vez el tole-tole de la reclamación de terrenos municipales, de nuevo la polemiquilla que pretende hacer creer a los onubenses que la Ciudad de la Justicia no se construye porque el Ayuntamiento no cede terrenos. Se trata ahora del centro de salud de Isla Chica y resuenan los mismos argumentos así como las mismas réplicas: el Ayuntamiento recuerda que es la oposición la que ha impedido que la remodelación de Isla Chica esté concluida hace años, aparte de que la cesión de terrenos (como en el caso de la Ciudad de la Justicia) fue acordada en su día y acordada está. Es probable que Parralo huya hacia delante, como quien pisa las ascuas de una crisis interna del partido que sólo el verano está aletargando pero que está ahí, pero eso no debería ser obstáculo para que, mientras en el partido se decide su suerte y no, mantuviera en positivo la acción opositora. Los onubenses han pagado ya en demasía el precio de estas contiendas. Tras perder cuatro elecciones, lo inexplicable es que no lo hayan comprendido.