Caprichos fingidos

La Junta viene sosteniendo que la Ciudad de la Justicia, reclamada por la propia Audiencia en varias ocasiones, no se hace porque el Ayuntamiento de la capital no cede el terreno preciso. El Ayuntamiento sostiene lo contrario, y es verosímil su versión puesto que la falta de voluntad de la Junta ya ha dado lugar a enfrentamientos entre la consejería y la propia Justicia que ven en el proyecto una chapuza y porque hace un año lo menos el Pleno aprobó la cesión de una parcela concreta para tal fin. ¿Por qué enreda la consejera, aparte de para zancadillear en lo posible al adversario? En Sevilla, esa misma consejera ha zanjado el problema de la Ciudad de la Justicia pactando con un empresario la construcción de un edificio a cambio de garantizarle su alquiler durante tres años. Claro que Sevilla es Sevilla y Huelva es Huelva, valga la tautología. Alguien debería informar con claridad terminante a los onubense de las claves de este engaño con que la Junta viene enmascarando su oposición municipal.

El sexo pasivo

Vuelve periódicamente el negocio de la muñeca inflable, del maniquí plástico para uso y disfrute sexual del varón solitario, más bien del solipsista vocacional que no soporta a la mujer ni puede prescindir de ella: ni contigo ni sin ti, como en el fandango. Parece que el origen del artilugio se remonta a las marinas antiguas, en las que prototipos de trapo cumplían el papel aliviador que inspiró a los japoneses las silenciosas hetairas de compañía para las tripulaciones de los primeros submarinos, ahora recuperadas por la industria con avances entonces inimaginables a precios exorbitantes o razonables, según se mire: hembras inertes que, sin embargo, respiran, se menean o se humectan, odaliscas de vinilo, látex o silicona capaces de responder a estímulos sensoriales provocados por la voz del amante, hábiles para fingir los climax más agitados o para succionar hábilmente, practicables a través de un higiénico repuesto de vaginas, total, la locura. En los últimos años las “sexual dolls” se han adueñado del “sex shop” hasta convertirse en un subsector emergente de una industria del juguete que dispone, como es natural, de considerable apoyo financiero para la investigación de novedades y mejoras, entre las que ya son realidad el relleno de agua que permite la graduación de la temperatura o la elección del vello púbico (“natural o cavado, lacio o enrulado, rubio o morocho”, ofrece la propaganda argentina) así como el mecanismo del beso. La historia imaginada por Berlanga en “Tamaño natural” –la muñeca que acababa derrotando a la esposa del fetichista– va a resultar no sólo cierta sino corriente en este mundo majareta que viola bebés ante la “web cam” o trafica con toneladas de pornografía infantil. Es el viejo sueño de la esclava sexual, de la hembra absoluta precisamente por su objetalización perfecta, el recurso del varón medroso que busca en la mujer muda la garantía de su imaginaria dictadura. Los japos andan promocionando modelos adolescentes y hasta impúberes, ansiadas ninfas alcanzables al fin, al precio de seis mil dólares. La transgresión sin pecado ni delito, el simulacro del crimen o, simplemente, el mito de la autosuficiencia asistida. El Apocalipsis va a resultar obsoleto a este paso.

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Las actuales ofertas incluyen fantasías tales como reproducir las imágenes de mujeres famosas. La de Pamela Andersen o la de Paris Milton, por ejemplo, están de moda, pero recuerdo que hubo un tiempo en que la pepona practicable preferida del mercadillo americano fue la mujer de Nixon, háganse cargo de lo que se cuece en la duramadre averiada. Un tecnólogo alemán dice que prepara un modelo con capacidad para aumentar su temperatura mientras dura la fiesta pero manteniendo los pies fríos que es lo femenino chipén, mientras un servicio de postventa se compromete en Internet a hacerse cargo, cuando llegue la hora fatal, del enterramiento de la amada artificial junto a su dueño y señor. Nunca llegó tan lejos el proyecto inmemorial de silenciar a la hembra, de someterla sumisa al deseo sin el contrapeso de su libertad, de anularla en la función única del ser complaciente. Es decir, nunca estuvo tan a la vista la miseria del instinto macho una vez quintaesenciado, despojado drásticamente de todo vestigio romántico, deshumanizado hasta la ignominia en el culto cobardón al fetiche pasivo de la mujer perfecta. Porque la muñeca no es sólo un sustitutivo sino una superación imposible pero intentada: la muñeca no es la mujer sino su representación, ha explicado Gabriel Albiac rondando la ‘Copelia’ de Hoffmann o la ‘Olimpia’ de Villiers, la mujer es la ausente. Pienso asqueado en la degradación del mito, en la escena inolvidable (Ovidio, Met. lib.X) en que Afrodita da vida a ‘Galatea’ la estatua amada por el rey misógino. Y veo que no hay color. En el amor de la androide culmina el fracaso viril. El fetichismo de la independencia deviene insensiblemente en pura necrofilia.

La suerte de Cádiz

La esperanza es lo último que se pierde. La vergüenza, el sentido, siquiera mínimo, de la ética debería ser por lo menos lo penúltimo. ZP dice en Sanlúcar –baño de multitudes, langostinos de trasmallo, exhibición impúdica– que el cierre de Delphi supone una suerte para la Bahía, que abre “un futuro esperanzador”. ¡La tendrán dura estos próceres! Han mandado al paro a cinco mil trabajadores, no hay alternativa ninguna (si la hubiera es obvio que la estarían paseando), se descubre el pastel de la deslocalización hacia Tánger y, todavía, hablan, los tíos, de esperanza y de futuro. Tal vez no ha habido un conflicto que haya dado pie a tanto cinismo y a tan deliberada estrategia de engaño por parte de los gobernantes. Pero noten el silencio relativo, la paz cementerial, el impasse veraniego promovido por el montaje adicto. Se habla más de los gorgoritos de Sonsoles que de la angustia de esos parados. Y encima se les toma el pelo con una perspectiva inverosímil. El gran misterio es, sin duda, cómo logran mantener este tinglado.

Parada y fonda

Huelva, para y fonda. Para eso hemos quedado, aparte de periodos electorales, se entiende. Insistimos: ZP está en Doñana, a dos pasos de Huelva, a tres de los quemados de hace tres años, pero cruza el río y se va a Sanlúcar. Ni palabra del AVE prometido, nada de los problemas pendientes (aeropuerto, desdoble y accesos a la costa, servicio médico bajo mínimos, transfugazos intocables…) a pesar de haber convertido la provincia, como los anteriores presidentes, en parada y fonda familiar. “A mandar, que para eso estamos”, dice con guasa Unquiles en “Calle Puerto”. Pero ZP no le oirá, muy probablemente, aislado en su paraíso como los reyes viejos se aislaban en Babia. Huelva le importa más bien poco a este personal, fuera de elecciones, ya digo, sobre todo, porque la tienen por plaza segura y feudo garantizado. ¿Qué sarna con gusto ni pica? Pues no sería mal comentario dirigido a esos mismos ciudadanos que tal vez no entienden bien el desdén mostrado por el Presidente.

El caldo y las tajadas

Asistimos últimamente a un maratón de ataques nada diplomáticos a las inversiones españolas en los países hispanoamericanos. En algunos casos, como en Puerto Deseado, al sur de Argentina, la furia “piquetera”, ante la pasividad más que elocuente del Gobierno, ha llegado a destruir por las bravas industrias españolas que hace años vienen proporcionando trabajo y beneficios en la región. En otros menos airados, los propios mandatarios de las naciones receptoras de las inversiones se han manifestado contra ellas, recuperando el nunca del todo perdido paradigma peronista. La señora Fernández, esposa de Kirchner y aspirante a sucederle en la presidencia, abroncó hace poco a la plana mayor de nuestros empresarios, como ya comenté aquí, forzando a algunos de ellos a defenderse con una energía no poco incómoda, pero recibiendo, de vuelta a su país, sonoros elogios algo patrioteros, para mi gusto. No será necesario recordar el chuleo que sobre el particular se trae Chávez desde que confirmó su dictadura, en este caso retorciendo el bolivarismo en términos anticoloniales, como no lo será traer a colación algunas sandeces que hubo que escucharle a Evo Morales en nombre de un indigenismo altamente mitificado en el que, por cierto, militan ahora también algunos parlamentarios catalanes del sector separatista. La última, por el momento, ha sido la que el presidente de Ecuador se ha dignado espetarle en su cara a la mismísima Vicepresidenta española advirtiendo a nuestros inversores “que se preparen” (sic) para la dura negociación que se avecina a la hora de prorrogar los permisos. El indigenismo, el neojusticialismo o la simple autocracia, han dado la vuelta al transparente para mostrarnos por el revés, como negativa y exactora, la imagen de una política de inversiones por la que suspira medio mundo, incluida España, en estos revueltos tiempos de la globalización en que el Capital ha hecho de la amenaza de deslocalizar sus inversiones un arma extraordinaria. Se ha pasado de mendigar inversiones (como aún hacemos algunos) a tratar como a filibusteros a un empresariado que, por más que lo intento, no consigo entender cómo no se plantea replicar al rentoy nacionalista con un mutis por el foro.

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La cuestión no resulta fácil de entender en un país como España en el que hemos escuchado a importantes multinacionales exigir el mantenimiento o la subida de las primas estimulantes bajo la amenaza de darse el piro a otra parte con los faroles. O incluso dárselo sin avisar siquiera, como acaba de hacer Deplhi tras llevarse crudas las subvenciones de la Junta y de quien no es la Junta, pero obviamente con las bendiciones o, cuando menos, con el disimulo de la Junta. El mismo Chaves que acaba de enterarse por la prensa en Marruecos de que esa rapaz oportunista abría en Tánger las puertas que cerraba aquí, suele presumir, tras cada viaje a ese reino de la corrupción que es Marruecos, de ser la punta de lanza del inversionismo andaluz en aquella economía drásticamente sometida a la oligarquía local. ¿Y por qué ocurre eso, cómo se explica que nuestros inversores sean tratados por ahí como fenicios indeseables mientras que nosotros recibimos en la orilla a los aventureros que aquí se acercan, dispuestos a cambiar nuestro oro por sus baratijas? Ardua cuestión, probablemente ininteligible para legos como el que escribe y suscribe, pero sin duda reveladora del verdadero funcionamiento de estos montajes transnacionales que se venden como consecuencia del efecto globalizador pero que, en realidad, no son sino consecuencias del gran cambalache tramado entre los Poderes. Hoy se ve como una anécdota que líderes autotitulados socialistas vivan a mesa y mantel en la corte de los grandes magnates que cumplen así el sueño papiniano del dueño del mundo. Unos suplican por lo mismo que otros insultan, está visto, pero también lo está que a nosotros nos tocan siempre las de perder.

Visitas de Próceres

Ayer visitó ZP Sanlúcar de Barrameda, más que nada para conseguir una publicidad fuerte y gratuita (menos mal) y alegrarle la pajarilla al vecindario con su insigne presencia. ¿A que no va a El Berrocal, a que no va a Riotinto, a pesar de que desde hace tres años esperan en esos pueblos abrasados no ya esa parusía inconcebible, sino una simple ayuda real a la catástrofe que sufrieron? O a Puerto Real, ¿a que no va a Puerto Real, donde el comprometió su palabra a que no habría despidos sino ajuste fino y que nadie saldría perjudicado del cerrojazo de Delphi? Que va, ZP está de vacaciones en Doñana, un paraíso, y a nadie se le ocurriría dejar un paraíso para asomarse a un quemado o a un purgatorio de parados. Las vacaciones se pueden interrumpir para darse un baño de multitudes, claro está, pero no parece lógico hacerlo para llevarse un sofocón y menos una posible bronca.