El Festival, peor que nunca

A veinte días mal contados de la ‘gala’ –porque ‘gala’ habrá, sólo le faltaba a la candidata que no la hubiera–, el disputado Festival de Cine sigue sin presupuestos y sin jurado, aunque tenga ya banda sonora (preciosa, por cierto) y cartel (ya no tanto). Los cerebros que lo organizan ni se han molestado en reunirse todavía, aunque parece que lo harán el jueves, tal vez  para aprobar de una tacada lo que haga falta. Siguen jugando con ese logro excepcional de la (in)cultura onubense, como ven, sobre todo ahora que han capitalizado el evento arrancándoselo al Ayuntamiento, y también como siempre, siguen sin saber ni bien ni mal qué hacer no cómo hacerlo. Lo que es un milagro es que el Festival haya sobrevivido a las peleas políticas y a la inepcia de tanto enchufado paracaidista como ha debido soportar, pero es posible que este año supere sus propias marcas de confusión. Está cada vez claro que la cultura no va con la política, que no busca en ella más que un escaparate.

Cerezas del mal

Aseguran las penúltimas noticias que las presiones chinas han conseguido que Corea del Norte rebaje sus arrogantes desafíos atómicos a Japón y al resto del planeta: “El señor don Juan de Robles,/ de caridad sin igual,/ fundó este santo hospital/ pero antes hizo los pobres”, ya saben. Pero limitémonos aceptar el beneficio sin hurgar en los fondos. Ni siquiera sabemos, por otra parte, si es verdad o no lo es que la temida prueba nuclear se haya producido, toda vez que las iniciales confirmaciones de los servicios de varias potencias han sido posteriormente desmentidas, a saber por qué, por otros similares cuando no por ellos mismos. Un espectacular desfile antinipón tenía lugar el otro día en Pionyang, en plan fin de fiesta, lo que no deja lugar a dudas sobre el objetivo prioritario de esas hipotéticas bombas ni permite ser optimistas sobra la racionalidad, siquiera residual, de un régimen majareta que está ahí –conviene recordarlo—gracias al apoyo recibido desde muchos países que hoy se lamentan del resultado. La prensa americana coincide con la europea en relacionar semejante insolencia con la catástrofe de la guerra de Irak y el callejón sin salida de Afganistán, procesos cada día más parecidos, como acaba de reconocer el propio Bush, a la tragedia de Vietnam. Hay ya un efecto colateral grave, sin embargo, que debería empinar las orejas a este mundo que parece embobado en el espejo de Alicia si no en el de la madrastra de Blancanieves, y es el final de la desmilitarización de los japoneses y el proyecto en marcha de rearmar al actual “ejército de voluntarios” impuesto por Mac Arthur a pesar de que, de creer a los observadores especializados, esas silenciosas mesnadas constituyen ya el segundo ejército de Asia. En un momento en que viene demostrándose la casi imposibilidad de resolver las guerras en términos convencionales, los países tienden a rearmarse dispuestos a que no decaiga ni la amenaza ni la locura efectiva de la confrontación armada. En lugar de desarmar a Corea, armemos a Japón, tú le vendes las armas a un bando y déjame a mí el otro cliente. No hay búsqueda de la paz que no acabe resolviéndose en una huida hacia delante.
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Hay quien sostiene que las guerras africanas –esas grandes hecatombres silenciadas entre todos por la cuenta que a todos les trae—están relacionadas entre sí como entrelazadas suele estar las cerezas de la cesta. En USA una mayoría aplastante de la población cree a pies juntilla que el préstamo de bombas atómicas a Israel es la única providencia posible para evitar un nuevo holocausto en un país de apenas seis millones de habitantes rodeado de trescientos millones de adversarios. En Europa se abre camino a duras penas, pero se lo abre, la opinión de que el rearme efectivo y sin limitaciones de la nueva Alemania contribuiría a la paz o se da por sentado en ella que habrá que restablecer más pronto que tarde las huestes que destrozaron internamente Yugoeslavia. Los clientes son los clientes, a ver si me entienden, y ahí tienen el caso de las potencias europeas vendiéndole tecnología nuclear e incluso armas de destrucción masivas a los más dudosos regímenes y no sólo en Oriente Medio sino en la África donde tan recientemente se han producido las mayores matanzas de su historia. Pero el súbito despertar del Japón, mejor o peor justificado en la amenaza coreana, es quizá, por el momento, al menos en términos simbólicos, el paso más grave de los últimos decenios. Nadie sabe qué será de este perro mundo en el que no se quiere ni plantear la cuestión del expansionismo chino o del polvorín indio, mientras los congresistas americanos discuten con la vista fija en el panel electoral. ¿Han echado cuentas sobre las guerras que actualmente vive el mundo? Pues pensando en la hipótesis de una guerra futura, casi mejor que no las echen.

Meritorios temerarios

No es un secreto que la juventud ‘pasa’ de política ni que las “juventudes” partidistas vienen a ser viveros de mandamases teledirigidos por los mayores de la tribu. Por esa misma razón resulta más grave la irrupción bárbara de grupos juveniles de partido organizados como comandos o partidas de la porra cuando no como meros figurantes en la tragicomedia partidista. No hay diferencia entre los reventadores de Granada y los que en Antequera  posan con pasamontañas y puño en alto, como si fueran héroes, ante una pared pintada cobardemente de madrugada, no la hay entre los agresores fascistas de Carrillo y los calumniadores sociatas de los alcaldes de Huelva o Málaga, como no la hay entre la tiranía de la ‘kele borroka’ y la que ejercen protegidos los alevines del PSOE o de IU. La dialéctica del spray, tras la cual viene, por que no, la de los puños y quizá la de las pistolas: eso es lo que están propiciando los adultos de nuestros partidos al radicalizar el cainismo juvenil de unas organizaciones que actúan ya como bandas.

Méritos y culpas

Dos descubrimientos de la Dipu, uno de ellos al alimón con la Junta y por boca de la flamante candidata: que el paro de la capital sería el 34 por ciento del de la provincia y que dos de cada tres pobres de la provincia pertenecen a la capital. Bueno, ¿y cual es el porcentaje de empleo de la capital respecto de la provincia, por un lado, y por otro, quién es responsable de la pobreza en una región como Andalucía conde Chaves reconoce, junto a un porcentaje similar para la autonomía, una lacerante “pobreza severa” (vivir con menos de 300 euros al mes)? ¿El Ayuntamiento o la Junta y, en última instancia, la Diputación? No son más ingenuos porque no se entrenan, y cuentan, desde luego, con la ligereza de un adversario que no saca tajada suculenta ni de tonterías como las mencionadas. Aparte de que esa candidata suntuosa no encaja mucho en una foto contra la pobreza, no me digan que no, porque salta a la vista. 

Aprobar al que no sabe

Anda rodando por el papel impreso la cuestión inverosímil pero, al parecer, cierta de toda certeza, de que desde el rectorado de una señera universidad andaluza se recomendó a determinados profesores –supongo que exigentes en su materia y eso que en la antigüedad ya clásica de los viejos planes se llamaba un “hueso”– que aprobaran más alumnos. Más tiempo hace que un ‘delegata’ provincial ordenó desde Huelva al claustro de un Instituto de la provincia que aprobara sin rechistar a un alumno cuyos papás habían “elevado” el caso de la presunta injusticia del suspenso hasta tan alta autoridad. Y hay más casos que no lo son de éste, pero déjenme que les diga que, que esa benéfica mediación no obedece sino al intolerable objetivo de disimular al fracaso escolar que nos refriegan por la cara, un año tras otro, los organismos internacionales y especializados, a base de reducir el pelotón de los torpes a golpe de acta. Un profesor de Ecología, Carlos Granado, sostiene que lo que ocurre es que “el Sistema no tiene interés en la Universidad”, entendida ésta como foro de crítica y discusión cultural, sino en la producción de “especialistas” que resuelvan las relaciones de trabajo satisfaciendo la demanda real del mercado. Bueno, querido prof, eso es ni más no menos que lo que nos enseñó hace decenios el maestro John Bernal al sostener que, no ya la enseñanza, sino el propio saber (la “episteme”, para entendernos) no es un producto casual ni arbitrario surgido del capricho de sus cultivadores sino la respuesta funcional que esos “sectores productivos” ofrecen a los que disponen de los cuartos y los distribuyen, como es lógico y natural, en beneficio propio y no del maestro armero. En Andalucía se propuso hace poco a los alumnos de Primaria y Secundaria, como parte de una prueba de examen (sí, ya sé que ahora se dice “test”, ‘of course’) que resumieran como Dios les diera a entender la enjundiosa letra de una cancioncilla rapera de “Andy & Lucas”, no sé si “Tanto la quería” o Que no, anda que no”. Como pueden ver, el ‘trivium’ y el ‘cuadrivium’ caben ya en un CD, el bachillerato en una botellona.
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“Que no, anda que no”. Con el tiempo nos convenceremos de que ningún daño comparable a éste de la inopia docente que fomenta el Sistema a través de sus terminales políticas. Cuesta aceptar que estemos ante el ocaso irremediable del saber tradicional, por supuesto, pero las estadísticas escolares hablan por sí solas y lo que cuentan es que nuestros alevines distinguen ya a duras penas un coleóptero de un binomio o un teorema de una perífrasis. ¿Y para qué coños necesita el Sistema, querido Granado, que la ‘basca’ sepa qué es un anacoluto o cómo se demuestra el teorema de Pitágoras? La enseñanza avanza a ritmo desbocado hacia el despeñadero del conocimiento funcional, vale decir, hacia un modelo de saber ancilar diseñado por el patrón al que las humanidades se la traen tan floja como el aleteo lejano de la mariposa, un modelo en el que cada vez caben menos conocimientos y más información, al servicio ambas cosas de la buena marcha del negocio. ¡Mira que pedirle un rector a un profesor que baje el listón para que el nivel bajo no se note tanto! ¡Mira que confundir las disciplinas tradicionales con el ‘rap’! “Que no, anda que no”. Y lo peor es que los padres, tan contentos, tan hechos al proyecto mediatizador que los libera de los veranos suspendidos y las enojosas repeticiones de curso, tan conformes con que sus hijos encajen adecuadamente como piezas en el mecanismo productivista que la autoridad académica se dedica impúdicamente a engrasar. Aprobar al que no sabe es una consigna despreciable, en todo caso, por más que alivie de momento las cuitas de padres, ministros y consejeros. Sólo el tiempo dirá qué sociedad estamos construyendo entre todos con esta aritmética suicida en la que hace tiempo que dan lo mismo tres que trescientas.

La prueba del PA

Difícil se lo han puesto al andalucismo de partido las circunstancias, no a base de exigencias extremadas, sino precisamente exigiéndole que trague con lo que todos menos el padre de la criatura sostuvieron durante años que era un capotazo estatutario para salvar la embestida catalana. Si se queda fuera del consenso en el que ya anda hasta el PP, malo, pero si se baja del burro y traga, seguramente peor, sobre todo teniendo en cuenta su complicada situación actual y sus perspectivas electorales que, a pesar de ser poco tranquilizadoras, bien pudieran poner en sus manos pactos de importancia evidente. El PA que pudo ser la llave que decidiera en Andalucía se ve ahora apenas como perro al que se le vuelven pulgas hasta sus propios objetivos. Va a necesitar mucho tacto y suerte para no ser definitivamente engullido por el PSOE una vez que termine esta tragicomedia. Ha sido sino del PA llevar grandes razones y cometer enormes dislates. Equivocarse esta vez podría enterrarlo para siempre.