El gasto electoral

Se habla mucho de gasto social pero no de gasto electoral, que es de lo que habría que hablar. En Andalucía ese gasto se acumula legislatura tras legislatura, a medida que el “régimen” va necesitando la mano del calafate para mantenerse a flote sin problemas o que el encuestador avisa de alguna falla propia o ventaja ajena. Incluso sin cumplir algunos compromisos cruciales como el salario social o el sueldo prometido a las amas de casa, aquí se subvenciona sin tasa, se distribuye estratégicamente el dinero del paro agrario, se le largan pelotazos milmillonarios a los “agentes sociales” cada mes de enero, se regalan cuentos a las paridas o, como quien no quiere la cosa, se anuncia un plan para proporcionarle vivienda a todo bicho viviente o a casi todo, porque ya me dirán cuántos andaluces cobran más de los 3.100 euros tope establecidos por los demagogos. Ya veremos qué pasa tras las elecciones, pero desde ahora hasta que se celebren el gasto electoral crecerá embalado y sin control posible.

No tienen arreglo

Oye uno a Barrero “razonar” en publico y pierde toda esperanza, hasta la más remota, de que alguna vez en nuestra vida pública pueda respirarse aire limpio. Oírle recordar que el alcalde de la capital ha fracasado dos veces en las autonómicas es de traca, habida cuenta de que él ha fracasado cuatro en las municipales, precisamente frente al anterior. Escucharle referirse a Javier Arenas como “ese viejo perdedor de la historia política de esta comunidad” no resulta menos estupefaciente si se tiene en cuenta que ese “fracasado” fue en su día brillante ministro y vicepresidente del Gobierno, que es bastante más de lo que ha sido Barrero en su larga carrera. No iremos a ninguna parte a base de disparar sin pensárselo sobre el rival, aunque lo que tal vez ocurra es que personajes como Barrero no piensen en ir a ninguna parte sino en quedarse donde están. La vida política, en Huelva quizá más que ninguna parte, va siendo ya puro navajeo, trola, globo-sonda, chantaje e insulto y nada hace presumir que vaya a dejar de serlo mientras esta tropa permanezca en el puente de mando.

Una de psiquiatras

Encuentro en el ‘The Miami Herald’ la noticia de que el exiliado cubano Gustavo Villoldo, que habría sido quien organizó la captura del ‘Che’ Guevara hace cuarenta años, anda subastando una serie de objetos que pertenecieron al guerrillero, en entre los cuales figura un mechón de sus cabellos, para usar la fórmula que hizo famosa la canción de Adamo. Parece incluso que la subastera, la colosal ‘Heritage Auctions of Dallas’, considera que la oferta “podría suscitar gran interés” dado que nunca habían circulado por el mundo fetichista objetos relacionados con el discutido héroe, aunque, ciertamente, la afición por la cabellera no constituye ninguna novedad. Si se ha hablado mucho de los mechones de Napoleón que han acabado trasluciendo la causa real de su fallecimiento, en los últimos años hemos visto subastados desde los pelos del astronauta Amstrong hasta los de Britney Spears, y si en Francia era detenido no hace mucho un cartero que ofrecía en Internet mechones de la momia de Ramsés II que habría conseguido su padre, egiptólogo de profesión, en las tiendas ‘e-Bay’ de Los Ángeles está en marcha la subasta de un mechón ensangrentado del presidente Lincoln, justo el que hubo que cortarle antes de extraerle la bala magnicida. En Conneticut vive un majareta, un tal John Reznikoff, que ha llegado a poseer la mayor colección pilosa del planeta, un muestrario que incluye desde los inevitables mechones de Napoleón a los del propio Lincoln pasando por los de Albert Einstein o Marilyn Monroe. La psicología humana es un pozo sin fondo, no cabe duda, y la fantasía fetichista una cisterna no poco cenagosa en la que los maestros del coco han visto ribetes aberrantes, igual si se trata de una reliquia certificada que en el caso del ingenuo coleccionismo de los parafílicos. ‘Hay gente pa to’, creo que dijo Rafael si es que no fue el Guerra.
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 Fetiche es palabra portuguesa que ha hecho fortuna (significa, como es sabido, hechizo, encantamiento, magia, en definitiva) y fetichismo un concepto al que aquellos maestros han prestado singular atención, desde el Freud que vio en él, en efecto, el objeto de una parafilia que expresaba la sustitución simbólica del pene (no de cualquier pene, dice en 1927, sino “de uno muy particular en influyente en la niñez”) al Lacan convencido de que la perversión no era sino el “negativo” de una neurosis. Más allá de doctrinas, en todo caso, tengo para mí que la actual relevancia del tema no se entiende si no es en relación con la progresiva cosificación (‘reificación’, ¿se acuerdan?) que la circunstancia del día ofrece, por no decir que impone, a la conciencia. Este mono loco ha pasado de manejar objetos (‘habilis’) a coleccionarlos sin tasa ni medida, hasta hacer de la vulgaridad, o incluso de la excrecencia, un inapreciable tesoro por el que bebe los vientos y puja en las subastas, como si la vida consistiera básicamente en poseer –en poseer cualquier cosa, pero poseer–, transidos por la intuición animista, simpatética, de que el objeto incorpora la esencia remota del sujeto, permitiéndonos participar de ella en consecuencia. ¿Y en qué otra cosa consistió el descocado éxito de la reliquia medieval (¡y moderna, que es lo malo!), el culto al “Santo Prepucio” o a la sangre de Pantaleón? El fetichista husmea hoy el rastro de Elvis lo mismo que los reyes y magnates antiguos encargaban a los viajeros a Oriente trozos del “Lignum Crucis” o los despojos del apóstol Marcos. Y Guevara –presente en millones de camiseta enfundadas por quienes ni lo conocieron– bien puede hoy ocupar ese lugar simbólico hacia el que mira arrebatada esta especie sin remedio. Mil quinientos dólares, una miseria, le ofrecen de salida al “gusano” Villoldo por su dudoso trofeo. La ventaja del psicoanálisis es que nunca han de faltarle esta miserias que la propia organización social sabe convertir diestramente en mercancía sólo con dar un martillazo en el ambón.

Duros a real

Ha batido todos los récords demagógicos la promesa de Chaves de repartir viviendas baratas a todo andaluz que perciba menos de 3.100 euros de renta. ¿Habrán echado bien las cuentas sus edecanes, sabrán de verdad qué número de andaluces viven con menos (y con mucho menos) de esa pasta, no ignorarán acaso que  el salario medio andaluz anda por los mil trescientos y pico de euros (bastante por debajo del nacional, por cierto), lo que permite suponer que las colas de pretendientes iban a dar la vuelta al planeta? Que no cunda el pánico, en todo caso, porque una cosa es predicar y otra dar trigo: ¿dónde está a estas alturas el “salario social” de Chaves, cuándo se pagó lo prometido por las vacaciones del ama de casa, cuántos años ha tardado en abonarse el chequecito para los libros del nene? A Solbes le toca en esta comedia hacer de heteronomista forzado pero inútil. Será la propia realidad la que demuestre a los andaluces que una vez más Chaves los ha engañado.

El gran teatro

Para teatro grande el que se han montado tras la “rentrée” las damas del ‘sociatismo’, doña Parralo y doña Petro. La primera, responsable de Cultura durante cuatro años en la Diputación nunca dijo esta boca es mía a propósito de nuestro coliseo; la segunda, más allá de esos enfáticos pero vacíos “¡ya!” con que urge al adversario, olvida que si la propiedad de ese teatro está repartida al 50 por ciento entre Ayuntamiento y Diputación, la gestión fue siempre y sigue siendo exclusiva del consistorio. Que con ruidos como éste se trate de encubrir otros clamores, no lo dudo, pero tendrán que reconocer que esta reivindicación, fresca aún la tinta roja con escribieron hace poco la del Hospital de  la Merced, es puro montaje. Sin contar con que si las cosas están como están es porque, en su día, el PSOE arrambló para “su” Ayuntamiento, que suponía inexpugnable, con todo lo que pudo, incluido el Gran Teatro. Lo que sí se comprende es que desde esa banda prefieran este contencioso antes que hablar, por ejemplo, del desastre del empleo en la provincia.

El bien común

Algo no va bien este otoño en la España exultante. Sube el pan, suben los huevos, con perdón, suben la leche y el pollo, escala cotas desconocidas la escarcha cerrada y pobre de la humilde cebolla. Suben las hipotecas y se pronostica que seguirán subiendo aunque la ministra del ramo anuncie, nadie sabe por qué, que han tocado techo y diga que lo deseable sería que dejaran de subir. ¡Pues claro! Las expectativas ciudadanas decaen acompasadamente, como consecuencia, nada menos que diecisiete puntos, por más que ZP presuma de que los datos económicos son más optimistas incluso que él mismo. Algo no marcha en este otoño suavón que parece empeñado en demostrar que una cosa es el bien común y otra muy distinta el bienestar de los individuos, es decir, que la marcha de la economía puede ir por su vera como un cañón y los contribuyentes arrastrando el ala por el suyo. Platón (‘República’) ya preveía en su tiempo que ese bien común –que tanto ha dado que hacer a nuestros razonantes en todo tiempo y lugar– trasciende los bienes particulares, en función de que la felicidad del Estado debe ser superior y hasta cierto punto independiente respecto a la de los individuos (Ferrater) pero lo que hoy se trata de hacer desde el Poder no es validar esa hipótesis sino, pura y simplemente, vendernos dos veces la misma burra. ¿Cómo va a ir todo bien, mejor incluso de lo que es capaz de imaginar el responsable máximo, si colectivo por colectivo, individuo por individuo, van destilando impotentes la negra bilis de la adversidad, el fracaso del éxito? Eso tendrán que averiguarlo los ciudadanos por sí solos, a la vuelta del veraneo, filosofando hamletianamente, con una cebolla o una hogaza en la mano, sobre el ser y el no ser de esta realidad trucada por la economía y falsificada por la política. Lo que no es verosímil es que todo vaya tan bien si todo anda tan jodido, que estemos mejor que ayer si ayer teníamos más y debíamos menos que hoy. No estoy yo tan seguro de que, en este punto, Platón no llevara más razón que un santo.
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La clave de estas contradicciones puede que estén en el alejamiento de la vida pública respecto de la privada, en la lejanía con que desde el Poder se contemplan los trajines del hormiguero humano, o tal vez en el hecho más prosaico de que en el territorio exento del Poder propiamente dicho no existe la contrariedad. Si ZP no sabe lo que cuesta un café menos sabrá, probablemente, el precio de una cebolla, lo que, en cierto modo, puede ayudar a entender que la criatura se extravíe extasiada por los verdes campos del edén creyendo que todo el monte es orégano, aunque no debe hacernos olvidar que don Felipe II se interesaba vivamente por el precio del pan que era lo único que, por aquel entonces, iba en la cesta de la compra. Recuerdo un discurso de Jonson en el que confesaba que para hablarle al pueblo soberano del precio de los garbanzos -un tema muy del Fraga de los viejos tiempos– había debido consultar a su señora, otra estupenda metáfora que jugaba con el señuelo para chorlitos de que la primera dama iba al mercado cada mañana y bregaba entre los puestos con su cesta como otra cualquiera. Hay que convencerse, en definitiva, de que el bien común -y noten que insisto en apearle las tradicionales mayúsculas– no entra en la macroeconomía, esa suerte de bastidor metafísico en la cabeza de cuyos alfileres caben más ángeles de pie que en los silogismos de santo Tomás o en las peroratas de Egidio Romano. La realidad es que estamos viviendo un esplendoroso declive mientras la culta Europa levanta la cabeza calvinista y da por medio liquidada su crisis de crecimiento. Llevamos el paso cambiado, por lo que se ve, sobre todo ese presidente que no sabe lo que cuesta un café ni por donde le está saliendo al apaleado padre de familia esta cuesta de otoño en la que la antigua receta del pan y cebolla te sale ya por un  pico.