Lo de Isla

Mientras el alcalde Zamudio veranea en Hong Kong, el pleno de Isla Cristina pone en escena la comedia bufa de esa fuga al grupo mixto que no hay más que echar una ojeada a la situación para convencerse de que, además de que es posible que arruine definitivamente al PA, inquieta al PP y agrada que más no puede al PSOE. Da grima escuchar a esas ediles con el “¡y tú más!” sin caérseles de la boca, da pena ver a los restos del naufragio andalucista resignarse en la playa, da no sé qué ver al PSOE templar gaitas gallegas anunciando una auditoría pero dejando caer, por si acaso, que no lo hace por desconfianza. En la escala menor de los pueblos –lo mismo en Gibraleón que en Valverde, en El Cerro que en Punta Umbría– es donde se percibe mejor el cambalache de una política que para sus gestores ha llegado a convertirse simplemente y ante todo una profesión no poco pingüe y nada agotadora.

La piedad imposible

La noticia de que los talibán ha liberado, por fin, a los misioneros coreanos a cambio de la retirada de tropas negociada por el Gobierno de su país, abre nuevamente la antigua discusión sobre la pertinencia o impertinencia de ceder ante el chantaje terrorista. Hay quien apoya la decisión con el argumento de que una sola vida humana vale por todos los principios imaginables y hay quien, por el contrario, sostiene que ceder ante la extorsión de los terroristas implica un fracaso irremediable de la autoridad legítima, un desplome fatal del Estado, tras los cuales el camino queda expedito ante la exigencia del bárbaro. No es difícil imaginar las consecuencias que hubieran podido derivarse de una eventual claudicación del Gobierno cuando ETA secuestró a Miguel Ángel Blanco, como no lo era, ‘sensu contrario’, predecir a dónde habría de conducirnos la estrategia ‘amable’ que puso en la calle a un asesino múltiple cuando la banda lo exigió, y menos aún hacerse una idea de lo que ocurriría si el terrorismo islamista añade a la ventaja que representan sus camicaces la debilidad de un adversario medroso que cede ante sus exigencias abrumado por el peso de unos principios morales y cívicos que son ignorados plenamente en el otro bando. En Afganistán, sin ir más lejos, parece obvio que los plácemes por la salvación de estos rehenes se ven oscurecidos por el nublado que supone la certeza de que el éxito terrorista abre una vía imprevisible en el muro que hasta ahora cerraba solidamente el paso a la estrategia del chantaje, de manera que, con toda probabilidad, otros secuestros seguirán al que ahora acaba de resolverse sin que, por otra parte, se modifique en lo más mínimo el problema de fondo que es la ocupación militar de un país por las tropas de la ONU. Anden, dialoguen con esa ‘civilización’, traten de razonar con esos ‘civilizados’ que han hecho de su país la base del terrorismo contra Occidente, y si pueden alíense con ellos, pero mientras tanto dispónganse a negociar cada dos por tres con los secuestradores que acaban de demostrar la viabilidad del chantaje como arma política. No salimos de Guzmán el Bueno y ya estamos en el Alcázar.
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Es diabólica la encrucijada chantajista, por supuesto, sobre todo si gravita en el ambiente el imperativo de la ‘correción política’. Muchos opinadores reconocen en privado lo que jamás revelarían en público, a saber, que lamentan una concesión irresponsable pero que supone demasiado riesgo en reconocerlo ante una opinión que, con toda seguridad, rechazaría conmovida la imagen atroz de las ejecuciones de rehenes, a pesar de le evidencia de que la firmeza ha logrado decisivos éxitos en Irak como en tantos países. En la España isabelina, la negativa a ceder ante el secuestro bandolero –instrumento de la fase degradada de la leyenda– condujo, en buena medida, a la liquidación de aquella lacra que, obviamente, en caso contrario, habría cundido sin remedio. En conflictos modernos, como los provocados por la barbarie islamista o por la secesión, cualquier atisbo de debilidad será explotado sin remedio por un terror que hará de él, sin duda posible, su arma más decisiva. La piedad se vuelve imposible en ese contexto que fuerza al Estado a asumir su condición originaria de Leviatán si no quiere verse, como mínimo, como se ve en Colombia y otros países, competido por un poder paralelo cuyas reivindicaciones, paradójicamente, parecen llevar ventaja de entrada frente a las del poder legítimo. La literatura sobre el tema ha provocado no poco daño –decía Iriarte, que escribió un ‘Guzmán’, que los pueblos que no tienen poetas carecen de heroísmo…–, un daño sólo comparable al causado por la explicable sentimentalidad que propugna la rendición ante la barbarie. A cualquiera le temblaría el pulso colgándole el teléfono al chantajista. Pero me temo que, a este paso, nos va a temblar a todos cada vez que recibamos su llamada.

Esperpento de verano

Hay como un espejismo estival en el horizonte político que vuelve esperpéntica la política autonómica. Vemos, por ejemplo, a un ex-consejero de Industria de la Junta encabezar una operación multinacional en uno de los negocios más oscuros de los últimos tiempos, la crisis minera de Riotinto. Escuchamos a la consejera de Medio Ambiente largar, frente al barco chatarrero encallado en Algeciras, la tremenda chorrada de que la Junta no tiene competencia para actuar en tanto el fuel no alcance la costa, esto es, cuando ya no tenga remedio la catástrofe, y superarse a sí misma aconsejando a los despedidos/traicionados de Boliden que traten “con cariño” unas ofertas de empleo que, por cierto, nadie ha visto más que ella. Y en fin, no se pierdan al decano de los abogados de Sevilla llamar a Chaves “trilero” y pedirle que deje de comportarse como tal en el contencioso absurdo de la Ciudad de la Justicia. Menos mal que el ferragosto se acaba, pero no se preocupen porque ahí está ya septiembre.

Bueno para Huelva, malo para Sevilla

La consejería de Justicia –que hay que fijarse en el lío que está organizando esta señora con la construcción imprescindible de las nuevas Ciudades de la Justicia– actúa en Sevilla justamente al revés que en Huelva. Verán: si en Huelva alega que la Ciudad no se hace porque el Ayuntamiento racanea a la hora de facilitarle la parcela que ya le dio en un Pleno, en Sevilla sostiene, justo al contrario, que la parcela cedida por el Ayuntamiento no le interesa para nada y que va a negociar ella por su cuenta otra nueva con tal de no retrasar la obra. ¿En qué quedamos, por qué es bueno para Huelva lo que para Sevilla es malo, o al revés si lo prefieren? El partidismo de la Junta, que es explicable si me apuran en términos generales, resulta inaceptable en materia de Justicia. Eso es algo que el TSJA debería defender (como ya hizo, por ejemplo, nuestra Audiencia) en lugar de servirle de capote a la consejera del ramo.

Caín en Villalba

Un político experimentado como Manuel Fraga debería caer en la cuenta de que si sus declaraciones sobre/contra el liderato de Rajoy en el PP han sido saludadas efusivamente por el portavoz del PSOE es que algo falla en su lógica de partido. Primera curiosidad: a Fraga no le cuadra un partido regido por un solo hombre tras haber sido él mismo fiel  cancerbero de una dictadura unipersonal durante más de media vida y haber militado (y mandado) en un ‘partido’ que, valga la “contradictio in terminis”, era ‘único’ y proclamaba, además, con elocuente insistencia, que no era un ‘partido’ sino un ‘movimiento’. Son las consecuencias de sobrevivirse a sí mismo, de prolongar la vida, siquiera la política, más allá de ese punto crítico que demarca el territorio en el límite del pantano biográfico, pero qué duda cabe de que también es el resultado de la debilidad de una formación conservadora que nunca fue capaz de emanciparse del todo de estas adherencias protohistóricas. ¿Alguien imagina la reacción de Fraga ante una eventual reclamación de pluralismo o un cuestionamiento del liderato en los viejos tiempos? ¿Y por qué reclama la necesidad de una renovación un autoritario famoso por su intemperancia que sigue valorando su ley de Prensa como un providencial gesto de apretura y la campaña organizada por él para justificar el asesinato de Grimau como algo legítimo y justiciero? El nuevo conservatismo español –una novedad en nuestra historia política, como es sabido– carga, en efecto, desde su aparición, el lastre gravosísimo de fardos políticos como el de Fraga, sin que el hecho de que un político experimentado como él haya gobernado con destreza una autonomía signifique nada contra aquella necesidad, porque una cosa es administrar y otra muy diferente despejar el puente de mando y hasta limpiar el sollado de los fletes del pasado. Tolerar o tragarse a Fraga habrá supuesto, esto no se discute, una garantía de equilibrio entre las ambiciones de los nuevos lideratos, pero le ha costado a estos “jóvenes turcos” el precio más prohibitivo: el de la imagen. A Fraga miran sus rivales (que no sé por qué, ya que hay más arriba figuras de sobra en las que fijarse) cuando quieren segarles la hierba bajo sus pies de barro. Por algo será.
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En un sistema deliberadamente bipartidista no acabo de entender la razón por la que sus beneficiarios han de desear con ansia semejante la debilidad del otro y cifrar en ella su objetivo prioritario. Pero, claro, menos aún puede comprenderse –fuera de la obvia hipótesis de la ambición– que desde dentro de cada uno de ellos se repitan, al parecer sin remedio, las luchas intestinas por hacerse con el poder. Es un clamor hoy en España que el PP ha de renovar su estructura o, cuando menos, su “cartel” visible, pero nadie en sus cabales puede caer en la trampa que desde enfrente se le tiende de que esa “renovación” signifique un cambio drástico de liderato. El ejemplo del zapaterazo del PSOE no debe servir puesto que para que funcionara fue precisa una hecatombe, un notable despiste por parte del Gobierno adversario y altas dosis de maldad en sus competidores al acecho. Pero si encima es Fraga quien reclama cambios, la cosa es para troncharse o más bien, diría yo, para que los feudales y baroncillos de las derechas se decidan a echar por la borda de una puñetera vez a ese mascarón de proa que ya no asusta a casi nadie pero que aún puede desconcertar a más de uno. De estudiante vi yo a Fraga perseguir alumnos por los pasillos de la facultad por el delito irrisorio de llegar a clase con retraso y alguna vez boxear con alguno de los más arriscados entre aquellos. Pero ni Fraga está ya para aquellos trotes ni la opción de derecha debe soportar más a esa excrecencia del pasado fascista. Consideren el entusiasmo en la acera de enfrente y se convencerán de que esa operación no es sólo necesaria sino urgente.

Bocas cerradas

Suelen venirle bien las vacaciones a Chaves para esquivar compromisos. Cuando hace tres años ardieron a medias los montes de Huelva y Sevilla, ni se dignó interrumpirlas aunque fuera para contemplar la catástrofe en plan Nerón. Ahora ni ha abierto la boca para referirse al imprevisible accidente del buque chatarrero en aguas gibraltareñas, a la extraña pasividad de la autoridad a la hora de extraer el combustible que lleva dentro o al hallazgo, por parte de Gibraltar, de que la carga del ‘New Flame’, podría ser altamente contaminante por contener plomo. Se levantan voces recordando el papelón que Chaves jugó cuando la campaña del “Tiroless” –encabezando incluso manifestaciones contra el Gobierno de la nación– para contraponerlo a su actual silencio a pesar de que ni siquiera le falta, para colmo de colmos, un submarino atómico en nuestra vecindad. Chaves es un presidente para administrar rutinas y días sin novedad. Cada vez que se plantea alguna cuestión de fondo lo vemos desvanecerse y a otra cosa.