Especular desde arriba

A ver con qué cara va a repetir la Junta desde ahora en adelante eso de que las medidas contra la carestía de la vivienda sólo preocupan a los ‘especuladores’ tras conocerse con detalle –a través de El Mundo al menos– la escandalosa recalificación que el PSOE ha hecho de su propia sede sevillana por medio de su “Ayuntamiento amigo”. Una vergüenza agravada por el detalle, ahora también conocido, de que tras lograr ese pelotazo, el partido en el Gobierno obtuvo un crédito millonario hipotecando esa sede revalorizada. ¿Quién es y quién no es ‘especulador’, quién está en condiciones de repartir patentes de ética después de descubrirse un apaño como ése, que vale un buen montón de millones y que va a beneficiar a los mismos que tienen la obligación de evitar que se perpetren estos golpes? Lo de la mujer de César se le ha quedado chico a estos sobrados que no tienen el menor problema para admitir en público que ellos se lo guisan y ellos se lo comen antes y después de devorar al contribuyente. Si Chaves no enmienda esa plana no podrá levantar la voz nunca más frente a quienes viven, en efecto, de especular por su cuenta.

Cosas de IU

Denuncia el procónsul onubense de Valderas, Pedro Jiménez, la culpa de los dos grandes partidos en torno a la instalación de la central de Endesa en la Punta del Sebo, en razón de que en Huelva se produce electricidad de sobra mientras que en Sevilla, donde no se asientan esas plantas, hace falta energía. Claro que eso lo dice IU en Huelva pero no en Sevilla, donde, a cambio del “carril bici” y mucha tela marinera para dar y repartir, la coalición no dice ni pío del tema. Y Valderas afirma, por su parte, que maneja información (¿) que le garantiza estupendos resultados en las próximas elecciones, cosa extrañísima si se piensa que él mismo no sabe aún por qué provincia presentarse con menor riesgo de quedar una vez más en la cuneta. Es posible que IU está entilando incluso el estrecho margen que tenía como fuerza política residual, pero si el descalabro acaba produciéndose habrá que recordar todos estos antecedentes para dar sentido al batacazo.

La mollera seca

No es oro todo lo que reluce en la revolución cibernética. Un internauta chino, según informa la prensa pequinesa, ha fallecido, derrumbado sobre el ordenador de un cibercafé, tras pasar tres días con sus respectivas noches pegado a la pantalla. Según un periódico pekinés, la muerte del hombre, de unos treinta años y constitución fuerte, se produjo el sábado pasado cuando el centro estaba abarrotado de usuarios que, como es lógico, huyeron aterrados ante el trágico suceso para volver a sus puestos horas más tardes, cuando el ciber reabrió sus puertas una vez superado el soponcio. Nada pudo hacerse en la ambulancia ni en el hospital, fuera de certificar un fallecimiento atribuido por los médicos, en principio, a un fallo cardiaco provocado por el desusado esfuerzo, e igualmente se ignora la índole de tan larga navegación o los motivos de la hazaña, pero al Gobierno chino le ha faltado tiempo para utilizar el suceso en apoyo de su política de control de la informática, comenzando por prohibir de un plumazo nuevas aperturas de centros públicos y dejando entrever que van a adoptarse medidas cautelares –ya existe una suerte de censura no poco eficaz en aquel inmenso país– para mantener razonablemente controlados a esos más de ciento sesenta millones de usuarios que diariamente se asoman al mundo por encima de la Gran Muralla. ¡Tres días con sus noches navegando sin descanso! La pasión internáutica, sobre todo en los más jóvenes, recuerda ya a los viejos motivos legendarios en que odiseos y argonautas viajaban sin rumbo en busca de islas y vellocinos, o esos pilotos de Conrad que aguantaban, proa a los vientos más feroces, la violencia del tifón, cierto que ya sin rastro de aquella poesía arcaica y como arrastrados por una ilusión que ha llegado a obrar el milagro de sublimar la realidad concreta en la irresistible apariencia virtual. La leonera del chico o el rincón del solitario han abierto sobre el infinito el amplio ventanal de una imaginación que, junto a evidentes beneficios, no cabe duda de que está provocando perjuicios quien sabe si irreparables.
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A don Alonso Quijano, de tan poco dormir y tanto leer hazañas de la caballería andante, “se le secó el cerebro” que no recuperaría hasta el lecho de muerte, pero es posible que cada época disponga de su atracción fatal, e igualmente lo es que, en la nuestra, la obsesión navegante del internauta haya acabado por figurar sus propias Dulcineas y por fingir sus propios castillos encantados, sus gigantes y sus encantadores, hasta secarle el seso a mucho hidalgo aunque también a mucho hideputa. Hay ya por ahí quien todo lo abandona por seguir a la dama imaginaria –no sabemos el juego que la “cita a ciegas” podría haberle dado a Cervantes–, hay quien liquida el negocio familiar y huye con el botín en pos de un destino imaginario, hay quien emigra a otro continente o, incluso, quien miserablemente espía a niños inocentes para revenderlos en la lonja de la perversidad. Signos ciertos todos ellos de que no hay “novedad” enteramente benéfica sino que cada avance cualitativo conlleva eventualmente sus efectos indeseables, dicho sea todo ello son atisbo siquiera de revivir la histórica porfía entre “antiguos” y “modernos”, sobre la que mi maestro Maravall escribió tan memorable y definitivo ensayo. Un hombre muerto por extenuación tras tres días de vigilia cibernáutica es un supuesto que desborda cualquier argumento, aunque es posible que esa noticia exótica debiera preocuparnos por el impacto irrefrenable, adictivo, que el instrumento de la nueva era anda produciendo sobre chicos y grandes en medio de una indiferencia suicida. Los chinos, por lo menos, van a tratar de controlar el abuso de la consola. Yo me conformaría con que aquí hicieran lo propio esos padres que ven en el ordenata del niño el ídolo intocable de su leonera.

La división de honor

Ha dicho la vicepresidenta del Gobierno de la nación que entre andaluces y catalanes hay que descartar cualquier problema y que, aunque se empeñen quienes ustedes saben, en España no existen problemas entre las diferentes comunidades. Pues puede, porque más bien lo que hay son problemas entre las diferentes comunidades y el Gobierno de la nación que, por ejemplo mayúsculo, acaba de tragar con un aumento de un 25 por ciento en la previsión de inversiones para el próximo Presupuesto mientras Extremadura le exige que semejante regalo no se produzca a su costa y, por supuesto, mientras Andalucía no dice nada. Está claro que si uno no quiere, dos no riñen, y el refrán vale aquí tanto para el Gobierno que compra su estabilidad repartiendo desigualmente, como para la Junta que se achanta por razones de disciplina partidista, que antepone a los intereses de los ciudadanos.

Media visión

Desde la CEA se mete palo en candela a propósito del enredo de la central de Endesa, recordando que la negativa municipal a conceder licencia costará al común una indemnización, y hasta que el alcalde –dardo lanzado también desde el PSOE– se comprometió en su día con su patrimonio personal. Bueno, pues vale, pero puestos a hablar de daños causados por decisiones políticas, sería injusto reducirse a este caso, pues ahí está lo que puede haberle costado a Huelva el lío suscitado en Isla Chica o en el Ensanche desde el bando contrario, sin olvidar que el partido de Barrero se abstuvo en el caso Endesa varias veces consecutivas. Aparte de que lo probable es que el sentido común de Endesa –una compañía que, lógicamente, lo que quiere es trabajar– no haga sangre en este punto y pase como sobre ascuas por encima de una indemnización cuya exigencia sería más buen un escarnio. Este asunto hay que superarlo en vez de abundar en su enredo. Todo lo que se aparte de esta línea es y será, efectivamente, dañino para los intereses de los ciudadanos.

El teatro político

Aunque se trata de un tema recurrente y de una discusión inmemorial, a algunos políticos, me atrevería a decir que a muchos, les molesta la comparación entre teatro y política. Ven en ella una intención degradante, tal vez por aquello de que el teatro sufrió en nuestra historia grandes oposiciones, curiosamente incluso en el Siglo de Oro, es decir, cuando había dramaturgos españoles tan felices que podían decir de sus obras que “en horas veinticuatro,/ pasaron de las Musas al Teatro”, pero también alguaciles y ordenanzas severas que regulaban, cuando no prohibían, el arte de la representación. Y sin embargo, la idea de que la acción pública (la presencia del político) tiene algo o bastante de teatral es igualmente antiquísima y un poco universal, entre otras cosas porque todo Poder se ha basado en todo tiempo y lugar en unos estudiados rituales del todo confundibles con la dramaturgia. La imagen que se nos ha legado de Alejandro o de Cicerón es, en buena medida, la del actor consumado que domina sus públicos o que, como Demóstenes, hace lo que haga falta para dominarlos con las capacidades de su arte, y a nadie escapará que la propia imagen general de la política –lo mismo si pensamos en una Corte convencional que en un aparato democrático– se parece a la que vemos lucirse en la escena, como una gota de agua a otra. Y cada vez más, por descontado. En la sociedad actual, con la propia dependencia mediática, el político debe peinarse o vestir de acuerdo con el estilista, es maquillado antes de posar y soporta clases de dicción a cargo del logopeda experto capaz de limar asperezas o infundir sugestiones a la voz. Teatro puro, ya digo, representación (no otra es la tarea de nuestros diputados), y programa variado que incluye desde la comedia de enredo a la actuación trágica pasando por el drama cuando es menester. Nunca entenderé por qué se molestan los políticos ante una constatación tan elemental. Si es porque ella implica cierta sugerencia de duplicidad o mentira en la ficción teatral, todavía me lo explicaría menos.
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En los años 60, cuando nuestros amigos de California (recuerdo muy bien a Carlos Blanco Aguinaga, por ejemplo) nos contaban las hazañas de Jimmy Hoffa o la inquietante ascensión de Donald Reagan que ya se había encaramado al gobierno de aquel Estado, muchos entre mis congéneres veían lejana la posibilidad de que el proceso se rematara y un actor secundario acabara convertido en Presidente del mayor Estado de la Historia. Pero Reagan no sólo logró su objetivo quinces años después sino que, bien miradas las cosas, nadie podrá decir que hiciera del todo mal su “papel”, mientras en los mentideros se contaba que Sinatra visitaba a su señora en la Casa Blanca por la puerta de atrás. El reciente anuncio de que Fred Thomson tratará de repetir la suerte de Reagan ha cogido con el pie cambiado a su propio partido pero parece ser que hasta las encuestas menos proclives incluyen en sus pronósticos la eventualidad de verlo más pronto que tarde en el Despacho Oval inmortalizado por los amores de Clinton y la becaria. Ni que decir tiene que Thomson eligió un plató para anunciar su proyecto y echó mano en él de sus mejores recursos para convencer al elector de la idoneidad que un actor de la serie “Ley y Orden” (Cánovas lo hubiera votado, no les quepa duda) sea en adelante el protagonista de un sueño americano que, ciertamente, atraviesa un momento de pesadilla. En fin de cuentas, si la política es teatro, hace tiempo que sabemos (Maravall, Duvigaud) que el teatro es política, sin excluir al eximio de nuestra época dorada que tan fielmente supo servir los intereses de la monarquía señorial-feudal y la moral eclesiástica que la sustentaba ideológicamente. Otro actor, pues, eventualmente, para la Babilonia americana. Me conformaría con que el gallinero no acabe viniéndose encima del patio de butacas.