La ola periódica

Con todos los respetos para los profesionales –españoles y portugueses– que vienen anunciando y tratando de prevenir un tsunami en nuestra costa, temo que se estén sacando las cosas de quicio. ¿Por qué dice un experto que es “seguro”, aunque se ignore cuándo, que una ola gigante se abalanzará sobre nosotros? ¿Porque las secuencias entre los anteriores así podrían sugerirlo? ¿Y quién dice que ese ciclo haya de repetirse sin remedio, como si de una ley geotectónica se tratara? Los portugueses hacen muy bien previniendo con sensores lo que, en fin de cuentas, cabe esperar en cualquier costa, pero tal vez hay algo de alarmismo en este anuncio apocalíptico que juega más con el miedo irracional que con la lógica estricta. Porque no se concibe la pasividad no sólo del Gobierno de España sino de los demás, de ser verosímil –y más siendo “seguro”– el cataclismo anunciado. Tan bueno es prevenir como no alarmar. Y Huelva tiene problemas sobrados como para dejarla ahora sin respiración por una conjetura que, si tiene mayor fundamento que el hasta ahora expuesto, debe explicitarse sin reserva alguna y con todas sus consecuencias.

El ratón gigante

Hemos visto –temor y temblor– la imagen de ese ratón transgénico, auténtico atleta artificial “fabricado” en la universidad John Hopkins, el roedor que cuadruplica a sus congéneres por obra y gracia de dos proteínas milagrosas, la miostatina y la follistatina, capaces de convertir el proyecto de un enclenque en todo un gladiador. ¿Estaremos jugando con fuego? El animal fabuloso (no hay modo de no recordar el libro insuperable de Heinz Mode sobre el asunto) fue concebido siempre como un portento con el que la Madre Naturaleza se desmelenaba contra sí misma, un signo del Mal o un instrumento suyo, un accidente en el “orden natural” que, como es lógico, caía o se localizaba en el lado oscuro de la vida. Grifos y centauros, dragones y quimeras, sirenas y esfinges fueron moneda corriente en el pensamiento arcaico pero siempre desde el convencimiento de su origen maléfico, al margen de sus eventuales funciones. Un viajero cauto y avezado como Pausanias sostiene muy seriamente que vio tritones y hasta describe a uno de ellos expuesto, por lo visto, en Roma, aparte de apostar por la existencia real de las serpientes aladas, creencias tan habituales que es preciso esperar a que un Diderot las descalifique en nombre de la santa Ilustración. Pero todavía a principios del XX algún naturalista que iba de serio explicó al centauro como un accidente embriológico, o sea, como un ser infrahumano engendrado en la  mujer, que habría adquirido su monstruosidad en los avatares del embarazo. Aunque, claro está, siempre hubo espíritus avisados que despreciaron sin contemplaciones esas fantasías, como ya hizo Luciano con una ironía que era, en el fondo, severidad. La relativa placidez de la tradición ideológica de lo que llamamos ‘Occidente’se funda en esta decidida apuesta por lo “natural” que ve el Bien en la normalidad y en el monstruo, el peligro manifiesto. La revolución genética que estamos viviendo sólo es concebible a partir de un giro radical de esa filosofía de la vida, pero eso mismo explica muchas de las oposiciones vigentes y el rechazo asustado de una Ciencia que ha logrado en nuestros días dar al monstruo su estatuto de normalidad.

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Asusta ese roedor hercúleo, sus vastos pectorales de animal culturista, la desproporción preocupante entre sus hechuras y las de sus congéneres no manipulados a los que, tal vez, acabará imponiéndose darwinianamente aunque sea por un procedimiento tan poco darwiniano como el de interferir el desarrollo espontáneo del cuerpo hasta trastornar su lógica biológica. Los sabios dicen que no se trata más que de disponer de modelos sobre los que comprender mejor las causas y ensayar más fácilmente unos remedios que, en fin de cuentas, al beneficio del hombre irán a parar. Pero éste mantiene el prejuicio remoto y desconfía del prodigio que le corrige la plana al viejo plan de las especies liberando al portento de su adscripción al Mal, como si la ilusión del ‘doctor Moreau’ o la pesadilla de ‘Frankstein’ fueran de pronto hacederas y sus consecuencias controlables. Plantea un foro moralista qué ocurrirá el día en el que, en lugar de ratones fornidos, lo que se produzcan sean seres humanos dotados de incalculables capacidades y destrezas nunca vistas. Y uno tiene que preguntarse por qué escandaliza tanto un ratón manipulado o la perspectiva de un hombre rehecho, en un planeta que lleva siglos manipulando al gentío y hasta labrando monstruos cuando es menester. El mismo Heinz Mode se maravillaba de que los monstruos de la antigüedad vivan todavía en nuestro pasado reciente y llamaba la atención sobre la supervivencia de aquellos “seres sintéticos” que habrían logrado su hazaña gracias a su propia estrategia de cambios. Hoy nuestros hijos y nietos asisten absortos a la catequesis de una tele en la que el prodigio es lo normal. Quienes se asustan del ratón gigante son quizá los mismos que se lo permiten.

El fin de mes

Desde el PP se reclama a la Junta de Andalucía la decisión sin precedentes de compensar a las familias ante la preocupante deriva de las hipotecas, discutible medida que pudiera enmascarar, en muchos casos, lo que no ha sido más que temeridad inversora, pero que puede tener sentido desde una perspectiva solidaria. De hecho nos abruman los indicadores adversos: crece la tasa de endeudamiento familiar, la deuda de las familias se elevó un quince por ciento sólo en el año 2006, la marcha del IPC no resulta nada tranquilizadora y el ama de casa, lo mismo que el padre de familia, se devanan la mollera cavilando cómo llegar a fin de mes. La apuesta de los conservadores tiene su interés, en todo caso, viniendo como viene del fanatismo liberal, y el brete de los sedicentes progresista tiene, a su vez, mandanga en la medida en que negarse a ayudar en la hipoteca pesaría en la opinión electoral y aceptar la medida favorecería al adversario. Vamos a ver dónde queda el ‘bien común’ en medio de esta pelea partidista.

La carne de gallina

Reclama la Mesa de la Ría estudios solventes e información bastante sobre la situación sanitaria a propósito de la nueva alarma lanzada esta vez desde el Centro Nacional de Epidemiología del Instituto de Salud Carlos III en la que –como hace un año en la que publicó la universidad Pompeu Fabra– Huelva aparece como uno de los vértices (los otros dos serían Sevilla y Cádiz) del llamado “Triángulo de la Muerte”, un área en la que la tasa de muertes provocadas por el cáncer supera en un cincuenta por ciento a la media española. No tienen sentido ni la prisa ni el alarmismo, pero menos aún lo tiene la postura suicida que consiste en pasar indiferentes ante esta realidad innegable que, por otra parte, viene siendo denunciada por facultativos onubenses desde hace años. Hay que enfrentar ese problema –el del perjuicio sanitario que produce la industria– sin prisa ni pausa. Huelva no se concibe hoy por hoy sin esa presencia dudosa pero ello no debe hacernos cerrar los ojos para no ver la realidad.

El precio del pan

Se anuncia la subida del precio del pan. Ya sin el dramatismo que esas variaciones tenían históricamente, pero desde la intranquilidad de que no será el pan el que suba solo, sino que arrastrará con él a toda la cesta de la compra. El viejo Samuelson explicaba la inflación con una imagen divertida: hay inflación cuando el ama de casa que iba a al mercado llevando el dinero en el bolsillo y trayendo la compra en la cesta, pasa a llevar el dinero en la cesta para traer la compra en el bolsillo. Durante el gran siglo –por algo lo llamamos “de oro”–, el XVI, el pan multiplicó su precio por siete abismando en el hambre a la muchedumbre silenciosa, lo que movió a más de un ‘humanista’ y a dos mil ‘arbitristas’ a ocuparse de un tema, al parecer, tan prosaico. Hasta don Pedro de Valencia, el sabio que asistió a Arias Montano durante su retiro en la Peña onubense, el mismo que había escrito tan doctamente sobre los psalmos y las brujas, dirigió al rey breves y enjundiosos trataditos al precio del trigo y al del pan, que a él le parecían, con razón, variables básicas para organizar razonablemente la vida de los pueblos. Hoy no se dramatiza tanto, ya digo, dada la variedad de la dieta, pero a pocos se les oculta que el precio del pan no es una tasa cualquiera sino un indicador bien sugerente sobre la marcha de las cosas, en especial si el anuncio de su subida se hace coincidiendo con la mala noticia de que, junto a la hogaza o el candeal, andan subiendo también, que no hay quien los pare, el pollo y la hipoteca. Hasta ahora no entendíamos bien por qué, si sabemos que, hoy por hoy, el precio del trigo apenas representa el cinco por ciento del final que alcanzan el mollete o la barra, el viejo cereal protegido por los profetas podía embalarse como lo ha hecho varias veces en los últimos tiempos hasta alcanzar cotas históricas. Mucho me temo, sin embargo, que peor va a ser saberlo a ciencia cierta.
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El trigo no va a subir en esta ocasión por mandato de la Madre Naturaleza, no será la sequía o el exceso de agua, el pedrisco o el ventarrón, la causa de que, al menguar las cosechas, el precio se dispare, sino la ocurrencia, seguramente bien traída por los sabios, de utilizar el cereal para fabricar biocarburantes que preserven el ambiente y garanticen el abasto. El hombre se dispone no a amasar el chusco para aplacar el hambre sino a hacer que corra el tren o vuele el “Yumbo” con la energía del bioetanol o la fuerza del biodiésel, que viene a ser algo parecido a desnudar a un santo para vestir a otro, como comprenderán, pero que no es, en fin de cuentas, más que un cálculo económico. Eso sí hay ya pueblos enteros que se resienten de este embargo del grano que puede que acabe obligándolos a buscar bayas o desenterrar raíces para sobrevivir en la sabana, mientras allá arriba cruzan ufanos los pájaros del progreso en su incesante trajinar. Pocas ocurrencias tan desconcertantes como ésta novedad en la crónica de una especie sabia y orate a partes iguales que no se ha molestado siquiera en mirar por el revés esa flor del ingenio que provoca, por ejemplo, que la subida del maíz usado en USA para fabricar etanol, rebote en la chabola mexicana encareciendo hasta lo inalcanzable el precio de la ‘tortilla’. Dicen que un depósito lleno de ese preciado bien en Ohio equivale a la comida anual de un ‘compadrito’ en Chihuahua, y que a pesar del proteccionismo de la Xunta gallega, el precio del trigo ha subido nada menos que un 66 por ciento sólo en los últimos siete meses, lo que pondrá por las nubes el del pan y puede que acabe obligando a cerrar multitud de tahonas. Para la sociedad desigual, que es la que tenemos, importa menos el hambre que el transporte, preocupa más el agotamiento del petróleo que el agujero de ozono y mucho más la movilidad que la contaminación. El mundo es ancho y ajeno, como saben. Quienes no lo supieran todavía se van a enterar ahora.

Con toda la barba

Valderas se ha dejado la barba, gran novedad a tono con el preludio de intensos cambios de estrategia en IU que ahora parece darse cuenta de que “tanto PSOE ahoga”. Hombre, según: ahoga pero paga las facturas, desprecia pero garantiza con su aval la perpetuación de un chiringuito de seis o siete que juegan sumisos su papel de acólitos legitimadores por la izuierda. Valderas ha fracasado tantas veces en las urnas en su circunscripción natural que lo suyo sería más para afeitarse en seco que para dejarse crecer el bozo pero ahí lo tienen predicando en el teatro vacío el sermón de la esperanza: IU será “el elemento necesario para el cambio político por la izquierda que se está dando en el territorio español”. ¿Qué se está dando, dónde, desde cuándo? Por justificar el sueldo hay criaturas dispuestas incluso a dejarse la barba.