Comerse el marrón

Es inobjetable el silencio constitucional observado ante el juez por el antenista que en Gibraleón intervino presuntamente en el ‘antenazo’ perpetrado en Teleodiel con motivo de la moción de censura de los entonces tránsfugas, luego expulsados del PSOE (como tales) y ahora de nuevo acogidos en éste como hijos pródigos. Inobjetable pero desconcertante, compréndanlo, porque es fuerza preguntarse por qué calla ese hombre (si no tuviera que callar, hablaría), a quién beneficia con su mutismo, y claro está, a cambio de qué calla con no poco riesgo personal, o lo que es lo mismo pero más expresivo, qué han podido ofrecerle o darle para que no diga esta boca es mía. Lo malo para él (no para los eventuales beneficiados) es que los hechos están claros como el agua y, en consecuencia, lo normal será que acabe comiéndose el marrón que tendrían que zamparse otros. Él sabrá lo que hace y por qué lo hace. A los demás no les queda sino especular y qué duda cabe que lo están haciendo. 

La vida breve

                                                              Para Víctor Márquez Reviriego
Presentación de la edición digital de la ya mítica revista “Triunfo” en el salón Valle-Inclán del Círculo de Bellas Artes. Desde ahora, mitos aparte, quien así lo desee podrá entrar sin intermediarios en aquellas páginas que llegaron a ser escuela de casi todos y catecismo de muchos. Cuando estalló la guerra los “Seis Días”, allá por mayo del 67, la progresía contuvo el aliento hasta ver confirmado en “Triunfo” cual de las dos partes procedía apoyar, por ejemplo. Cuando ETA arruinó la sucesión prevista volando a Carrero, de nuevo el criterio de “Triunfo” marcaría la respuesta ilustrada e izquierdista. Hay muchos ejemplos catecumenales que podrían citarse, pero antier en Madrid lo que se hizo fue, ante todo, recordar a los ausentes, pasar espantada revista a la caterva de colegas y compañeros que la vida nos que arrebatada apenas en un cuarto de siglo. Haro Tecglen, por ejemplo, con su eterno cuello de cisne y su ironía distante, Manolo Vázquez Montalbán, tímido y penetrante, que venía de la cárcel y pasó en un pìs pas a la fama con su “Crónica sentimental de España”, el hidalguesco Luis Carandell del “Celtiberia Show” al que todo contribuíamos con lo que pillábamos en nuestras andanzas, Santiago ‘Curri’ Roldán, todavía ‘penene’ pero ya magistral en su brillante gitanería crítica, César Santos Fontela, psicopompo cinéfilo de una generación, Chumi Chúmez ausente y certero, José María Moreno Galván con su visión artística, el viejo anarquista (¡tomen nota los etiquetadores!) Eduardo de Guzmán, Pablo Corbalán, o el joven Haro Ibars, alérgico a las convenciones y a la ducha, nuestro Pepe Aumente, cuya inocente pregunta “¿Estamos preparados para el cambio?” nos costó meses de cierre a cal y canto, Monserrat Roig, el fotógrafo Xavier Miseracs, Fernando González, guía adelantado en el territorio ‘in’ que nos presentó a Marco Panella o Fernando Arrabal, el profesor Sesma de los horóscopos, el futuro duque de Alba, Jesús Aguirre, mi primer editor, mi último confesor… Es un soplo la vida, qué duda cabe, y hasta Víctor Márquez Reviriego, implacable redactor jefe, memorión peregrino, cierra el obituario abrumado por tanta ausencia. Ahí está en Internet lo que hicimos, en todo caso, aunque ni los lectores ni nosotros –los que quedamos– seamos, ni de lejos, los mismos.
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Es posible que nadie haya dado con la fórmula para suceder a “Triunfo”, un semanario tan realista que aludía a lo nacional reflejándolo en el espejo de fuera pero tan influyente que hubo quien fue a comisaría –no se lo crean, si no quieren– por llevarlo bajo el brazo. Un proyecto que ayudó a abrir los ojos a una generación, que ejerció cierto amable despotismo ético que iba desde la exégesis del deporte a la divulgación científica, que fue capaz de mantener una crítica literaria creíble en medio de la incultura y el papanatismo, un tábano culto y radical que trajo casi tan de cabeza a los censores del régimen como al autocensor. Ahí está, en cualquier caso, disponible para quien quiera ver qué hacíamos bajo la dictadura (algunos), para que traten de orientarse en el laberinto de la represión expresa o subliminal, para que se hagan cargo –en nuestro descargo—de lo que hubimos de pasar los propios privilegiados en aquella circunstancia. Nosotros nos hemos quedado con el duelo, a ver, reconociéndonos en el desconcierto de contemplarnos diezmados por los años, ¡por tan pocos años!, quizá algo inquietos ante esta inesperada resurrección digital que nos devuelve a la vida, es decir, otra vez al riesgo de la crítica, al peso de la responsabilidad que uno contrae indefectiblemente cuando dice lo que piensa y firma debajo. La otra noche en Madrid, orilla de Alcalá, fue como si sonara la trompeta y, roto el séptimo sello, viéramos en el libro de la vida esos renglones de muerte. Es un soplo la vida. Vaya tango para una resurrección.

Guante de seda

Hay que ver cómo tratan las Administraciones a los responsables de las construcciones ilegales cuya demolición está siendo ordenada –¡a buenas horas, mangas verdes!—por los tribunales de Justicia. El presidente de la Gestora marbellí, un hombre de Chaves, saca de su chistera una solución nada salomónica: indemnizar con suelo urbanizable a los constructores ilegales perjudicados por la medida judicial, lo cual, bien mirado, no es del todo nuevo porque hace poco, en algún pueblo gaditano, la Junta pagó los platos rotos para legalizar todo lo ilegalizable (que era mucho) y contentar a todos. Cabe preguntar por qué hay que indemnizar a los responsables de una ilegalidad en lugar de sancionarlos a secas, pero todavía resulta más peregrino que, a estas alturas, estemos discutiendo sobre la ejecución de las sentencias judiciales, que el de la Gestora “se muestra dispuesto a ejecutar”, ya ven qué cosa, mientras el Defensor del Pueblo e IU reclaman la misma obviedad. ¡Teorizar sobre la ejecución de las sentencias e indemnizar a los infractores! Si esto no es el mundo al revés, que venga Dios y lo vea. 

Los jueces y el sindicato

Gran parón el dado por los jueces a la UGT en su espectacular acoso vicario al alcalde de Huelva y, en concreto, en su intento de paralizar la convocatoria para ampliar la plantilla de la Policía Local y grave denuncia la efectuada por los propios trabajadores que ven en ese sindicato dependiente un mero instrumento político de su partido de cara a las municipales. Miles de denuncias dicen sus responsables que llevan interpuestas, como palos entre los radios de la rueda municipal, y lo dicen, además, con toda la cara del mundo, los mismos que en Diputación –según CCOO—se dedican en cuerpo y alma a respaldar una política de personal que ha provocado ya hasta una petición fiscal de cárcel para el presidente y tiene en este momento en ascuas a la propia candidata Parralo, vicepresidente del organismo, que, con muy buen criterio, no quiere ni oír hablar de nuevo del dichoso ‘mobbing’. Puede que, a estas bajuras, no le resulte fácil frenar al ‘sindicato de clase’, pero si no frena lo probable es que acabe estrellado contra la peor evidencia.

Guerra de símbolos

Una jerifalte ministerial altamente sensible, la secretaria de Igualdad del ministerio Caldera, ha revelado el propósito del ultrasensible Gobierno de “promover” en los colectivos inmigrantes un debate sobre el uso del velo musulmán en las escuelas. De nuevo se produce, pues, el curioso efecto advertido por Vargas Llosa cuando la discusión francesa, en el sentido de que, curiosamente, los papeles ideológicos aparecen invertidos en esta porfía, de modo y manera que la izquierda, real o sedicente, defiende el uso de esa prenda claramente discriminadora de la hembra, mientras que los sectores conservatas (en Francia, como sabemos, desde Raffarin hasta la ultraderecha lepenista) aparecen en escena como los resistentes que se niegan a aceptarla. ¿Cómo explicar que el progresismo defienda ese gueto indumentario impuesto –no hay forma de negar esa evidencia—por el exclusivismo machista vehiculado en la tradición religiosa? Pues quizá de ninguna manera, al menos si se mantienen claros los principios, y mucho menos aún si se tiene en cuenta que, aparte de la taxativa y desacomplejada prohibición francesa, no hace mucho que la ultrapermisiva Holanda ha decidido excluir el ‘burka’ y en la propia Italia parece inminente su prohibición legal. Nuestro progresismo débil está resultando incapaz de percibir el grave riesgo que subyace en la fantasía multiculturalista, y ciego ante la evidencia de los estragos que una observancia religiosa contraria a los derechos humanos universalmente consagrados ha de acabar provocado inexorablemente. Los símbolos van de avanzadilla en esta calculada invasión en la que nos jugamos unas ventajas civilizatorias adquiridas trabajosamente a lo largo de milenios. Olvidar esto o cerrar los ojos para no verlo constituye una imprudencia que ya veremos hasta qué punto resulta temeraria.
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Hemos hecho hincapié otras veces en el hecho difícilmente discutible de que la multiculturalidad ha de tener su límite infranqueable en el respeto a los valores indígenas y, en especial, a aquellos que suponen un avance manifiesto de la libertad de las personas. No será más libre la escuela española porque en ella se limite el derecho elemental de las mujeres a vestir de acuerdo con la convención local y, desde luego, en modo alguno supone un plus de libertad esa censura “de género” –como seguramente diría esa secretaria—que no cuenta con el hombre al que ninguna prohibición limita la exhibición del cuerpo. No se entiende, por ejemplo, cómo se concilia la exigencia del derecho absoluto al propio cuerpo que reivindicamos para la mujer con esta humillante limitación de su albedrío, máxime cuando sabemos de sobra que, al margen de mínimos reductos fundamentalistas, que los hay, el gran problema del machismo inmigrante es justamente la imparable tendencia de sus mujeres jóvenes a adaptarse a las formas de vida occidentales. Sí, ya sé que cierta izquierda traga con carros y carretas, como sé que en Marruecos, un poner, las mujeres siguen siendo inferiores a los varones porque el PS local se inhibió en la votación de una ley de igualdad, pero también sabemos que, tras el ejemplo francés, una fuerte discusión divide a este respecto a la militancia de la izquierda europea. Y es que, encaje mejor o peor en la corrección política, la verdad es que no cabe seguir sosteniendo que todas las morales religiosas son iguales o tienen los mismos derechos, porque de aceptar eso tendríamos que asumir, de paso, el derecho de esos primitivos a casar arbitrariamente a sus hijas en matrimonios de conveniencia o, por qué no, en el que les asiste para mutilarlas sexualmente o para castigarlas de modo canónico con una buena vara verde. Vargas lleva razón –como tantas veces—al ver una paradoja en esa extraña distribución de papeles políticos. Y uno diría que allá la reacción con su tema, pero que a la izquierda no le queda otra que aceptar la realidad y dejarse de novelas.

Contra ‘Juan Palomo’

Los profesores andaluces de enseñanza media agrupados en la APIA han propuesto a la Real Academia de la Lengua y a la Sociedad Matemática Española que medie en el diálogo para besugos planteado  la ciudadanía por la consejería de la Junta con sus pruebas propias de control de calidad, y lleven a cabo un peritaje o auditoría externa que deje claro si nuestros alumnos están tan mal como dice el informe PISA y los propios docentes o tan mediocremente bien como asegura la Junta. Es una medida lógica, inobjetable, que con toda probabilidad rechazará una Administración autónoma preocupada en exclusiva de las apariencias y a la que la realidad de la enseñanza la trae al fresco. Podría acabarse con esta providencia con le truco político de evaluarse a sí mismo y medir la realidad adecuando primero la regleta a los deseos propios. La Junta debe reconocer que un alumnado incapaz de dividir quebrados o de resumir incluso una letra de “Andy y Lucas” es una basca en peligro. Hasta doña Cándida podría comprender eso, si Chaves la deja.