Comentario insolente

El consejero de Empleo, máximo desconocido en este gobiernillo autonómico, ha respaldado al ‘delegata’ de su consejería que ha pagado con dinero público (las facturas están publicadas) comilonas y festorros espectaculares. Es normal, después de todo, porque, a estas alturas, no va a reconocer que ese cargo público –que entre otras lindezas, cobra dietas sobre gastos pagados– ha obrado por libre, sino que ha de fingir que nada hay en su actuación de objetable ni digno de censura. Ahora bien, que el consejero descargue descaradamente en el Interventor –¡con lo que los interventores han sido toda la vida, Dios mío de mi alma!– la responsabilidad del despilfarro constituye un insulto a la inteligencia de los onubenses y, desde luego, una injuria que ni ese funcionario ni su cuerpo deberían admitir sin réplica, si no quieren evidenciar que su alta función ha quedado reducida por el “régimen” a un mero trámite legalizador.

Cabeza bajo el ala

La ministra de Educación, vástaga de un árbol sabio e influyente, no puede con el ramo. Ahora acaba de salir a la palestra para anunciar que los alumnos de BUP que tropiecen incluso cuatro veces en el mismo curso podrán matricularse en asignaturas del siguiente, dado que lo contrario, a su juicio, podría ser una “invitación al abandono”. A eso le llamo yo, y le llama mucha gente, entregar la cuchara. Vamos a ver: para empezar, la media española de fracaso escolar supera en diez puntos al menos la europea, pero si desmenuzamos los datos para ver de cerca el caso, comprobamos que un tercio de los alumnos de ESO obtiene resultados negativos, que más o menos la misma cantidad repite curso, que algo más no acaba ese ciclo, que casi la mitad no supera el bachillerato y que la mitad cumplida abandona en la universidad. No querer reconocer este batacazo colectivo, continuar ignorando que su causa está en la normativa, es un reflejo que se comprende en el político pero que no tiene pase en el responsable de la educación del país, sobre todo si se tiene en cuenta que el fracaso de marras se produce en especial en el sistema público mientras que en la enseñanza concertada es notablemente menor y en la privada prácticamente asumible. ¿Qué ocurre entonces para que el Poder cierre los ojos y tire adelante, ciego como caballo de picador, sin tener idea de adónde se dirige aunque sabiendo de sobra de dónde viene? Pues lo que ocurre es que no tienen ni la más remota idea de qué hacer frente a esta catástrofe que compromete de modo tan irreparable el futuro de todos, y muy particularmente en no son capaces de asumir el probable coste electoral que supondría en este país mal informado la adopción por parte del Gobierno de las medidas drásticas que reclama hace tiempo la sociedad. Llevamos varios ministerios posponiendo el abordaje del problema y remitiendo sus efectos a un incierto futuro. Éste de la ministra Cabrera, contra lo que se hubiera podido esperar, parece que no sólo va a ser uno más en esa relación sino que acabará destacado entre los entreguistas.
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Hay un error en la consideración de que el fracaso en la escuela es un hecho autónomo, un contratiempo incardinado en el orden escolar sin conexión con los demás ámbitos vitales, es decir, con la familia y con la sociedad en su conjunto. Por el contrario, el alumno que fracasa –es decir, el que no alcanza los objetivos previstos para él por el sistema educativo– es víctima del modelo pedagógico, sin duda, pero también de un paradigma de convivencia (familiar, grupal) que ha pretendido y logrado a medias emanciparse de las exigencias colectivas, de un modo que amenaza a la propia convivencia. La idea de Sarkozy de restaurar en la escuela la ancestral y lógica costumbre de respetar al enseñante, por poner ejemplo sencillo, ha sido acogida por amplios sectores sociales como si de un escándalo o una pretensión extravagante se tratase, y ahora la ministra española consagra el derecho de los suspendidos a pasar, de hecho, al curso superior, o sea, el de exhibir su patente de corso frente a una exigencia social que ya no sabe no cómo plantearse el negocio. Lo que sí le ha salido bordado al Gobierno es el garlito de la nueva asignatura, la Educación para la Ciudadanía, a favor y en contra de la cual se consumen las energías que resultarían imprescindibles para reparar, en la medida de lo posible, este tremendo desgarrón generacional. Dentro de poco tiempo, cuando miremos atrás desde el muro de las lamentaciones, quizá no divisemos ya estos detalles en los que reside verdaderamente el auténtico quid de la cuestión. Nuestros chicos no estudian por la misma razón que  no obedecen, lo que remite el fracaso a los adultos antes que a ellos mismos y al Poder junto con los adultos. Pero constatar esta obviedad no va a arreglar gran cosa. Yo lo que sé es que, en poco tiempo, la raya que separa las clases sociales dividirá también la sociedad por el equinoccio de la competencia.

El poli malo

Al ministro Solbes la ha tocado el papel de “poli malo”. Él va por la vida de cerebro integérrimo que no se casa con nadie y le canta al más pintado, en nombre de la ciencia económica, las verdades del barquero, pero la realidad es que, ingenua o deliberadamente, el suyo es un papel legitimador: es el “poli malo” que necesita el debate político electoralista, la conciencia crítica sin la cual quedarían demasiado en evidencia las nalgas de los compravotos. Véanlo, por ejemplo, decirle que nones a la oferta de subvenciones de la ministra de Vivienda, al ofertón de Chaves sobre “viviendas gratis pa’tos” y al Ayuntamiento de Sevilla en su absurdo proyecto pseudoprogre de penalizar las viviendas vacías. Es decir, a tres que nunca pensaron de verdad en cumplir lo que prometían o que sabían que eso que prometían era irrealizable en la práctica. La verdad es que ni imaginamos siquiera qué sería de tanto “poli bueno” sin un contrapunto convincente como él.

Ventanilla equivocada

Anda Pepe Juan Díaz Trillo intentando estirar el chicle de la supervivencia hasta donde le es posible tras su defenestración como ex-candidato frustrado a la alcaldía de la capital, y en esa tesitura hace, el hombre, cosas tan poco razonables como exigirle al alcalde con el que nunca pudo en las urnas que apoye esa demagógica ley de la Junta que promete viviendas hasta al apuntador, porque, según él, “la necesitan los onubenses”. Bueno, en primer lugar lo de la vivienda a todo el que cobre menos de 3.100 euros no se lo cree no Pepe Juan cuanto más Chaves, pero ya puestos a quien tiene que exigirle apoyo no es alcalde sino al ministro Solbes que ha descartado sin despeinarse ese proyecto sin sentido. Ya saben los onubenses y andaluces en general que ni no llegan a tener esas viviendas que necesitan es porque Solbes se opone, no porque no las apoye el alcalde de la capital. Pepe Juan tiene que hacer méritos, el hombre, y eso explica estos yerros mayúsculos terciados de mentiras conscientes.

Lo que valemos

Una sentencia que acaba de conocerse condena a un sistema público de salud a indemnizar con 148.093 euros a un paciente confusamente atendido al que, finalmente, hubo de amputársele una pierna por debajo de a rodilla a consecuencia del error médico. Siempre que nos salen al paso este tipo de decisiones judiciales nos asalta el mismo comején: ¿en qué criterios se basarán los ‘ropones’ para establecer el precio de un miembro, cómo serán capaces de aquilatar hasta el último céntimo el precio de una pierna o de un dedo, el de un ojo o el de una falange? Sabemos que el cuerpo tuvo siempre un precio (lo saben bien los romanistas pero también los expertos en derecho gótico) y que, mal que bien, siempre hubo también en la curia esa tendencia a valorar selectivamente las distintas partes del cuerpo atendiendo a su función. El organicismo, es decir, la visión del mundo como un cuerpo humano –que ya apunta en las edades oscuras en cabezas señeras como la de Juan de Salisbury– aportó no poco a esta perspectiva, ya que la jerarquización analógica de las partes del cuerpo no tenía otro remedio que acabar proyectada sobre el criterio directo que los hombres empleaban para valorar sus cuerpos serranos, bien idealmente, bien forzados por la necesidad en caso de lesiones provocadas que exigían la indemnización del causante. Todo un catálogo apreciado ha surgido, al fin, de esa visión funcional del cuerpo, un catálogo que valoraba, o mejor, que ponía precio a cada órgano o miembro siguiendo el consabido criterio de su función práctica. Hay legislaciones, como la mexicana actual, que valora con un mismo 50 por ciento la pérdida accidental o provocada de un pie o un pene aunque reduce la indemnización notablemente en el caso de que lo perdido sean los dos testículos, pero aún lejos del exotismo, comprobamos que no son grandes las diferencias existentes entre esas valoraciones y las nuestras. La pierna perdida que da pie a esta reflexión sería valorada por la Caixa catalana en 30.050’61 euros, ni un céntimo menos (ni más), y compruebo que hay cierta coincidencia en las aseguradoras en cifrar el valor de ese miembro decisivo para la vida en el 55 por ciento del capital asegurado. El pulgar de un pie todavía vale lo suyo, pero ni se imaginan lo poco que merece, según los calculistas del Derecho, un anular o un meñique del pie. La Ley que indemniza a los lisiados tiene más aspecto de casquería que de código.

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En su precioso estudio del cuerpo en relación con el desarrollo histórico de la ciudad, un sabio como Richard Sennet traía a colación el caso de “El mercader de Venecia” –que tiene antecedentes diversos, incluida nuestra narrativa medieval– y en el que el judío ‘Shylock’ valora una libra de carne de su odiado rival justo en los tres mil ducados que dio en un préstamo del que éste había salido garante. Como se ve hemos avanzado mucho en este terreno, como lo demuestra la precisión centesimal con que hoy cualquier forense o cualquier ‘manguito’ es capaz de decirnos lo que vale, en realidad, un ojo o un brazo, una pierna o incluso nuestra completa capacidad de movimiento, una calculística que está proclamando a la legua la definitiva desacralización del cuerpo o, visto desde otro ángulo, el triunfo, probablemente irreversible, de la idea de ‘función’ sobre el concepto de ‘naturaleza’. Tengo entendido que el indemnizado de referencia ha precisado, además de esa ayuda crematística, el sostén de una asistencia psíquica que compense el daño invalorable de la mutilación más allá de esa mísera aritmética de la lesión que retrata, eso sí, en su perfil más auténtico, la cabeza que rige sin apelación la sociedad en la que vivimos. ‘Shylock’ no era, desde luego, un invento ocasional sino un paradigma de cierta condición humana consagrada por el mismísimo humanismo. Desde esa perspectiva, el mutilado de nuestra historia bien puede darse con un canto en los dientes con ese puñado de euros.

I + D + Cuentos

Una asociación de jóvenes investigadores “precarios” acaba de denunciar que la Junta de Andalucía, es decir su publicitada consejería de Innovación y no sé cuántas cosas más, lejos de aumentar como predica las ayudas a la investigación, anda reduciéndolas, empezando por los celebrados programas de “perfeccionamiento” y “retorno” que mantenían a los doctores que ampliaban su formación científica en el extranjero tanto como a los que regresaban a España, que ahora han sido abolidos de un plumazo. La Junta ha apostado por el “bernatsorianismo”, es evidente, o sea, por invertir en el escaparate más que en la bodega y cuidar más la exhibición que el trabajo de fondo, opción sin duda electoralista que contradice el espíritu que en teoría promete cuidar nuestra propia comunidad científica para evitar que se desperdicie o se disperse. El Atraso andaluz está garantizado, pues, al margen de las propagandas. Salir den el NO-DO no hará que las cosas varíen.