O conmigo o contra mí

La Junta se vuelca con los suyos. Ahí tienen a Obras Públicas –esa especialista en retrasar promesas formales– apresurándose para reforzar la imagen del nuevo gobierno municipal de Punta Umbría con esa “pasarela” peatonal y ciclista “de diseño” que va a unir el complejo hotelero de los viejos Enebrales (tan vinculados que más no pueden al propio alcalde) con el pueblo antiguo. O conmigo o contra mí es el lema implacable que emplea la Junta de Chaves para pastorear a los Ayuntamientos, volcándose con los “amigos” y tratando a los demás con la dureza del rival. Sin disimulos ni complejos, sin miedo a una opinión pública más dócil cuanto más apaleada. Y si no recuerden la mano dura con que fue tratado el anterior alcalde y compárenla con estas buenas migas.

Estrategia de la emoción

Gran revuelo ha provocado el proyecto de castración de pedófilos anunciado por Sarkozy. Como si fuera una novedad. Porque desde hace años sigo esa milonga sé que, desde que en 1996 se abrió el mismo debate en los EEUU, se han multiplicado las intentonas. En California se autorizó por vez primera la castración opcional de los violadores que, como luego en Florida, sería forzosa para los reincidentes. ¿Acaso no sostiene Amnesty Internacional, esa bendita mosca cojonera, que siete de cada diez violaciones son obra de quien ya había violado antes? Clinton auspició la ley Megan que obligaba a los estados a informar públicamente de la libertad de los violadores, pero países avanzados como Alemania o Suecia o Dinamarca dieron el paso de optar por la castración preventiva, abriendo una moda que tuvo éxito especial en Hispanoamérica, en países como México, Colombia, Chile, Perú o Costa Rica, y que parece animarse a la vista de los frecuentes hallazgos de redes pedófilas internacionalmente organizadas, por lo general a través de Internet, pero también por algún caso tremendo como el reciente del pedófilo de Roubaix, ése miserable que chulea a la opinión –y a la Justicia– preguntándose la razón por la que debe abstenerse de profanar a los menores y alardeando de su impunidad, al parece incluso inverosímil, en un montón de casos ocultos. En la Francia jacobina y celosa de sus libertades quienes se oponen a la propuesta acusan al Presidente de poner en marcha la “estrategia de la emoción” para explotar el miedo creciente a la inseguridad de muchos sectores sociales. La “otra Francia”, ni que decir tiene, apoya sin fisuras un recurso extremo que no tiene por qué, en su opinión, forzar el espíritu de la ley. Y en España, ya se sabe, como en las corridas mediocres, división de opiniones: calla el PP y admite el PSOE la posibilidad de su aplicación en “casos extremos” mientras IU habla de “terapias” y las víctimas de violación piden “más madera”, a ver. Realmente algo hay que hacer más allá de las lamentaciones. Yo creo que lo que subleva a sus oponentes es la habilidad de ‘Sarko’ para pillarlas al vuelo.
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No entiendo bien, en todo caso, estos escrúpulos de una civilización que consintió durante siglos que se mutilara a los niños cantores para conseguir que sus tesituras alcanzaran desde las de la soprano a la de la mezzosoprano de modo que pudieran sustituir a las hembras de coro prohibidas por el canon y los decretos. Incluso en el “universo feliz” de los ‘ilustrados’ estaba vigente la práctica de bañar al adolescente en leche caliente y sedarlo con narcóticos antes de proceder a emascularlo, una práctica que sólo desaparece, que yo sepa, ya en pleno romanticismo, al filo del último tercio del XIX. Ahí tienen a Farinelli aclamado por toda la culta Europa desde Venecia a Londres pasando por la corte española, pero hay otros muchos (los Marchesi, Cesari, Pacchierotti, Velutti…) sin contar la legión de desdichados que se quedó en el arroyo, mutilada, compuesta y sin novio. Digamos que el ‘alumbrado’ europeo distingue, en última instancia, entre la mutilación de un muchacho y la de un malhechor por el hecho de que la primera concierne al ámbito artístico, exento de normas en su fuero exclusivo, y la segunda al de la simple y vulgar necesidad. Curioso por lo menos, no me digan que no. Y más curioso todavía, para mis cortas entendederas, tanto tacto a la hora de proteger a un malvado y tanta indiferencia frente a la tragedia de los inocentes. Vean la imagen de ese bárbaro proclamando su derecho –“Me gustan los niños, ¿y qué?”– y luego hablamos. No les digo más que en el Red pudo verse hace poco la violación de un bebé. Que digan los de IU dónde están esos “remedios” o los del PSOE qué entienden por “casos extremos”. La obsesión por la seguridad fue tradicionalmente el gesto de la minoría reaccionaria. Hoy se ha convertido en la exigencia de la mayoría.

El alma en vilo

El buque encallado en Gibraltar –es decir, en nuestra costa– podría hundirse en cualquier momento con sus quinientas toneladas de combustible a bordo y sus 29.000 de chatarra. La autoridad de la colonia británica ha decidido suspender los trabajos de extracción ante ese riesgo y las españolas parece que se mantienen al margen, más o menos dispuestas a verlas venir. No es dudoso que cualquier día ocurrirá en la bahía algecireña una catástrofe y ello es lo que convierte en incomprensible que el Gobierno español no haya adoptado todavía un plan adecuado por si ocurre (o “para cuando ocurra”) lo peor. Chaves fue una vez a manifestarse a la zona, ni qué decir tiene que contra el Gobierno rival. Ahora, aunque se llegue a ver un ejemplar en ella, verán como sigue de vacaciones como siguió cuando ardió el monte entre Huelva y Sevilla. Vivimos de milagro. Y encima, como el Gobierno es “amigo”, ni siquiera tendremos derecho al pataleo en plan gallego. Un chatarrero encallado: no es mal logotipo para la “Segunda Modernización”.

Ahora el PA

Tienen suerte el PSOE onubense con las crisis ajenas, en tantas ocasiones tapaderas de las propias. Como si nada ocurriera en Bollulos, en Almonte, en Cartaya o en la propia capital, esta vez llega el PA dispuesto a hacer el gasto y cargar con los titulares que, muy probablemente, van a ser una losa sobre su cada vez más profunda fosa política, difícil de levantar. Y todo por un escaño en la Diputación, a ver si nos dejamos de cuentos, lo que prueba una vez más que lo único que garantiza la coherencia de estos partidos ganapanes es la abundancia de cargos a repartir. En ninguno de los pueblos mencionados, ni en otros que no se mencionan, correrían como corren aires de fronda si los “aparatos” tuvieran poltronas y sueldos para todos los pretendientes. Esta es la triste realidad de la partitocracia y esta la razón de su divorcio del interés público. Lo de Isla se arreglaba con un par de escaños más para los andalucistas. Ya me dirán si no es lamentable que haya que decir estas cosas.

La brecha cerebral

De nuevo salta a titulares el tema de la inteligencia animal, por supuesto referido a la del primate, a la presunta capacidad del simio (y en concreto del mono) para aprender funciones intelectuales como leer o escribir. Viejo asunto, me temo que sin solución desde que hace muchos años, atraídos por Edgar Morin, asistiéramos en el Centre Royaumont a las porfías entre los esposos Premack y los Chomsky, los Monod o los Piaget. Ahora estas cosas vienen sucintas en Wikipedia, me figuro, pero entonces lo que trataban de inculcarnos era que esa experiencia del aprendizaje reforzaba el parentesco intuido entre las especies y, en consecuencia, la virtualidad de un relativismo que adquiría estatuto científico. Luego ha habido mucha literatura (hasta donde pude seguirla, me refiero a Ehrlich, R.Dawking o Cohen) pero también ha crecido sin remedio el escepticismo porque nadie, en realidad, ha logrado superar las pruebas “demasiado elementales” (Monod) que tendían a traducir a términos científicos ciertos movimientos de fichas de colores que, con el tiempo, se desinflaron hasta perder su interés. Hay una “brecha cerebral” insalvable entre el hombre y el mono, nos dice hoy el mismo Premack inclinado sobre el microscopio más que pendiente de la jaula, un ‘gap’ que no permite igualar las capacidades de las especies ni siquiera por la base, pues parece entenderse al fin que una cosa es distinguir ‘instintivamente’ determinados hechos o relaciones y otra muy distinta “construir” de manera inteligente teorías del acontecer. Un mono “educa” a su prole, le enseña a evitar el alimento nocivo o a acechar con engaño a su presa, pero eso poco tiene que ver con la capacidad que el hombre tiene de organizarle la vida a los demás, incluido el pobre mono, y lo que es peor, el pobre hombre. Me gusta recordar aquella era ilusionada –con mis Lorenz, mis Tinberger, mis Torpe–, cuando la esperanza era todavía enteriza y buscábamos revolverlo todo para bien empezando por el zoo.
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Lo que sigo sin tener claro es que esta superioridad zoológica pueda traducirse en términos jerárquicos, por decirlo así, es decir sirva para sustentar la teoría de la inferioridad del animal. Tomen el caso de la actitud ante la muerte. No está claro que la intención del coleóptero que entierra el cadáver para desovar sobre él se explique sólo por razones utilitarias, y sí lo está, por el contrario, que incontables especies huyen despavoridas ante su presencia, pero no más que primitivos como los senoi o los takkui mayalos y, por descontado, que la inmensa mayoría de los homínidos, como creo recordar que explicó Teilhard. El animal –el caso del elefante es conocido y emocionante– rechaza y se rebela contra la muerte pero se limita a evitarla poniendo tierra por medio, que es cabalmente lo que hace el hombre cuando el caso llega. También desde las pateras que navegan a la deriva, los inmigrantes desesperados echan al mar a los que mueren no con el rito honroso de la marina sino con el gesto elemental del superviviente, lo que tal vez sugiera que la famosa “brecha” no sea tan profunda, que no andemos tan lejos del denostado primo/primate, diga lo que diga la observación neurológica, insista en lo que gusten, lo mismo el creacionismo reaccionario que el optimismo animalista. A lo peor no se trata tanto de igualar, por abajo, al mono con el hombre como de significar, por arriba, nuestra proximidad al mono, de captar ese “ruido de fondo” que, como el del universo, nos llega difuso pero constante procedente de un ‘big bang’ zoológico que, evidentemente, no pudo ser tan elemental como pretende el ‘Génesis’. Once criaturas dicen que han arrojado al mar desde la última patera estos altos primates sin papeles, olvidados sin compasión por sus avanzados primos. Quizá no seamos tan diferentes, después de todo. No hay brecha que valga, por lo visto, en medio del mar.

Justicia no se entera

No puede ir más a lo loco la consejería de Justicia, de varapalo judicial en varapalo judicial, de crisis en crisis, de traspié de la consejera en traspié de la consejera. Esta vez es el TS el que refrenda la decisión del TSJA de anular el artículo de la orden de María José López que establecía el régimen de control de los funcionarios de Justicia, a los que esa elefanta en cacharrería agravió de entrada asegurando que, cuando ella llegó a la poltrona, la Administración de Justicia presentaba una “situación salvaje”. Sin entrar en el asunto, lo que está claro es que la consejera López ha chocado frontalmente con los funcionarios, mantienen graves diferencias con vastos sectores de jueces y fiscales y ha purgado de manera sin precedentes su organigrama de altos cargos con los que tampoco se entendía. ¿Es lógico mantener un servicio tan fundamental en manos de una persona que chica con todos y no se entiende con nadie? Con las elecciones a la vuelta de la esquina, a Chaves lo salvará una vez más la campana.