Pagar más por menos

Nuevo palo del Observatorio Económico de Andalucía a los trampantojos del gobiernillo autónomo. Bajar dos puntos en el IRPF del tramo autonómico es una ridiculez además de un oportunismo, porque de lo que se trata es que Andalucía sigue siendo la región que paga más impuestos de España. Los más afortunados se están empadronando en Madrid para escapar a la rapacidad de la Junta, a la que los expertos recuerdan que no se trata sólo de subir las cargas sobre los ciudadanos sino de eliminar los organismos inútiles y recortar el “aparato desmesurado” sobre el que se sostiene el “régimen”. Menos servicios y más impuestos: el electorado andaluz es el sueño de todo oligarca.

Ley y orden

Ni en nuestros mejores sueños –iba a decir “viajes”—hubiéramos entrevisto los de mi generación la posibilidad de un revolución radical lograda por medios democráticos. Nosotros leíamos el “corpus” marxista, no ignorábamos los vuelos de Bakunin o del príncipe Kropotkin, nos vimos tentados por la “tercera vía” yugoeslava de los cooperativistas y hasta alcanzamos a rozar el situacionismo ya en la desbandada del 68, pudimos ser laboriosa y sucesivamente althuserianos, sartrianos, marcusianos o seguir las huellas borrosas del penúltimo Poulantzas que acabaron estrelladas al pie del edificio Montparnasse . Pero, quizá precisamente por eso, nunca creímos en los duros a tres pesetas ni en la fragilidad de un sistema que, como el de libre mercado –al que los informados llamábamos, simplemente, neocapitalista–, nosotros sabíamos que tenía tantas vidas como los gatos cuando menos. Por eso somos una generación perdida aunque, la verdad, tengo la impresión de que no tanto como la precedente o la que nos está sucediendo. El “mundo feliz de los tiempo finales” es un mito lo describa Marx o lo pinten en technicolor Norman Cohn o Peter Worsley, por más que hoy nos lo ofrezcan en rebajas esos movimientos emergentes patroneados por unos jóvenes en el fondo tan antiguos. En fin, allá cada cual y que cada uno se las avíe con su circunstancia.
En lo que no pensamos nunca –ni nosotros ni nadie—fue en que un orden social pudiera mantenerse al margen de la ley, y no porque el canovismo cifrara la felicidad social en el binomio “Ley y Orden”, sino porque sólo en la política-ficción asoma esa razón antiutópica que permite a la alcaldesa Colau, al camorrista Baños o a algún blog de Podemos comprometerse a no respetar la Ley… salvo que sea la suya. Al Baños ése de la CUP lo ha triturado Arcadi Espada en la tele con una pregunta elemental: “¿Y cuando yo no respete su ley, ¿qué hará usted conmigo, buen hombre?”. “No acataremos sus leyes. Sólo las de la hoz y el martillo”, claman en nombre de Pablo Iglesias. Y se van luego, los chicos y no tan chicos, a solazarse en la movida, como nosotros nos íbamos a conspirar o al cineclub. No hay tiempos mejores ni peores. Yo creo que todos son malos, aunque puedan ser empeorables, sin duda, pero también creo que de todos se acaba saliendo con los pies fríos y la cabeza caliente. Estas liberaciones surgidas por generación espontánea van a durar poco pero no descarto en absoluto que antes nos las hagan pasar canutas.

Banquillo real

Parece que la infanta Cristina habrá de sentarse ante el banquillo –a menos que se aplique la doctrina Botín—nada más pasar la Pascua navideña, extraordinaria noticia que se ha llevado poco tiempo con la foto de la familia de la actual Reina retratada en idéntica circunstancia y con la decisión de un juez de archivar la demanda de paternidad planteada por una joven que dice ser hija del monarca emérito. Ignoro si la inmunidad del Rey alcanza a ese emérito o no, pero, en todo caso, de lo que no cabe duda es de que la democracia española, que tiene tantos agujeros, al menos respeta las reglas del juego dado tanto real banquillazo. No siempre fue así, desde luego, y no estoy pensando en la vieja acusando de homicidio a don Pedro el Cruel, sino en casos más recientes, como el de aquel prohombre del franquismo que causó la muerte de un peatón en un pueblo mal alumbrado y al que el Dictador libró de las garras de la Justicia aforándolo como miembro del Consejo Nacional del Movimiento, o sea el antiguo Senado, que era igual de inútil pero sin piscina. Y en ese sentido, por más que comprenda los riesgos que entraña una igualdad ante la Ley que con facilidad puede ser mal usada por los desaprensivos, no hay modo de no reconocer el progreso jurídico y hasta moral que supone esa imagen frecuente de los intocables en el banquillo. Aquí, por ahora, sólo los políticos se libran de esa foto infamante, pero algo es algo.

Poco importa que el calvario judicial de la infanta provoque las delicias de muchos, porque el toque ético y moral no está en este caso en la calidad de la conciencia pública sino, sencillamente, en la indiscutible superioridad del principio igualitario. Que un bastardo orgulloso de serlo le gane un pleito civil a la propia Corona, como aquí ha ocurrido hace poco, es bastante más que una anécdota en un país moralmente hecho trizas pero en el que no hace tanto que hemos visto a un Rey pedir públicamente perdón y expresar su propósito de enmienda. Tiene más morbo, como ahora se dice, ver a un reo en el banquillo que a ver a cien peatones en una cuerda de presos, aunque aquello sea una nota de modernidad incuestionable y esto otro una exhibición más de ominoso primitivismo. En una sociedad medial el evergetismo renta más con esas fotos sublimatorias que con los consabidos pan y circo. Ninguna estampa tan elocuente como la de las tricotosas de París sentadas alrededor de la guillotina. La servidumbre voluntaria tiene fatalmente ese reverso cruel.

Los pobres letrados

La crisis parlamentaria que vive la autonomía andaluza tras el pacto secreto entre PSOE y Ciudadanos, trae de cabeza a los letrados de la Cámara, altos funcionarios a los que, cuando no saben buscarse la vida dentro del “régimen”, suele tocarles bailar con las más fea. “Si esto sigue así tendré que ver si dimito”, dice el Letrado Mayor; “El régimen representativo ha muerto” me dice otro reputado miembro de esa ingrata oficina. El Parlamento andaluz se ha convertido en una tintorería en seco para los desmanes y tropelías de la Junta, con el concurso de Ciudadanos y, por supuesto, ante la desesperación de los letrados, que ven como la autonomía regional se va al garete desde el momento en que los socios citados han neutralizado a la Oposición. No existe tiranía más atroz que le ejercida a la sombra de las leyes, dijo Monstequieu. Le faltó añadir: “y de los reglamentos”.

Hombre y ciudad

La alcaldesa podemita de Madrid, Manuela Carmena, vieja conocida en la galaxia radical, se le han presentado simultáneamente dos problemas que gravitarán, sin duda, sobre su imagen. El primero lo ha provocado ella misma al soliviantar a la parroquia futbolera diciendo en una entrevista en “Marca” que a ella le daba igual que le daba lo mismo del Real que del Atleti, vamos que no entraba en su agenda la preocupación por los “derbis” a pesar de que tantas veces son calificados por la policía como situaciones de alto riesgo. El segundo la ha sorprendido con un concierto de claxon interpretado por varios miles de ciudadanos atrapados en la ratonera en que la ciudad se convierte en cuanto se relaja la crisis. Estremece ver a esa multitud atrapada y sin salida –tal como lo relató premonitoriamente Cortázar en “Autopista del Sur–, hundidos unos en la desesperación, levantados otros como hidras, víctimas todos de la aporía. Claro es que tenía que llegar este momento y yo creo que no es cosa de culpar a Carmena sino al autismo de “sapiens sapiens” que acaba rompiendo toda regla e imposibilitando la convivencia al ritmo vivo en que pretendemos mantenerla hoy. El hombre no está hecho –al menos, no lo estaba en un principio—para escapar del medio rural y arremolinarse en estos pudrideros que, por debajo de sus confortables apariencias, son las ciudades desde que existen, y a la vista está lo fácil que puede ser colapsar su vida de un día para otro. Todo ciudadano esconde un ruralita por mucho que se apriete el nudo de la corbata.

Así fue desde un principio. En el siglo XII, cuando comenzaba a alborear el urbanismo, los sabios de la época –que eran en su mayoría monjes—estaban convencidos de que la aglomeración urbana era un mal en sí mismo y un anticipo del infierno, o cuando menos del purgatorio, para el ingenuo urbanita. Un tremendo como Ruperto de Deutz llegó a decir por aquel entonces que “Dios no ama a las ciudades”, concepto extremo que quién sabe si Carmena hubiera suscrito mientras duró ese apocalipsis motorizado y los charlatanes deportivos la ponían como chupa de dómine por no someterse a ese dictum del apócrifo callejero que dice que lo que el fútbol ha unido o desunido, no lo separe ni reúna el hombre. El hedonismo ha colapsado las calles y saturado la atmósfera en el marco de este modelo contra el que los antisistema podrán tan poco como los institucionalistas. Madrid atestado es todo un símbolo. Carmena un emblema de la impotencia.

Otro cepo

No es que ande uno convencido de que la actual Presidenta vaya a acabar atrapada en el cepo que supone una imputación judicial a causa de las corrupciones, eso no, pero parece obvio que sólo el desbarajuste en que se ha convertido la Justicia podrá librarla de su responsabilidad en el reparto de pasta de los fondos Jeremie. De momento, el fiscal pide ya que se investigue al “caso” a pesar del desahogo con que ella mintió en público al decir, como quien se sacude la solapa, que esos polvos eran de otra época, es decir, atribuyéndole la eventual culpa a sus antecesores. Queda por ver qué hace el juez, que ya es quedar. En todo caso, ese pie suyo se ve con más facilidad dentro que fuera del cepo.