El fin de mes

Desde el PP se reclama a la Junta de Andalucía la decisión sin precedentes de compensar a las familias ante la preocupante deriva de las hipotecas, discutible medida que pudiera enmascarar, en muchos casos, lo que no ha sido más que temeridad inversora, pero que puede tener sentido desde una perspectiva solidaria. De hecho nos abruman los indicadores adversos: crece la tasa de endeudamiento familiar, la deuda de las familias se elevó un quince por ciento sólo en el año 2006, la marcha del IPC no resulta nada tranquilizadora y el ama de casa, lo mismo que el padre de familia, se devanan la mollera cavilando cómo llegar a fin de mes. La apuesta de los conservadores tiene su interés, en todo caso, viniendo como viene del fanatismo liberal, y el brete de los sedicentes progresista tiene, a su vez, mandanga en la medida en que negarse a ayudar en la hipoteca pesaría en la opinión electoral y aceptar la medida favorecería al adversario. Vamos a ver dónde queda el ‘bien común’ en medio de esta pelea partidista.

La carne de gallina

Reclama la Mesa de la Ría estudios solventes e información bastante sobre la situación sanitaria a propósito de la nueva alarma lanzada esta vez desde el Centro Nacional de Epidemiología del Instituto de Salud Carlos III en la que –como hace un año en la que publicó la universidad Pompeu Fabra– Huelva aparece como uno de los vértices (los otros dos serían Sevilla y Cádiz) del llamado “Triángulo de la Muerte”, un área en la que la tasa de muertes provocadas por el cáncer supera en un cincuenta por ciento a la media española. No tienen sentido ni la prisa ni el alarmismo, pero menos aún lo tiene la postura suicida que consiste en pasar indiferentes ante esta realidad innegable que, por otra parte, viene siendo denunciada por facultativos onubenses desde hace años. Hay que enfrentar ese problema –el del perjuicio sanitario que produce la industria– sin prisa ni pausa. Huelva no se concibe hoy por hoy sin esa presencia dudosa pero ello no debe hacernos cerrar los ojos para no ver la realidad.

El precio del pan

Se anuncia la subida del precio del pan. Ya sin el dramatismo que esas variaciones tenían históricamente, pero desde la intranquilidad de que no será el pan el que suba solo, sino que arrastrará con él a toda la cesta de la compra. El viejo Samuelson explicaba la inflación con una imagen divertida: hay inflación cuando el ama de casa que iba a al mercado llevando el dinero en el bolsillo y trayendo la compra en la cesta, pasa a llevar el dinero en la cesta para traer la compra en el bolsillo. Durante el gran siglo –por algo lo llamamos “de oro”–, el XVI, el pan multiplicó su precio por siete abismando en el hambre a la muchedumbre silenciosa, lo que movió a más de un ‘humanista’ y a dos mil ‘arbitristas’ a ocuparse de un tema, al parecer, tan prosaico. Hasta don Pedro de Valencia, el sabio que asistió a Arias Montano durante su retiro en la Peña onubense, el mismo que había escrito tan doctamente sobre los psalmos y las brujas, dirigió al rey breves y enjundiosos trataditos al precio del trigo y al del pan, que a él le parecían, con razón, variables básicas para organizar razonablemente la vida de los pueblos. Hoy no se dramatiza tanto, ya digo, dada la variedad de la dieta, pero a pocos se les oculta que el precio del pan no es una tasa cualquiera sino un indicador bien sugerente sobre la marcha de las cosas, en especial si el anuncio de su subida se hace coincidiendo con la mala noticia de que, junto a la hogaza o el candeal, andan subiendo también, que no hay quien los pare, el pollo y la hipoteca. Hasta ahora no entendíamos bien por qué, si sabemos que, hoy por hoy, el precio del trigo apenas representa el cinco por ciento del final que alcanzan el mollete o la barra, el viejo cereal protegido por los profetas podía embalarse como lo ha hecho varias veces en los últimos tiempos hasta alcanzar cotas históricas. Mucho me temo, sin embargo, que peor va a ser saberlo a ciencia cierta.
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El trigo no va a subir en esta ocasión por mandato de la Madre Naturaleza, no será la sequía o el exceso de agua, el pedrisco o el ventarrón, la causa de que, al menguar las cosechas, el precio se dispare, sino la ocurrencia, seguramente bien traída por los sabios, de utilizar el cereal para fabricar biocarburantes que preserven el ambiente y garanticen el abasto. El hombre se dispone no a amasar el chusco para aplacar el hambre sino a hacer que corra el tren o vuele el “Yumbo” con la energía del bioetanol o la fuerza del biodiésel, que viene a ser algo parecido a desnudar a un santo para vestir a otro, como comprenderán, pero que no es, en fin de cuentas, más que un cálculo económico. Eso sí hay ya pueblos enteros que se resienten de este embargo del grano que puede que acabe obligándolos a buscar bayas o desenterrar raíces para sobrevivir en la sabana, mientras allá arriba cruzan ufanos los pájaros del progreso en su incesante trajinar. Pocas ocurrencias tan desconcertantes como ésta novedad en la crónica de una especie sabia y orate a partes iguales que no se ha molestado siquiera en mirar por el revés esa flor del ingenio que provoca, por ejemplo, que la subida del maíz usado en USA para fabricar etanol, rebote en la chabola mexicana encareciendo hasta lo inalcanzable el precio de la ‘tortilla’. Dicen que un depósito lleno de ese preciado bien en Ohio equivale a la comida anual de un ‘compadrito’ en Chihuahua, y que a pesar del proteccionismo de la Xunta gallega, el precio del trigo ha subido nada menos que un 66 por ciento sólo en los últimos siete meses, lo que pondrá por las nubes el del pan y puede que acabe obligando a cerrar multitud de tahonas. Para la sociedad desigual, que es la que tenemos, importa menos el hambre que el transporte, preocupa más el agotamiento del petróleo que el agujero de ozono y mucho más la movilidad que la contaminación. El mundo es ancho y ajeno, como saben. Quienes no lo supieran todavía se van a enterar ahora.

Con toda la barba

Valderas se ha dejado la barba, gran novedad a tono con el preludio de intensos cambios de estrategia en IU que ahora parece darse cuenta de que “tanto PSOE ahoga”. Hombre, según: ahoga pero paga las facturas, desprecia pero garantiza con su aval la perpetuación de un chiringuito de seis o siete que juegan sumisos su papel de acólitos legitimadores por la izuierda. Valderas ha fracasado tantas veces en las urnas en su circunscripción natural que lo suyo sería más para afeitarse en seco que para dejarse crecer el bozo pero ahí lo tienen predicando en el teatro vacío el sermón de la esperanza: IU será “el elemento necesario para el cambio político por la izquierda que se está dando en el territorio español”. ¿Qué se está dando, dónde, desde cuándo? Por justificar el sueldo hay criaturas dispuestas incluso a dejarse la barba.

La carta

El alcalde de Almonte se mueve, de eso no hay duda. Ha denunciado a la Junta dejándola a los pies de los caballos al certificar que ni había pedido permiso para la famosa valla que él rechaza. Y ahora le ha escrito la carta de que habla todo el mundo –hasta el autodidacta Jiménez– al presidente del Gobierno diciéndole lo que los onubenses dicen y repiten desde hace tiempo: que ZP toma a Huelva pro parada y fonda pero la ignora olímpicamente, como si no existiera, mientras que atiende a otras provincias. Cierto que Bella templa gaitas y perjura que el gesto no significa más que un cariñoso recordatorio, pero no hay modo de tragarse esa bola porque esa carta es una denuncia pública (Bella la envió a la prensa al tiempo que a la Moncloa) de una actitud intolerable del Presidente que ni aparece por aquí cuando ardemos por los cuatro costados ni viene más que en elecciones y a prometer lo que  no cumple. ¿Almonte, “república independiente”? Eso se viene diciendo desde los tiempos de Navarrete y puede que acabe por hacerse realidad.

Plumas negras

En España los entierros de literatos han sido siempre ocasión memorable y, con frecuencia, cargada de sentido político. Ahí está el de Larra, con Zorrilla cogiendo la ocasión al vuelo para derramar unos ripios sobre su tumba, o el de Ortega, a mediados de los 50, convertido en una manifa criptorevolucionaria mientras la censura ordenaba que cada periódico podría publicar un máximo de tres artículos sobre el filósofo, una biografía y dos comentarios, siempre que se resaltaran en ellos sus “errores religiosos”. Ni un año se llevó Ortega con don Pío Baroja, que por coincidir con una coyuntura agitada (dimisión de Ruiz Jiménez, atentado contra Miguel Ángel Álvarez, dimisiones de Laín y Tovar, prisión de Ridruejo) se convirtió en un extraño suceso político. Y así siempre. En el de Umbral veíamos trasantier a mucha gente, pero a más todavía resultaba inevitable echar de menos a otra en el espejismo confuso de un cortejo abarrotado de conservadores en el que no figuraba apenas una izquierda a la que el escritor perteneció siempre. ¿Cómo explicar la presencia de Rajoy frente a la ausencia de Guerra, por citar solamente una pareja de opuestos bien significada en sus columnas? Pues lo ignoro, claro está, pero el caso es que de la despedida del escritor estuvo ausente al completo lo que queda de la izquierda, mientras que la derecha acudió en pleno, curiosa circunstancia que lo que prueba, a mi modo de ver, es el subido precio que por la independencia ha de pagarse entre nosotros incluso después de la muerte o, por decirlo en clave menos cauta, el auge imparable del sectarismo que acaso no es más que la inevitable consecuencia de la experiencia partitocrática. Mejor, pensándolo bien. Los caballos emplumados de la carroza fúnebre de Tierno debieron oír durante aquel entierro multitudinario lo que no está en los escritos.

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Confieso que lo que personalmente me hubiera sorprendido hubiera sido lo contrario, esto es, un sepelio del escritor desprovisto de marca política, reflejando en negro sobre el espejo patrio la silueta unánime de una estimativa atenida sólo a principios objetivos. Y más en un momento en el que Rosa Díez entrega su rojo carné como quien se deshace de una cédula de esclavo, o en el que en Francia se anda produciendo una auténtica desbandada desde el PSF (no digo “socialismo”, entre otras cosas, porque desde dentro se piensa ya en cambiar ese término por “izquierda” a secas) hacia la acera de enfrente, que incluye ya a desde Michel Rocard o Bernard Kouchner, a Jack Lang, Hubert Vedrine, J.-P. Jouyet y unos cuantos más. Había más voluntarismo o ingenuidad, al parecer, en las identificaciones que en vida hizo el propio Umbral del socialismo ‘auténtico’, y muy pocas posibilidades, en todo caso, de que desde ese ámbito celoso y burocratizado –profesional– se entendiera por derecho su crítica diaria de las cosas de España, incluidas las políticas. Pero en definitiva, lo que ilustra la fotofija del entierro de Umbral es el atraso psíquico de un progresismo institucional para el que no existe nada que no encaje enteramente en el molde partidista y menos si escapa o se resiste a su férula disciplinaria. Lo malo para el país es que con ello no es Umbral, por supuesto, quien pierde una seña política sino la izquierda la que pierde un escritor señero, la democracia la que se ve privada de una oración fúnebre pronunciada en nombre de todos por un improbable Tucídides, el futuro imperfecto de esta política defectiva que habremos de conjugar desde ahora con un sujeto menos. El que ha estado al quite ha sido el PP –el de Mariano, como Umbral decía, no el de Fraga– que ha posado sin competencia, para las historias de la cultura, en esa foto funeral, ocupando su sitio y el ajeno a pesar de que el honrado fue quien inventó lo de la “derechona”. Hace tiempo que la izquierda está en todas partes menos donde debe estar.