La buena educación

                                                                  Para Luis Carlos Rejón
Nos estamos europeizando, incluso globalizando, al menos en un rasgo que se afirma sin pausa, y que no es otro que la convención de que hablar de política es de mala educación, como hace mucho que sabe la sociedad británica o la china, aparte de todas las que han padecido dictaduras. Cuando un país cree necesario mantener el silencio político es que vive bajo algún género de tiranía o que algo no funciona en su democracia, como ocurriera en la Rusia soviética (y al parecer también en la actual) o en la Inglaterra victoriana. En la familia de Chesterton no se hablaba de política y hacerlo en la mesa en España, según recuerda Pérez de Ayala, constituía una insólita provocación a todo lo largo del primer medio siglo XX en el que la Guerra Europea o la Semana Trágica, la liquidación del Imperio o la contienda de Marruecos dividían la estimativa española en dos mitades enconadas. Hay mil anécdotas sobre comidas silenciosas en las que guardaban discreto silencio republicanos y monárquicos, germanófilos y aliadófilos, católicos y librepensadores, un poco como ya podemos ir contándolas nosotros, los españoles de hogaño, que conocemos la creciente dificultad de hablar de política en privado sin provocar tensiones impropias pero reales, en ocasiones rayanas en la violencia. Cada día se invoca más el espurio ejemplo británico de que hablar de política es de mala educación y cuando eso ocurre es que, en efecto, algo grave amenaza la convivencia ciudadana hasta el punto de censurarle una de sus manifestaciones más naturales. España se está dividiendo a marchas forzadas en dos bandos que me guardaré de encajar en el mito de las “dos Españas” –que va de Larra a Ortega pasando por don Marcelino y tantos otros— cuyo nocivo alcance puso de relieve Santos Juliá y sobre el protestaron sin éxito tanto don Américo Castro como mi maestro Maravall, pero cuyo perfil demediado está ahí patente como un atentado ontológico a nuestra realidad íntima. No hay dos Españas, cierto, pero se procura que las haya, se rompe, se enfrenta, hasta conseguir conferirle la apariencia de realidad genuina. Estos niñatos con pasamontañas y estos policastros (¿les suena?) van a sacar del sarcófago a Balmes y a Maeztu, los muy soplapollas.
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No es un riesgo, es una realidad: en España hoy es inconveniente hablar de política incluso en familia.  La verdad es que ese efecto terrible se ha conseguido en los dos años largos de legislatura en que se ha promovido la aniquilación del rival conservador, se han abierto las viejas tumbas piadosamente olvidadas y se han profanado y expuesto temerariamente las momias de los secretos de familia. Las esquelas mortuorias de moda constituyen un aviso tremendo porque en ellas se saca ya a pasear en plan zombi hasta a los abuelos de una y otra parte, pero más me inquieta todavía que en la intimidad se esté imponiendo la providencia de silenciar victorianamente la conversa política como si se tratara de una infracción temeraria, o que el espíritu simplificador esté imponiendo el absurdo recurso taxonómico de encuadrar por sistema al disidente en el otro bando. Nunca en este cuarto de siglo ha sido menos libre, en este sentido, la convivencia privada de una sociedad que guardó silencio obligado durante tantos años y de nuevo se ve forzada a cerrar la boca ante la indisimulable fractura ideológica y social. Algo especialmente curioso cuando las diferencias reales entre los partidos que sostienen esas pasiones son mínimas y la inmensa mayoría de los comensales no podrían, a buen seguro, argumentar cuerdamente esa distinción que con ferocidad, sin embargo, mantienen. Comidas silenciosas, prudentes sobremesas con comensales hablando del tiempo, miradas cómplices. Nunca hemos sido menos libres desde que hay democracia al menos en ese ‘sancta sanctorum’ que es el comedor o la sala de estar.

¿Qué nos está pasando?

Alarmantes además de tristes las declaraciones que ayer hizo Luis Carlos Rejón a este periódico. Su confidencia de que “por primera vez, tiene miedo”, su denuncia de que, por encima de ideologías lo que prima entre nosotros es el insulto y el grito, la intolerable realidad del acosa a que lo han sometido grupos juveniles –otra vez los “incontrolados controladísimos” de las Juventudes que sean—y la crisis de unas libertades que no podíamos sospechar que pudieran pudrirse tan fácilmente y menos que las pudiera la miseria partidista. “¿Qué nos está pasando?”, se pregunta el ahora profesor y viejo militante. Una pregunta que sólo tiene una respuesta comprometida pero que con su solo enunciado pone los pelos de punta al menos a los que sabemos lo que vale un peine en situaciones sin garantías de libertad. La responsabilidad de los partidos en estas aventuras canallescas de sus alevines es obvia. Es a ellos y no a los gamberros a quienes hay que pedirles cuenta, yo creo que preferentemente en los tribunales. 

El Festival, peor que nunca

A veinte días mal contados de la ‘gala’ –porque ‘gala’ habrá, sólo le faltaba a la candidata que no la hubiera–, el disputado Festival de Cine sigue sin presupuestos y sin jurado, aunque tenga ya banda sonora (preciosa, por cierto) y cartel (ya no tanto). Los cerebros que lo organizan ni se han molestado en reunirse todavía, aunque parece que lo harán el jueves, tal vez  para aprobar de una tacada lo que haga falta. Siguen jugando con ese logro excepcional de la (in)cultura onubense, como ven, sobre todo ahora que han capitalizado el evento arrancándoselo al Ayuntamiento, y también como siempre, siguen sin saber ni bien ni mal qué hacer no cómo hacerlo. Lo que es un milagro es que el Festival haya sobrevivido a las peleas políticas y a la inepcia de tanto enchufado paracaidista como ha debido soportar, pero es posible que este año supere sus propias marcas de confusión. Está cada vez claro que la cultura no va con la política, que no busca en ella más que un escaparate.

Cerezas del mal

Aseguran las penúltimas noticias que las presiones chinas han conseguido que Corea del Norte rebaje sus arrogantes desafíos atómicos a Japón y al resto del planeta: “El señor don Juan de Robles,/ de caridad sin igual,/ fundó este santo hospital/ pero antes hizo los pobres”, ya saben. Pero limitémonos aceptar el beneficio sin hurgar en los fondos. Ni siquiera sabemos, por otra parte, si es verdad o no lo es que la temida prueba nuclear se haya producido, toda vez que las iniciales confirmaciones de los servicios de varias potencias han sido posteriormente desmentidas, a saber por qué, por otros similares cuando no por ellos mismos. Un espectacular desfile antinipón tenía lugar el otro día en Pionyang, en plan fin de fiesta, lo que no deja lugar a dudas sobre el objetivo prioritario de esas hipotéticas bombas ni permite ser optimistas sobra la racionalidad, siquiera residual, de un régimen majareta que está ahí –conviene recordarlo—gracias al apoyo recibido desde muchos países que hoy se lamentan del resultado. La prensa americana coincide con la europea en relacionar semejante insolencia con la catástrofe de la guerra de Irak y el callejón sin salida de Afganistán, procesos cada día más parecidos, como acaba de reconocer el propio Bush, a la tragedia de Vietnam. Hay ya un efecto colateral grave, sin embargo, que debería empinar las orejas a este mundo que parece embobado en el espejo de Alicia si no en el de la madrastra de Blancanieves, y es el final de la desmilitarización de los japoneses y el proyecto en marcha de rearmar al actual “ejército de voluntarios” impuesto por Mac Arthur a pesar de que, de creer a los observadores especializados, esas silenciosas mesnadas constituyen ya el segundo ejército de Asia. En un momento en que viene demostrándose la casi imposibilidad de resolver las guerras en términos convencionales, los países tienden a rearmarse dispuestos a que no decaiga ni la amenaza ni la locura efectiva de la confrontación armada. En lugar de desarmar a Corea, armemos a Japón, tú le vendes las armas a un bando y déjame a mí el otro cliente. No hay búsqueda de la paz que no acabe resolviéndose en una huida hacia delante.
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Hay quien sostiene que las guerras africanas –esas grandes hecatombres silenciadas entre todos por la cuenta que a todos les trae—están relacionadas entre sí como entrelazadas suele estar las cerezas de la cesta. En USA una mayoría aplastante de la población cree a pies juntilla que el préstamo de bombas atómicas a Israel es la única providencia posible para evitar un nuevo holocausto en un país de apenas seis millones de habitantes rodeado de trescientos millones de adversarios. En Europa se abre camino a duras penas, pero se lo abre, la opinión de que el rearme efectivo y sin limitaciones de la nueva Alemania contribuiría a la paz o se da por sentado en ella que habrá que restablecer más pronto que tarde las huestes que destrozaron internamente Yugoeslavia. Los clientes son los clientes, a ver si me entienden, y ahí tienen el caso de las potencias europeas vendiéndole tecnología nuclear e incluso armas de destrucción masivas a los más dudosos regímenes y no sólo en Oriente Medio sino en la África donde tan recientemente se han producido las mayores matanzas de su historia. Pero el súbito despertar del Japón, mejor o peor justificado en la amenaza coreana, es quizá, por el momento, al menos en términos simbólicos, el paso más grave de los últimos decenios. Nadie sabe qué será de este perro mundo en el que no se quiere ni plantear la cuestión del expansionismo chino o del polvorín indio, mientras los congresistas americanos discuten con la vista fija en el panel electoral. ¿Han echado cuentas sobre las guerras que actualmente vive el mundo? Pues pensando en la hipótesis de una guerra futura, casi mejor que no las echen.

Meritorios temerarios

No es un secreto que la juventud ‘pasa’ de política ni que las “juventudes” partidistas vienen a ser viveros de mandamases teledirigidos por los mayores de la tribu. Por esa misma razón resulta más grave la irrupción bárbara de grupos juveniles de partido organizados como comandos o partidas de la porra cuando no como meros figurantes en la tragicomedia partidista. No hay diferencia entre los reventadores de Granada y los que en Antequera  posan con pasamontañas y puño en alto, como si fueran héroes, ante una pared pintada cobardemente de madrugada, no la hay entre los agresores fascistas de Carrillo y los calumniadores sociatas de los alcaldes de Huelva o Málaga, como no la hay entre la tiranía de la ‘kele borroka’ y la que ejercen protegidos los alevines del PSOE o de IU. La dialéctica del spray, tras la cual viene, por que no, la de los puños y quizá la de las pistolas: eso es lo que están propiciando los adultos de nuestros partidos al radicalizar el cainismo juvenil de unas organizaciones que actúan ya como bandas.

Méritos y culpas

Dos descubrimientos de la Dipu, uno de ellos al alimón con la Junta y por boca de la flamante candidata: que el paro de la capital sería el 34 por ciento del de la provincia y que dos de cada tres pobres de la provincia pertenecen a la capital. Bueno, ¿y cual es el porcentaje de empleo de la capital respecto de la provincia, por un lado, y por otro, quién es responsable de la pobreza en una región como Andalucía conde Chaves reconoce, junto a un porcentaje similar para la autonomía, una lacerante “pobreza severa” (vivir con menos de 300 euros al mes)? ¿El Ayuntamiento o la Junta y, en última instancia, la Diputación? No son más ingenuos porque no se entrenan, y cuentan, desde luego, con la ligereza de un adversario que no saca tajada suculenta ni de tonterías como las mencionadas. Aparte de que esa candidata suntuosa no encaja mucho en una foto contra la pobreza, no me digan que no, porque salta a la vista.