La III Modernización

No sé si se equivocó lo dijo adrede, pero ZP usó una vez ese lema, la “III Modernización”, para situar a la Andalucía actual. Lo malo es que hechos son amores y no buenas razones, y ya me dirán como cohonestar ese proyecto vanguardista con el hecho, claramente tercermundista, de que 40.000 criaturas vecinas de diez pueblos del Condado onubense, se hayan tirado mes y medio trasegando agua no potable, o si lo prefieren, “no apta” para el consumo humano, según el propio SAS. ¿Qué modernidad es ésa que tiene una comarca tan amplia sin agua de beber, y que tarde 44 días en determinar analíticamente la condición del agua suministrada? ¿Y qué responsabilidad tienen el SAS, la consejería de Salud o la subdelagación del Gobierno en esta temeridad cuyos efectos, por fortuna para ellos, no hay mnodo de determinar a corto plazo? Si esta era la “Modernización” que en Chaves hace pivotar su “régimen”, aviada va esta autonomía que no sin razón figura a la cola de España en la práctica totalidad de los indicadores.

Crisis de confianza

El problema de la tardanza del SAS y sus servicios en verificar que el agua (no)potable de esos 10 pueblos del Condado era peligrosa para los consumidores no se agota en el propio conflicto y sus eventuales consecuencias políticas, sino que se verá prolongado en la crisis de confianza que en los ciudadanos en general tiene que producir la comprobación de que cada vez que se plantea una alarma sanitaria (epidemiológica o de la naturaleza que fuere) el SAS se dedica a navegar contemplando el mar y los peces en espera de que la galerna amaine y los afectados la olviden. ¿Cómo explicar que un laboratorio moderno tarde mes y medio en detectar unos niveles nocivos de determinada sustancia en el agua de la red? ¿Faltan medios, es cuestión de incompetencia, o acaso la tardanza responde a las clásicas estrategias de ocultación y desdramatización que constituyen, al parecer, el único recurso grato a esos barandas? 40.000 vecinos sin agua sana constituyen un escándalo socioeconómico, pero mes y medio de tardanza es una prueba de incapacidad que merece, por lo menos, alguna sanción proporcionada.

Amenes papales

Otra vez salta a la actualidad el tema de la muerte de un papa, en esta ocasión nada menos que la reciente del papa Wojtila, sobre las causas de cuyo deceso acaba de postular una anestesista italiana, Lina Pavanelli, las más graves sospechas. Según la doctora, rápidamente replicada por los galenos pontificios, Juan Pablo II pudo morir –ella dice si más que murió– a causa de ciertas maniobras de sus propios médicos que habrían evitado la prolongación de aquella conmovedora agonía por el procedimiento de no colocarle la imprescindible sonda gástrica por la que había de alimentarse hasta que fue demasiado tarde. Vuelve, como se ve, la polémica sobre aquellos malos momentos en que los propios médicos de confianza admiten que ponían y retiraban esa sonda de acuerdo con las necesidades de imagen de un pontífice moribundo al que se llegó a filmar de espaldas durante su última procesión del Viernes Santo para evitar el macabro espectáculo, aunque todo indica que, en esta ocasión, de lo que se trata es de potenciar cierta campaña a favor de la eutanasia que tiene lugar en Italia y a la que la Iglesia, como en todas partes, se opone con uñas y dientes. La muerte de los papas ha dado mucho juego a la información, escrita o de simple transmisión oral, desde aquel Esteban que sólo reinó unas horas, a la media docena larga que no llegó completar el mes de pontificado, un tema recuperado y sin solución definitiva, de momento, a propósito del truculento final de Juan Pablo I, hace tiempo incluido en el cine negro, y sobre el que hoy sólo los voluntaristas se permiten mantener ya la versión oficial. Incluso un papa tan carismático como Pío XII –que había previsto su óbito con tanta serenidad como para encargar a su séquito, en plan príncipe Pacelli, que lo amenizaran con el segundo movimiento de la Tercera de Beethoven– vio turbado, al parecer, ese trance por las violentas alucinaciones que divulgó sin contemplaciones su infiel médico de cabecera y que originaron en su momento un agitado escándalo. El nimbo de prestigio de la institución ha hecho con frecuencia de la muerte del papa un motivo de leyenda que los hechos se han encargado de sobrepasar, ciertamente, más de una vez o más de dos.

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No parece probable –no hay precedentes de algo similar– que el asunto se acabe aclarando y lleguemos a saber a ciencia cierta si la inacabable moribundia de Wojtila siguió su curso natural o fue “auxiliada” con el fin de acortar tan tremenda pasión por las mismas manos anilladas que condenan con firmeza el derecho a disponer de la propia vida incluso en casos extremos, y hay que recordar que en aquellos duros momentos el clamor contra la prolongación artificial de aquellos amenes fue prácticamente universal. Se trata, en definitiva, de la cuestión eterna de la doble moral, que no resulta tan difícil imaginar en el ámbito cerrado del poder vaticano pero que, como es lógico, subleva a tanta gente como viene reclamando aquel derecho cuya prohibición debe mas que nadie al veto eclesiástico. Estos días hay ruido también, de nuevo, a propósito del baratillo que la diócesis romana ha montado en Internet para vender presuntas reliquias del difunto papa y que ha recibido enérgicas críticas incluso desde dentro de la organización, pero el imaginario sigue su curso y las peticiones se multiplican en la almoneda mientras los apóstoles de la muerte asistida tratan de barrer para adentro apoyados en la declaración de esa doctora que, desde la universidad de Ferrara, no duda ya en afirmar que le fallecimiento de Wojtila fue calculado hasta en sus mínimos detalles cuando así lo dispuso quien podía disponerlo. Un caso que podrá constituir una contradicción, por descontado, pero que no tiene color comparado con el enredo mafioso en que naufragó su predecesor. A Juan VIII lo crujieron a palos tras envenenarlo alevosamente. En esa procelosa crónica a puerta , como ven, siempre habrá a la mano algo peor.

Digo y Diego

Genial la inconsistencia de la proclama republicana de los ediles del PSOE en Humilladero, que han dado marcha atrás en cuanto el jefe de la fila ha soplado con fuerza el silbato. Pero no hay que engañarse porque es manifestación, que puede pacer excéntrica e insignificante, es sin duda un paso más en el guión de la rebeldía constitucional trazado por cuatro minoritarios sin el menor relieve, pero obviamente envalentonados por el clima de insumisión propiciado desde el propio Poder. Les guste o no que se diga, la guerra de las banderas es inseparable de la ofensiva antimonárquica, y una y otra remiten a la permisividad de un Gobierno débil pero que ha hecho del radicalismo una coartada estratégica. Van a conseguir devolvernos 30 años atrás sólo porque casi todas esas fuerzas carecen de auténticos programas de futuro. Los concejales del PSOE dando marcha atrás son una anécdota. La desmoralización progresiva de la nación, en cambio, no es ninguna broma.

Provincia y política

La Diputación, el “Ayuntamiento de Ayuntamientos”, esa expletiva institución “provincial” que compite absurdamente con la autonomía, anda entretenida con sus politiqueos –los juicios por ‘mobbing’ contra sus barandas, las caprichosas reclamaciones del viejo hospital de La Merced o del Gran Teatro–  mientras la sufrida provincia soporta problemas como ese –inconcebible en plena ‘II Modernización’– de mantener a diez pueblos sin agua por haber sido considerada la del suministro como no apta para el consumo humano. Ni Junta ni Diputación bastan para frenar una situación semejante que declara la fragilidad de nuestras infraestructuras y servicios básicos y, por supuesto, la indiferencia con que esos fundidores de presupuestos contemplan los problemas reales de los ciudadanos. Diez pueblos sin agua constituyen un escándalo que descubre el tercermundismo que, en muchos aspectos, subyace bajo la apariencia de modernidad.

El testigo ubicuo

Ha tardado poco tiempo en desinflarse la burbuja mediática del presunto hallazgo de la pobre ‘Maddie’ McCann en los alrededores de Tetuán. La niñita rubia retratada por esa turista ocasional –que ha ido creciendo en su sospecha hasta el límite de la certeza casi incuestionable– no era, en definitiva, según parece, la menor desaparecida este verano en el Algarbe sino Bouchra Benaïssa, hija de Ahmed y Habida, pacíficos vecinos del pueblo marroquí de Zinat. No ha tardado tan poco, por supuesto como para no dar de sí otro buen puñado de libras esterlinas, pero sí lo suficiente como para dejar en evidencia un fenómeno de época entre los más relevantes de cuantos nos ha tocado vivir: el del testigo ubicuo. Sólo hay una foto de la cogida mortal de Manolete en Linares (la que hizo el gran Cano) y una (creo) del atentado de Morral contra Alfonso XIII, apenas un grabado sobre el que en Sarajevo dio paso a la primera Gran Guerra, pero en la actualidad, la universalización de las técnicas digitales y la inclusión de la cámara fotográfica en el telefonillo han dado un vuelco a esa situación de modo que no hay acontecimiento, catástrofe o suceso que no cuente con su testigo espontáneo dispuesto a embalsamarlo en sus pixels en beneficio de la posteridad. No cabe duda de que esta auténtica revolución informativa tiene sus ventajas para el ciudadano  medio, que verá casi en tiempo real, sin duda posible, las imágenes auténticas de cada tifón, avenida, incendio, paliza policial o bronca incívica que pueda producirse en este planeta realmente globalizado como una aldea al menos a estos efectos. Lo que no significa que esa conquista no tenga su incómodo reverso desde una perspectiva ética, pongo por caso, cuando lo que el ‘testigo’ se satisface en captar son imágenes íntimas de una bañista anónima que muestra descuidada el seno o tal vez el reportaje de cualquier otra intimidad. No todo lo que revierte en la opinión pública es legítimo ni benéfico, evidentemente, pero ni el ‘voyeur’ más optimista habría imaginado hace bien poco esta súbita transparencia de una vida pública en cuyo marco la privada ha extraviado sin remedio su sagrado fuero.
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No era ‘Maddie’, en fin, aunque nada garantiza lo contrario, teniendo en cuenta que la leyenda magrebí del caso colea desde hace un tiempo, y uno cree, francamente, que lo menos que podría hacer esta sociedad ‘mediatizada’ es un mínimo examen de conciencia para valorar debidamente la función de ese “testigo ubicuo” que tantos servicios puede prestar pero que puede causar también tanto irreparable daño. El vértigo de la interrelación que es propio de esta sociedad convierte en inevitable la presencia de semejante “ojo público” que ahora resulta que pertenecía a un polifémico autarca sino que consistía en la mirada multitudinaria que suma al vecino con el turista y al mirón con el espontáneo que pasaba por allí en el momento de los hechos. Millones de cámaras –es decir, de ojos atentos– vigilan el acontecer con la cámara dispuesta en prevención de que la Fortuna, que es ciega, los sitúen en el lugar conveniente y el momento justo  para hacerse famosos y, eventualmente, también para forrarse grabando el atentado contra Wojtila o la agonía de Paquirri, los bajos descuidados de Marta Chávarri o el ‘tomate’ en el calcetín de Wolfovitz o el príapo de Butragueño. Son un ejército irregular de espías inconscientes pero efectivos cuya vigilia ubicua ha provocado un nuevo género periodístico, a saber, la instantánea del acontecer universal, fuente de tantas debelaciones como origen de tantos embelecos. La niña de Tetuán, por ejemplo, resulta que no era ‘Maddie’ pero cuando vamos sabiendo eso ya la autora del “scood” ha desfilado por todos los telediarios del mundo. Que era lo que le faltaba a este insólito circo de tantas pistas en el que me da el pálpito de que el payaso listo se las sabe todas.