Esperpento de verano

Hay como un espejismo estival en el horizonte político que vuelve esperpéntica la política autonómica. Vemos, por ejemplo, a un ex-consejero de Industria de la Junta encabezar una operación multinacional en uno de los negocios más oscuros de los últimos tiempos, la crisis minera de Riotinto. Escuchamos a la consejera de Medio Ambiente largar, frente al barco chatarrero encallado en Algeciras, la tremenda chorrada de que la Junta no tiene competencia para actuar en tanto el fuel no alcance la costa, esto es, cuando ya no tenga remedio la catástrofe, y superarse a sí misma aconsejando a los despedidos/traicionados de Boliden que traten “con cariño” unas ofertas de empleo que, por cierto, nadie ha visto más que ella. Y en fin, no se pierdan al decano de los abogados de Sevilla llamar a Chaves “trilero” y pedirle que deje de comportarse como tal en el contencioso absurdo de la Ciudad de la Justicia. Menos mal que el ferragosto se acaba, pero no se preocupen porque ahí está ya septiembre.

Bueno para Huelva, malo para Sevilla

La consejería de Justicia –que hay que fijarse en el lío que está organizando esta señora con la construcción imprescindible de las nuevas Ciudades de la Justicia– actúa en Sevilla justamente al revés que en Huelva. Verán: si en Huelva alega que la Ciudad no se hace porque el Ayuntamiento racanea a la hora de facilitarle la parcela que ya le dio en un Pleno, en Sevilla sostiene, justo al contrario, que la parcela cedida por el Ayuntamiento no le interesa para nada y que va a negociar ella por su cuenta otra nueva con tal de no retrasar la obra. ¿En qué quedamos, por qué es bueno para Huelva lo que para Sevilla es malo, o al revés si lo prefieren? El partidismo de la Junta, que es explicable si me apuran en términos generales, resulta inaceptable en materia de Justicia. Eso es algo que el TSJA debería defender (como ya hizo, por ejemplo, nuestra Audiencia) en lugar de servirle de capote a la consejera del ramo.

Caín en Villalba

Un político experimentado como Manuel Fraga debería caer en la cuenta de que si sus declaraciones sobre/contra el liderato de Rajoy en el PP han sido saludadas efusivamente por el portavoz del PSOE es que algo falla en su lógica de partido. Primera curiosidad: a Fraga no le cuadra un partido regido por un solo hombre tras haber sido él mismo fiel  cancerbero de una dictadura unipersonal durante más de media vida y haber militado (y mandado) en un ‘partido’ que, valga la “contradictio in terminis”, era ‘único’ y proclamaba, además, con elocuente insistencia, que no era un ‘partido’ sino un ‘movimiento’. Son las consecuencias de sobrevivirse a sí mismo, de prolongar la vida, siquiera la política, más allá de ese punto crítico que demarca el territorio en el límite del pantano biográfico, pero qué duda cabe de que también es el resultado de la debilidad de una formación conservadora que nunca fue capaz de emanciparse del todo de estas adherencias protohistóricas. ¿Alguien imagina la reacción de Fraga ante una eventual reclamación de pluralismo o un cuestionamiento del liderato en los viejos tiempos? ¿Y por qué reclama la necesidad de una renovación un autoritario famoso por su intemperancia que sigue valorando su ley de Prensa como un providencial gesto de apretura y la campaña organizada por él para justificar el asesinato de Grimau como algo legítimo y justiciero? El nuevo conservatismo español –una novedad en nuestra historia política, como es sabido– carga, en efecto, desde su aparición, el lastre gravosísimo de fardos políticos como el de Fraga, sin que el hecho de que un político experimentado como él haya gobernado con destreza una autonomía signifique nada contra aquella necesidad, porque una cosa es administrar y otra muy diferente despejar el puente de mando y hasta limpiar el sollado de los fletes del pasado. Tolerar o tragarse a Fraga habrá supuesto, esto no se discute, una garantía de equilibrio entre las ambiciones de los nuevos lideratos, pero le ha costado a estos “jóvenes turcos” el precio más prohibitivo: el de la imagen. A Fraga miran sus rivales (que no sé por qué, ya que hay más arriba figuras de sobra en las que fijarse) cuando quieren segarles la hierba bajo sus pies de barro. Por algo será.
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En un sistema deliberadamente bipartidista no acabo de entender la razón por la que sus beneficiarios han de desear con ansia semejante la debilidad del otro y cifrar en ella su objetivo prioritario. Pero, claro, menos aún puede comprenderse –fuera de la obvia hipótesis de la ambición– que desde dentro de cada uno de ellos se repitan, al parecer sin remedio, las luchas intestinas por hacerse con el poder. Es un clamor hoy en España que el PP ha de renovar su estructura o, cuando menos, su “cartel” visible, pero nadie en sus cabales puede caer en la trampa que desde enfrente se le tiende de que esa “renovación” signifique un cambio drástico de liderato. El ejemplo del zapaterazo del PSOE no debe servir puesto que para que funcionara fue precisa una hecatombe, un notable despiste por parte del Gobierno adversario y altas dosis de maldad en sus competidores al acecho. Pero si encima es Fraga quien reclama cambios, la cosa es para troncharse o más bien, diría yo, para que los feudales y baroncillos de las derechas se decidan a echar por la borda de una puñetera vez a ese mascarón de proa que ya no asusta a casi nadie pero que aún puede desconcertar a más de uno. De estudiante vi yo a Fraga perseguir alumnos por los pasillos de la facultad por el delito irrisorio de llegar a clase con retraso y alguna vez boxear con alguno de los más arriscados entre aquellos. Pero ni Fraga está ya para aquellos trotes ni la opción de derecha debe soportar más a esa excrecencia del pasado fascista. Consideren el entusiasmo en la acera de enfrente y se convencerán de que esa operación no es sólo necesaria sino urgente.

Bocas cerradas

Suelen venirle bien las vacaciones a Chaves para esquivar compromisos. Cuando hace tres años ardieron a medias los montes de Huelva y Sevilla, ni se dignó interrumpirlas aunque fuera para contemplar la catástrofe en plan Nerón. Ahora ni ha abierto la boca para referirse al imprevisible accidente del buque chatarrero en aguas gibraltareñas, a la extraña pasividad de la autoridad a la hora de extraer el combustible que lleva dentro o al hallazgo, por parte de Gibraltar, de que la carga del ‘New Flame’, podría ser altamente contaminante por contener plomo. Se levantan voces recordando el papelón que Chaves jugó cuando la campaña del “Tiroless” –encabezando incluso manifestaciones contra el Gobierno de la nación– para contraponerlo a su actual silencio a pesar de que ni siquiera le falta, para colmo de colmos, un submarino atómico en nuestra vecindad. Chaves es un presidente para administrar rutinas y días sin novedad. Cada vez que se plantea alguna cuestión de fondo lo vemos desvanecerse y a otra cosa.

Los intereses creados

El PSOE debería aclarar por la vía rápida el papel de “su” Junta de Andalucía en el largo, inacabable, rapaz, proceso de desmantelamiento y reflotamiento de la minería de Riotinto. Porque no se trata ya de que el IFA comprara terrenos a precios enormes para luego verdérselos a los “amigos políticos” a precio de saldo, de que primeras espadas de su elenco anden siempre por medio en todos los noveles o de que esos “amigos políticos” se paseen impunes ante sus barbas, sino de que todo un ex-consejero de Industria presida la multinacional que pretende vencer las hasta ahora invencibles dificultades que se han opuesto a la solución del problema y salida a flote de la actividad. Eso es sencillamente una vergüenza política que sólo se concibe en una comunidad aborregada en la que ha desaparecido enteramente el sentido del pudor político. Chaves debe explicar qué ocurre en Riotinto, quién está detrás de su ruina, de su expolio, de sus deudas y… de su negocio.

Puente de plata

El nuevo ministro de Cultura le ha puesto puente de plata a Rosa Regás para que deje la Biblioteca Nacional en paz y al personal tranquilo. Que me aspen, como suele decirse, si me creo que el motivo ha sido la sustracción de dos mapamundis pertenecientes a la “Cosmographía” de Tolomeo, o mejor dicho, de una edición incunable de 1482 que estaba reservada en exclusiva a los especialistas debidamente documentados, como si los especialistas, documentados o no, fueran incapaces de mangar libros y no todo lo contrario como bien sabemos. No conozco bibliógrafo más cumplido que Bartolomé José Gallardo, maestros de bibliófilos y bibliotecarios, cuya rapacidad mereció que don Juan Varela o Estébanez le llamaran “bibliopirata” y Unamuno, siempre en plan de llevar la contraria, “bibliopirata salvador”, pues creía que sin sus mangancias a lo peor esos libros se habrían perdido en un país macizo como es el nuestro. De él se cuenta anécdotas de las que prescindo en aras de la seriedad (don Vicente Salvá decía que “había robado en El Escorial y en todos los conventos”), pero por propia experiencia sabemos que la seguridad de ese templo de nuestros libros ha venido siendo proverbialmente cuestionable. Yo mismo recuerdo el huracancillo que se produjo en Madrid a principio de los 80 cuando se echó en falta precisamente unos mapas valiosísimos finalmente recuperados en Cuenca y en manos de un bibliófilo, así como el todavía mayor a que dio lugar años después el robo y posterior recuperación de toda una biblioteca astronómica en la que se incluían obras del propio Ptolomeo, Galileo, Ticho Brahe, Keplero o Newton aparte del famoso “Malleus maleficarun” o “Martillo de Brujas”, el famoso manual dominico que consagró la histeria renacentista contra aquellas infortunadas. Es más, ya en 1995, es decir, en plena “modernidad”, ejem, todavía era posible recuperar de manos ajenas una colección colosal de grabados u estampas que habían sido afanadas por los descuideros en ese templo sin vallar. No creo que a Regás la hayan echado por perder dos mapas. Ni me lo creo yo ni se lo cree nadie con dos dedos de frente.

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La Regás, hablando en plata, era un grano en el culo de un Gobierno picado de ‘progre’ que una mañana se desayunaba con la fulmínea diatriba de su directora contra la prensa libre y al siguiente había de soportar, entre soflama y soflama feminista, un elogio del espíritu bolivariano que no se le hubiera ocurrido hacerlo ni a la pobre Dian Fossey de sus gorilas en la niebla. No conozco ni una sola razón de peso para que esta escritora perfectamente minoritaria se hiciera cargo de nuestro primer centro libresco, salvo el peso residual de la leyenda de la “gauche divine” catalana de los 60 y 70 en el imaginario de la ingenua y peligrosa panda que nos gobierna, razón que no dejaba de ser pintoresca si se tiene en cuenta que por ese cargo han desfilado últimamente personajes como Juan Pablo Fusi, Jon Juaristi, Luis Alberto de Cuenca o Luis Racionero, cada cual a su manera expertos entre los más respetables. La realidad era, como comprenderán, que un ministro que se precie no podía mantener en su sillón a un basilisco que ni siquiera podría atenuarse apelando a su talento o a su experiencia, ambos tan respetables como por demostrar. Una democracia no puede admitir que un representante tan significativo dé públicamente muestras de tanta insolvencia de criterio o de tan arriscada y fanática agresividad como en tan poco tiempo ha dado esta mujer sin mayor relieve pero con tantas aristas. Por eso la ha echado el ministro, más allá del piadoso expediente de la dimisión aceptada. Si encima le encuentran sitio en el Tripartito todo saldría a pedir de boca y nos habríamos visto libres de esa provocadora que celebraba que en España se leyera poco la prensa. No la suya, claro, sino la que hoy le dice adiós tan efusivamente.