La carta

El alcalde de Almonte se mueve, de eso no hay duda. Ha denunciado a la Junta dejándola a los pies de los caballos al certificar que ni había pedido permiso para la famosa valla que él rechaza. Y ahora le ha escrito la carta de que habla todo el mundo –hasta el autodidacta Jiménez– al presidente del Gobierno diciéndole lo que los onubenses dicen y repiten desde hace tiempo: que ZP toma a Huelva pro parada y fonda pero la ignora olímpicamente, como si no existiera, mientras que atiende a otras provincias. Cierto que Bella templa gaitas y perjura que el gesto no significa más que un cariñoso recordatorio, pero no hay modo de tragarse esa bola porque esa carta es una denuncia pública (Bella la envió a la prensa al tiempo que a la Moncloa) de una actitud intolerable del Presidente que ni aparece por aquí cuando ardemos por los cuatro costados ni viene más que en elecciones y a prometer lo que  no cumple. ¿Almonte, “república independiente”? Eso se viene diciendo desde los tiempos de Navarrete y puede que acabe por hacerse realidad.

Plumas negras

En España los entierros de literatos han sido siempre ocasión memorable y, con frecuencia, cargada de sentido político. Ahí está el de Larra, con Zorrilla cogiendo la ocasión al vuelo para derramar unos ripios sobre su tumba, o el de Ortega, a mediados de los 50, convertido en una manifa criptorevolucionaria mientras la censura ordenaba que cada periódico podría publicar un máximo de tres artículos sobre el filósofo, una biografía y dos comentarios, siempre que se resaltaran en ellos sus “errores religiosos”. Ni un año se llevó Ortega con don Pío Baroja, que por coincidir con una coyuntura agitada (dimisión de Ruiz Jiménez, atentado contra Miguel Ángel Álvarez, dimisiones de Laín y Tovar, prisión de Ridruejo) se convirtió en un extraño suceso político. Y así siempre. En el de Umbral veíamos trasantier a mucha gente, pero a más todavía resultaba inevitable echar de menos a otra en el espejismo confuso de un cortejo abarrotado de conservadores en el que no figuraba apenas una izquierda a la que el escritor perteneció siempre. ¿Cómo explicar la presencia de Rajoy frente a la ausencia de Guerra, por citar solamente una pareja de opuestos bien significada en sus columnas? Pues lo ignoro, claro está, pero el caso es que de la despedida del escritor estuvo ausente al completo lo que queda de la izquierda, mientras que la derecha acudió en pleno, curiosa circunstancia que lo que prueba, a mi modo de ver, es el subido precio que por la independencia ha de pagarse entre nosotros incluso después de la muerte o, por decirlo en clave menos cauta, el auge imparable del sectarismo que acaso no es más que la inevitable consecuencia de la experiencia partitocrática. Mejor, pensándolo bien. Los caballos emplumados de la carroza fúnebre de Tierno debieron oír durante aquel entierro multitudinario lo que no está en los escritos.

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Confieso que lo que personalmente me hubiera sorprendido hubiera sido lo contrario, esto es, un sepelio del escritor desprovisto de marca política, reflejando en negro sobre el espejo patrio la silueta unánime de una estimativa atenida sólo a principios objetivos. Y más en un momento en el que Rosa Díez entrega su rojo carné como quien se deshace de una cédula de esclavo, o en el que en Francia se anda produciendo una auténtica desbandada desde el PSF (no digo “socialismo”, entre otras cosas, porque desde dentro se piensa ya en cambiar ese término por “izquierda” a secas) hacia la acera de enfrente, que incluye ya a desde Michel Rocard o Bernard Kouchner, a Jack Lang, Hubert Vedrine, J.-P. Jouyet y unos cuantos más. Había más voluntarismo o ingenuidad, al parecer, en las identificaciones que en vida hizo el propio Umbral del socialismo ‘auténtico’, y muy pocas posibilidades, en todo caso, de que desde ese ámbito celoso y burocratizado –profesional– se entendiera por derecho su crítica diaria de las cosas de España, incluidas las políticas. Pero en definitiva, lo que ilustra la fotofija del entierro de Umbral es el atraso psíquico de un progresismo institucional para el que no existe nada que no encaje enteramente en el molde partidista y menos si escapa o se resiste a su férula disciplinaria. Lo malo para el país es que con ello no es Umbral, por supuesto, quien pierde una seña política sino la izquierda la que pierde un escritor señero, la democracia la que se ve privada de una oración fúnebre pronunciada en nombre de todos por un improbable Tucídides, el futuro imperfecto de esta política defectiva que habremos de conjugar desde ahora con un sujeto menos. El que ha estado al quite ha sido el PP –el de Mariano, como Umbral decía, no el de Fraga– que ha posado sin competencia, para las historias de la cultura, en esa foto funeral, ocupando su sitio y el ajeno a pesar de que el honrado fue quien inventó lo de la “derechona”. Hace tiempo que la izquierda está en todas partes menos donde debe estar.

Más organismos

La selva orgánica de la autonomía andaluza –sostén básico de la trama electoral que garantiza la hegemonía– lleva camino de salirse de la lógica para ingresar por derecho propio en el humor. Anoten el nombre del último invento de la consejería de Innovación etcétera: ‘Plataforma Regional de Asociación de Agentes para el Fomento de Instrumento Financieros a las Ecoinnovaciones y las Tecnologías Ambientales en Andalucía’, para abreviar “PRE”. La ciencia, la tecnología, la empresa, el ideal europea, el ambientalismo y la Biblia en pasta, estarán representadas en este nuevo pesebre que ya veremos si se reúne siquiera, porque es grande el número de consejos y consejillos –un caso de escándalo: los que rigen Doñana– que no se molestan ni en verse las caras de vez en cuando. Eso sí, estén seguros de que habrá nómina por medio, lo que quiere decir que aumentará la “clientela” política, que es de lo que se trata. Un día sería bueno publicar la relación de órganos, organillos y flautas traveseras que yudan sobremanera a mantener en pie esa hegemonía.

Lo de Isla

Mientras el alcalde Zamudio veranea en Hong Kong, el pleno de Isla Cristina pone en escena la comedia bufa de esa fuga al grupo mixto que no hay más que echar una ojeada a la situación para convencerse de que, además de que es posible que arruine definitivamente al PA, inquieta al PP y agrada que más no puede al PSOE. Da grima escuchar a esas ediles con el “¡y tú más!” sin caérseles de la boca, da pena ver a los restos del naufragio andalucista resignarse en la playa, da no sé qué ver al PSOE templar gaitas gallegas anunciando una auditoría pero dejando caer, por si acaso, que no lo hace por desconfianza. En la escala menor de los pueblos –lo mismo en Gibraleón que en Valverde, en El Cerro que en Punta Umbría– es donde se percibe mejor el cambalache de una política que para sus gestores ha llegado a convertirse simplemente y ante todo una profesión no poco pingüe y nada agotadora.

La piedad imposible

La noticia de que los talibán ha liberado, por fin, a los misioneros coreanos a cambio de la retirada de tropas negociada por el Gobierno de su país, abre nuevamente la antigua discusión sobre la pertinencia o impertinencia de ceder ante el chantaje terrorista. Hay quien apoya la decisión con el argumento de que una sola vida humana vale por todos los principios imaginables y hay quien, por el contrario, sostiene que ceder ante la extorsión de los terroristas implica un fracaso irremediable de la autoridad legítima, un desplome fatal del Estado, tras los cuales el camino queda expedito ante la exigencia del bárbaro. No es difícil imaginar las consecuencias que hubieran podido derivarse de una eventual claudicación del Gobierno cuando ETA secuestró a Miguel Ángel Blanco, como no lo era, ‘sensu contrario’, predecir a dónde habría de conducirnos la estrategia ‘amable’ que puso en la calle a un asesino múltiple cuando la banda lo exigió, y menos aún hacerse una idea de lo que ocurriría si el terrorismo islamista añade a la ventaja que representan sus camicaces la debilidad de un adversario medroso que cede ante sus exigencias abrumado por el peso de unos principios morales y cívicos que son ignorados plenamente en el otro bando. En Afganistán, sin ir más lejos, parece obvio que los plácemes por la salvación de estos rehenes se ven oscurecidos por el nublado que supone la certeza de que el éxito terrorista abre una vía imprevisible en el muro que hasta ahora cerraba solidamente el paso a la estrategia del chantaje, de manera que, con toda probabilidad, otros secuestros seguirán al que ahora acaba de resolverse sin que, por otra parte, se modifique en lo más mínimo el problema de fondo que es la ocupación militar de un país por las tropas de la ONU. Anden, dialoguen con esa ‘civilización’, traten de razonar con esos ‘civilizados’ que han hecho de su país la base del terrorismo contra Occidente, y si pueden alíense con ellos, pero mientras tanto dispónganse a negociar cada dos por tres con los secuestradores que acaban de demostrar la viabilidad del chantaje como arma política. No salimos de Guzmán el Bueno y ya estamos en el Alcázar.
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Es diabólica la encrucijada chantajista, por supuesto, sobre todo si gravita en el ambiente el imperativo de la ‘correción política’. Muchos opinadores reconocen en privado lo que jamás revelarían en público, a saber, que lamentan una concesión irresponsable pero que supone demasiado riesgo en reconocerlo ante una opinión que, con toda seguridad, rechazaría conmovida la imagen atroz de las ejecuciones de rehenes, a pesar de le evidencia de que la firmeza ha logrado decisivos éxitos en Irak como en tantos países. En la España isabelina, la negativa a ceder ante el secuestro bandolero –instrumento de la fase degradada de la leyenda– condujo, en buena medida, a la liquidación de aquella lacra que, obviamente, en caso contrario, habría cundido sin remedio. En conflictos modernos, como los provocados por la barbarie islamista o por la secesión, cualquier atisbo de debilidad será explotado sin remedio por un terror que hará de él, sin duda posible, su arma más decisiva. La piedad se vuelve imposible en ese contexto que fuerza al Estado a asumir su condición originaria de Leviatán si no quiere verse, como mínimo, como se ve en Colombia y otros países, competido por un poder paralelo cuyas reivindicaciones, paradójicamente, parecen llevar ventaja de entrada frente a las del poder legítimo. La literatura sobre el tema ha provocado no poco daño –decía Iriarte, que escribió un ‘Guzmán’, que los pueblos que no tienen poetas carecen de heroísmo…–, un daño sólo comparable al causado por la explicable sentimentalidad que propugna la rendición ante la barbarie. A cualquiera le temblaría el pulso colgándole el teléfono al chantajista. Pero me temo que, a este paso, nos va a temblar a todos cada vez que recibamos su llamada.

Esperpento de verano

Hay como un espejismo estival en el horizonte político que vuelve esperpéntica la política autonómica. Vemos, por ejemplo, a un ex-consejero de Industria de la Junta encabezar una operación multinacional en uno de los negocios más oscuros de los últimos tiempos, la crisis minera de Riotinto. Escuchamos a la consejera de Medio Ambiente largar, frente al barco chatarrero encallado en Algeciras, la tremenda chorrada de que la Junta no tiene competencia para actuar en tanto el fuel no alcance la costa, esto es, cuando ya no tenga remedio la catástrofe, y superarse a sí misma aconsejando a los despedidos/traicionados de Boliden que traten “con cariño” unas ofertas de empleo que, por cierto, nadie ha visto más que ella. Y en fin, no se pierdan al decano de los abogados de Sevilla llamar a Chaves “trilero” y pedirle que deje de comportarse como tal en el contencioso absurdo de la Ciudad de la Justicia. Menos mal que el ferragosto se acaba, pero no se preocupen porque ahí está ya septiembre.