Candidatos e imputados

Ha proclamado Cejudo en la asamblea del PSOE de Valverde que, cuando obtenga el placet de Barrero, volverá a presentarse a las municipales y ganará por mayoría absoluta. Bueno, hombre, eso será lo que será, porque ya la vez pasada no consiguió ese listón aunque, a pesar de que prometió irse si no lo conseguía, ahí sigue. Verán ustedes: yo creo que uno imputado no tiene por que renunciar a la vida pública mientras no se dicte sentencia firme contra él. El tema está en que yo no soy el PSOE, y en que el PSOE sí sostiene desde su misma Ejecutiva Federal, cuando se trata de un  alcalde del PP por ejemplo, que un imputado ha de dimitir sin más e irse a su casa. De manera que no se trata de que Cejudo quiera repetir o renuncie –¿y a dónde iba a ir, la criatura?—sino de que el PSOE se aplique a sí mismo el cauterio de esos ‘códigos’ que redacta para los demás. A quien no le llegará la camisa al cuerpo es al monaguillo de IU que, bien pagado por supuesto, lo ha sostenido durante esta legislatura. Ése mejor que se vaya buscando con tiempo otro oficio donde servir.

El desnudo macho

El impacto de la película “Full Monty” ha sido devastador. No hay día en que no nos desayunemos con la instantánea de un grupo de grandes simios humanos luciendo el palmito a la luz del día y sin esa mediatización cultural que es el vestido. Desnudos se ha fotografiado para calendarios los bomberos de Bilbao y los de Sevilla, los de Palma, los de Cáceres o los de Valladolid, siempre con un buen propósito de por medio, por supuesto, preferentemente el de conseguir fondos para alguna oenegé. Y bomberos han exhibido su cuerpo serrano como arma laboral, en defensa de sus intereses laborales presuntamente vulnerados o por la impropiedad de sus condiciones de trabajo. Es una moda que no hay quien pare desde La Coruña a Cali pasando por Río de Janeiro, en cuyas playas de Ipanema y Copacabana los polis han patrullado en cueros vivos –que los he visto yo– protegidos coquetamente por unas gafas de sol. Se me viene a la cabeza lo que decía Rémy de Gourmont rumiando, dale que te pego, durante sus “Paseos filosóficos”, y que era más o menos, aquello de que el pudor que proscribe el desnudo es un progreso claro sobre el exhibicionismo de los monos. ¿Nos llevarán, tal vez, hacia atrás estas huidas hacia delante? Es posible, pero lo primero que nos sale al paso en esta reflexión es la evidencia de que la asunción tradicional de ese sentimiento está secretamente imbricada, como bien saben los modistos, en las más profundas estrategias del deseo. El mono desnudo va y viene, se cubre y destapa, inventa el juego equívoco que hace del decoro un incentivo y del pudor una tentadora sugestión. La novedad está en que, hasta ahora, la exhibición ha venido siendo monopolio femenino, mientras que, en adelante, parece que el cuerpo del varón va a reclamar su sitio en la pasarela, como consecuencia de la intensa feminización de la estimativa provocada por el igualitarismo. Sabemos por la antropología que el pudor que se opone a la exhibición no es un valor eterno, ni siquiera inmemorial, sino una invención de la moral de inspiración religiosa que erróneamente algún romántico pretendía endosar, contra toda evidencia, sólo al cristianismo. El resto de lo que nos quedaba por saber nos lo van a enseñar los bomberos y los polis.

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Entre tanto habrá que tratar de comprender las razones últimas (nadie en sus cabales creerá que, de verdad, lo que buscan esos exhibicionistas son fondos para la buena causa) de esta especie de pasión por del desnudo que ha estallado en el androceo, y que, a mi juicio, puede que encierre cierta revancha subliminal por los avances de la hembra sobre el viejo territorio orinado por los machos en sus cuatro esquinas. Y de paso preguntarse si esta ampliación del mercado supone una liberación del macho o, por el contrario, su voluntaria conversión en objeto sexual pudiera implicar, con la duplicación de la oferta, la duplicación del tabú. Porque mientras la hembra ha atravesado la historia en plan Salomé, sugestionada siempre por la exhibición tentadora de su cuerpo y convertida en oscuro objeto del deseo, el varón se había reservado en ese largo periplo el ventajoso papel de destinatario que anda comprometiendo ahora al añadir su propio desnudo a la industriosa maquinaria que abastece a un tiempo a la estética y a la concupiscencia. Igual esos adanes están cavando su propia fosa, embriagados por el narcisismo, e inconscientes de las históricas ventajas que la condición de sujeto ha supuesto al género durante siglos, lo mismo no se han dado ni cuenta de que la plataforma de las ‘gogós’ no era precisamente un podio deseable sino una mísera trampa de la que, tras su clausura, nunca fue fácil escapar. El cuerpo está de moda y se exhibe ignorante de que al desnudo no se va sino que se vuelve de él. Nuestros bomberos han hecho del patio de su cuartel la vieja caverna en la que sus ancestros, hace miles de años, descubrieron precisamente el fuego.

Nuestra mala suerte

Puede leerse en los periódicos: no hay grupo parlamentario que no haya conseguido,. A cambio de su apoyo a la ley de Presupuesto, su buen puñado de millones acarreables a sus respectivas regiones para mejorar la suerte de sus representados y, de paso, hacer méritos propios. Todos, grandes y pequeños, incluidos los diminutos, todos, digo…., menos el PSOE andaluz, que ése, como va de estricta observancia partidista y obediencia debida vota a favor voluntario y sin necesidad de que le suelten algo para su comunidad. No se trata de postular la disgregación de ningún partido sino, simplemente, de sugerir las ventajas que suponen para su comunidad actuar, sin salir del PSOE, como su rama catalana. Andalucía tiene mala suerte porque ni cuando gobierna la nación su propio color dominante tiene la menor ventaja. Los demás –desde Cataluña a Canarias pasando por Aragón—al contrario: sus respectivas minorías les sirven para barrer para dentro. Mala suerte, ya digo, O quizá fuera mejor hablar de mala cabeza.

Cuesta abajo y sin frenos

Una concejal tránsfuga de Gibraleón se nos aparece revestida de apoderada de una de las empresas ligadas al macroproyecto de El Granado que el mismísimo secretario provincial del PSOE onubense ha creído oportuno paralizar en vista de tantas irregularidades. ¿Y cómo no conocía esa circunstancia el paralizador, tratándose de una colaboradora tan obediente y próxima? El alcalde de Nerva, por su lado, se ha contratado como quien no quiere la cosa con el grupo empresarial al que venderá terrenos, por lo visto, a precio de saldo. Que no, que esto no tiene fin, y no lo tiene porque a ver quién es el espíritu puro que tira la primera piedra, porque el cúmulo de enredos urbanísticos demuestra que aquí el personal va por libre y los partidos también, cada cual desde su parcela de poder. ¿Cómo pedirle probidad y decencia a una ciudadanía abrumada por este mal ejemplo de la clase política? Casos tan desconcertantes como los referidos demuestran que la culpa no está sólo en la base sino en las alturas.

Sexo a la carta

En esta huida hacia delante que ha convertido la legislatura actual en un tobogán, el Congreso acaba de aprobar una ley de Identidad de Género que permitirá a las personas elegir su sexo con independencia del que la Madre Naturaleza, en su inescrutable sabiduría, les hubiera asignado. No harán falta en adelante –insiste la ‘agriprop’—ni siquiera la mediación de un cirujano que le enmiende la plana con unos retoques imprescindibles, imagínense, a esa masdrastona, y menos aún –¡para pleitos andan los jueces!—la bendición de una sentencia, sino que bastará para irse derecho al Registro y pedir que te pongan una uve donde constaba una hache o viceversa, que el pretendiente no esté a gusto con su cuerpo, o por decirlo en la jerga falsaria de los padres conscriptos, padezca “disforia de género” diagnosticada formalmente aunque, eso sí, el médico (colegiado, faltaría más) habrá de hacer constar, para evitar tropezones, la “disonancia entre el sexo morfológico inicialmente inscrito y la identidad de género sentida por el solicitante”. Sexo a la carta, se llama eso, aunque me da el pálpito de que, al margen de los beneficios psicológicos que, sin duda, habrán de proporcionar a los pseudomutantes, una ley como ésta contribuirá decisivamente a desactivar nuestra ya maltratada seguridad jurídica. La izquierda española ha saltado de un brinco desde el no poco feroz convencionalismo sexista (la persecución de los homosexuales no fue menor en ella que en la acera de enfrente) a esta especie de “self service” en el que toda calamidad semántica es posible empezando por la que implica falsificar la relación conceptual para llamarle “matrimonio” a lo que nunca lo fue o para que dos mujeres puedan ser madres al unísono de una misma criatura.
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No hace falta que me expliquen que estas truculencias no son gratuitas sino que tienen por misión ocultar el vacío programático de una política forzosamente improvisada y recuperar por el lado más fácil la mordiente radical. Eso lo sé de sobra, como lo saben los propios legisladores. Pero tampoco se me ocultan los riesgos que implica un orden legal en cuyo marco el sexo, por no salir del ejemplo, resulte reversible a voluntad y sin siquiera requisitos razonables. No sé si la nueva norma permitirá ese milagro burocrático una sola vez o cuantas el disfórico quiera, porque ya me dirán que podría objetarse a un transexual que ya cambió una vez de “género” –como dicen ellos a pesar de la Academia— si, arrastrado por la disforia, pretende posteriormente cambiar de nuevo dos o diez veces más. No sé, de verdad, pero me desasosiega ver que la izquierda resigna en la derecha la tarea de preservar el sentido común, como si poner en almoneda el acervo cultural de la especie fuera a rellenar el hueco de su clamorosa renuncia a subvertir el orden económico, o como si fuera imaginable un orden social sostenible en el que el ciudadano tenga en su mano forzar su condición retorciendo su identidad. Un progresismo dimitido, que disputa a dentelladas a los conservadores la causa liberal, que nos entrega con armas y bagajes al mercado y parece definitivamente incapaz de excusar la corrupción, trata de legitimarse compensando sus flaquezas con gestos y palabras extremados que nos han colocado ya, sospechosamente, muy por delante de las vanguardias más audaces de la cauta Europa. Leo que, al menos de momento, han quedado fuera de esta ley los extranjeros y los menores, pero todo se andará si la izquierda no recupera su genuino sentido e insiste en la pantomima de confundir el designio revolucionario con un libertarismo que hubiera horrorizado a la acracia clásica y cuyos promotores habrían acabado en el paredón si los pilla el soviet. Uno siente también cierta disforia múltiple, no quiero engañarles, ante esta sociedad majareta en la que todo mamarracho y cualquier insensatez van teniendo ya cabida.

Las cosas de comer

Nadie ha podido explicar hasta ahora por qué es menester ampliar el número de diputados de esa cámara no poco inútil que es el Parlamento de Andalucía, pero ninguna persona informada habrá dudado tampoco, a buen seguro, de que lo que pretende IU con esa ampliación es facilitar al acceso de sus candidatos, alguno de los cuales, como el mismísimo coordinador regional, Diego Valderas, llega dos elecciones quedándose en la cuneta y sin obtener escaño. Pagarle a IU los favores políticos a base de estirar el hemiciclo para que entren más será un disparate si antes no se explica qué razón justifica esa ampliación del teatro y del gasto. ¿O es que con más diputados las cosas hubieran sido distintas en la actual legislatura o en las pasadas? Que esos “profesionales” pretendan blindarse su salario es comprensible. No lo es que se juegue con algo tan serio como debe ser la representación parlamentaria de un pueblo.