El precio del Régimen

Otro Presupuesto autonómico, “más maera” millonaria para mantener el tinglado que, treinta años después, mantiene a la región andaluza a la cola de España. Escucho en el Parlamento entonar el ‘mea culpa’ a los comunistas, a los sociatas mentar a Hayek en vano y a los de enfrente insistir angustiosamente en que “más de lo mismo” no servirá sino para consolidar la postración relativa. Y oyendo el argumento chapista, nos queda una grave pregunta que se contesta sola: ¿cómo es posible que si avanzamos tanto y tan bien como asegura el “Régimen” sigamos tan fatalmente arrastrados a la cola de los grandes expresos españoles y europeos? Entre la autocomplacencia y el berrinche esa realidad: somos los últimos o penúltimos desde hace casi treinta años. Comprenderán que las virguerías teóricas de una izquierda que no sabe siquiera qué coños es ya, no ,erezcan el menor comentario. 

El negocio vecinal

Qué espectáculo el de las asociación de vecinos Tartessos, qué movida partidista tan descarada, qué utilización de los vecinos tan poco discreta, pero sobre todo, qué pingüe negocio el de ese montaje  si consigue sumar a las subvenciones que va a trincar de Junta y Diputación los fondos del Ayuntamiento que pretende coger resucitando el cadáver incorrupto de otra asociación cerrada a cal y canto desde antes de que los actuales socios jóvenes tuvieran uso de razón. Vuelve la utilización del movimiento vecinal que tanto juego dio en los amenes de la dictadura y durante la Transición, es decir, cuando la mayoría de los actuales mascarones de proa de nuestra política ni estaban ni se les esperaba. Sólo que ahora ese movimiento es también un negocio que paga el contribuyente y administran ellos a cambio de su apoyo político. Habría que revisar el montaje completo y tal vez cerrarle el grifo de los dineros públicos. No iba a quedar un activista ni para un remedio.

Camino de vuelta

De nuevo la imagen de los mercenarios escandalizando a las conciencias. En Irak, según nuestra tv, hay al menos un mercenario por cada diez soldados regulares, lo que viene a significar que campan allí por sus respetos tanto “soldados de fortuna” como guripas de la coalición excluidos los yanquis. Con agravantes. Para empezar, que el consejillo que viste el muñeco de la legalidad “aliada” ha declarado a esos aventureros al margen de la ley iraquí por depender de los EEUU y, al mismo tiempo, fuera del alcance de la ley americana, no sólo porque actúan por encargo del gobierno imperial, sino porque, en última instancia, el principio de territorialidad de la ley (que los americanos aplican solamente cuando les conviene) no permitiría que a sus eventuales delitos alcance su lejana Justicia. Inmunes, pues, que es peor si cabe que impunes, gente sin ley, profesionales de la violencia con licencia para delinquir y estatuto de profesionales, ejército paralelo encargado del trabajo sucio (si es que en esta guerra hay trabajo limpio) disfrazado de tarea de protección. Dicen que un mercenario gana entre quinientos y mil dólares al día, y en torno a esas mesnadas anda fraguándose una leyenda templaria, hecha con todos los tópicos del imaginario castrense, desde el honor a la camaradería pasando por la testosterona. Es la privatización de la guerra, la vuelta al pasado feudal en el que el Poder, cada Poder, medía su influencia con la mano de hierro de sus mesnadas. Desde los “foederati” romanos a los soldados de nuestros Tercios, desde la mesnada del condotiero a las modernas “legiones extranjeras” ése fue siempre el mayor signo de la debilidad del Estado. La creación de los “ejércitos nacionales” es la pieza clave que permite al “Estado moderno” diferenciarse de la Edad Media y liquidarla de hecho y de derecho. Hoy parece que vamos girando en redondo para volver a aquel modelo. No se equivocaban, pues, los profetas casi postmodernos que vieron en nuestra era una “nueva Edad Media”.
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No seremos los españoles, en cualquier caso, quienes podamos escandalizarnos de esa acrobacia anacrónica, teniendo como tenemos un ejército desarbolado en el que ni el paro combinado con la inmigración han bastado para relevar a los licenciados de la mili obligatoria. Aunque no sea lo mismo, ni mucho menos, un ejército profesional que unas bandas profesionalizadas como militares sin ordenanzas ni uniformes, hay que admitir que también el recurso a la recluta profesionalizada apunta en dirección a aquel pasado que durante siglos creímos que había quedado definitivamente atrás. El sector americano de la industria de la guerra fue el único que creció exponencialmente mientras el resto de la economía se desplomaba y constituye hoy una potencia innegable que cotiza en Bolsa y obtiene, al parecer, un ejercicio con otro, beneficios de cien mil millones de dólares anuales. Y eso será todo lo legal que se quiera pero implica una lacerante aceptación de la guerra sucia en absoluto compatible con la exigencia democrática. Tras el fracaso de Vietnam y el soponcio del 11-S, la debilidad del Estado trata de apuntalarse recurriendo a esta colaboración inevitablemente brutal y, por descontado, salvaje, que ha convertido a las empresas suministradoras de mercenarios en auténticos poderes internacionales. Y eso supone, por arriba, la vuelta a la organización feudal de unas sociedades que, por abajo, ya hace tiempo que optaron por organizar ‘laboralmente’ su defensa bajo el eufemismo de la seguridad y la protección. Un mismo fracaso del Estado incluye, salvadas las distancias, al paramilitar que actúa en las calles de Bagdad y al matón que chulea a la clientela en la puerta de la discoteca. La mitificación de las privatizaciones puede resultar perversa. Eso es algo que, en vista de esta locura, hay que ser ultramanchesteriano para no entender de plano y con todas sus consecuencias.

Aquí y en Pekín

A Pekín se ha ido la consejera de Justicia para difundir la buena nueva del imparable  progreso autonómico andaluz y explicarle a los chinitos que “el gran reto de la Administración andaluza es el autoservicio de la ciudadanía y el tejido empresarial”, toda vez que esa ciudadanía sería ya, en esta Babia a la cola de Europa, “el eje del sistema”. Muy bueno lo de la consejera, y muy caro, pueden estar seguros, cosa sobre la que una oposición parlamentaria como la gente debería exigir a la Junta explicaciones en el Parlamento. Eso sí, no me digan que no es de cuchufleta total el extravagante periplo de una consejera de la Junta para exhibir como excelente una de las grandes llagas del régimen autonómico, a saber, una función pública rutinizada al máximo, sometida funcionalmente al poder político y del todo ajena a los ciudadanos. Claro que ya pueden imaginarse el auditorio chinés de la consejera si al propio Chaves hubo que meterle alguna vez en el aula cuatro gatos para que no se quedara solo en una universidad donde pretendió lucirse a costa de todos. Aquí no hay más chino que valga que el contribuyente andaluz.

División de opiniones

El anunciado cierre de Fertiberia anda de acá para allá en boca de los políticos. Chaves dice que ese cierre ha de producirse ya mismo y caiga quien caiga, mientras que su partido lo corrige en Huelva sin mucha convicción; la consejera del ramo avisa de que habrá de producirse dentro del decenio y la UGT bracea como puede hablando de “cierre negociado”; y en fin, desde la Mesa de la Ría se emplaza al alcalde a “tomar decisiones” y buscar salidas al conflicto, a pesar de que no sea ésta propiamente una materia municipal, Cada cual con su cadacuala, como puede verse, cada uno con su cuenta y razón, y todos arrimando el ascua a su sardina. En política no hay nada mejor que la confusión para escabullirse de los problemas. En economía, por el contrario, esa estratagema es –dicho sea, desgraciadamente, con toda propiedad– pan de hoy y hambre para mañana. 

Copiar y pegar

Escucho de nuevo rumores de plagio, denuncias que enredan entre textos y partituras sin excluir los mismísimos discursos de los próceres, y como siempre que estas polvaredas vuelven a levantarse, veo clara la insustancialidad de un debatillo enraizado, en última instancia, en esa taxia dominante que es el  sentimiento de propiedad. Recordé aquí no hace tanto la tesis de Giradoux de que, a salvo las creaciones primordiales, no hay una sola literatura en el mundo que se haya librado del plagio y, cómo no, aquella famosa ocurrencia de D’Ors de que lo que, en este oficio azacán, no es tradición, es plagio. Yo siempre me rijo en este negocio por el rígido código de Voltaire, que no salvaba ni siquiera a su admirable “Diccionario” de la condición depredadora que toda obra de esa naturaleza tiene. Recuerden el precioso juguete que Borges escribió (“Otras inquisiciones”) a propósito de Coleridge –aquel escalador, que lo era– donde recordaba la opinión de Shelley de que toda la poesía escrita a través de los tiempos por manos tan distintas no era sino un único e inacabable poema. Él mismo, Borges, fue un sutilísimo plagiario de nuestro barroco, como hace años propuse con grave escándalo en las páginas de ‘Triunfo’, lo que nada tiene que ver, ni que decir tiene, con el plagio garbancero ni con las broncas rapiñas del filibusterismo habitual. Escribimos sobre lo escrito, vertimos ingenuamente nuestras palabras sobre el palimpsesto viejo de la cultura común, que no sólo es la única verdadera sino la única posible. Ya me dirán cómo escapar a la tentación o al sibilino tirón del texto precedente.
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Cada vez que he visto salir por ahí un paracaidista denunciando el plagio de “El Código da Vinci”, he pensado que sólo la general ignorancia de la literatura inglesa proverbial en Europa explica que nadie haya reparado, que yo sepa, en que la clave policíaca de otro éxito de multitudes, “El nombre de la rosa” (a saber, el veneno en las páginas del libro) procede más que probablemente del ingenio de John Webster, el olvidado contemporáneo de Shakespeare y de Cervantes, que ya la utilizó en una de sus tragedias. El plagiario cuenta con estas inopias o, al menos, parte del supuesto de que la ignorancia ajena no tiene por que ser inferior a la propia –¡a ver quién se acuerda hoy de John Webster, por ejemplo!– lo que, al menos en teoría, le permite entrar a saco en el monte de orégano. Hace poco insinuaba con irónica malevolencia un visitante de mi bloguillo que cierta expresión poco frecuente que se me pasó por la pluma debía de proceder del baúl sin fondo de Internet, que es donde la criatura había rebuscado para orientarse: a tal punto ha llegado la conciencia de impunidad de los corsarios. Por mi parte me reafirmo en que la Cultura no es sino un “continuum”, algo que viaja en el tiempo (y en el espacio) sin solución de continuidad, una corriente –decía yo– a la que cada nuevo autor se incorpora a su turno, para ser saqueado, en su momento, por el pillaje futuro. La autora de ‘Harry Potter’ debió retrasar la quinta entrega de su odisea ante la denuncia de plagio que le plantó una colega así como Cervantes tendría que tragarse en su tiempo el sapo de Avellaneda que, por cierto, ya quisiera. ¿No se le ocurrió hace poco a un novelista hispanoamericano plagiar –¡medio siglo después!– la “Nada” de Carmen Laforet? De estas inquisiciones borgianas no se han librado, citados sean a bote pronto, ni Balzac ni Elliot, ni Montaigne ni Saramago sin que, como es lógico y natural, ninguno de ellos haya sufrido en el brasero ni siquiera soportado el potro. He conocido a un orate empeñado en demostrar la correspondencia plagiaria, casi lineal según él, entre la inolvidable jornada de dublinesa de Joyce y el viaje homérico. Es posible que, camino de Ítaca, ni amarrados al palo mayor, quienes cabotamos por estas bajuras podamos escapar al canto de las sirenas.