La almeja longeva

La noticia de que unos investigadores galeses han descubierto en Islandia una almeja viva que supera los cuatro siglos de edad ha sugerido a más de uno la idea de que tal vez el secreto de la longevidad no sea otro que el aislamiento. Los propios sabios involucrados en el caso han opinado que la causa del prodigio bien podría ser la ociosidad forzada, el anacoretismo radical que excluye toda relación y hace de la vida un ejercicio solipsista, la mera aceptación pasiva de la existencia discurriendo ajena en el tiempo fugitivo. Allá ellos. La ociosidad forzosa que, por mi parte, he debido soportar esta temporada me ha traído, por otra parte, otra noticia, la de ciertas “bacterias sociales” descubiertas también hace poco, sorprendentes organismos capaces de intercambiar entre ellos información genética lo que supone, inevitablemente, una alta capacidad de relación y, desde luego, de lo más íntima. El caso de la almeja longeva parece abogar a favor de la incomunicación como garantía de la vida pero no parece menos cierto que el de las bacterias transgénicas –como si el molusco se hubiera propuesto festejar la imaginación sociológica– apunta a las ventajas evolutivas de la sociabilidad, es decir, en dirección a la tesis de que cualquier clase de ser vivo, incluso el más elemental, refuerza su homeostasia, como quien dice, trazando puentes hacia otros vivientes a cuya existencia contribuye y de la que se beneficia. Un dilema que, bien mirado, no hace más que reproducir la antigua cuestión que encendió y ha mantenido viva durante tantos siglos la polémica entre el ideal antisocial del monacato y el proyecto societario basado en la interacción. Va uno de Parsons a Darwin, como puede verse, casi sin advertirlo, como deslizándose sobre el propicio plano inclinado de una experiencia natural que alumbra graves perspectivas sin despejar del todo la incertidumbre.
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Conocemos de sobra la leyenda de la longevidad monacal, un tópico igual en las religiones occidentales que en las de Oriente y sabemos bien que en ellas suele deslizarse la sugestión de que la vida larga es el producto de la introyección absoluta que condiciona la renuncia, mientras que la efímera vendría la consecuencia o efecto de esa suerte de combustión devoradora que sería activa. Aunque también contamos con la propuesta contraria, esto es, con el ejemplo de las vidas prolongadísimas de personajes cuya implicación social fue máxima. Ni siquiera el ejemplo de Matusalén, el hijo de Henoc en la estirpe de Caín, bastó a los exegetas a la hora de exaltar el mérito de la virtud del que la vetustez era la prueba más inconcusa, como lo demuestra que el sabio Beroso mitificó el recuerdo de diez reyes babilonios que habrían ceñido la corona a razón de cuatro milenios largos por barba, fábula que inevitablemente trae a la mente el inolvidable alegato de Borges contra la inmortalidad. Acabo de enterarme también de que los españoles acabamos de alcanzar por fin la cota de los ochenta años en una esperanza de vida que, puestos a decirlo todo, la verdad es que las actuales circunstancias de la ancianidad no animan a apostar por ella. Ahí queda intacto el viejo debate, pues, la discusión sobre los pros y contras de cada modo de vida, el dilema entre el ideal solidario y el eremítico que apenas aclara el contraste entre la vida solitaria de la almeja y el activo comején de esos diminutos vivientes que viven con y del prójimo, atentos como carroñeros al menor resquicio para lanzarse al enigmático festín de los genes ajenos. No resulta fácil, en fin de cuentas, elegir entre esa existencia oscura del bivalvo y la minuta solidaridad de las bacterias, entre la beatitud del retirado y el corso entusiasta de esas cazadoras de ADN. Puede que el hombre –su perspectiva de ochenta años de convivencia– sea también en esto medida de las cosas. La Seguridad Social, en todo caso, no daría para más.

‘Felix Arcadia’

La prensa europea presta ya poca o ninguna atención al hecho, en todo caso notable, de que un país señero como Bélgica lleva a estas alturas medio años sin Gobierno. Se ‘pasan’ las noticias, no hay hecho, por descomunal que sea, que resista en titulares más allá de un cierto tiempo a no ser que mantenga pendientes aspectos significativos. Ni siquiera el de que un país –y tratándose de Bégica carece de sentido hablar de “nación”– se las averigüe solo en ausencia del poder, siga su vida sin mayores problemas y resuelva sus necesidades con normalidad, que es un poco el ideal anarquista puesto en práctica no por ninguna revolución sino por la simple inercia estatal. ¿Acaso una sociedad puede prescindir de ese denostado mal necesario que es el Poder, será cierto que los pueblos no necesitan de riendas para consagrar rectamente su ruta y seguir adelante guiados pos su propio instinto de supervivencia? En nuestras democracias es común la experiencia de que la ausencia de ese Poder, la vacación prevista u ocasional de los gestores públicos, para nada o en muy poco alteran la vida pública y menos todavía, ni qué decir tiene, la privada, como si el montaje social estuviera poseído por una dinámica que lo arrastrara hacia delante, igual a medio gas que a toda máquina, sin necesidad de que haya nadie en el puente de mando. No ocurre nada, no se detiene la máquina de las burocracias porque los gobernantes veraneen o se ausenten en viajes (laboriosos o placenteros, eso da lo mismo) al menos si tomamos como referencia el funcionamiento de los servicios. Entonces, ¿para qué sirve el Poder, acaso el personal puede vivir ordenadamente sin que el ojo del amo le engorde el caballo de la cotidianeidad? No tengo respuesta para la vieja cuestión ácrata pero ahí tienen a Bélgica, funcionando como un reloj, al menos durante este primer medio año sin Gobierno. Es posible que le mejor argumento de los anarcos haya que buscarlo en la propia lógica y disciplina de la organización social.
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Quién sabe si la desideologización intensiva que vivimos desde que fracasó el modelo bipolar acabará desembocando, una vez rematado su designio, en la evidencia de que ningún poder político es preciso para garantizar la buena marcha de una sociedad. La triste y deformada imagen que poseemos de los ensayos anarquistas históricos no debe hacernos olvidar el sólido trasfondo de una doctrina que valoraba el orden tanto como para proponer su autonomía de la política, un poco en línea con la identificación que Proudhon hizo en su obra más clásica entre eso orden y la perfección social, en el sentido de que la república (la “res publica”, se entiende) no es más que la “anarquía positiva”. No está el horno para bollos, de acuerdo, ni trata uno de erigir en plan flamenco la utopía de la “Feliz Acracia” en la que reinaba por doquier ese orden emanado del instinto solidario, por desgracia jamás verificado. Pero ahí está Bélgica, pacífica y próspera, rutinaria y satisfecha, rota en dos pezados que pueden ser tres en cualquier momento, pero sin mayor novedad, como proponiéndonos un ejercicio de ciencia y conciencia políticas sobre la prescindibilidad del poder. Liberales y relativistas no saben en qué berenjenal se andan metiendo. Igual una mañana nos levantamos con malas noticias de aquel paisito formidable por haber olvidado la advertencia volteriana de que el abuso de la democracia conduce a la anarquía.

Lenguas cortadas

Junto a la extraña ocurrencia del juez Gómez Bermúdez de limitar la libertad de expresión para proteger el secreto sumarial me cae en las manos un escalofriante despacho procedente de la prensa egipcia que, salvadas todas las distancias que sea menester, como es natural, relaciono de inmediato con una propuesta que, en el fondo, no es más que el viejo recurso del tapabocas. Resulta que un pastor beduino que pastoreaba por el desierto del Sinaí habría sido condenado a perder la lengua a manos del verdugo por haberle formulado ciertas proposiciones obscenas a una pastorcita con la que coincidió en aquella soledades, sentencia primitiva que incluye la alternativa de salir ileso del trance a cambio de un determinado número de camellos, creo que cuarenta cabales, que, como indemnización, habría de entregar a la ofendida. Son arcaísmos que no resultan nada llamativos en el contexto de la Justicia militar, que es la que rige en la zona, y de la que tal vez habría que decir lo mismo que Clémenceau afirmó de la música regimental, pero que van perdiendo sentido a medida que las sociedades se civilizan hasta resultar inconcebibles en el ámbito democrático. Aunque la verdad es que ese celo que le ha entrado al juez del 11-M debería tener en cuenta que a la tantas veces escandalosa transparencia de los secretos sumariales no hay que buscarle otro origen que el de sus propios custodios. La extravagante y perniciosa imagen de los “jueces estrella” debe lo que no está en los escritos precisamente a esas filtraciones interesadas que, por fas o por nefas, se han prodigado durante los últimos años a medida que la vida pública se ha ido judicializando hasta convertir los asuntos juzgados en noticia. Nadie en sus cabales, y menos que nadie un juez con experiencia, podría dudar de que la fragilidad de ese secreto, tan necesario como abusado, se debe a la connivencia de sus propios guardianes, jueces incluidos, porque no es discutible que quienes han convertido en luminoso escaparate la cámara oscura de la Justicia no vivaquean fuera sino dentro de los Juzgados. Que cada palo aguante su vela, para empezar.
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Es tan lógico que los juzgadores aspiren al monopolio de la información como que los medios pretendan acceder a ella en beneficio del criterio público. La información es un derecho, no es preciso recordarlo, y un derecho que no debe tener otros límites que los que imponga la prudencia, pero insisto en que a quien habría que recordarle lo uno y lo otro es a los que tienen en sus manos el sumario secreto más que a quienes de ellos reciben la filtración. Parece una conquista definitiva de la civilización el haber logrado superar que una ofensa de palabra se pague con la pérdida de la lengua, desde luego, y de manera parecida lo ha sido también el logro de que el derecho del ciudadano a conocer lo que sucede en su sociedad se haya visto consagrado por la evolución social. En el curioso sumario del 11-M, por ejemplo, seguro que el tribunal habrá podido encontrar motivos de preocupación muy superiores a la eventual difusión de sus contenidos, pero lo que en modo alguno es razonable es que la imprescindible regeneración de esta justicia politizada se cifre en una simple propuesta de silencio en torno a un escándalo tan clamoroso. La Justicia democrática tiene sus incomodidades, qué duda cabe, y entre ellas está la de mantener el máximo de transparencia compatible con el buen funcionamiento de sus trabajos, lo mismo cuando al juez le apetezca divulgar sus secretos que cuando no le cuadre. Por lo demás, y sin discutir la funcionalidad del secreto del sumario, parece claro que la Justicia es también cosa de todos. Alain decía que nunca tendremos demasiados críticos de la Justicia. Y decía también que ellos eran la sal de la sociedad.

Palabras tontas

En marzo pasado, un congreso de niños reunido en la Montaña Mágica de Medellín paralelamente al que las Reales Academias celebrarían en Cartagena de Indias, dio al mundo un manifiesto infantil en el que, “unidos por un sueño mágico de palabras locas”, incluyeron una propuesta de términos de cosecha propia entre tales como “flapigozo”  por explosión gozosa o “murmulencio” para significar el murmullo percibido en medio del silencio, pero entre los cuales destacaba uno estupendo, “lumpereza”, que pretendía expresar el perezoso síndrome laboral de los lunes. Son cosas que pasan por abandonar la lengua a la espontaneidad, muy lejos ya del origen divino de ese precioso don que se presumió durante tantos siglos, y fiarla al libre arbitrio de cualquier hablante como si no tuviéramos sobrada experiencia de que las palabras las carga el diablo y las dispara el hombre apuntando a donde mejor le parece. El maestro Covarrubias creía aún en su ‘Tesoro’ que el lenguaje fue un don enterizo que Dios hizo a la primera pareja y que como tal hubiera continuado a través de los tiempos de no ser por la dispersión que la soberbia de Babel acarreó a la especie. Fueron los “ilustrados” quienes discurrieron la necesidad de regular las lenguas, atraillarlas con las riendas del saber, fijarlas en su sentido y ortografía por mano de unos sabios a los que se les suponía saber bastante y voluntad sobrada para defender ese patrimonio inmemorial e imprescindible. Y están siendo los “postmodernos” quienes parecen empeñados en volar esa fortaleza semántica que posiblemente acabe tomada por los novadores, no al asalto, sino al paso y desfilando por los puentes que amablemente les rinden los castellanos de la Academia. Esas 5.000 voces y acepciones nuevas incorporadas al diccionario virtual de la RAE desde el año 2001, demuestran que nuestros “inmortales” no se duermen en los laureles sino que laboran a destajo en esta curiosa labor de zapa cuyos últimos logros han sido la recepción de voces y locuciones tan peregrinas como ‘subidón’, ‘paganini’ o ‘modernez’, verdaderos idiotismos sólo comparable al que aflige a sus promotores cuando legalizan el uso de expresiones beocias como “perder aceite” (por la que está condenado el exministro Corcuera, por cierto), “ir de culo”, tan antigua como prescindible en el discurso adecentado, ‘nota’ por individuo y en sentido algo despectivo, sin contar el aluvión de “virtualismos” ‘descolgados’ de Internet (incluyendo ese termino mismo), del orden de ‘maximizar’ o ‘descargar’ en el sentido que les atribuye la jerga informática. Ya es legal y autorizada la expresión “animal de bellotas”. Y la verdad es que para ello no les faltaba razón a los sabios.
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Los académicos antiguos (los de mi 7ª edición del DRAE, 1832), ciertos en que el uso era el verdadero “árbitro y juez del lenguaje”, creyeron necesario ‘fijar’ el significado de las palabras rigiéndose por la etimología y excluyendo “los nombres caprichosos… que hoy se emplean y mañana desaparecen para no volverse a oír nunca”. Y los que hicieron el impagable de “Autoridades” propusieron calificar cada voz “por limpia, pura, castiza y española”, acogidos a la autoridad del étimo y al magisterio de nuestros grandes escritores. Claro que este tipo de cosas era posible cuando esos sabios sabían latín, no desde que son elegidos con criterios tantas veces ajenos a cualquier filología y sujetos casi siempre a las políticas de unos y otros. No se busca hoy “la calidad” de las palabras ni “el modo de reducirlas a su legítimo y verdadero uso, así en lo hablado como en lo escrito” sino una arbitraria demotización del idioma que es, en realidad, una almoneda abierta a todos. Alguien propuso alguna vez desconfiar de los renovadores de la lengua porque lo que persiguen es producir con las palabras lo que no lograron con las ideas. Nunca como ahora he concordado tanto con aquel pesimista.

La profecía de Salomón

Ha dicho el juez Gómez Bermúdez que, en su autorizada opinión, el enigma del 11-M acabará resolviéndose a base de tiempo, cuando pasen diez años, un suponer. Debe de tener sus razones, ya que lo dice, o puede que recuerde la peripecia del caso GAL, que necesitó quince años para entreabrirse y exhibir, siquiera a medias, el fondo de la sentina. Pero yo no soy tan optimista como el magistrado, convencido como estoy de que los magnicidios no suelen resolverse casi nunca del todo. Nadie sabe quién mató a Alenjandro, si es que lo mataron, nadie puede asegurar que al papa Borgia le dieran matarile, como decía Corcuera, a base de cianuro, nunca hubo manera de averiguar quién mató a Prim a trabucazo limpio en la calle del Turco, a dos pasos del Congreso, todos los esfuerzos por esclarecer el asesinato de Dallas han resultado fallidos, desde el informe Warren al colosal fárrago de Norman Mailer. Los magnicidios no son crímenes de tres al cuarto, trabajitos de sicario contratados por teléfono, sino cuidados montajes en el que no es razonable que queden cabos sueltos, al menos cabos mayores, sino que todo resulte atado y bien atado. Éste sin ir más lejos tiene pinta de bien tramado, lo que no supone ninguna garantía de que, más tarde o más temprano, alguna pieza falle, un Amedo cualquiera se salga de madre y le cante su milonga a un Garzón como pasara la otra vez. O no, por supuesto. En un café madrileño me dijo una vez el decanísimo Pedrol Rius que él había resuelto de pe a pa el enigma de Prim pero servidor se leyó atentamente el libro que tan gentilmente me ofrecía y se quedó igual: ni idea. No es fácil devanarle la madeja conspiranoica al poder cuando el poder está bien agarrado. Por eso digo que no soy tan confiado como el juez Bermúdez pero tampoco tan escéptico como para dar por cerrado el caso. Torres más altas se han venido abajo. Tiempo al tiempo, paciencia y barajar.
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Dichosa la sentencia que complace a todos, por más que, por lo general, lo que a todos complace a casi nadie deja satisfecho. Quienes celebran la aceptación de la tesis policial de los explosivos lamentan el silencio sobre Irak, aquellos que se duelen ante la ausencia de inductores o la inopia sobre los “autores intelectuales” aplauden, en cambio, la absolución del presunto yihadista. Es difícil contentar a todos. Amedo, mismamente, lo mismo era un héroe que un villano, según largaba  o recogía velas, o según quien, en cada momento, hubiera de calificarlo, hasta que ya no hubo más remedio que aceptar que era lo que era y santas pascuas. No sabremos, pues, al menos de momento, ‘Quién’ pudo haber organizado este consumado puzzle guiando desde la sombra la mano de los moritos, como no hubo forma de saber, en su día, ‘Quién’ era aquel “señor X” cuya sombra veía nítida pero inasible la pupila singularísima aunque mudadiza de Garzón. Es más fácil decir que al papa Borgia (o al papa Luciani) le envenenaron la cena que demostrarlo, y nada digo si un juez debe discurrir una sentencia atenido –como el procedimiento establece– a un “sumario Gruyère”, de manera que lo que de verdad ha sobrado esta temporada en España son los juristas sobrevenidos, los justicieros espontáneos, los legos partisanos. ¡Como si un rompecabezas como ése pudiera ajustarlo cualquiera y, a más a más, con un ojo tapado y las manos a la espalda! No, no me convence la confianza del juez, pero hay que dejar que el tiempo haga su tarea y luego hablaremos. Nadie daba un duro por la tesis que denunciaba el terrorismo de los GAL y aún quedan por ahí algunos empecinados dispuestos a subirse al autobús de Guadalajara, pero las cosas fueron como se demostró que fueron. Así de fácil. Una vez hallado el cabo de la madeja todo se reduce a tirar de él. Mientras tanto no queda otra que aguantar el chaparrón. Menos mal que, por una vez, parece que el paraguas da para todos.

Razones para un cambio

Algún día habrá que hacer balance del papel jugado en la batalla contra el terrorismo por las mujeres vascas. Las hay que presiden partidos, que defienden a las víctimas contra viento y marea, que sostienen en solitario ayuntamientos cercados o que se enfrentan a la hostilidad organizada con una determinación bíblica. Una de ellas, María San Gil, ha podido comprobar hace poco, con motivo de un contratiempo personal, el fervoroso cariño con que la distingue la mayoría de un pueblo agradecido, y ella nos visita hoy, ciertamente en un momento delicado, para traernos noticias de primera mano de este conflicto de los vascos que, por esa misma razón, a todos los españoles incumbe.
Ha sido una desgracia para esta nación que haya habido que andar afirmando algo tan obvio como que todo el mundo quiere la paz. ¿Quién no va a quererla, qué desvarío podría llevar a un ciudadano a preferir el conflicto a su solución? Hay un malicioso equívoco introducido de matute en el gran debate de esta legislatura sobre la idea de que hay en España quienes no quieren que termine la trágica agresión de ETA frente a quienes han postulado la negociación para liquidarla, un falso debate que nadie en sus cabales puede sostener sin evidenciar la intencionalidad partidista. Todos los gobiernos de España han negociado con ETA, aunque ciertamente unos más y otros menos, y no ha faltado siquiera el ominoso recurso de alguno de ellos a un contraterrorismo que no era menos genuino que el terrorismo contestado. Pero la que parece que acaba de finalizar no ha sido una negociación como las anteriores, sino un plan decidido a acabar con el antiguo problema  “como sea” (la expresión es del presidente del Gobierno), desde la perspectiva desacomplejada de que el entreguismo es un recurso tan válido como otro cualquiera: he ahí un planteamiento que rechazan –que rechazamos—muchos españoles no necesariamente, ni muchos menos, condicionados por ideologías o disciplinas partidistas, sino motivados tan sólo por un elemental sentido de la justicia.
Personas como María San Gil, que han debido ajustar su biografía a la exigencia de una amenaza constante, tienen más derecho a formular esa protesta, en cualquier caso, que los demás españoles, incluidos los que hayan tenido que soportar presiones sobre su libertad. Pero las víctimas, es decir, aquellos a los que el terror hirió irreparablemente contra todo derecho y fuera de toda razón, tendrían todavía más, si cabe, porque una tragedia como la provocada por ETA, muchas veces con la complicidad explícita o no, de ese nacionalismo que, ignoro por qué, se sigue llamando “moderado”, confiere una especie de legitimidad activa y superior que ni siquiera un Gobierno legítimo puede despreciar. Estos tiempos atrás hemos venido escuchado algo tan desconcertante como, por ejemplo, la tesis del Gobierno de que una simple metonimia, un vulgar cambio de nombre, exonera a una organización terrorista como Batasuna de toda culpa pasada y, en consecuencia, la rehabilita para la política. Antier nos decía el Fiscal General que “no consentirá” que los fiscales a su mando pierdan esta ocasión de buscar la paz social paliando la ley cuando y donde convenga. Pelillos a la mar, pues, con el millar de muertos, árnica sobre la evidencia de la barbarie, pragmática imposición de una paz prohibitiva al menos para media sociedad vasca, mientras el viejo catalanismo de las burguesías lugareñas evoluciona hacia formas despóticas que excluyen al disidente aunque el disidente sea el espíritu mismo de la Ley. Desde antesdeayer en cambio vemos invertirse esos criterios y tanto al Gobierno como a la Fiscalía General y a algún juez complaciente decir digo donde antes dijeron diego.
Vamos a escuchar a María San Gil, una mujer fuerte que ha vivido en primera línea de fuego todos estos años –casi toda su vida adulta—viendo cómo caían, junto a las suyas, las víctimas de los otros (llegado el caso, incluso las purgadas dentro por la propia banda), es decir, contemplando cómo la vida cotidiana se desestructuraba en una sociedad tan firme como la tradicional vasca, de qué manera la enfermedad nacionalista escindía en dos el país común para instaurar sobre la mitad rival la injusta disciplina del miedo. E imagino el dolor indignado de las víctimas ante tanto oportunismo, tanto entreguismo, semejante fraude de la letra y del espíritu de la Constitución, tal burla de la Justicia. La libertad de asesinos en serie se ha presentado como el precio de la paz, el borrón y cuenta nueva como la panacea de un mal que arrastra la misma serpiente hace al menos dos siglos, mudando de piel pero no de intenciones, dando de sí un inverosímil modelo de convivencia en el que Unamuno o Baroja se cambian mano a mano por Santi Potros o De Juana Chao. Y en el que el daño habría de olvidarse sin contrapartida alguna, camuflado el cambalache en el sofisma de una rendición disfrazada de paz. Que ya veremos, porque Clemenceau, que sabía de qué hablaba, ya nos advirtió que siempre resulta más fácil hacer la guerra que la paz, y bien parece que este desencantado Gobierno ha entendido al fin las razones del viejo estadista. Porque esa dudosa paz que el Gobierno perseguía hubiera sido, más que nada, una claudicación y el inicio de una nueva guerra: la que siempre provoca el olvido de la realidad, la que instiga la propia injusticia. ¿Quién no va a elegir la paz posible? Sobre esta falsa cuestión viene  a hablarnos una de las personas que, más allá de su capacidad probada, mejor título tienen para pronunciarse libremente frente una “solución” que puede que lo fuera para los terroristas y para el Gobierno pero no para el pueblo que ha sufrido esa tragedia, durante tantos años, en su propia carne. Como al fin se ha demostrado.
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