División de opiniones

El anunciado cierre de Fertiberia anda de acá para allá en boca de los políticos. Chaves dice que ese cierre ha de producirse ya mismo y caiga quien caiga, mientras que su partido lo corrige en Huelva sin mucha convicción; la consejera del ramo avisa de que habrá de producirse dentro del decenio y la UGT bracea como puede hablando de “cierre negociado”; y en fin, desde la Mesa de la Ría se emplaza al alcalde a “tomar decisiones” y buscar salidas al conflicto, a pesar de que no sea ésta propiamente una materia municipal, Cada cual con su cadacuala, como puede verse, cada uno con su cuenta y razón, y todos arrimando el ascua a su sardina. En política no hay nada mejor que la confusión para escabullirse de los problemas. En economía, por el contrario, esa estratagema es –dicho sea, desgraciadamente, con toda propiedad– pan de hoy y hambre para mañana. 

Copiar y pegar

Escucho de nuevo rumores de plagio, denuncias que enredan entre textos y partituras sin excluir los mismísimos discursos de los próceres, y como siempre que estas polvaredas vuelven a levantarse, veo clara la insustancialidad de un debatillo enraizado, en última instancia, en esa taxia dominante que es el  sentimiento de propiedad. Recordé aquí no hace tanto la tesis de Giradoux de que, a salvo las creaciones primordiales, no hay una sola literatura en el mundo que se haya librado del plagio y, cómo no, aquella famosa ocurrencia de D’Ors de que lo que, en este oficio azacán, no es tradición, es plagio. Yo siempre me rijo en este negocio por el rígido código de Voltaire, que no salvaba ni siquiera a su admirable “Diccionario” de la condición depredadora que toda obra de esa naturaleza tiene. Recuerden el precioso juguete que Borges escribió (“Otras inquisiciones”) a propósito de Coleridge –aquel escalador, que lo era– donde recordaba la opinión de Shelley de que toda la poesía escrita a través de los tiempos por manos tan distintas no era sino un único e inacabable poema. Él mismo, Borges, fue un sutilísimo plagiario de nuestro barroco, como hace años propuse con grave escándalo en las páginas de ‘Triunfo’, lo que nada tiene que ver, ni que decir tiene, con el plagio garbancero ni con las broncas rapiñas del filibusterismo habitual. Escribimos sobre lo escrito, vertimos ingenuamente nuestras palabras sobre el palimpsesto viejo de la cultura común, que no sólo es la única verdadera sino la única posible. Ya me dirán cómo escapar a la tentación o al sibilino tirón del texto precedente.
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Cada vez que he visto salir por ahí un paracaidista denunciando el plagio de “El Código da Vinci”, he pensado que sólo la general ignorancia de la literatura inglesa proverbial en Europa explica que nadie haya reparado, que yo sepa, en que la clave policíaca de otro éxito de multitudes, “El nombre de la rosa” (a saber, el veneno en las páginas del libro) procede más que probablemente del ingenio de John Webster, el olvidado contemporáneo de Shakespeare y de Cervantes, que ya la utilizó en una de sus tragedias. El plagiario cuenta con estas inopias o, al menos, parte del supuesto de que la ignorancia ajena no tiene por que ser inferior a la propia –¡a ver quién se acuerda hoy de John Webster, por ejemplo!– lo que, al menos en teoría, le permite entrar a saco en el monte de orégano. Hace poco insinuaba con irónica malevolencia un visitante de mi bloguillo que cierta expresión poco frecuente que se me pasó por la pluma debía de proceder del baúl sin fondo de Internet, que es donde la criatura había rebuscado para orientarse: a tal punto ha llegado la conciencia de impunidad de los corsarios. Por mi parte me reafirmo en que la Cultura no es sino un “continuum”, algo que viaja en el tiempo (y en el espacio) sin solución de continuidad, una corriente –decía yo– a la que cada nuevo autor se incorpora a su turno, para ser saqueado, en su momento, por el pillaje futuro. La autora de ‘Harry Potter’ debió retrasar la quinta entrega de su odisea ante la denuncia de plagio que le plantó una colega así como Cervantes tendría que tragarse en su tiempo el sapo de Avellaneda que, por cierto, ya quisiera. ¿No se le ocurrió hace poco a un novelista hispanoamericano plagiar –¡medio siglo después!– la “Nada” de Carmen Laforet? De estas inquisiciones borgianas no se han librado, citados sean a bote pronto, ni Balzac ni Elliot, ni Montaigne ni Saramago sin que, como es lógico y natural, ninguno de ellos haya sufrido en el brasero ni siquiera soportado el potro. He conocido a un orate empeñado en demostrar la correspondencia plagiaria, casi lineal según él, entre la inolvidable jornada de dublinesa de Joyce y el viaje homérico. Es posible que, camino de Ítaca, ni amarrados al palo mayor, quienes cabotamos por estas bajuras podamos escapar al canto de las sirenas.

Laicismo bobo

El furriel de IU en el Ayuntamiento de Sevilla ha tenido una idea luminosa a propósito de la iluminación navideña de la capital andaluza: la de que, en adelante, no se vuelva a pronunciar jamás la palabra ‘Navidad’ sino que se utilice en su lugar “solsticio de invierno”. En su renovada obsesión laicista, IU insiste (la idea ya la empleó ese prócer en ocasión anterior) en extirpar del leguaje común una memoria religiosa arraigada en todo el mundo occidental y buena parte del otro desde hace muchos siglos, chorrada insigne que, junto al carril-bici y otras revoluciones, pretende, sin duda, llenar el hueco clamoroso de una inopia política que no necesita comentario. ¡Hay que ser bobo para proponer ese cambio en esta parte del planeta y hay que ser camelista para tratar de hipnotizar a la gente con semejante antigualla! Da pena pararse a ver en qué ha quedado la utopía comunista y cierta prevención contemplar este ridículo ‘revival’de lo peor de nuestro pasado político. Nunca como ahora habían vivido tan alegremente del cuento estos soviéticos residules.

IU huye de Huelva

Si en el PSOE resuenan otra vez tambores de guerra interna en torno a las ambiciones del consejero Saldaña en su pretensión de suceder a Barrero, en IU andan locos ante la posibilidad de que su portavoz, Diego Valderas, fracase por tercera vez en nuestra provincia en las próximas elecciones autonómicas. Valderas huye de su tierra, efecto, convencido por los dos revolcones anteriores (no es baladí ni mucho menos que fracase la candidatura de un coordinador regional y menos en su patria chica) de que mejor ha de irle en Sevilla, donde al menos un escaño parece seguro, y anda por ahí forcejeando dentro de su partido para evitar que lo “fuercen” a presentarse por Huelva. Ni Valderas pudo llegar a más, desde luego, ni Huelva a menos, pero esta actitud demuestra un despego por la política de nuestra provincia que los ciudadanos han de tener en cuenta, con toda probabilidad, a la hora de depositar sus votos.

Reyes taumaturgos

No es poco lo que las monarquías deben a las leyendas de los poderes de los reyes. Marc Bloch se ocupó de esas leyendas atribuidas a los reyes franceses e  ingleses, entre las que destacaba la de curar las escrófulas con la mera imposición de manos, pero es obvio que en el catálogo de imaginarias o reales potencialidades de los soberanos han de ser incluidas las derivadas de su propio trato. De Felipe II se cuenta que tan temible era su mirada que, en una ocasión, fulminó a un embajador en el salón del trono de El Escorial, hazaña inimitable incluso para el impresionante continente de Napoleón, aunque debe admitirse que fue a través de su trato, de su capacidad de empatía o su carencia de ella, como los reyes lograron fijar su perfil entre la gente. A Juan Carlos le urdieron una imagen de panfilismo, durante la dictadura, no sólo los republicanos sino también los falangistas pasando por los monárquicos requetés, imagen que se vino abajo la madrugada del 23F para la inmensa mayoría y que parece que el monarca anda dispuesto a liquidar dejándose ver, como dicen los banderilleros, sin perder los estribos o perdiéndolos deliberadamente. Porque supongo que hay que ser pánfilo, a su vez, para no ver en la visita a las ciudades españolas de África un justificado rentoy al Gobierno que parte el piñón con la satrapía marroquí, o en el zambombazo al dictador venezolano que le ha aplaudido, como se aplauden en el ruedo los quites bragados, lo mismo el sol que la sombra. De más están los tiquismiquis ultraconstitucionales y los escrúpulos protocolarios: el gesto del Rey –es decir del Jefe del Estado– mandando callar o poco menos a ese demagogo va a ser la vuelta de tuerca que le faltaba al tornillo sin fin de un rey impuesto que se ha dado traza y modo a legitimarse sentimentalmente en la opinión. No hay un solo político en España con el prestigio del Rey y menos que va a haberlos en adelante. Monárquicos o republicanos, todos y cada uno de ellos, tendrían que preguntarse el por qué.
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De lo que no cabe duda es de que el acierto del Rey se beneficia de la alta demanda de autoridad que se percibe en un país en el que ni el Tribunal Supremo es capaz de hacerse obedecer ni el Gobierno parece interesado en ello, en el que los régulos regionales ondean cada día desde el adarve el pendón de la taifa y en el que no se respeta de hecho del rey abajo, ninguno. Las críticas ‘formales’ al borbonazo propinado al gorila van a poder poco, desde luego, con ese deseo masivo de dignidad democrática que siente la mayoría silenciosa y ante el que las sonrisitas zalameras poco han de poder a su vez, por supuesto, frente a un zafio autócrata como ése que pretende –sin que le digan ni pío las democracias que lo apoyan o sostienen– perpetuarse como tirano vitalicio. Quienes hemos criticado al Rey con dureza cuando ha sido menester estamos más legitimados para resaltar ahora la pertinencia de un gesto popularísimo que cuestionan, cogiéndosela con papel de fumar, ciertos fervientes soviéticos reconvertidos de pronto en adalides de la Constitución. El otro día en la tele lo que los españoles vieron es que ZP no podía con Chávez, que es lo normal que ocurra cuando se juega uno las cartas con un golpista estampillado, que si el Rey no tercia con su capotazo, el bruto ése acaba apabullando al doncel risueño con su estolidez chusquera y su poquísima vergüenza. Que se lo jama, vamos, como se está jamando a medio continente con sus soflamas cantinflescas y su utopismo insensato, anacrónico como un estafermo y simple como un sonajero, el puño alzado contra eso que él llama ‘Europa’ y el ojo guiñado a los terroristas de Irán. No digo yo que el Rey no actuara sino instintivamente pero sí que el instinto coincide a veces con la exigencia de razón. Así creo yo que lo ha entendido y valorado esa muchedumbre silenciosa que se acuesta monárquica y se levanta republicana, pero también viceversa.

La almeja longeva

La noticia de que unos investigadores galeses han descubierto en Islandia una almeja viva que supera los cuatro siglos de edad ha sugerido a más de uno la idea de que tal vez el secreto de la longevidad no sea otro que el aislamiento. Los propios sabios involucrados en el caso han opinado que la causa del prodigio bien podría ser la ociosidad forzada, el anacoretismo radical que excluye toda relación y hace de la vida un ejercicio solipsista, la mera aceptación pasiva de la existencia discurriendo ajena en el tiempo fugitivo. Allá ellos. La ociosidad forzosa que, por mi parte, he debido soportar esta temporada me ha traído, por otra parte, otra noticia, la de ciertas “bacterias sociales” descubiertas también hace poco, sorprendentes organismos capaces de intercambiar entre ellos información genética lo que supone, inevitablemente, una alta capacidad de relación y, desde luego, de lo más íntima. El caso de la almeja longeva parece abogar a favor de la incomunicación como garantía de la vida pero no parece menos cierto que el de las bacterias transgénicas –como si el molusco se hubiera propuesto festejar la imaginación sociológica– apunta a las ventajas evolutivas de la sociabilidad, es decir, en dirección a la tesis de que cualquier clase de ser vivo, incluso el más elemental, refuerza su homeostasia, como quien dice, trazando puentes hacia otros vivientes a cuya existencia contribuye y de la que se beneficia. Un dilema que, bien mirado, no hace más que reproducir la antigua cuestión que encendió y ha mantenido viva durante tantos siglos la polémica entre el ideal antisocial del monacato y el proyecto societario basado en la interacción. Va uno de Parsons a Darwin, como puede verse, casi sin advertirlo, como deslizándose sobre el propicio plano inclinado de una experiencia natural que alumbra graves perspectivas sin despejar del todo la incertidumbre.
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Conocemos de sobra la leyenda de la longevidad monacal, un tópico igual en las religiones occidentales que en las de Oriente y sabemos bien que en ellas suele deslizarse la sugestión de que la vida larga es el producto de la introyección absoluta que condiciona la renuncia, mientras que la efímera vendría la consecuencia o efecto de esa suerte de combustión devoradora que sería activa. Aunque también contamos con la propuesta contraria, esto es, con el ejemplo de las vidas prolongadísimas de personajes cuya implicación social fue máxima. Ni siquiera el ejemplo de Matusalén, el hijo de Henoc en la estirpe de Caín, bastó a los exegetas a la hora de exaltar el mérito de la virtud del que la vetustez era la prueba más inconcusa, como lo demuestra que el sabio Beroso mitificó el recuerdo de diez reyes babilonios que habrían ceñido la corona a razón de cuatro milenios largos por barba, fábula que inevitablemente trae a la mente el inolvidable alegato de Borges contra la inmortalidad. Acabo de enterarme también de que los españoles acabamos de alcanzar por fin la cota de los ochenta años en una esperanza de vida que, puestos a decirlo todo, la verdad es que las actuales circunstancias de la ancianidad no animan a apostar por ella. Ahí queda intacto el viejo debate, pues, la discusión sobre los pros y contras de cada modo de vida, el dilema entre el ideal solidario y el eremítico que apenas aclara el contraste entre la vida solitaria de la almeja y el activo comején de esos diminutos vivientes que viven con y del prójimo, atentos como carroñeros al menor resquicio para lanzarse al enigmático festín de los genes ajenos. No resulta fácil, en fin de cuentas, elegir entre esa existencia oscura del bivalvo y la minuta solidaridad de las bacterias, entre la beatitud del retirado y el corso entusiasta de esas cazadoras de ADN. Puede que el hombre –su perspectiva de ochenta años de convivencia– sea también en esto medida de las cosas. La Seguridad Social, en todo caso, no daría para más.