Leyes y trampas

Ha dicho el fiscal coordinador de Medio Ambiente y Urbanismo que, a través de una interpretación más restrictiva del Código Penal, hay que demoler las viviendas ilegales, cosa inobjetable donde las haya al menos con la ley en la mano. Pero enseguida le han salido al paso los Registradores que, “si estuvieran inscritas en el Registro” o hubiera de por medio terceros hipotecarios, esto es adquirentes de buena fe, entonces nanay de la China. El ciudadano perplejo se preguntará si es posible que en el Registro se inscriban fincas ilegales y de quién es la responsabilidad cuando esto ocurre, porque resulta evidente que siendo esa institución una oficina pública para la defensa tanto del propietario como de los demás, no tiene mucha ni poca lógica que cualquiera llegue a la ventanilla y, legal o ilegal, registre lo que le dé la gana. El personal está perdiendo la olla a marchas forzadas bajo la borrasca especulativa. Como alguien no lo remedie el ladrillo va a llevarnos a una situación de inseguridad jurídica incompatible con la democracia más elemental. 

Un absurdo escándalo

En Aracena se manifiesta la gente denunciando la saturación urbanística de nuestra privilegiada Sierra, los ecologistas sostienen que hay ya demasiados proyectos en marcha, los empresarios, en cambio, preguntan dónde pondrán instalar sus industrias si se mantiene la protección europea del suelo y la Junta secunda subsidiariamente al partido anunciando que el proyectazo de El Almendro no saldrá adelante porque no reúne las condiciones mínimas, circunstancia en la que parece ser que no había caído hasta que aquel, el partido, no ha ordenado por su cuenta y riesgo su paralización. Las denuncias y broncas se multiplican por doquier a cuenta del gran negocio y no se ve ni en el horizonte una mínima señal de sensatez que permita confiar en que este escándalo permanente, que incluye a los propios gestores públicos, pueda desaparecer o al menos amainar. Es absurdo contraponer medio ambiente y progreso, pero entre logreros y mangantes lo están consiguiendo, por supuesto con el respaldo expreso o tácito de quienes mandan en la vida pública. 

Hambre de muerte

Coincidiendo con la reunión de la FAO celebrada el pasado fin de semana en Roma, el Grupo Europeo para la Seguridad Alimentaria, compuesto por diversas ONGs, ha anunciado el fracaso del objetivo marcado hace diez años por aquella organización de reducir a la mitad el ejército de hambrientos del planeta Tierra antes del 2015. Según esos expertos, el ejército en cuestión ha pasado en esta década de 800 a 850 millones de personas en “situación de extrema vulnerabilidad”, eufémico concepto que trata de edulcorar la realidad tremenda de que, por dar un dato ilustrativo, cada día  mueran de hambre en este perro mundo nada menos que 24.000 desdichados, es decir, si mis cuentas no fallan, más o menos dieciséis víctimas por minuto, o sea, una cada dos o tres segundos, no lo sé exactamente ni lo quiero saber. La información recurrente sobre el hambre está teniendo un efecto tan perverso como previsible y es la desdramatización que, de modo inevitable, provoca la familiaridad. ¿Sabían que la propia FAO calcula en ochocientos millones los hambrientos que hay en el mundo y que cada año mueren de inanición ocho millones de seres humanos? Hace unos días la prensa española descubría –“a diez kilómetros de la Puerta de Sol”—un proceloso infierno, Cañada Real, en el que se pudren confundidos inextricablemente simples desheredados con drogadictos terminales y ciudadanos marginales con delincuentes de la peor calaña, pero la realidad es que esa postal resulta una broma si se la compara con algunos de esos grandes vertederos distribuidos por ahí en los que rebuscan su alimento muchedumbres desesperadas. El grupo ‘radical’ italiano, más o menos aglutinado alrededor de Emma Bonino, y Marco Panella, cifra en cinco mil millones de dólares la ayuda que Europa habría de añadir al famoso 1 por ciento del PIB sólo para frenar este silencioso genocidio que la insolidaridad civilizada viene provocando en África hace años. Pero es que en el ‘Primer Mundo’, aquí en el mismo cogollo de la civilización triunfante, la cifra de niños insuficientemente alimentados no difiere gran cosa de la del ‘Tercero’: más o menos, uno de cada tres. En Argentina se descubrió hace poco la tragedia de los niños de Tucumán que fue aireada con vehemencia por los mismos que contribuyen a la que padecen los niños cubanos, además de por las culpas de la dictadura, a causa del bloqueo impuesto por el “mundo libre”. Cañada Real está siempre aquí al lado, legua más legua menos, pero aquí al lado.
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Habría que acabar de entender dos cuestiones claves en este negocio. La primera es que el hambre la provoca la misma institución que la sacia, es decir, el Mercado, no sólo a base de infames medidas de regulación de stocks (destrucción de alimentos para proteger los precios) sino como consecuencia de los pactos leoninos que rigen el comercio internacional. La segunda es que el Sistema ha acabado por asimilar la disfunción, ha integrado el fracaso en su panoplia de éxitos hasta conseguir que una opinión babieca acabe por creer que el hambre es algo así como una consecuencia fatal de la propia vida, el único derecho de los que no tiene más ley que el apetito, como dijo alguna vez (cito de memoria) el vidrioso ingenio de André Suarès en su “ecce homo”. ¿Qué se muere una persona cada tres segundos, que cae un chiquillo cada dos por tres? Nuestra vaga pero elaborada “falsa conciencia” nos hace invulnerables a la misericordia sin necesidad siquiera de argumentos, a base sólo de la ominosa sugestión de que la suerte de la especie depende, casi de modo aleatorio, de una Madre Naturaleza transformada por el negocio en madrastra implacable. Esta misma columna contribuirá tal vez a reforzar ese efecto de asimilación que permite el prodigioso metabolismo del interés. El vientre repleto no tiene orejas. Al moralista que eso dijo habría que darle el Nobel de Economía.

Altos bajos fondos

Poco a poco, sin darnos apenas cuenta, hemos ido permitiendo que en la Costa del Sol se edifique y enroque un vasto imperio de la ilegalidad, un fortín del crimen y hasta un paraíso de la delincuencia internacional. Mafias de diversos orígenes, además de las indígenas, inextricable asociación de malhechores de mano sucia y guante blanco, toda suerte de miserias han encontrado en nuestra privilegiada comarca un refugio cuando no una base de operaciones. La noticia de que desde Gran Bretaña se haya puesto en funcionamiento una “línea caliente” para procurar información sobre los criminales refugiados aquí resulta sobrecogedora, pero el aviso de que la mayoría de ellos ha cambiado de identidad e incluso de apariencia, lo que los confunde en la masa de residentes extranjeros, pone los pelos de punta y debería provocar una inmediata reacción gubernativa que fuera más allá de la más o menos simbólica reestructuración de las policías. No puede consentirse que Andalucía se convierta en el fortín de los más peligrosos delincuentes del mundo. 

Tejados de cristal

No me parece del todo razonable la exigencia del PP de que le actual alcalde de Valverde y presidente de la Diputación deba entregar la cuchara por haber sido imputado por la Fiscalía y soportar duras peticiones de prisión e inhabilitación a causa de varios presuntos delitos que habrá que esperar a que sean sentenciados por la Justicia. También hubo políticos del PP imputados, más de una vez, y hemos de recordar que entonces ocurrió al revés, es decir, que el PP pedía presunción de inocencia mientras que el PSOE le echaba los perros al imputado. A Cejudo, desde luego, tendría que sorprenderle menos que casi nadie este aprovechamiento táctico del terreno que hace la oposición aunque sólo fuera porque se ha distinguido siempre en esas jaurías adversarias cuando sin contemplaciones al rival y exigiendo justicias prematuras. Lo malo de esta patulea es que saben demasiado poco derecho para andarse con tanta judicialización. 

El mal voluntario

Un juez italiano acaba de empapelar de nuevo al expresidente Berlusconi acusado de diversas corrupciones entre las que estaría presuntamente probada la compra de un abogado falsificador y bajo vehemente sospecha cierto fraude fiscal cometido en torno a los derechos cinematográficos de su grupo empresarial. Al mismo tiempo, dos diputados belgas han propuesto una ley que convierte en inelegibles a los políticos convictos de corrupción en cualquiera de sus modalidades, una sanción hasta ahora reservada en exclusiva para los culpables de delitos de racismo. En España también rebulle la gusanera con motivo del anuncio de no sé qué “decálogo” –¡otro!—que el PSOE ha propuesto para proscribir lo mismo el agio que el peculado en relación con los negocios de la vida pública. Una maravilla ética, un amanecer moral que, sin embargo, ha sido oscurecido súbitamente en Brasil con la elección aplastante –seis de cada diez votos—de un presidente como Lula que hace años ya reconoció la catástrofe moral de su partido al pedir públicamente perdón bajo la atenuante de sentirse traicionado, faltaría más. La crónica de la corrupción brasileña resulta ya inacabable e incluye desde la compra de votos a la financiación ilegal del partido del Gobierno pasando por el soborno de diputados, una insostenible situación que Lula ha ido bandeando a base de deshacerse de un par de ministros, un presidente de su partido, dos de empresas públicas y una legión más de personajillos menores, cuando ya no ha habido otro remedio. Algún dirigente lulista fue sorprendido en el fielato del aeropuerto forrado de dólares, cuarenta personas han sido acusadas formalmente de corrupción por la Procuraduría General y cuatrocientos funcionarios de la Cámara de los Diputados –de la que un presidente ya hubo de dimitir acusado de cobrarle la mordida al concesionario del bar de la institución—podrían estar involucrados en esa tupida trama mientras se investigan judicialmente desvíos de fondos y blanqueos de dinero a tutiplén, pero Lula –“el hombre más honesto de Brasil”, según él mismo—ha vuelto a ganar por goleada como ya le ganara al profesor Cardoso. La copa de la democracia luce espléndida a pesar de su raíz podrida.
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Se ha dicho alguna vez que nuestras sociedades mantienen frente a la moral una actitud que recuerda el puntillo de honor de que alardean los granujas. Mañana mismo, no lo duden, comenzarán de nuevo en Brasil las acusaciones contra los manejos del poder, los más encanallados testimonios sobre la venalidad de los hombres públicos, el vendavalillo sobre el flexible cañaveral de la astucia política. Es probable, en todo caso, que ni en Brasil ni en ninguna parte se desmienta la extendida presunción que ve en la podredumbre del poder un mal inevitable y en la corrupción de lo público una enfermedad voluntariamente aceptada. Apenas hay país del mundo en este momento en que no se agite la gusanera del agio, sin que sea posible distinguir para el caso entre tiranías y democracias, concordes todos los regímenes en ese inconfesable postulado de la inevitabilidad de la corrupción. Un viejo mal, desde luego, que conocieron todas las culturas políticas y sobre el que se ha acumulado una ingente mole de racionalizaciones hechas a medida. Los pueblos braman contra los podridos pero olvidan con facilidad el agravio deslumbrados ante cualquier espejuelo manejado con destreza cuando no seducidos sublimadamente como el pájaro por la serpiente. Cuentan que el currante Lula se hace cortar sus trajes por el sastre más caro de Brasil y es público y notorio que se ha convertido en el baluarte de los mangantes, pero eso parece estimular a un pueblo de pobreza legendaria en lugar de revolvérselo en contra. Como en Japón, como en Italia, como en Francia, como en España, como en Palestina o Costa de Marfil. La democracia es legítima incluso para demostrar que la corrupción no es otra cosa sino un mal voluntario.