La fama del bandido

Es sabido que Fernando VII hizo al Tempranillo jefe de los ‘migueletes’, no sólo porque ese pacto le garantizaba el triunfo sobre los bandoleros, sino porque le pueblo soberano, tan apegado a la leyenda, vería con buenos ojos la redención y encumbramiento de un delincuente famoso pero “integrado”. El PSOE de Huelva, como Fernando VII, aunque salvadas las distancias, parece que anda proponiéndole a El Lute –el bandolero del franquismo– que vaya en las listas municipales de Niebla, a pesar de que este reinsertado mediático tiene pendiente un grave juicio por malos tratos que se celebrará en febrero y en el que la fiscalía se muestra no poco severa. Algo más que una extravagancia, evidentemente, incluso algo más parecido a un circo que a una democracia auténtica, una concesión a la galería que tiene más que ver con el espectáculo que con la razón cívica. Con todos los respetos para solicitado sea dicho, pero con ninguno para ese partido de gobierno para el que vale todo a la hora de amarrar el voto.

Materialismo político

Los sabios están descubriendo en los últimos tiempos la tira de secretos neuronales. Han hallado, por ejemplo, la residencia de la Verdad, con mayúscula, dicen haber localizado aquella otra donde reside la capacidad de creer o no creer en la realidad trascendente, es decir, la fe y la infidencia, llegaron a asegurar que conocían la sede y los mecanismos de un montón de actos humanos, bien volitivos bien reflejos, hasta ahora atribuidos por la razón común a misteriosas inclinaciones relacionadas más bien con el espíritu o como quiera que le llamemos a esa área de la experiencia que no encaja fácilmente en la moldura material. Lo último que han establecido en la Universidad de Nueva York esos cráneos privilegiados es que la condición política de los individuos puede determinarse empíricamente con sólo observar el comportamiento funcional de la ‘corteza anterior cingular’ en la medida en que ésta es la sede neuronal donde tienen lugar los procesos cognitivos de los que depende la toma de decisiones, de tal modo que si la corteza se altera visiblemente cuando el individuo-cobaya es excitado por un supuesto de cambio inesperado no cabrá la menor duda de que le tal sujeto lo es de derechas de toda la vida, mientras que si ocurre lo contrario, quiero decir que si, excitada la cobaya en cuestión,  la corteza permanece relativamente inactiva, entonces, ah, no les quepa duda, ése que tenemos delante es sencillamente un ‘conservata’. No es ningún secreto, por supuesto, que las teorías sobre localizaciones cerebrales –en nombre de las cuales se han cometido atrocidades sin número, casi sin excepción sobre pacientes desdichados– suben y bajan por sí mismas hasta acabar reposando en el seno del descrédito más riguroso, y aunque en modo alguno esté preconizando con esta afirmación el futuro fiasco de este hallazgo neoyorkino, lo que no tengo inconveniente en sostener es que las actitudes del hombre, sus ideas y creencias, sus devociones, proceden sin duda de la propia vida, es decir, son simples productos de la ‘socialización’ y, como tales, valores o deméritos colectivos más que personales. Un francés muy gracioso decía que él amaba las ideas de izquierda pero quería a las personas de derechas, no les digo más.
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 Temo que, en lugar de aproximarnos conceptualmente a una eventual síntesis superadora del rifirrafe entre espíritu y materia, la ciencia ultramoderna, embalada en su carrera meritoria, está consiguiendo, siquiera de modo provisional, alejar posiciones y ahondar diferencias en este pleito clásico. Venir una mañana contándonos que se ha localizado sin error posible el punto exacto del córtex donde radican la verdad y la mentira, pongo por caso, es un ejercicio de irresponsabilidad lógica que cuesta imaginar cómo es aceptado más o menos pasivamente por la comunidad científica, entre otras cosas porque si siempre fuimos tan unánimes para combatir determinismos como el que implicaba la fisionomía bárbara de Lombroso o ciertas teorías psicoanalíticas de la culpa, no veo razón para que aceptemos así como así la idea de que ZP o Rajoy son lo que son ‘a nativitate’ y no por efecto y consecuencia lógica de sus respectivas experiencias privadas, es decir, de sus ‘medios’ vitales. Que hoy día no resulte fácil distinguir el hilo rojo del hilo azul, que cueste diferenciar a un Blair de un Sarkozy, no quiere decir que la paradigmática distinción dual haya perdido su sentido –como pretenden una izquierda tramposa y una derecha suicida– sino que la progresiva nivelación del “medio” no permite descubrirla a primera vista. Quizá por eso sostenía Bernanos (que había vivaqueado en los dos campos) que si bien podía existir una burguesía de derechas y otra de izquierda, pueblo no había más que uno. A los individuos los hace la biología pero a los ciudadanos los conforma la vida, así de sencillo. Comprendan que, por pura discreción, renuncie a seguir con los ejemplos.

La disputada Cuenca

El Parlamento de Andalucía ha reclamado al Tribunal Constitucional que desestime el recurso contra el Estatuto de Andalucía presentado por la Junta extremeña a propósito de las pretensiones de la nuestra sobre la cuenca del Guadalquivir. Una acción no poco rara, en principio, porque imaginen la que se organizaría si el alto tribunal hiciera caso a cada recurrido contra el derecho a recurrir de los demás, pero sobre todo porque supone un nuevo gesto sobre una pretensión de exclusividad competencial que –como decía el viernes pasado Joaquín Leguina en las “Charlas en El Mundo”– podría resultar explosiva si se plantea, por poner un caso, en cuencas como la del Ebro. Es un disparate empeñarse en causas que no resisten un análisis racional ni son compatibles con el necesario sentido común, sobre todo si, como en el caso al que nos referimos, no se ve qué grandes ventajas puede obtener la autonomía a cambio de tan flagrante abuso. Que sea un “partido hermano” el que recurre contra la Junta lo dice todo.

Parralo no cuela

No traga la militancia del PSOE de Huelva, o un buen sector de ella, con el liderato impuesto de Manuela Parralo, la candidata derrotada en la batalla por la alcaldía de la capital. Parece claro incluso que la ‘conspiranoia’ es mayor y más profunda de lo que pueda percibirse a simple vista, así como que en ella figuran no sólo los “agraviats” descabalgados para dejar sitio, sino amplios sectores del partido que se resisten a aceptar sin protesta la actual “autocracia interna”. Parralo no llega ni loca a la siguiente cita electoral, por supuesto, pero su simple presencia en la dirección aparatista podría ser la mejor garantía de crisis frente a un “aparato” que, no lo olvidemos, deriva él mismo de una conspiración contra su dirección legítima. Falta de momento, por supuesto, una buena “foto de Doñana” –como la que utilizaron los barreristas para desalojar a Navarrete–pero nadie puede descartar que un día como otro cualquiera se presente embozado en las redacciones para ofrecerla un conspirador ambicioso tal como entonces ocurrió.

Papel mojado

Dos expresidentes de la Generalitat, Jordi Pujol y Pasqual Maragall, contemplan como razonable que los ciudadanos catalanes lleven a cabo una huelga fiscal como respuesta a la presunta baja inversión por parte del Gobierno de España, huy, perdón, del Estado español. No creen ninguno de los dos que las leyes son de obligado cumplimiento en tanto están vigentes, gusten o disgusten sus principios o efectos, nos beneficien o nos perjudiquen, sino que postulan todo lo contrario, a saber, que cuando una ley no encaja en nuestras previsiones, no se cumple y otra cosa. Es verdad que en España ha habido muchas leyes que quedaron en papel mojado al no cumplirse paladina e impunemente, desde la propia ley antitabaco hasta la que dispone la contratación preferente de discapacitados pasando por la que trata de proteger el monte disponiendo medidas precautorias adecuadas. Los amagos de resistencia conservadora a cumplir la que obliga a asistir a clases de la nueva asignatura tiene su precedente bien cercano en la anunciada resistencia pasiva que la autonomía andaluza anunció en su día que pensaba oponer a la ley educativa elaborada por el Gobierno rival pero en este preciso momento estamos viviendo tal vez el momento de mayor anomia que registran los anales democráticos. Ahí tienen al Parlamento vasco, terne en su postura de no aplicar una sentencia del Tribunal Supremo como precedente, a su vez, de la actual negativa de las instituciones de aquella región española a exhibir la bandera nacional tal y como ha ordenado no sólo su propio Tribunal Superior de Justicia sino como ha sancionado el TS. El acto elemental de cumplir lo ordenado en la Ley tocante a la exhibición de banderas se ha convertido –como en el caso popular de la alcaldesa de Lizartza– en una peripecia heroica, impunemente contestada en los términos más agresivos por las patrullas proetarras que campan hoy más que ayer pero, verosímilmente, menos que mañana, por sus santos respetos. La Ley es hoy en nuestro país una instancia opinable, un imperativo nada categórico que cada ciudadano puede decidir si acata o no mientras que demasiadas instituciones acatan pero no cumplen. Lo que no sé si habrá percibido el Poder es que esta situación cuestiona por la base su misma legitimidad.

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Pero obsérvese que no es sobre esos ciudadanos cimarrones sobre quienes recae semejante responsabilidad, sino sobre los responsables políticos, que son quienes consienten que el incumplimiento de la Ley se disimule primero y, finalmente, se institucionalice, como si ello fuera posible sin quebrarle la médula al Estado de Derecho. Un iluminado como Ibarretxe quiere despedirse de su odisea política proponiendo nada menos que el desuso de la Ley, o lo que viene a ser lo mismo, el disparate de que primero la rebeldía y luego la costumbre sustituyan legítima o, al menos, legalmente, a la Ley genuina. Con lo que ya hemos mencionado al menos cuatro presidentes autonómicos autosituados al margen de esa Ley que ellos mismos imponen a unos ciudadanos que ven más como súbditos que otra cosa. No va a tener marcha atrás, ya lo verán, la nueva “guerra de las banderas”, y con un canto en los dientes si no acaba prosperando la guerrilla fiscal predicada en Cataluña, lo mismo desde la derecha localista que desde la autopostulada izquierda. Aunque eso sea algo difícil de tragar para una ciudadanía que conoce de sobra la dureza implacable del Estado cuando el infractor es un pechero sin más protección que la teórica e inútil que le otorga la Constitución. Te crujen si te distraes en la autopista o fallas en la declaración del IRPF, pero nadie mueve un dedo –ni el Gobierno, ni el Fiscal del Estado, ni las policías– cuando cientos de instituciones se niegan a izar la bandera como ordena la Ley. Una Ley que es ahora mismo papel mojado. Decirlo no supone un desacato sino un aviso leal.

Posar de luto

Nada menos que de “repugnante” califica Luis María Fuentes ayer en su sección ‘Somos Zapping’ la romería organizada en torno a la tragedia de Barbate, las idas y venidas de unos y otros a posar ante los féretros o retratarse con las viudas, en fin, a sacar cada cual su “tajada del dolor”. Culminación del ajetreo (algunos se han ido desde Barbate directamente a la “goyesca” de Ronda), el roneo de Chaves prometiendo que va a sentarse con “el alcalde socialista” del pueblo para ver cómo diversificar la actividad de manera que no dependa de la peligrosa pesca. Tiene que ocurrir, por lo visto, un desastre irreparable para que los que mandan caigan en esa cuenta tan elemental que, por supuesto, no piensan cumplir esta vez como no la cumplieron en tantas ocasiones anteriores. ¡“La tajada do dolor”! No se puede expresar con menos palabras esta repugnante estrategia sentimental que los políticos explotan convencidos de su rentabilidad electoral.