A buenas horas

Tras la ocurrencia de llevar al Congreso su extravagante pregunta sobre el borbonazo, el PSOE ha decidido –¡a buenas horas, mangas verdes!– declarar extraño al diputado que ya se hiciera medio famosillo por la hilarante proposición de ley de derechos de los grandes simios. Truco por truco, Garrido ha fingido discrepar con el partido que lo hizo diputado, igual que éste ha venido simulando durante toda la legislatura no tener en cuenta su fingida singularidad, y ahora, quién sabe si incluso de común acuerdo, uno y otro representan el paso honroso de la separación política. Lo comido por lo servido, pues, ya que Garrido le ha proporcionado al PSOE alguna ventaja electoral y cierto nimbo ecologista, mientras el PSOE le pagaba a él con su bien pagado escaño. En paz, pues. Ya veremos qué nueva fórmula se inventan ahora ambas partes de cara a las próximas elecciones. 

¿Otro ‘caso Doñana’?

Seguro que no, seguro, o casi, que la Junta contestará en tiempo y forma a la dura denuncia de la Comisión de Representantes de Sociedades del Plan Almonte-Marismas, según la cual la Administración autónoma habría propiciado un colosal negocio en la comarca protegida, permitiendo que unos particulares se hicieran a un precio irrisorio con una finca que les habría producido luego fabulosas plusvalías. Estas cosas no deben dejarse pudrir en el silencio sino que deben ser aclaradas a los ciudadanos, con independencia de que la oposición tendría que llevar al Parlamento el asunto, aunque sólo fuera a título testimonial. Sería tremendo repetir, con el guión modificado, el caso de evidente favoritismo que, en los albores de esta democracia regiminista, inauguró la crónica de los trapicheos respaldados desde el poder político, aquel “caso Doñana” que se tapó como se pudo pero que alcanzaba hasta donde alcanzaba.

El pobre diablo

El Diablo ya no es lo que era. Ni la trascendencia, así en general, es decir esa zona barruntada que el conocimiento se esfuerza desde siempre en escrutar como quien otea desde lo alto una tierra prometida. Uno de los espectáculos intelectuales más divertidos lo constituye ese paradójico empeño en ‘racionalizar’ lo irracional del que han vivido en todos los tiempos y lugares los listos de la tribu, incluyendo en el programa obras tan eminentes como las de Alberto Magno o Paracelso. El pensamiento europeo ha basculado siempre entre la exigencia de razón y la aceptación tácita o expresa de la voluntad esotérica, crédulo o escéptico, pero rendido siempre a la sugestión de eso que la historiografía francesa dio en llamar “lo real maravilloso”. Claro que hay tiempos y tiempos, que no en todas las épocas el pulso entre la cátedra y la barraca ha sido el mismo, y por descontado que no es lo mismo asomarse a los enigmas de un Cornelio Agripa que entretenerse con la sofistiquería parlanchina de los mercaderes de misterios. Hoy mismo no hay manera de prender una radio o una tele sin acabar enganchando el eco de una psicofonía, la dudosa parusía de un alienígena o la, al parecer, ya inevitable elucubración sobre la absurda hierogamia entre el Cristo y María de Magdala, sin olvidar las caras demostradamente falsarias que brotan en una cocina aldeana o el misterioso prodigio que esconden las Pirámides. Hasta el difunto papa no dudó en detenerse en la Plaza de San Pedro para exorcizar a una turista lo que, naturalmente, dio alas a la industria exorcizadora que tanto debe al cine de terror. Barre lo esotérico en el mercado mediático, eso es lo que hay, y francamente, a uno no le tranquiliza nada esta deriva irracionalista conducida por investigadores de fortuna. La bruja Lola es una caricatura pero el dibujo es el mismo.
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Urge decir que eso es algo que ocurre aquí y en todas partes, circunstancia que, si les digo mi verdad, no sé si es buena o mala. El cineasta David Lynch, sin ir más lejos, acaba de adquirir en Berlín una colina escombrera llamada Teufelsberg o “colina del Diablo”, con el objeto de fundar sobre tan raro Zagarramurdi una universidad esotérica, y ya se ha dejado retratar, el tío, sobre el terreno portando su antorcha junto al gurú de un conocido montaje alemán que, según los expertos en sectas, se dedica a vender curaciones prodigiosas y prohibitivos cursos de iniciación que prometen al novicio acabar levitando a voluntad. La gran cuestión es, a mi juicio, el hecho mismo, esto es, la razón del imparable progreso de la superchería, la causa del creciente éxito de una camelística que riza el rizo de sus cuatro pamplinas vendiendo a dos pesetas los más acreditados duros de la experiencia humana, sin que cuente gran cosa la inverosimilitud de los portentos manoseados ni la evidente insolvencia de unos manipuladores que están convirtiendo el ámbito de la opinión en un fumadero de opio. Y claro también que si la gente se pirra por esos camelos por algo será, quiero decir que el culto a la fantasmagoría debe de ser la respuesta a los graves vacíos provocado por el fracaso de la razón con el concurso de una inopia, como la que estamos viviendo, que propicia a tope la credulidad. La gente crédula es más manejable y el Sistema lo sabe, de modo que los David Lynch o los Tom Cruise no son en esta misa negra más que ingenuos monaguillos endiosados por su vanidad. La cuestión, en cualquier caso, no es banal porque funciona en la estrategia del control social como un mecanismo de ajuste que garantiza la dimisión racional de amplios sectores sociales y eso se traduce sin remedio en alguna forma de sumisión. Entregamos nuestro destino cuando renunciamos a nuestra razón. La industria del camelo y sus beneficios no importan tanto como su efecto profundísimo sobre la conciencia enajenada.

El precio del Régimen

Otro Presupuesto autonómico, “más maera” millonaria para mantener el tinglado que, treinta años después, mantiene a la región andaluza a la cola de España. Escucho en el Parlamento entonar el ‘mea culpa’ a los comunistas, a los sociatas mentar a Hayek en vano y a los de enfrente insistir angustiosamente en que “más de lo mismo” no servirá sino para consolidar la postración relativa. Y oyendo el argumento chapista, nos queda una grave pregunta que se contesta sola: ¿cómo es posible que si avanzamos tanto y tan bien como asegura el “Régimen” sigamos tan fatalmente arrastrados a la cola de los grandes expresos españoles y europeos? Entre la autocomplacencia y el berrinche esa realidad: somos los últimos o penúltimos desde hace casi treinta años. Comprenderán que las virguerías teóricas de una izquierda que no sabe siquiera qué coños es ya, no ,erezcan el menor comentario. 

El negocio vecinal

Qué espectáculo el de las asociación de vecinos Tartessos, qué movida partidista tan descarada, qué utilización de los vecinos tan poco discreta, pero sobre todo, qué pingüe negocio el de ese montaje  si consigue sumar a las subvenciones que va a trincar de Junta y Diputación los fondos del Ayuntamiento que pretende coger resucitando el cadáver incorrupto de otra asociación cerrada a cal y canto desde antes de que los actuales socios jóvenes tuvieran uso de razón. Vuelve la utilización del movimiento vecinal que tanto juego dio en los amenes de la dictadura y durante la Transición, es decir, cuando la mayoría de los actuales mascarones de proa de nuestra política ni estaban ni se les esperaba. Sólo que ahora ese movimiento es también un negocio que paga el contribuyente y administran ellos a cambio de su apoyo político. Habría que revisar el montaje completo y tal vez cerrarle el grifo de los dineros públicos. No iba a quedar un activista ni para un remedio.

Camino de vuelta

De nuevo la imagen de los mercenarios escandalizando a las conciencias. En Irak, según nuestra tv, hay al menos un mercenario por cada diez soldados regulares, lo que viene a significar que campan allí por sus respetos tanto “soldados de fortuna” como guripas de la coalición excluidos los yanquis. Con agravantes. Para empezar, que el consejillo que viste el muñeco de la legalidad “aliada” ha declarado a esos aventureros al margen de la ley iraquí por depender de los EEUU y, al mismo tiempo, fuera del alcance de la ley americana, no sólo porque actúan por encargo del gobierno imperial, sino porque, en última instancia, el principio de territorialidad de la ley (que los americanos aplican solamente cuando les conviene) no permitiría que a sus eventuales delitos alcance su lejana Justicia. Inmunes, pues, que es peor si cabe que impunes, gente sin ley, profesionales de la violencia con licencia para delinquir y estatuto de profesionales, ejército paralelo encargado del trabajo sucio (si es que en esta guerra hay trabajo limpio) disfrazado de tarea de protección. Dicen que un mercenario gana entre quinientos y mil dólares al día, y en torno a esas mesnadas anda fraguándose una leyenda templaria, hecha con todos los tópicos del imaginario castrense, desde el honor a la camaradería pasando por la testosterona. Es la privatización de la guerra, la vuelta al pasado feudal en el que el Poder, cada Poder, medía su influencia con la mano de hierro de sus mesnadas. Desde los “foederati” romanos a los soldados de nuestros Tercios, desde la mesnada del condotiero a las modernas “legiones extranjeras” ése fue siempre el mayor signo de la debilidad del Estado. La creación de los “ejércitos nacionales” es la pieza clave que permite al “Estado moderno” diferenciarse de la Edad Media y liquidarla de hecho y de derecho. Hoy parece que vamos girando en redondo para volver a aquel modelo. No se equivocaban, pues, los profetas casi postmodernos que vieron en nuestra era una “nueva Edad Media”.
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No seremos los españoles, en cualquier caso, quienes podamos escandalizarnos de esa acrobacia anacrónica, teniendo como tenemos un ejército desarbolado en el que ni el paro combinado con la inmigración han bastado para relevar a los licenciados de la mili obligatoria. Aunque no sea lo mismo, ni mucho menos, un ejército profesional que unas bandas profesionalizadas como militares sin ordenanzas ni uniformes, hay que admitir que también el recurso a la recluta profesionalizada apunta en dirección a aquel pasado que durante siglos creímos que había quedado definitivamente atrás. El sector americano de la industria de la guerra fue el único que creció exponencialmente mientras el resto de la economía se desplomaba y constituye hoy una potencia innegable que cotiza en Bolsa y obtiene, al parecer, un ejercicio con otro, beneficios de cien mil millones de dólares anuales. Y eso será todo lo legal que se quiera pero implica una lacerante aceptación de la guerra sucia en absoluto compatible con la exigencia democrática. Tras el fracaso de Vietnam y el soponcio del 11-S, la debilidad del Estado trata de apuntalarse recurriendo a esta colaboración inevitablemente brutal y, por descontado, salvaje, que ha convertido a las empresas suministradoras de mercenarios en auténticos poderes internacionales. Y eso supone, por arriba, la vuelta a la organización feudal de unas sociedades que, por abajo, ya hace tiempo que optaron por organizar ‘laboralmente’ su defensa bajo el eufemismo de la seguridad y la protección. Un mismo fracaso del Estado incluye, salvadas las distancias, al paramilitar que actúa en las calles de Bagdad y al matón que chulea a la clientela en la puerta de la discoteca. La mitificación de las privatizaciones puede resultar perversa. Eso es algo que, en vista de esta locura, hay que ser ultramanchesteriano para no entender de plano y con todas sus consecuencias.