Locos sueltos

Quizá la imagen del presidente iraní –un viejo terrorista, según los servicios secretos– afirmando en la universidad de Columbia que en su país, a pesar de que de vez en cuando se lapiden homosexuales, no hay maricones, no sea la más estupefaciente de la semana. Ese tipo de falsas certezas es propio de la mentalidad absolutista en cualquiera de sus formas, como sugería Valle-Inclán cuando ponía en bocas de cierto personaje suyo la afirmación de que en el cuerpo de Carabineros no había cabrones, pero lo que expresan, en realidad, es la confusión del sátrapa entre su deseo y la realidad. Al líder bolivariano, por ejemplo, se le ha antojado ahora frenar el tiempo media hora, mandando retrasar los relojes, por la misma razón que antes había tenido la visión de los “gallineros verticales” o la idea de salirse del FMI para integrarse, junto a Cuba y Corea, en esa especie de club económico dictatorial que es el Bretton Woods. Si ambicionar el espacio fue siempre propio de los sátrapas, la tentación de controlar el tiempo ha dado de sí invenciones tan notables como la que se le ocurrió a César de contar dos veces el 24 de febrero cada cuatro años –los años ‘biséxtiles’: nuestros bisiestos– o al papa Gregorio (o al monje Dionisio, que eso no se sabe) de que al 4 de octubre no le siguiera el 5, como era de cajón, sino el 15, al objeto de ajustar mejor el almanaque “ganándole” diez jornadas al mes en curso. Los propios revolucionarios franceses adoptaron en la Convención aumentar en un día cada cuatro años los cinco complementarios con que cuadraban su año de doce meses a razón de treinta días por mes. En el tiempo absoluto –que ahora sabemos imaginario e irreal– podían creer de buena fe Aristóteles o Newton pero la verdad es que el Poder no abandonó nunca la sugestión de que también ese ritmo mensurable del devenir formaba parte de su botín exclusivo. Creo que el primer cambio horario tuvo lugar durante la crisis de la primera Gran Guerra con el mismo objeto que el decretado durante la llamada “crisis del petróleo” (y digo ‘llamada’ en memoria de Ernst Mandel), es decir, para ahorrar energía y, con ello, combustible, una medida que en España fue introducida por la democracia y hoy suele admitirse que consigue un ahorro familiar de seis euros de media mensuales. No está nada mal por un simple agujazo.
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El responsable de la Columbia le ha espetado a Ahmadineyad que, por su aspecto, exhibe “todas las credenciales de un dictador”, comentario que ha resbalado sobre la piel de elefante de ese fanático consentido que, eso sí, está demostrando una considerable capacidad para jugar con la paciencia de los “perros occidentales” y traérselas tiesas con un Bush desacreditado que le sirve divinamente de contrafigura. En cuanto al ‘Gran Gorila’, apoyado por las democracias más insensatas, incluida la nuestra, no hay noticia de que nadie haya logrado inquietarlo tampoco con la natural rechifla provocada por esa medida que confundía diametralmente hasta su propio hermano, el ministro de Educación y titular de la férrea censura del país. Para él, no hay duda, manejar a su antojo el tiempo no es más que otra demostración de autarquía, cuya trascendencia simbólica se agota en sí misma, como lo demuestra el hecho de que ni él ni nadie en su entorno haya sido capaz de encontrar un motivo razonable a  su capricho. Se dice que el poder absoluto corrompe absolutamente, pero tan decisiva como esa buena razón es la de que la ausencia de frenos al albedrío altera el propio sistema de percepción de los tiranos hasta someterles imaginariamente la realidad en su conjunto. Esos dos locos sueltos, por ejemplo, son ya incapaces de distinguir el hilo blanco de la experiencia del negro de su voluntad. Ni que decir tiene que la responsabilidad por lo que acaben haciendo dentro y fuera del nosocomio es, en sobrada medida, de quienes se lo consienten.

El ‘tocomocho’ de Chaves

Poco ha durado vivo el camelo difundido por Chaves sobre la suerte presupuestaria de Andalucía y el ‘éxito’ relativo obtenido por la Junta de su “Gobierno amigo”. Lo que dicen los números es que Andalucía recibirá bastante menos inversiones que Cataluña a pesar de tener más habitantes, que en conjunto nuestra autonomía no mejora su posición relativa en el conjunto nacional sino que sigue siendo la región número 12 a la hora de recibir dineros del Estado. Es decir que de “tocó mocho”, nada: la comunidad colista recibirá mucho menos que una de las primeras, y encima se ha prestado a hacer de ‘liebre’ en esta huida hacia delante sin otro fin que destacar a Cataluña como premio por su apoyo político al Gobierno. Hay muchas formas de descoyuntar la nación pero ninguna mejor que distribuir los recursos en proporción inversa a su capacidad y necesidades. Y eso es lo que ha hecho el Gobierno amparado en la Junta. Chaves ha antepuesto el partido a la comunidad y lo malo es que ésta apenas si se ha enterado.

Bandera blanca

Paces entre el Ayuntamiento y la Junta, promesa de Chaves de que dejará en paz el proyecto del Ensanche, compromiso del alcalde de entregar en el plazo de un mes los terrenos para la estación del AVE, acuerdo súbito sobre la conexión Huelva-Cádiz: miel sobre hojuelas. Supongo que mucho onubenses se preguntarán hoy por qué si era tan fácil ponerse de acuerdo no se hizo antes, cómo es posible que el zancadilleo de partido juegue con el progreso de una ciudad o una provincia facilitando o poniendo trabas según la coyuntura electoral o simplemente el interés partidista. De todas formas, Chaves acaba de dar un segundo regate a Barrero –el primero fue el parón del macroproyecto de Punta Umbría– que no hay modo de ocultar, a cambio de que el alcalde flexibilice las posiciones de su partido. El problema será a partir de ahora el de una oposición que, desde hace tres legislaturas, no sabe hacer otra cosa que obstruir al gobierno. Yo creo que, en conjunto, al alcalde ha ganado a los puntos a los que trataban de dejarlo k.o.

Auri fames

(La columna de hoy miércoles 26 no irá en “La Cruz del Sur” sino en la última página, como artículo de cierre, donde iba Umbral. Por eso se publica como ‘Columna especial’)

Junto a la noticia de que los bancos centrales europeos andan vendiendo sus reservas de oro, convencidos de que la mejor economía no pasa ya por la tesaurización, proliferan las noticias en torno a la moda de comer ese preciado metal. La vieja metáfora de Virgilio –“auri sacra fames!”, maldita hambre de oro– se hace realidad en restaurantes prohibitivos que, desde los EEUU a Perú pasando por nuestro madrileño barrio de Salamanca, incluyen en sus menús platos aderezados con copos o láminas de oro de 23 quilates, foies escabechados con crujiente de oro, crema del pil pil aderezada con polvo de oro, barquillos de helado con áureos rizos y reposterías con  hojaldres o migas de chocolate con pepitas de ese metal que ya figuró en la cocina egipcia y en la botica china, y que un Moisés enfurecido obligó a beber a los idólatras del becerro, disuelto en “agua de sereno”. La sociedad desigual discurre sin pausa nuevos ‘indicadores de posición’, como decían los funcionalistas, y la propia realidad se encarga de confirmar la olvidada hipótesis de Marx de que el lujo, esa prodigalidad del todo irracional, es con demasiada frecuencia una “necesidad de oficio” que entra, en consecuencia, en los “gastos de representación”, como tal “escaparate de riqueza” que produce capacidad de crédito.

 

La desigualdad no tiene complejos, sobre todo una vez superado el soponcio de la amenaza revolucionaria. Al contrario, se esfuerza en “distinguirse”, en el sentido de Bourdieu, de tal modo que lo que importa no es tanto el valor mismo como su significado relativo. Lo que todas las estimaciones resaltan en el yate del Pocero no son sus virtudes marineras, ni siquiera el escándalo del despilfarro que supone su utilización, sino el hecho de que supera al del Rey, es decir, la desmesura misma reducida, valga la contradicción, a medida de la importancia y canon del relieve social. Nada nuevo. Sabemos que Cleopatra o Calígula bebían perlas disueltas en vinagre en una era en que el banquete de Trimalción –huevos de pavo real rellenos de becafigos con salsa de pimienta o un jabalí cocido relleno de tordos vivos– le ponía elevado el listón a los emuladores. La riqueza no se contenta con su privilegio sino que exige la exclusividad, la ostentación se convierte en el instrumento idóneo de la competitividad y, en definitiva, como se ha pensado alguna vez, la suntuosidad declina su condición de mero exorno para tratar de erigirse en el indicador auténtico de la calidad del ser a partir del cual se forma el rango del personaje.

 

Otra observación clásica sostiene que entre el afortunado que posee el oro y el cuitado que es poseído por él hay una diferencia insalvable, y no sólo de orden moral sino de orden práctico. En el caso de los aurífagos se revela, sin duda, la banalidad de ese talante elitista que ha hecho del despilfarro su seña más expresiva en un mundo en el que la exhibición del desperdicio y el prestigio de la disipación cotizan muy por encima de los valores que inspiraron en tiempos las porfiadas leyes contra el lujo. Un bacalao exaltado con doradas lascas o un champán consagrado con polvo de oro: la postmodernidad anda descubriendo a Calígula cuando ya en el patrón oro no creen ni los bancos centrales.

El pasado imperfecto

Está siendo extraordinaria la actuación del PCE, columna vertebral de IU, en torno al libro de reflexiones de Fidel Castro, al que nuestros voluntaristas siguen llamando el “Comandante”. En su antiguo feudo cordobés sus voceros han dicho nada menos que el castrismo es la clave para la paz y la justicia social en todo el mundo, admirable utopía dentro de la utopía que no deja de ser notable aunque sea por insólita. Lo que si no supone una novedad propiamente entre esos dirigentes, sí que permite ver la distancia que media entre el proyecto de esa izquierda un día democrática y su actual caricatura integrista. El propio Romero venía a decir hace poco que se retiraba con el propósito de ser más comunista cada día, como el fundamento o la firmeza de las ideas dependiera más de la voluntad y la cantidad que de la sosegada experiencia. La noticia del castrismo ha ido de mal en peor, incluso descontadas las críticas viscerales, hasta alcanzar la evidencia de que ningún futuro aguarda a la Humanidad por ese horizonte. Proponerle a la Andalucía un futuro como el presente cubano, más que una terquedad, es ya una aberración.

‘Mobbing’ y poder

Triste historia la registrada en el primer día del juicio contra el ex-presidente de la Diputación por un presunto delito de ‘mobbing’ contra un funcionario de carrera que pagó en el psiquiátrico su oposición crítica al capricho de los mandamases. Una crónica de presuntas persecuciones, castigos injustificables, ceses injustos y exigencias indebidas, que proyectan una imagen lastimosa de una función pública drásticamente sometida por el “régimen” a la disciplina de su capricho. CCOO y otros tienen denunciado muchas veces que en la Diputación se sigue una política de personal arbitraria y presuntamente ilegal cuyo resultado es la división de los trabajadores públicos en dos bandos, los sometidos y los rebeldes, de los que malamente puede esperarse un servicio idóneo. No se debe condenar de antemano a esos responsables por una (o por dos) denuncias, pero el relato que antesdeayer se oyó en el Juzgado fue todo menos tranquilizador. Sea cual fuere la decisión judicial, lo que no admite dudas es que, como denuncian los propios sindicatos, es menester regular la discrecionalidad del poder político para garantizar la imprescindible independencia de los funcionarios de todos.