La última piedra

La condena a muerte de Sadam por ese cuestionado tribunal iraquí que mantienen en vilo las tropas ocupantes ha conmovido no poco a este abotargado mundo. La imagen del gran hijo de puta esgrimiendo el Corán y replicando altanero con jaculatorias a las palabras del juez no pueden borrar la del sátrapa que gaseó a los kurdos, aniquiló pueblos, diezmó a los chiítas, se vengó de sus propios yernos o le volaba la sesera, según cuenta la leyenda, a sus propios ministros cuando se le ponían entre ceja y ceja. Que Sadam es un malnacido, alguien que no merece la menor consideración, el prototipo del jugador canalla que protesta cuando lo burrea en la timba un tahúr más hábil o más fuerte que él, no lo pone nadie en duda, pero que, en nombre de la civilización y a socaire del derecho, su despreciable humanidad haya de ser colgada de una soga, tampoco cuela fácilmente en la conciencia compleja de los civilizados. Los vítores americanos y los plácemes británicos contrastan con la tímida discreción europea a la hora de sugerir la inconveniencia de aplicar la pena de muerte incluso a un sujeto como el condenado y hasta hay voces que se levantan para preguntarse en alto qué ganaría el mundo –lo que podría perder se da por supuesto– con la imagen del tirano colgado de la horca. Desde luego no le faltaba razón a Sadam cuando, de entrada, calificó este procedimiento de puro teatro ni cuando alega que los invasores de su país, carentes de toda legitimación jurídica internacional, no son nadie para dictar leyes y menos para imponer tribunales. Pero la contradicción de Occidente, más elemental, se ciñe a su rechazo de la pena de muerte, un flagelo superado en nuestro ámbito europeo pero no en el americano, por cierto. Es verdad eso de que los grandes acontecimientos históricos raramente son enfocados por sus contemporáneos desde la raíz.
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Matarán o indultarán a Sadam, pero difícilmente puede esa cuestión (menor para todos, excepto para el colgable) ocultar el problema de fondo que cruje en los cimientos de esta Justicia de guerra y que no es otro que el de la probable inadecuación de nuestra costumbre jurídica con la propia de otros pueblos de fundamentos ideológicos y morales distintos de los nuestros. Demasiado occidental parece ese tribunal bajo custodia para un país que, por debajo de su occidentalización aparente, conserva tan fuerte médula tradicional. Demasiado exótico resulta en Irak un tribunal calcado con prisas del estrado habitual en las democracias, y más aún una ley y un procedimiento tan distintos de la justicia tradicional que impartía el cadí desde su alto estrado. Y ése es un problema con una entidad muy superior, sin ningún género de dudas, al que pueda suponer que las conciencias “civilizadas” (más o menos las misma que armaron a Sadam, por cierto, y luego arrasaron el país) se sientan incómodas ante el desenlace feroz –¡cómo si alguna vez hubieran esperado otra cosa!—de esta trágica pantomima. Es un dilema gravísimo el que plantea la vigencia de la pena capital en un orden internacional que la rechaza pero no la acaba de abolir; ahora bien, aplicarla, aunque sea por delegación, en un país extraño, ajeno a nuestro orden mental y a nuestra galaxia jurídica, que además vive desgarrado por una guerra civil bajo la propia ocupación, sería, sin duda posible, una temeridad. ¿Quiénes son los verdugos de Guantánamo y Abu Ghraib, quiénes los mercachifles armadores del tirano depuesto para colgarlo al final de una soga? Paralelo al debate sobre la (in)exportabilidad de la democracia a países ajenos a nuestra cultura está este otro de la inadecuación del derecho. Al revés no habría problema: Sadam colgaría a quien se terciara y santas pascuas. Pero en eso precisamente debe residir la diferencia entre su barbarie y nuestra pretendida civilización. Sadam colgado por el cuello sería algo más que un símbolo para sus partidarios. Sería, sencillamente, un fracaso de la Justicia.

Nuestros muertos

Quinientos muertos andaluces sitúan muy cerca de lo nuestro tanto el conflicto con los bandidos terroristas vascos como la zapateta del llamado “proceso de paz”. En el Festival de Cine de Sevilla, el director polaco Leszec Wosiewicz presenta una película en las que analiza las contracciones entre moral y delito, un tema clásico pero de entera actualidad cuando escuchamos aquí mismo, en boca del secretario del PSE, Patxi López, que “la condena de la violencia es un requisito moral peor no jurídico”. Así de claro, así de cínico, así de simplón y, por descontado, así de ofensivo para los agraviados por el terror que son, antes que nadie, las víctimas directas y sus familias, pero en segundo término todos los ciudadanos con dignidad que vivan en un país. Incluidos los de esta “realidad nacional” tantas veces humillada que ha pagado con quinientas vidas su derecho a la indignación. ¡Distinguir entre moral y derecho! Ese clásico de primero de facultad resuena canallesco en boca de un político entreguista y tanto o más en el silencio cómplice de las demás bocas cerradas. 

Nuestra ‘deuda histórica’

Vaya repaso que la ha dado el director Unquiles aquí a la vuelta, en “Calle Puerto”, a es que no sé por qué no llamamos de una vez “nuestra deuda histórica”, la que tienen pendiente con Huelva los sucesivos Gobiernos que han ido desfilando por la Historia: la ‘descartada’ carretera Huelva-Cádiz, el desdoble de la Nacional 435, el acondicionamiento de la histórica línea Huelva-Zafra, los enlaces con las playas, el necesario entre Almonte y El Rocío,  el del Rocío a Matalascañas, el imprescindible puente sobre el río Odiel, la carretera de Huelva a Gibraleón, por no hablar del AVE que nunca existió o el aeropuerto secreto. Un señor repaso, y no exhaustivo, muchas de cuyas deudas fueron reivindicadas por el PSOE “contra” el PP y olvidadas tras su llegada al poder. Recordar no es ofender, por supuesto. Pero parece que es hora ya de hablar también en Huelva de una “deuda histórica” que se pasan por el arco en Sevilla y en Madrid.

Memoria y jucio

Un nuevo escándalo inflama la actualidad cultural y política alemana a propósito de la memoria histórica o, más propiamente, del uso inquisitorial que, allá como aquí, se trata de hacer de la historia, cada cual barriendo para dentro. Hace poco fue el mismísimo papa Ratzinger el señalado por haber vestido, casi adolescente, el uniforme de las Waffen SS mientras en Europa ocurría lo que ocurría. Poco antes se había redoblado sobre el tambor de hojalata de Günter Grass acusándolo no sólo de pertenecer en la adolescencia a ese criminal cuerpo de élite, sino de haberse alistado voluntariamente al ejército nazi en las postrimerías de la guerra y, lo que es peor, de haberse convertido durante años en azote de otros convictos errores similares a los suyos pero ocultando siempre la participación propia. Y ahora le toca a Jürgen Habermas, otro entusiasta juvenil a quien un experto en aquel terrible periodo, Joachim Fest, acusa de haber sido en su más tierna juventud un entusiasta del Führer y de haberse comido –literalmente– una carta delatora que conservaba un amigo imprudente. En Alemania, como en España, esta aventura memorialista está provocando por reacción un vidrioso ejercicio de revisiones que cuenta ya con el apoyo de expertos tan cualificados como Ernst Nolte, entre otros, lanzados por reacción a justificar la barbarie nazi en alivio de la famosa “culpa colectiva” que abruma al pueblo alemán desde hace varios lustros. De la misma manera que aquí se han sacado a pasear los fantasmas chequistas o las rondas siniestras de los señoritos del Fascio, en Alemania parece haberse roto el pacto de discreto silencio que ha presidido la convivencia durante la larga postguerra para reinstaurar la ominosa dialéctica que busca en las comparaciones con las barbaries del enemigo la justificación de las propias. Ahora le ha tocado a Habermas, el filósofo de la izquierda, autor de ese concepto oportunísimo que es el “patriotismo constitucional” con el que se querían conjurar precisamente aquellos fantasmas.
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 A propósito del conflicto con el mundo islámico, el propio Habermas propuso hace años el postulado de que el único camino para salvar la aporía que cierra la incomprensión radical pasaría por la recíproca asimilación de “la perspectiva del otro”, una propuesta que, a mi entender, más que una fórmula escapista, encierra la condición exigente de doblegar el prejuicio hasta volverlo compatible con la voluntad de concordia. Y no, naturalmente, porque “la perspectiva del otro” resulte siempre salvable o merecedora de justificación (ni el genocidio nazi ni el perpetrado por los soviéticos merecen la menor indulgencia) sino porque toda perspectiva implica una circunstancia sin tener en cuenta la cual, ningún juicio que de ella se haga podrá ser equilibrado. No tiene sentido enjuiciar hoy a Grass, Ratzinger o Habermas mirando a una foto fija tomada en la adolescencia o primera juventud de cada uno de ellos, como no la ha tenido nunca la maniobra de los franquistas de incluir en fascismo español a la grave nómina de intelectuales disidentes de sus filas y probados demócratas luego en medio de las fuertes presiones de la dictadura. Aunque quizá tampoco lo tenga la pretensión de Habermas de borrar ese pasado recurriendo a la censura, porque seguramente la ocultación de esa anécdota acabe magnificando su insignificancia. Desde el Vaticano han pasado olímpicamente sobre la foto del papa vestido con el uniforme de la vergüenza como el entorno de Grass aguardó, en su momento, con calculada paciencia, a que amainara la borrasquilla. Nosotros, como vamos por libre, continuamos lanzándonos cada mañana a la cara la negra memoria de cada bando que, ingenuamente por lo visto, habíamos creído enterrada. Por algo decía Montaige que las mejores memorias suelen asociarse voluntarias a los juicios más débiles.

De la A a la Zeta

IU ha asumido como prioridad absoluta la publicidad del Estatuto, una norma inventada que no ha logrado ni a la de tres convencer a la gente de que es algo más que conveniencia de políticos (Alfonso Guerra) y por el fracaso de cuy referéndum se teme con razón en los cuarteles generales que han perdido dos años en la pamplina. El propio Valderas arremete contra el PP del que dice que debería estar agradecido a él y a Chaves por “dejarle participar” (¡) a última hora, patrocina una campaña (¡a ver quién la paga luego!) a favor de esa dudosa participación y asegura tener constancia de “la satisfacción de la gente” con el texto maravilloso y con el hecho de que “IU lo haya hecho posible”. Hay que llenar el tiempo como sea, hay que comprenderlo, y disimular el vacío absoluto de un programa genuino a base agitar el botafumeiro. Pero, sobre todo, lo que hay es miedo a que esa ciudadanía satisfecha se quede en casa y no vote en el referéndum andaluz como ya ocurrió en Cataluña con su modelo. El papelón de IU es de pena. Mucho más que ayer pero, seguramente, menos que mañana. 

Próspera capital

Mala anoticia para la oposición destructiva que busca como sea desprestigiar al rival endosándole los males y reservándose los triunfos. Si el Ayuntamiento fuera responsable del paro de la capital, como pretende aquella oposición, suyo habría de ser también, en buena lógica, el éxito de la actividad económica, y señaladamente el hecho de que una de cada dos “empresas líderes” existentes en la provincia radique en la capital, según el estudio “Referencias Empresariales de Andalucía 2006” realizado por el Instituto de Análisis Económico y Empresarial. Aunque la auténtica mala noticia es la comprobación de que la trifulca política se sitúa por encima del bien colectivo y el interés de partido mucho más arriba que  beneficio ciudadano. La capital, en todo caso, ‘va bien’, de eso no hay duda más allá de la irreductible susceptibilidad opositora. Si no estuvieran convencidos de ellos incluso los acusadores no se encarnizarían tanto en sus ciegos ataques.