El menú saludable

Están muy preocupadas las autoridades sanitarias europeas (y americanas, ‘of course’) por los avances del sobrepeso. En nuestro continente, por lo que sabemos, esa plaga va ganado terreno en casi todos los países, y pinta de modo alarmante en algunos como Irlanda, Dinamarca o Luxemburgo. Sólo la mitad de la población del Paraíso está conforme con su peso, es decir, con su cuerpo, mientras que cuatro de cada diez se consideran angustiadamente demasiado gruesos, en especial las hembras, si hemos de creer las conclusiones del Eurobarómetro y no veo por qué no. Los expertos insisten en que un factor importante de este indeseable engordamiento del personal es consecuencia de nuestra vida progresivamente sedentaria y del desdén por el deporte (sólo la mitad de los europeos declaran haber practicado alguno), subrayando que catorce millones de niños considerados técnicamente gordos son demasiados niños gordos. No se trata sólo de que los niños coman poco pescado sino de que también muchos adultos, espantados por las informaciones sobre los riesgos de su ingesta que se van conociendo últimamente, están rededuciéndolo en su dieta. El abuso del azúcar, al que The Lancet endosa nada menos que tres millones de muertes anuales, es otra amenaza cierta, manifiesta en el alarmante incremento de la diabetes en todo el planeta y, en especial, en los países pobres. La Comisaría de la Salud europea y su Comisión para la Nutrición acaba, sin embargo, de felicitar públicamente a Coca-Cola, Pepsi o Mac Donnald por su decisión de renunciar a la publicidad de sus productos dirigida a menores, pero el ministerio de Sanidad español ha denunciado a Burger King por mantener en vallas, teles y webs la propaganda de su producto-estrella, la hamburguesa ‘XXL’ –328 gramos, 971 calorías (la mitad de las precisas para el adolescente) y 25 gramos de grasa saturada—y manifestar su decisión de mantenerla en función de que “los gustos e intereses de nuestros clientes priman por encima de todo”. El eslogan de la empresa es elocuente: “¡Cómete una y después no habrá nada que se te resista!”. Irresistible.
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El pulso entre la salud y el gusto está decidido de antemano. Sólo los animales llamados inferiores parece que dispondrían de ese instinto seguro que les hace rechazar el alimento nocivo e incluso procurarse la purga adecuada para paliar el exceso eventual. El animal racional, no. Lo demuestra la actual polémica sobre la licitud o conveniencia de la intervención estatal en el delicado terreno de la demanda, en especial cuando prima la libertad del gusto por encima del derecho a la salud. Este Poder picado de puritano que pretende adelgazar a la masa, retirarla del tabaco y forzarla a ejercitarse en el gimnasio tendrá poco que hacer a corto y medio plazo frente al poder de un ‘marchandising’ que logra indefectiblemente convencer al individuo de que el libre arbitrio implica el acierto, según la vieja ‘doxa’ que postula la imposibilidad de que cien  mil millones de moscas se equivoquen al elegir su alimento predilecto. Por lo demás, a la vista está que el Poder felicita a unos y censura a otros, sin entrar siquiera en el fondo de la cuestión que, en este caso, no debería ser otro que la índole auténticamente repugnante de esos nutrientes vencedores en la guerra del gusto. El ultraliberalismo tiene expedito ese campo por más que los poderes escenifiquen la comedia del control e incluso amenacen, como antier mismo hacía el comisario europeo del ramo, con unas misteriosas medidas que se harían inevitables en el caso de que la ingenua ‘autorregulación’ que se le propone a la industria no consiga, como se le propone, cuadrar el círculo. Leo en una publicación de máximo prestigio la hilarante propuesta a los hambrientos del subdesarrollo de no olvidarse del ejercicio moderado, comer más fibras, reducir grasas, y en definitiva, perder peso. Confío en que no les llegue siquiera tan humanitario consejo.

Modernos pero lentos

La Organización Mundial de la Propiedad Intelectual ha denegado a la Junta de Andalucía su derecho sobre el dominio de Internet ‘Andalucia.com’, actualmente propiedad de una empresa británica con sede en Málaga dedicada a difundir información sobre el turismo regional entre la colonia inglesa residente en España. ¡Y prometían un ordenata por cada dos alumnos en nada y menos! El caso de esta web legal no constituye una anécdota sino un indicador bien ilustrativo de cual es el auténtico nivel en que se mueve el proyecto informático de la autonomía, ni que decir tiene que situado actualmente a la cola de los españoles y europeos en general. Nos modernizamos como guepardos sobre el papel pero debemos arrastrarnos sin remedio sobre la pista de la ‘modernidad’. Ya lo ven: no había previsto siquiera reservar el dominio ‘Andalucía’. Le regalan equipos de lujo a los parlamentarios, pero de lo otro, de los ordenadores en la escuela y las promociones masivas, naturalmente, si te vi no me acuerdo. 

Fuenteovejuna en el ensanche

La Junta, esto es, el PSOE, o los dos, no parece que hayan calculado bien el efecto de su oposición al trasvase. No hay más que ver la unanimidad que se está produciendo, la extraña compañía de viaje que supone IU junto al Obispado pasando por asociaciones de vecinos y empresarios. Un traspiés –otro—pero éste en la recta que conduce a las elecciones, y por tanto con el riesgo cierto de que los ciudadanos de la capital vean claro en ese recurso una zancadilla para retrasar un gran proyecto urbano, más grave tal vez que la insidiosa y fracasada estrategia de la Isla Chica. ¿El PSOE contra la capital? Eso no lo dice sólo el PP, sino, hay que insistir en ello, voces de significación política muy diversa y, desde luego, nada sospechosas de contubernio entre sí. Se van a quedar solos, con Parralo metida a ménade debeladora y sin argumentos para paliar esta creciente sensación de que hacen lo que sea a causa de su fracaso ante la alcadía de Pedro Rodríguez. Huelva por encima de todo, pero el PSOE por encima de Huelva. Una mala táctica que está convirtiendo a la capital en otra Fuenteovejuna. 

España sin vergüenza

El tirano de Guinea, Teodoro Obiang, está de visita de tres días en la España democrática. Pelillos a la mar. ¿Que su país es un moridero y un puerto de arrebatacapas en el que una escogida oligarquía levanta impune la riqueza nacional y hasta la ayuda extranjera? ¡Y qué! ¿Que ese tirano ha suprimido los derechos humanos más elementales desde que depuso y fusiló a su tío, el anterior presidente, ante la sospechosa inhibición de las “potencias”? ¿Que en sus comisarías se tortura a los disidentes, que hay ciudadanos que desaparecen sin dejar rastro, que en sus celdas se pudre un buen puñado de presos políticos? Bueno, esas son cosas que deben censurarse, qué duda cabe, si se trata de un dictador insolvente pero no si el autócrata tiene calderilla suficiente para dar el cambio a sus protectores. La suerte de Obiang, por lo demás, cambió decisivamente el día en que se descubrió petróleo en su territorio erigiéndole a él en el sátrapa capaz de conceder licencias y elegir el socio a placer. Un tirano con petróleo deja de ser un personaje abominable incluso para los regímenes más celosamente democráticos, como demuestran los recientes casos de Chávez y éste mismo, que tal vez pudieron utilizar, mientras les interesó, a las respectivas oposiciones para mantener la tensión pero que, una vez abierta la puerta del cambalache, suelen decidirse fatalmente por cerrar los ojos y aceptar la dictadura. ¡Qué digo cerrar los ojos! El dictador Obiang no sólo ha pisado alfombra roja y recibido honores militares, sino que profanará con su firma el Libro de Honor del Congreso y será agasajado por el Rey con una cena oficial. Ni él podrá llegar a más en toda su vida, ni las instituciones de la democracia española van a tener fácil degradarse más a partir de ahora.
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Aquella oposición guineana en el exterior, antaño mimada por España, explica ahora que semejante allanamiento del Estado ante un tiranuelo de tercera fila obedece ante todo a la presión de las grandes petroleras españolas cuya tutela supone para la democracia, por lo visto, un objetivo más que preferente respecto de los valores democráticos. Hay antecedentes, por supuesto, como la conocida visita a Guinea del presidente de la mayor de esas empresas respaldado nada menos que por dos ministros españoles, el de Exteriores, que iría a lo suyo y, para mayor escarnio, el de Justicia. Vean de qué manera tan sencilla se echan por tierra los principios, consideren lo poco que importa, en realidad, la defensa de esos derechos humanos en cuya bandera se envuelven vistosamente nuestros líderes para posar en el día a día. El Congreso de los Diputados rebajándose a perpetrar una injusta comedia que no sólo ofende a los guineanos sino a todos los demócratas, el Rey prestando su costosa tramoya para el fin de fiesta del que saldrá legitimado el gran déspota cuyas crueldades conoce de sobra el mundo civilizado: he ahí un broche de oro difícil de entender incluso admitida la alta dosis de cinismo que la política impone a sus actores. Entre nosotros se ha producido la aparente paradoja de que sólo la derecha conservadora tuvo arrestos en su día para rechazar las exigencias de ese autarca que hoy se ríe estos días de nuestro régimen de libertades mientras se frotan las manos en alguna multinacional. El Estado convertido en mero brazo del capital, los altos principios políticos, la ética y la moral que nos legitiman frente a la barbarie, arrastrados por el tremedal de los intereses creados, con el Gobierno presidiendo bajo mazas la mísera ceremonia y el Rey prestándose a hacer de comparsa de una petrolera ambiciosa. Estamos tocando fondo al tiempo que predicamos por ahí utópicas sandeces, nos degradamos sin remedio por un puñado de dólares. Hemos vivido pocas vergüenzas equiparables a ésta, pero eso mismo sugiere la posibilidad de que nos queden por vivir todavía oprobios y humillaciones aún peores.

Marbella-Sevilla

Arrecia el revuelo en torno a la “tercera fase” de la ‘Operación Malaya’, se repasa la lista de trincados, se especula por libre (y, en ocasiones, con temeridad) sobre las conexiones restantes, en especial sobre las presuntas que pudieran descubrirse en el ámbito político. Y se eleva sobre el clamor una nota disidente y clara: ¿qué es de la Junta de Andalucía, qué papel –pasivo, activo o mixto– le ha correspondido en este montaje descomunal, por qué se inhibió de hecho durante tantos años, a qué obedecieron sus aproximaciones al propio Gil o su ceguera y dontancredismo mientras esas mafias actuaban a plena luz del sol? El saqueo de Marbella es, ante todo, un cataclismo político del que no podrá salir indemne una Junta que presume de cortar, por un quítame allá esas pajas e incluso en casos muy dudosos, los planes de los ayuntamientos electoralmente rivales. Pero la gente piensa cosas incluso peores y es imprescindible que se despejen tales dudas. En Marbella se ha hecho lo que se ha permitido desde Sevilla. Vamos a ver si la Justicia es capaz de ponerle el cascabel a ese gato. 

Fines y medios

Ha resultado canallesco el tratamiento mediático dado por la fanfarria que apoya al poder al extraño auto del TSJA contra el proyecto municipal del Ensanche, llegándose a incluir un caso puramente administrativo en la penosa relación de golferías urbanísticas que estos días se lanzan a la cara mutuamente PSOE y PP. Incluso desde la Junta –que es la autora del lamentable recurso contra Huelva—se protesta que no se busca más que la legalidad, extraño argumento si se conoce el asunto, y más si se compara la diligencia mostrada por Chaves contra el proyecto del Ayuntamiento con la escandalosa inhibición mostrada por la Junta frente al desbarajuste de Marbella, que ahora más de uno y más de cien relacionan con la Administración autónoma sin cuyo concurso, siquiera pasivo, hubiera sido imposible. Lo del Ensanche es otra vez lo de la Isla Chica: un intento partidista de evitar a toda costa que el gobierno municipal culmine un sueño que era el de los sociatas—ahí está la hemeroteca– en los años 70: acercar la ciudad a la Ría. Por eso es canallesco el tratamiento informativo que desliza sospechas de corrupción y lanza sin miramientos esas pedradas al aire que tarde o temprano caerán sobre su tejado de vidrio.