UGT echa humo

Ha sido contundente la respuesta del alcalde de Cartaya, el “comandante Millán”, a las gravísimas acusaciones vertidas por la UGT al denunciar que las mujeres que trabajan en el sector fresero lo hacen en situación hasta de esclavitud, por lo que resulta imprescindible que UGT ratifique su denuncia o reconozca (que no pasaría nada) su yerro o salida de tono. Pero sin peder ripio ahora denuncia que RENFE envía la línea Huelva-Sevilla “cada vez más trenes de desecho”, otra grave imputación que debe ser sostenida con pruebas, sobre todo porque está reciente el compromiso de Chaves en la tele de dotar a Almería de un potente dispositivo ferroviario. El sindicato no hace más que cumplir con su deber denunciando cuantas situaciones injustas descubra pero ha de fundar seriamente lo que dice no sólo para ser tomado en serio sino porque los denunciados también tienen sus derechos. 

La memoria alemana

Una encuesta acaba de descubrir en Alemania que uno de cada cinco tudescos añora el Muro de la Vergüenza, cuyos restos se muestran hoy a los turistas en Berlín como si se tratara de un cementerio de dinosaurios y no de una calamidad recentísima. La unidad alemana se hizo a toda pastilla porque así le convenía a unos y a otros, a resultas de lo cual los ricos del Oeste andan como rabizas por rastrojo y los ex-sobreempleados del Este haciendo cola, mano sobre mano, en la oficina del paro. No es fácil hallar soluciones para todos los gustos y menos si cabe para todos los intereses, pero ese renacer de la nostalgia por el purgatorio no se comprende sin tener en cuenta esta circunstancia. El otro terremoto reciente en aquellas tierras ha sido provocado por el estreno de un documental  –dirigido por un español, por cierto: Enrique Sánchez Lansch– que vuelve sobre la consabida historia del colaboracionismo, ciego sordo o ambas cosas, de muchos “trabajadores culturales”, es decir, de los artistas que vieron en el mecenazgo nazi una estupenda razón para cerrar los ojos mientras soplaban en el trombón o desgarraban el chelo. Naturalmente el impacto ha sido tremendo (estos temas no fallan, invertir en ellos es seguro) alcanzando desde la opinión europea más estirada a la crítica yanqui o incluso de los países hispanos del Sur, cada cual tratando de arrimar el ascua a su sardina por activa o por pasiva, lo que se traduce en el no poco cómico recurso a enfocar a determinados músicos colaboracionistas apartando el foco de otros que, por hache o por be, se prefiere proteger del juicio de la Historia. No hay novedad alguna en aquella utilización de la ‘Kultura’ –con ka y con ce– por parte de la propaganda nazi, por supuesto, y a pocos habrá de sorprender la escena de esos músicos que, igual que los profesores (recuérdese la triste imagen del ‘comisario’ Heidegger, entre tantas otras), los jueces y hasta los milicos “junkers” rivalizaron a la hora de fingir la inocencia frente al horror que se perpetraba en sus narices. Nada que pueda sorprendernos a los españoles.
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Nada. Pero, igual que está ocurriendo aquí, allá también se eligen los muñecos antes de abrir el pimpampún, qué se yo, echando por delante a Furtwängler pero salvando de los leones a Von Karajan, iluminando el ensayo de manera que se reconozcan con claridad los rasgos de la orquesta pero de manera ni se barrunte el perfil de Carl Orff, a quien tanto quisimos. Estas son las trampas de la memoria, el desquiciante efecto inevitable de la mirada hacia atrás que sugiere el mito de la mujer de Lot, el riesgo implícito de en las revisiones del pasado cuando pretenden ser parciales, todo lo cual poco tiene que ver con la Historia por más que ésta se haya acreditado, a su vez, como casi inevitablemente parcial. No es fácil determinar responsabilidades lejanas aunque sí lo es presumir que, lógicamente, esas responsabilidades estuvieron muy repartidas, tanto que en Francia, por ejemplo, los justicieros que trataron de exhumar el fantasma de Vichy se zurraron en cuanto vieron circular de mano en mano fotos en las que hasta Miterrand posaba despreocupadamente entre mandamases hitlerianos. Bajo el franquismo hizo fortuna el tópico del apoliticismo de los floclóricos, que no tenían por qué ser menos, a estos efectos, que los maestros alemanes, los monarcas enfeudados con los genocidas o los poetas dóciles al Duce. Se explica, en todo caso, el vendavalillo provocado por el documental aunque personalmente me inquieto más por el dato de la encuesta sobre el Muro. A ver qué vamos a añadir, a estas alturas, a cuanto sabemos sobre la supresión nazi del jazz, de la exaltación de Wagner o de la supresión de las óperas mozartianas con libretista judío. Lo inquietante, por moderado que sea el movimiento, es que crezca la añoranza por los ‘vopos’. Y esto no es, a mi entender, oponerse a la memoria, sino tenerla bien presente.

Abrir la sentina

El juicio “Chaves contra El Mundo” está descubriendo una realidad oculta y fenomenal que podrá contribuir a cualquier cosa menos al prestigio de Andalucía. Un mundo en el que se gastan alegremente los millones de las Cajas de Ahorro controladas  por el PSOE (47 a un “espía” sin cualificar, por ejemplo), en el que nos enteramos de que es cosa normal y corriente que cualquiera pueda ser vigilado a costa del erario, en el que se ver retorciéndose las tripas del partido en el poder o en el que no llama la atención que alguien se permita sugerir la increíble barbaridad de que el mismísimo presidente de la Junta podría estar tras una subastera dedicada a comprar pisos. Pero en el que Chaves reserva todos sus rigores para El Mundo, negándose –él sabrá por qué– a exigirle cuentas a periódicos que publicaron informaciones mucho mas comprometidas que éste o incluso olvidándose del misterioso “espía” que está en el centro del enredo. Nos quejamos del poco eco que tienen fuera las cosas andaluzas. Por una vez, menos mal que es así.

Lo dicen ellas

Las mujeres de UGT han hablado alto y claro sobre la citación de la mujer trabajadora inmigrante en nuestra provincia. En sus palabras no puede disimularse la gravedad de expresiones como “penosa realidad, “situación de precariedad” y hasta de “esclavitud” aplicadas a las mujeres enroladas en el sector fresero. No sé, la Inspección de Trabajo y el delegado del Gobierno sabrán, pero llama la atención que ni ese zambombazo ni la requisitoria de CCOO denunciando a su vez discriminación de las hembras hayan tenido eco, que sepamos, en los organismos oficiales que vive de defenderlas, o en las citadas instancias. Es urgente aclarar si esa denuncia es del todo correcta o no y, por supuesto, en caso afirmativo, que se adopten las medidas elementales a las que una sociedad democrática no puede renunciar. Hace poco un carguísimo del PSOE invitó groseramente a una mujer a acompañarlo al retrete y tampoco he oído lamentos ni he visto vestiduras rasgadas. Me temo, en resumen, que quede mucho por hacer en este ámbito del que vive –política o económicamente– tanta gente. 

La buena vecindad

Quizá no haya mejor observatorio de nuestras relaciones con Marruecos que esta Andalucía políticamente erigida en mascarón de proa de una alianza tan inobjetable en principio como discutible en su realidad. Es en nuestras costas donde aparecen los ahogados de las pateras que operan desde el país vecino, en muchas ocasiones como instrumento de presión para uso diplomático. Es en nuestros campos donde los labriegos lamentan una competencia imposible con un productor libre de compromisos laborales y que, por lo demás, negocia a dos bandas en Madrid y en Marruecos. Es en nuestros puertos donde amarra la flota privada de sus inmemoriales caladeros, víctima de una industria pesquera rival que, en grandísima medida, es propiedad de la oligarquía que sustenta a la dictadura alauíta pero, sobre todo, del vasto círculo real.
La histórica tensión entre España y el antiguo protectorado no ha cedido un ápice porque Andalucía –por razones partidsitas que nada tienen que ver, obviamente, con el sentir popular–  se ande quitando de la boca, cientos, miles de millones para invertir a fondo perdido en obras sociales no siempre justificadas ni razonables y, en alguna ocasión, incluso participadas por personajes tan dudosos como algún reciente convicto rehabilitado por su régimen. Y el argumento es, cómo no, la consabida martingala de la ayuda al Tercer Mundo como si no supiéramos de carrerilla que no hay un céntimo que recale en Marruecos que no vaya a manos de una clase dirigente que es todo menos de fiar.
Claro está que no es Andalucía quien decide esta política de amistad a toda costa, que ha sobrevivido incluso al grave síncope de un 11-M perpetrado, según dicen, por inmigrantes en su mayoría marroquíes y cuyas relaciones con algunas instituciones de su país han podido comprobarse en no pocos casos. Quien ideó y mantiene esa estrategia es el “régimen” andaluz, encabezado por el propio Chávez, ese marroquí vocacional que en su dia hizo de introductor de ZP en aquella corte incluso a espaldas del Gobierno legítimo de la nación. Es notable el volumen de las inversiones andaluzas en Marruecos y notorio el papel desempeñado por personajes de nuestra política que, tal vez para no perder tiempo, suelen tener ya casa abierta en el país vecino, como lo es el desmesurado empeño de nuestra autonomía en congraciarse con un país que honra a título personal a nuestros muníficos dirigentes pero en modo alguno pasa por alto la más leve formalidad a la hora de aplicarnos las generales de la ley lo mismo si se trata de favorecer nuestros intereses económicos que si lo cuestionado es nuestr propia seguridad.
La reciente visita del Rey a nuestras ciudades africanas, en todo caso, han dejado clara la debilidad de unas relaciones que, lejos de ablandarse ante el trato preferente e incluso la bicoca, nos aprietan la tuerca con la indiferente insolencia que permite a sus gestores su condición de aliados de Occidente, y en particular de los EEUU y de Francia, cuyos intereses estratégicos tradicionales se ven reforzados hoy por el argumento de la potencial peligrosidad de un éxito popular del islamismo extremista a veinte kilómetros de nuestra orilla. Entre España y Marruecos hay, en efecto, un conflicto permanente, del que, con su probada solvencia, va a ocuparse hoy en esta tribuna el profesor Fanjul, un conocerlo de excepción de de cuanto se relaciona con ese mundo emergente con el que, ciertamente, sería grato aliarse de manera civilizada, como proponen algunos siguiendo al clérigo Jatami, pero con el que apenas hay posibilidad de entenderse en el plano de los derechos fundamentales que Occidente defiende desde hace siglos. Difícil resulta imaginar una convivencia abierta con Marruecos mientras ese país no acepte la igualdad legal entre hombres y mujeres, las libertades estén a merced del capricho regio y la corrupción siga sendo proverbial en todos los niveles de su sociedad. En Andalucía vemos ese espectáculo más de cerca que nadie y, además, lo pagamos con nuestros escasos recursos. Hoy esperamos que Fanjul nos asome a tan inquietante realidad con una  perspectiva más amplia pero me atrevería a vaticinar que, seguramente, sin mayor optimismo.

Segunda sesión

Uno que llega tarde a la segunda sesión del juicio que ya se conoce como “Chaves contra El Mundo” trae la noticia caliente: han procesado a Chirac por malversación de fondos, un viejo asunto  de cuando todavía era alcalde de París. Otro atento relaciona la mala nueva con la reciente condena de Vera por comprar con fondos públicos el silencio de unos sicarios a los él habría embarcado en la tenebrosa aventura del terrorismo de Estado. Y surge la comparación: ¿no es mucho más vigorosa una democracia como la francesa que se lleva por delante a todo un expresidente si se tercia que un sistema como el nuestro en el que buena parte del monte es orégano al alcance del recolector más cercano? Pero si durante la sesión propiamente dicha el fantasma de esa comparación sobrevoló en la sala, si hubimos de volver a oír hablar de millones que, en su día, volaron de acá para allá, y hasta escuchar alguna pregunta sobre la posibilidad de que un alto personaje del “régimen” hubiera tenido algo que ver nada menos que con el negocio subastero, la conclusión que se abría paso entre el público era que tal vez esta causa no ponga en claro nunca lo que realmente ocurrió hace seis años en torno a una Caja sevillana, pero sí que está permitiendo entender a fondo la razón última que dio lugar a la llamada “guerra de las Cajas”. ¿Hablábamos antier de un dudoso “espía” cobrando facturas de 17 millones por sus andanzas? Bueno, pues eso no es nada: durante la sesión de ayer supimos que por espiar a un equipo de basket y tal vez también a un personaje incómodo, esa misma afortunada criatura se vio recompensada con otros 30 millones del ala contra factura perfectamente legal. ¿Se imaginan qué sombra pudo cruzar por el magín de su Señoría si su imaginación le gastó la broma incordiante de recordarle su parvo salario? Con un pequeño esfuerzo, yo mismo puedo imaginármelo aunque confieso que cuando mejor aprecié la alta tensión en aquel clima fue cuando, al alto personaje que lamentaba el “despido” que le acarreó el escándalo, uno de los letrados de la defensa le dijo con finura que renunciaba a preguntarle por el montante de la millonaria indemnización pactada para alivio de sus penas. Uno puede imaginar o incluso conocer muchas faenas legales en las Cajas, a estas alturas, incluida las legendarias condonaciones de los “créditos políticos”, de las que se ha beneficiado alguna vez hasta el propio Chaves, pero estén seguros de que hay que ser de piedra para no escandalizarse ante el espectáculo de arbitrariedad en el manejo de los millones que está permitiendo comprobar este juicio absurdo. La guerra es siempre un negocio millonario. Ésta que ahora hemos de remover con la nariz tapada no fue –en vista de lo que se jugaba en ella– ninguna excepción.
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Escuchamos ayer en la Audiencia de Sevilla lo mismo que leímos en la prensa de París: la protesta de unos y otros de que cuanto eventualmente pudieron hacer fue hecho por servir a los demás, no en beneficio propio, qué va. Un alto cargo policial repartiría tarjetas entre sus semejantes por si necesitaban su protección, un dirigente de partido reconvertido en gran empresario lamentaría ser espiado por orden de un “compañero”, y siempre sobre el tres por cuatro de ese escandaloso vals de millones volando desde el bolsillo de los impositores al de unos oscuros personajes dedicados –eso sí, a precio de oro– a espiar a los demás. No fue demasiado larga la sesión, es verdad, pero de ella salimos convencidos en masa de que si este juicio no consigue sortear el laberinto de gestores muníficos y espías marginales, sí que va a servir para iluminar el escenario secreto de nuestra vida pública, su ínfima condición y su coste prohibitivo. Ya digo que no sé qué cruzaría por la cabeza del presidente de la Sala o por las del público atónito, al cruzar impune ante ellas en vuelo rasante, esa rapaz millonaria. No se le ocurre más que a Chaves este despropósito.