Ingenieros y testaferros

Cuanto más se bucea en el frustrado megaproyecto de El Granado más claro va quedando que la Universidad onubense está perdiendo el tiempo por no aprovechar del tirón a estos magos de la ingeniería financiera, el similiquitruqui promotor y el poraquitequierover. Resulta, por ejemplo, que las dos empresas que aparecen como impulsoras del lío, cuentan como administrador único con una tercera en la que, junto a una misteriosa nómina extranjera, figuran algunos personajes zascandiles de esos que no pueden disimular le inequívoco perfil conseguidor ni la condición del testaferro más clásica. ¿Y de esa farándula  no se ha enterado Barrero hasta ahora? ¡Vamos, hombre! El auténtico quid de la cuestión va a acabar estando justo en ese punto, esto es, en explicar por qué ahora el partido que manda en la provincia se planta frente a un proyecto que es evidente que debido de estar auspiciando desde el inicio. Que lo probable sea que al alcalde de El Granado se lleve a la tumba lo que sin duda sabe, no cambia las cosas.

Reliquias salvajes

El postulador de la causa de beatificación del papa Wojtila, monseñor Slawomir Oder, ha debido salir al paso, bastante cabreado según leo, por la osadía de algunos comercios romanos, muy próximos a la sede papal, de ofrecer en sus escaparates a los peregrinos y fetichistas en general falsas reliquias del difunto pontífice. No sé bien por qué las llaman “reliquias salvajes” pero he logrado enterarme de que se trata de medallones que contienen trocitos de tela procedente del vestuario pontificio y que habrían sido frotados ritualmente sobre la losa de su tumba, evidente e innecesaria duplicación de la magia de contacto que el Vaticano ha censurado como se merece, especialmente indignado ante una publicidad que anuncia precios variables –entre 3 y 5’25 euros– según el tamaño de los milagrosos talismanes. A monseñor no se le ha ocurrido, sin embargo, mejor reacción frente a semejante abuso que ofrecer, a su vez, reliquias gratis de Juan Pablo II a quien las solicite por escrito a la oficina de postulación, lo que rebaja considerablemente el valor moral de la protesta originaria en la medida en que entra sin contemplaciones en el juego mágico no sólo pidiendo cartas sobre el viejo y dudoso tapete, sino erigiéndose sin complejos en banquero de la timba. Se comprueba, una vez más, que al catolicismo le cuesta desprenderse de su ganga medieval y todavía más, si cabe, cortar por lo sano con ridículas supersticiones que, en definitiva, no son distintas de las toleradas como legítimas por la propia jerarquía, de las que apenas se diferencian en otra cosa que en la ‘denominación de origen’ administrada burocráticamente por Mgr. Oder. No se trataría de desterrar la superstición sino de reglamentar su comercio reservándose siempre la patente genuina de lo que fue históricamente un negocio colosal.
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Hay una vasta literatura eclesiástica sobre ese tema de las reliquias sobre el que se encarnizó Voltaire al denunciar su uso como el del instrumento idóneo para encadenar al pueblo, aunque yo  no he visto condena más expeditiva que la que Calvino le lanzó en su tratado específico, al decir que, en vista de cómo había funcionado durante siglos el mercado de reliquias, el fiel que adorara los huesos de un mártir correría inevitablemente el riesgo de adorar sin pretenderlo los despojos de un bandolero o quién sabe si los restos de un perro. Una reserva que, a pesar de la dureza, suponía asumir la razón última de esa magia que, por lo visto, hasta el severo reformador consideraba operativa y eficaz en caso de ser auténtica. La Europa cristiana soportó durante siglos el próspero comercio de las reliquias que tiene páginas tan legendarias como el robo del cuerpo de Marcos por los mercaderes venecianos, hace poco cuestionado como otro probable fraude no muy alejado de la hipótesis calvinista, pero que, al margen de los relicarios célebres, acabó acumulando un horripilante muestrario menor en las iglesias de todo tipo y un poco por todas partes. Lo notable es que en pleno pontificado de un teólogo tan esmerado como Ratzinger se mantenga una tradición a todas luces fetichista que san Agustín censuró con palabras tremendas al decir de los adoradores de reliquias que “se entierran con los que ya están enterrados”. El tráfico continúa en pleno siglo XXI, en todo caso, tarifado con precisión en las botigas vaticanas o gratuito en las covachuelas de la fe, como si nada hubiera cambiado desde que los concilios primitivos cedieran a la presión supersticiosa de las muchedumbres desesperadas reconociendo el valor estos vestigios, dientes, cabellos, cabezas cercenadas, trozos de hábito o simples objetos potenciados por el contacto con el santo despojo. Los reyes de Francia no viajaban jamás sin la capa de san Martín ni Franco se metió nunca en carretera sin el brazo de la doctora Teresa. Monseñor Oder sabe lo que hace montando su ‘dumping’ frente a la almoneda de Wojtila.

El coche fantástico

No comparto el criterio de la oposición al calificar de modo tan alarmante el trapicheo del consejero de Agricultura, Pérez Saldaña. Comprarse rebajado el coche oficial no es tanto un caso de “corrupción con mayúscula”, como se ha escuchado en el Parlamento, sino un ejemplo de supuesto de catetismo friqui, que ni es único ni presumiblemente será el último, por desgracia. Lo que si pone en evidencia el lío del coche es el alarmante progreso de la visión patrimonialista de nuestra clase política, el hecho de que un hombre público no sea capaz de medir la distancia entre esa dimensión y su ámbito privado. El consejero Saldaña, por ejemplo, es muy libre de hacer el ridículo rebañando el plato hasta acabar la hogaza, sin perjuicio de que reconozcamos que la culpa no es enteramente suya sino de quien le permite esas modales políticos. Mucho ‘código’ y mucha ‘tolerancia cero’ mientras ellos se llevan  casa hasta el carro del parque móvil, siempre, claro está, y ahí está lo malo, con el informe favorable en el bolsillo. Son unos cutres además de unos carotas, lo de abajo, los de arriba y los de enmendio.

Candidatos e imputados

Ha proclamado Cejudo en la asamblea del PSOE de Valverde que, cuando obtenga el placet de Barrero, volverá a presentarse a las municipales y ganará por mayoría absoluta. Bueno, hombre, eso será lo que será, porque ya la vez pasada no consiguió ese listón aunque, a pesar de que prometió irse si no lo conseguía, ahí sigue. Verán ustedes: yo creo que uno imputado no tiene por que renunciar a la vida pública mientras no se dicte sentencia firme contra él. El tema está en que yo no soy el PSOE, y en que el PSOE sí sostiene desde su misma Ejecutiva Federal, cuando se trata de un  alcalde del PP por ejemplo, que un imputado ha de dimitir sin más e irse a su casa. De manera que no se trata de que Cejudo quiera repetir o renuncie –¿y a dónde iba a ir, la criatura?—sino de que el PSOE se aplique a sí mismo el cauterio de esos ‘códigos’ que redacta para los demás. A quien no le llegará la camisa al cuerpo es al monaguillo de IU que, bien pagado por supuesto, lo ha sostenido durante esta legislatura. Ése mejor que se vaya buscando con tiempo otro oficio donde servir.

El desnudo macho

El impacto de la película “Full Monty” ha sido devastador. No hay día en que no nos desayunemos con la instantánea de un grupo de grandes simios humanos luciendo el palmito a la luz del día y sin esa mediatización cultural que es el vestido. Desnudos se ha fotografiado para calendarios los bomberos de Bilbao y los de Sevilla, los de Palma, los de Cáceres o los de Valladolid, siempre con un buen propósito de por medio, por supuesto, preferentemente el de conseguir fondos para alguna oenegé. Y bomberos han exhibido su cuerpo serrano como arma laboral, en defensa de sus intereses laborales presuntamente vulnerados o por la impropiedad de sus condiciones de trabajo. Es una moda que no hay quien pare desde La Coruña a Cali pasando por Río de Janeiro, en cuyas playas de Ipanema y Copacabana los polis han patrullado en cueros vivos –que los he visto yo– protegidos coquetamente por unas gafas de sol. Se me viene a la cabeza lo que decía Rémy de Gourmont rumiando, dale que te pego, durante sus “Paseos filosóficos”, y que era más o menos, aquello de que el pudor que proscribe el desnudo es un progreso claro sobre el exhibicionismo de los monos. ¿Nos llevarán, tal vez, hacia atrás estas huidas hacia delante? Es posible, pero lo primero que nos sale al paso en esta reflexión es la evidencia de que la asunción tradicional de ese sentimiento está secretamente imbricada, como bien saben los modistos, en las más profundas estrategias del deseo. El mono desnudo va y viene, se cubre y destapa, inventa el juego equívoco que hace del decoro un incentivo y del pudor una tentadora sugestión. La novedad está en que, hasta ahora, la exhibición ha venido siendo monopolio femenino, mientras que, en adelante, parece que el cuerpo del varón va a reclamar su sitio en la pasarela, como consecuencia de la intensa feminización de la estimativa provocada por el igualitarismo. Sabemos por la antropología que el pudor que se opone a la exhibición no es un valor eterno, ni siquiera inmemorial, sino una invención de la moral de inspiración religiosa que erróneamente algún romántico pretendía endosar, contra toda evidencia, sólo al cristianismo. El resto de lo que nos quedaba por saber nos lo van a enseñar los bomberos y los polis.

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Entre tanto habrá que tratar de comprender las razones últimas (nadie en sus cabales creerá que, de verdad, lo que buscan esos exhibicionistas son fondos para la buena causa) de esta especie de pasión por del desnudo que ha estallado en el androceo, y que, a mi juicio, puede que encierre cierta revancha subliminal por los avances de la hembra sobre el viejo territorio orinado por los machos en sus cuatro esquinas. Y de paso preguntarse si esta ampliación del mercado supone una liberación del macho o, por el contrario, su voluntaria conversión en objeto sexual pudiera implicar, con la duplicación de la oferta, la duplicación del tabú. Porque mientras la hembra ha atravesado la historia en plan Salomé, sugestionada siempre por la exhibición tentadora de su cuerpo y convertida en oscuro objeto del deseo, el varón se había reservado en ese largo periplo el ventajoso papel de destinatario que anda comprometiendo ahora al añadir su propio desnudo a la industriosa maquinaria que abastece a un tiempo a la estética y a la concupiscencia. Igual esos adanes están cavando su propia fosa, embriagados por el narcisismo, e inconscientes de las históricas ventajas que la condición de sujeto ha supuesto al género durante siglos, lo mismo no se han dado ni cuenta de que la plataforma de las ‘gogós’ no era precisamente un podio deseable sino una mísera trampa de la que, tras su clausura, nunca fue fácil escapar. El cuerpo está de moda y se exhibe ignorante de que al desnudo no se va sino que se vuelve de él. Nuestros bomberos han hecho del patio de su cuartel la vieja caverna en la que sus ancestros, hace miles de años, descubrieron precisamente el fuego.

Nuestra mala suerte

Puede leerse en los periódicos: no hay grupo parlamentario que no haya conseguido,. A cambio de su apoyo a la ley de Presupuesto, su buen puñado de millones acarreables a sus respectivas regiones para mejorar la suerte de sus representados y, de paso, hacer méritos propios. Todos, grandes y pequeños, incluidos los diminutos, todos, digo…., menos el PSOE andaluz, que ése, como va de estricta observancia partidista y obediencia debida vota a favor voluntario y sin necesidad de que le suelten algo para su comunidad. No se trata de postular la disgregación de ningún partido sino, simplemente, de sugerir las ventajas que suponen para su comunidad actuar, sin salir del PSOE, como su rama catalana. Andalucía tiene mala suerte porque ni cuando gobierna la nación su propio color dominante tiene la menor ventaja. Los demás –desde Cataluña a Canarias pasando por Aragón—al contrario: sus respectivas minorías les sirven para barrer para dentro. Mala suerte, ya digo, O quizá fuera mejor hablar de mala cabeza.