País subvencionado

Ahora los pobres enseñantes: Chaves acaba de prometerles 7.000 euros anuales durante cuatro años en concepto de incentivo para “la consecución de los objetivos fijados por cada centro”. Vamos a ver en qué consisten esos “objetivos”, no vaya a resultar que se trata de bajar el listón para lograr el que supondría reducir el fracaso escolar a base de mano blanda y guante de seda, de la misma manera que el gran incentivo dedicado a los sanitarios se calcula, desde hace tiempo y en gran medida, en proporción inversa al gasto farmacéutico que origina cada cual. Menos gasto en medicinas, más dinero; menos suspensos a fin de curso, una pasta como premio. Tras la promesa de premiar con un millón de le pesetas viejas a los propios alumnos que no tiren la toalla tras la EGB, ahora esta dudosa zanahoria para los profes. Del ideal de la sociedad igualitaria hemos pasado al de la sociedad subvencionada. Hay que ser insustancial para seguir preguntándose en qué consiste hoy la izquierda real. 

Temas internos

La Diputación, es decir, la mayoría gobernante en ella, no quiere luz ni taquígrafos. Que 40.000 vecinos hayan estado consumiendo agua no apta para el consumo durante cuatro días no le parece al organismo provincial que plantee ninguna necesidad de aclaración y mucho menos, claro está, si se trata de dar luz verde a una tenida comisión de investigación en materias que el portavoz del PSOE considera “temas internos” de los Ayuntamientos afectados. Según esa minerva el Ayuntamiento, por carecer de competencia, no es quien para pronunciarse sobre tan delicada materia, y  es verdad, pero entonces ya nos dirá por qué la Junta –que sí las tiene: todas– no dijo ni pío durante mes y medio. ¿Para qué sirven las Diputaciones en un régimen autonómico? Esa vieja pregunta, que incluso el PSOE se planteó en tiempos, se contesta sola cada vez que surge un fantasma como este del agua no apta para el consumo que han estado bebiendo ciegos y sordos los ciudadanos de diez de nuestros pueblos.

50 años

Hoy se cumplen cincuenta años, medio siglo cabal, del lanzamiento del primer satélite orbital conocido, el ‘Sputnik’ soviético. En el Museo del Cosmos de Moscú tuve ocasión de ver aquella reliquia (una maqueta reconstruida, se entiende), una esfera diminuta con tres largas antenas que fue capaz de revolver el planeta y desencadenar la más ambiciosa carrera emprendida por el hombre. La progresía de mi generación se sabía de memoria el poemilla de Salvatore Quasimodo –el alto poeta italiano que los manguitos del Nobel eligieron para compensar la forzada renuncia al premio de Boris Pasternak, el celebrado autor de “El doctor Zhivago”– en el que aquel espíritu cultísimo sucumbió, siquiera momentáneamente, a las exigencias de la propaganda comunista. Se titulaba “A la luna nueva” y venía a decir, más o menos, que si “En el principio, Dios creo el cielo y la tierra,/ millones de años después/ el hombre, con su inteligencia laica/ sin temor, puso en el cielo de una noche serena de octubre/ otras luminarias iguales/ a las que giraban desde la creación del mundo”. Nadie es perfecto. El impacto que produjo la noticia del “satélite” por antonomasia fue colosal en todas partes, pero en los EEUU y, en general, en el círculo caliente de la Guerra Fría, no solamente sirvió para remecer las conciencias sino que actuó como un auténtico estopín para disparar el cohete imprevisible de la competencia desenfrenada entre los dos bloques que ya no cesaría hasta la ruina de aquel montaje. Un mundo dividido en dos bloques requería para no venirse estrepitosamente abajo el equilibrio más exquisito, y la ventaja que suponía el dominio del espacio (no ya como hazaña tecnológica sino como amenaza armamentística) por parte de uno de ellos constituía para el otro, en consecuencia, un inaceptable rentoy. ¡Imagínense la noticia en una España que guardaba inacabables colas para comprar el “600” y que se andaba, folclóricamente hablando, justamente por el estreno de “El último cuplé”! “L’ uomo/ con la sua intelligenza laica/ senza temore, mise nel cielo/ altri luminari…”. El laicismo de Quasimodo no era más que una guinda, es posible, pero el pastel de la discordia estaba servido.
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Rudolf Bähro sostuvo, sin lograr demasiado eco, que aquella estampida espacial sirvió a los EEUU no sólo para comprobar los beneficios de la libertad sobre la carrera del conocimiento sino para algo mucho más práctico en el momento: para arruinar a la URSS, embargada ya a tope por sus inmensos compromisos sociales mínimos, y forzada ahora a un gasto máximo verdaderamente suicida. Y respondía con una desangelada sonrisa cuando le recordábamos la cuchufleta de Gagarin, unos años después, comentando desde el espacio a la crema de la gerontocracia del régimen –“con la sua inteligenza laica/ senza temore”– que no había encontrado ni rastro de Dios por el aquel espacio sereno que estaba estrenando a bordo de la ‘Vostok’. Kennedy en el 61 como Bush este mal momento que vivimos, sabían que apuntar al cielo con el dedo, sobre todo en las horas difíciles, logra indefectiblemente que la muchedumbre aparte la mirada de la Tierra para fijarse hipnotizada en él. Y en eso andamos, con nuevos programas a la vista, rebotando en éxitos y fracasos, vendiendo turismo estelar para ‘millonetis’ y sin perder de vista la utopía practicable de colonizar la Luna que Jonhson propuso por vez primera muchas décadas atrás. En medio siglo han girado mucho los satélites y el propio planeta loco en el que viajamos desde la Nada hacia Dios sabe dónde, pero sobre todo ha sobrado tiempo para comprender lo pronto que encoge la talla imaginaria de estos prodigios que descolocan a los poetas. Había que ver las caras de estupor del personal ante la insignificancia del ‘Sputnik’ que nos mostraban en la Ciudad del Cosmos. Lo que demuestra, más que nada, nuestra incorregible ingenuidad.

Muertos y vivos

Es antigua tradición electoral española hacer votar a los muertos. Hasta hubo un chiste que decía que si Cristo resucitó a Lázaro, Romero Robledo había levantado de sus tumbas a miles de sepultos. Pero también es viejo el truco de las afiliaciones de última hora, la falsificación real de los  censos a base de introducir en ellos, por sorpresa y normalmente con alevosía, militantes dispuestos a romper el equilibrio de fuerzas natural. Hay muchos casos, pero por no salir de Andalucía y del PSOE genuino, hay que recordar cuando en Huelva la astucia de Guerra barrió una mañana a la ejecutiva provincial con el voto de decenas de limpiadoras de una residencia afiliadas la tarde anterior. Lo malo es que, pasado el tiempo, con una democracia ya rodada de sobra, mantener esos trucos indignos degradan sin remedio a un partido. El PSOE malagueño tiene que aclarar el enredo de los falsos afiliados de Marbella si no quiere que su propia sombra recaiga sobre el partido en su conjunto.

El parto de la abuela

Bueno, pues, por si algo faltaba, dice UGT que Fertiberia cerrará el año que viene dejando en la calle a cuatrocientos trabajadores de su planta de Palos. No sé podrá decir AIQB pero supongo que debería hablar también en este caso de inseguridad en el empleo como en ya lo ha hecho en el caso de Endesa, como ignoro a quién colgará esta vez el mochuelo este sindicato. Sorprende el doble rasero empleado por partidos y agentes sociales frente a ambos conflictos, aunque no sea ningún secreto que el contencioso de Endesa se haya convertido ya en una simple operación coordinada contra el Ayuntamiento y, más en concreto si cabe, contra el alcalde. Porque ¿cómo se puede exigir (PSOE) que no se recurra la sentencia que ordena el pago de la indemnización de que se culpa al consistorio? ¿Y cómo entender el discreto silencio tejido en torno a la sentencia de los fosfoyesos en contraste con el ruido alrededor de la debatida central? El equilibrio imprescindible entre el Polo y la Ciudad no debe fraguarse al calor de la amenaza y menos convirtiendo las lógicas tensiones entre ambos en una baza partidista.

La imagen invertida

Antes de que el Rey hubiera de asumir en persona la defensa de la institución de la monarquía, una voz inteligente ha avisado en un blog amigo sobre la curiosa circunstancia de que nadie o casi nadie haya reparado en la simbología de los métodos y circunstancias de los radicales –la colocación de las imágenes invertidas y el recurso a la cremación–, el primero de los cuales trae inevitablemente a la memoria la terrible exhibición milanesa de los cadáveres de Mussolini y la Petacci, mientras no se precisa ser una minerva para entrever en el segundo al inquisidor secreto que llevan en las entretelas demasiados españoles. En plena dictadura era una gracia proverbial en las casas de los franquistas exhibir el ‘Guernica’ de Picasso colgado al revés, alarde de ingenio que ingenuamente desafiaba al ojo humano a verificar por su cuenta la impericia del pintor, pero ahora acabamos de enterarnos (lo cuenta Ricardo García Moya) de que el cuelgue invertido del retrato de Felipe V en la galería de Játiva no es idea del flamante radicalismo sino obra de los fascistas que –¡en 1940 o 1956, que eso anda aún en discusión!–, aprovechando el clima antimonárquico que por aquellos entonces difundía el Régimen, más guiñaban el ojo al Poder que mostraban su rebeldía con ese gesto inútil. La idea de los actuales “maulets” o la que motiva a los incendiarios juveniles de ERC, coincide, como puede verse, con la de aquellos escopeteros, en uno de esos inconfesables rizos con que la Historia se complace en mofarse de sus manipuladores, pero es obvio que la inversión de las imágenes trasciende simbólicamente la inopia radical en la medida en que implica una negación rayana con la muerte, es decir, con la aniquilación icónica del adversario. Colgados del revés, los Mussolini, los Ceaucescu o los Borbón no son sino cadáveres simbólicos o, tal vez, imágenes reales de una ejecución intencional que, considerada al resplandor del fuego de las quemas, revela ínfimas calidades morales en sus autores ocasionales. Nunca se apagaron del todo los rescoldos del quemadero inquisitorial que, como estamos comprobando, pueden reavivarse imprevisiblemente al más leve soplo de brisa. Una y otra vez los hechos se empeñan de demostrarnos que no hay mejor ilustración de la Historia que la propia actualidad.
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Digo que ya es significativo que haya debido ser el monarca, es decir, el Jefe del Estado en persona, quien se haya hecho cargo de la defensa de la monarquía constitucional, y lo digo porque si hay algo comparable en pusilánime mediocridad a este terrorismo icónico es el silencio, verdaderamente ominoso, que ha guardado el Gobierno tal vez para darnos la medida de su escaso aprecio de esa Constitución, algo que, ciertamente, a estas alturas de la película, no era en absoluto preciso. Pero al margen incluso del disparate institucional, no hay manera de escamotear el primitivismo feroz que, en cualquier sociedad medianamente civilizada, convierte la violencia ritual en un peligroso indicador. Una cosa es que en Cataluña haya perdurado siglos la broma semántica de llamar “can Felip” al retrete, como ha venido siendo habitual en amplias zonas de aquella región, y otra muy distinta y, desde luego, mucho más irracional y amenazante, que la lucha política se manifieste en ceremonias expresivas de una crueldad tan patente como ésa que se complace en contemplar la cremación “en efigie” del adversario político previamente anulado en su imagen por su propia inversión. Un catalán, Nicolau Aymerich, gran referente de inquisidores en los peores tiempos, pensaba que el fuego era el castigo adecuado para saldar las cuentas del espíritu. Tristemente los actuales verdugos imaginarios parecen empeñados en actuar, contra toda evidencia, como si ese hecho no fuera una casualidad.