El pie de la suma

Un interesante estudio realizado por dos estadísticos franceses acaba de demosotrar que los estadillos de la policía recogen un número de casos resueltos superior al de asuntos investigados. Con paciencia cartujana han repasado informes y memorias hasta percatarse de que algo debía ocurrir para que pudiera mantenerse semejante ficción y, lo que resulta mucho más inquietante, darse por buena oficialmente como si su contradicción no cuestionara de plano el valor de esas estadísticas. ¿Cómo es posible que una comisaría resuelva 107 casos de fumetas y otro tanto de mangazos de cada cien expedientes archivados, qué puede explicar que los hechos resueltos superen de esa escandalosa forma a los hechos constatados. Pues muy sencillo: a base de contabilizar la detención de porreta como doble por el hecho de ir acompañado o de reseñar el arresto de un mantero no como un acontecimiento aislado sino como un conjunto constituido por tantas acciones policiales como bolsos de Vuiton o camisas de Lacoste le hayan sido confiscadas. La estadística policial –una técnica liberada de controles externos y dependiente de sí misma y su jerarquía—fracasaría, de confirmarse este hallazgo, en términos que podrían hacer quebrar la cuestionable confianza de los ciudadanos y hacer añicos los indicadores que sobre la situación social han venido siendo proporcionados por unas policías que la mayoría creía objetiva y no sujeta a las variaciones de su humor o de aquellas relaciones jerárquicas. La investigación revela, sin embargo, que la ley Guigou reguladora de la presunción de inocencia, al incrementar el trabajo policial, hizo decrecer drásticamente las tasas de resolución de casos investigados, mientras que los cambios introducidos por el ministerio Sarkozy y el aviso de que los albaranes policiales serían revisados, provocó de inmediato un significativo cambio en los resultados. Que la estadística policial pudiera ser una construcción reflejo del humor de los funcionarios resultaría alarmante en cualquier situación. En medio de una crisis de la seguridad como la que vivimos en España, por ejemplo, resulta sencillamente una noticia aterradora.
                                                                 xxxxx
Sabemos que la lectura de una estadística proyecta de modo inevitable un criterio y que no hay modo de evitar que éste responda intereses concretos. Si varios organismos solventes aseguran que la pobreza real en Andalucía alcanza a uno de cada cinco ciudadanos o que la renta de esa autonomía es la menor de la nación, no es mayor problema para la Administración concernida paliar con un par de adjetivos las dolorosas cifras y hasta reconvertirlas en indicadores más que asumibles con sólo forzar la exégesis girando el manubrio a la derecha lo preciso para que chotis suene como un vals. Lo que no podíamos imaginar era que, incluso en pleno fracaso de la seguridad, los balances policiales tuvieran la osadía de maquillarse al punto de superar la base como respuesta al propio estado de ánimo de las policías o como reflejo de sus condiciones de trabajo. Y eso es lo que se nos cuenta, precisamente, no desde la barra del bar, sino desde dentro del mismísimo Centro de Estudios de Investigación de la Policía (CER) francesa al alimón con el Centro de Sociología de las Organizaciones  que han estudiado los resultados oficiales facilitados en el último decenio. Ciertamente, es tan grosera la maniobra que cuesta creer en ella, pero ahí están los resultados de una investigación que ni sus autores ni la propia autoridad han hurtado a la opinión pública haciéndolos publicar con todas las de la ley. Tal vez podamos sacar también nosotros nuestras propias conclusiones, sin abandonar la esperanza de que la rivalidad partidista –gran lacra de nuestro sistema policial y asignatura pendiente de nuestra democracia—acabe por no partir peras con ningún poncio y limitarse a decir la verdad.

Los líos políticos

Un caso estupendo de lío político es el organizado en Córdoba por los partidos –por todos los partidos (PSOE, PP e IU– a propósito de la construcción emprendida en Medina Azahara, es decir en un valioso terreno protegido, concretamente en una zona declarada por la Junta ‘Bien de Interés Cultural’ (BIC). Sobre el tema se ha dicho de todo, desde acusaciones de especulación que involucraban al inevitable “Sandokán” hasta proyectos de arreglo más o menos forzados, pasando por el criterio del propio  Chaves que propuso el derribo de las viviendas construidas y la correspondiente compensación a los perjudicados, y veía nada menos que prevaricación en relación con el plan especial propuesto. Pues bien, ya nadie protesta ni exige, todos callan como si el problema no existiera o como si el tiempo lo hubiera resuelto. ¿Por qué, a cambio de qué, cómo explicar ese cambio tan  radical de actitud? La política tiene su propia lógica, aunque hay quien prefiere decir que tiene su propia economía.

Premios y castigos

Si no es decente arrimar fondos públicos por un tubo allí donde los intereses electoralistas le dicen a la Junta que conviene a su partido, menos decente sería, por supuesto, negárselos a grupos y entidades por el hecho de ser los eventuales beneficiarios electoralmente contrarios al partido en el Poder. Ese sencillo axioma debería ser tenido en cuenta por la Junta –ya que esperarlo del Parlamento sería como sentarse a esperar—a la hora de desmentir, si puede, la dura acusación de la Asociación de Mujeres afectadas por el Cáncer de mama al delegado de Igualdad y Bienestar Social quien, según la presidenta de ésta, le estaría reduciendo las ayudas públicas desde que ella misma, en uso de la misma libertad que legitima el delegata, decidiera integrarse en una candidatura del PP. Si es falsa la acusación no debe de resultar difícil demostrarlo. Si resultara cierta, la responsabilidad por el atentado no sería sólo de ese encargado sino de instancias más altas. 

Visión de futuro

Es doctrina tradicional que la predicción del porvenir es negocio religioso. De él vivieron augures y pitias durante siglos, en el creyeron a pies juntilla no sólo la plebe ignorante sino muchos sabios encumbrados. Para entender el deseo del hombre en conocer el futuro hay que partir de la convicción generalizada –y subconsciente—de que ese futuro está férreamente determinado, como establecido de una vez por todas por mano de los dioses, únicos dueños de su secreto que, en uso de su libertad superior, pueden dispensar al curioso del imperativo científico básico que exige relaciones constantes para establecer hechos bien observados. Los dioses –los antiguos y sus sucesores—puede dispensar de esa condición epistemológica introduciendo en el pensamiento ese lado oscuro que es la irracionalidad y abriendo paso a la crédula esperanza de los devotos del oráculo. O eso creíamos, porque ahora resulta que, según una prestigiosa revista académica, la predicción o el simple pensamiento proyectado hacia el futuro no es más que una función orgánica tan bien definida que los sabios no dudan ya en ubicarla en un área determinada del cerebro, concretamente en una zona a la izquierda del córtex comprendida entre el cerebelo posterior derecho y el procuneus izquierdo. Quiere eso decir que cuando un hombre piensa en el pasado activa una zona de su cerebro distinta a la que hace funcionar cuando trata de asomarse a lo que se avecina, una experiencia que la técnica de escáneres de que hoy disponen  los sabios ha permitido determinar sin lugar a dudas. Vean cómo la secularización se impone en las sociedades industriales desarrollas y por qué algunos preferimos referirnos a ese efecto sociológico como una simple desacralización del mundo y del mismo hombre. Ya pueden empeñar tranquilamente el trípode apolíneo, porque en el Delfos globalizado que estamos organizando, los dioses tiene poco que ver en lo que va a ocurrir.
                                                                 xxxxx
Es sabido, además, que el propio Dodds –uno de los más conspicuos conocedores de estos fenómenos—bromeó alguna vez en el sentido de que, en realidad, es más que probable que los hombres no hayan creído nunca en el oráculo tan a ciegas como solemos suponer, ni siquiera en los siglos clásicos en que el marino consultaba a la pitonisa la suerte de su empresa o el rey aguardaba la sentencia del oráculo para declarar la guerra o eliminar al heredero. Pero sea lo que fuere, lo interesante es comprobar que estamos pasando de la consideración sacra o, cuando menos, ‘nouminosa’, de la adivinación, a una compacta teoría materialista que no deja resquicio para imaginaciones ni bromas celestes. Claro que también es verdad que, como mínimo a partir del XIX, llevamos constatados muchos fiascos en el asunto ése de la localización de funciones en el cerebro que, por el momento, las técnicas del día confirman como incuestionable. La sed de futuro de que hablaba Goethe, ésa que hace desvivirse al hombre por adelantar el conocimiento del porvenir, desciende, en cualquier caso, a ras de tierra, se vuelve de espaldas al cielo, desdeña el misterio para sustituirlo llanamente por la comprobación. El mundo se ilumina a medida que oscurece, como se ve, en la medida en que en el materialismo hay tanta negrura como claridad en la vieja aventura espiritualista, mientras el individuo gana parcelas de libertad al precio costosísimo, tal vez prohibitivo, de una autonomía humana que dista mucho todavía de ser suficiente. Y uno de los negocios más antiguos de la humanidad entra en crisis forzado por un progreso sabihondo que corona la materia con la misma diadema que, durante tanto tiempo, coronó al espíritu. De momento eso es lo que ha dicho la universidad de Washington y no vamos a ser ni usted ni yo quienes le discutamos el hallazgo. Habló Blas, punto redondo. Seguro que Goethe sonreiría hoy a la sombra de los sicomoros de Weimar.

El fantasma del 18-F

Crecen las especulaciones sobre la más que probable insuficiente participación electoral en el próximo referéndum del Estatuto de Autonomía, cuya fecha ha soltado, por fin, Chaves, como si se tratara del “secretum secretorum”. Desde el propio PSOE se recela ante el resultado de un a consulta que todo el mundo sabe que no interesa a casi nadie salvo a los políticos (eso fue lo que vino a decir en su día Guerra) y Chaves se adelanta a un posible bastinazo con la excusa, evidentemente forzada, de que podría ocurrir que la participación fuera baja por “exceso de confianza” de los ciudadanos. Desde IU, donde se han dicho tonterías excelsas a este propósito, se juega ahora a hacer de salvadores de la ocasión lamentando, eso sí, el tiempo perdido y el hecho de que la cita definitiva sea para un domingo en lugar de para un día laborable. Y el PA, en fin, endosa a Chaves la necesidad de igualar la asistencia masiva del 28-F histórico bajo el cual exige poco menos que su dimisión. Vean como se inventan los problemas para ocultar la realidad o, lo que es lo mismo, lo lejos que queda la preocupación partidista de las cuitas de la calle. 

El hermano lince

Ni el alcalde de Almonte –¡con la de cadáveres o desahuciados políticos que guarda en su armario esa criatura—ni los inasequibles al desaliento de Ecologistas en Acción están contentos con la atención prestada y los muchos dineros gastados en conservar al hermano lince entre los lucios de Doñana. Quieren más, más dinero, más obras, quieren que “cese este goteo de propuestas que no hace más que prolongar un problema muy serio e importante”, no se conforman con graves presupuestos, siembras de conejos, pasos subterráneos, y exigen nada menos que “una red coherente de carreteras que elimine los trazados repetitivos y garantice la seguridad vial”. Dios los oiga, pero la verdad es que ya quisieran para sí muchas especies humanas en extinción o peligro cierto el mismo celo e igual nivel de exigencia política y cívica que el hermano lince ha logrado. Hay en Huelva “pobres severos” y de los otros, una sanidad cuajada de problemas, sectores históricos en crisis o deficiencias docentes, pero quien merece atención es el hermano lince. Hace tiempo que el humanismo bien ordenado no empieza por el hombre mismo.