Controversias fingidas

Sigue el cruce de dardos entre la CEA y el Junta, entre la Junta y la CEA, los empresarios, aparentemente moscas con el proyecto (¿) de “viviendas pa tos” anunciado hace días aunque desautorizado por el ministro Solbes, y Chaves afectadamente autoritario recordándole a los patronos que quien ordena y manda en ese área delicada de la vivienda es el político, no el empresario. ¿Realidad, ficción? Pueden estar seguros de que la cosa va, por lo menos, de roneo, y de que, en consecuencia, más pronto que tarde, las palomas de la paz volverán a posarse sobre el doble alféizar del “pacto de concertación”, es decir, del acuerdo de “paz social” a cambio de dinero que año tras años le arranca la Junta a empresarios y sindicatos. En la larga lista de objeciones y protestillas de la CEA no se encontrará ni una, seguramente, que haya superado esa raya del acuerdo mutuo. Y en la de los sindicatos, menos todavía. Poderoso caballero es don dinero, quién lo duda.

Látigo rojo

Espectacular ‘rentrée’ de Rafael Sánchez Rufo, diputado provincial de IU, en el primer pleno de la Dipu. A juzgar por las apariencias, al menos, el hombre viene dispuesto a ganarse el jornal y a comportarse políticamente como la sombra crítica de un grupo sociata a cuya burocratización nadie ha contribuido más, todo hay que decirlo, que la anterior representación del grupo encarnada por Rodríguez Donaire, el ‘Bienpagao’ y paje de Cejudo en Valverde. Rufo tiene ahora la ocasión de demostrar que una oposición sensible y recia no tiene por qué ser persecutriz, aunque la verdad es que hay asunto como el del tránsfuga de Jabugo (calificado como tal por la propia ministra de Administraciones Públicas) o el del capricho del Gran Teatro que fuerzan por sí solos el numerito. Habrá que ver si Rufo es sólo un independiente insobornable o el rollo va también de exhibicionista. Hasta ahora, las cosas como son, todo pinta a favor de este personaje al que el trapisondista de su antecesor se lo dejó a huevo.

El amor al arte

Trae la prensa bonaerense la noticia de que en el Parque Lezama unos cacos se han llevado por la cara dos esculturas que formaban parte de un valioso grupo, la “Loba Romana”, regalado hace casi un siglo por Roma a la capital argentina en recuerdo de la Revolución de Mayo, concretamente dos colosos de bronce que representaban a los ríos Tíber y De La Plata. No me ha extrañado un pelo porque, hace ya unos años, tuve oportunidad de vivir allá, justo al día siguiente de su inauguración, el robo de un busto de Machado que la Junta de Andalucía ofreció ingenuamente a los porteños en plena crisis de la que los taxistas de la capital llamaban la “hiperinflación”, pero además, porque consta que este tipo de manguis “por amor al arte” es más frecuente de lo que parece. En el museo Reina Sofía de Madrid mangaron no hace tanto una escultura de 35 toneladas de peso, un extraño incidente que seguramente está detrás o al fondo de la reciente destitución de su directora, pero la lista sería inacabable, incluso sin salir del propio Buenos Aires, donde también arramblaron hace un par de años con el cervatillo que formaba parte de un grupo en el popularísimo Rosedal de Palermo, sin que hasta la fecha se tenga la menor noticia sobre su paradero. Ha habido robos de esta naturaleza un poco por todas partes, pero quizá ninguno tan notable como el perpetrado en Tijuana recientemente al llevarse los ladrones nada menos que once esculturas de una exposición colectiva, se cree que con el sólo y mísero propósito de fundirla para revender el metal. Claro que peor fue la sustracción llevada a cabo en la barcelonesa Fundación Folch, de cuya exposición de escultura africana levantaron de una tacada treinta y cinco obras y, en razón de su valor estimado, también la que en Amberes se saldó con el robo de tres esculturas famosas. El robo de obras de arte es un capítulo singular de la delincuencia como lo demuestra que la propia Interpol ha elaborado un CD en el que se recoge exhaustivamente el balance de un botín que se calcula en unas 14.000 obras entre esculturas y pinturas. El toque estaría en descubrir adónde va ese botín que es evidente que los mangantes no quieren para conservarlo en sus cuchitriles sino para colocárselos bajo cuerda a magnates con pretensiones de amantes del arte.

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No es un secreto que algunos de los grandes museos mundiales, y por supuesto una legión de millonetis sin escrúpulos, han propiciado esta industria maleva constituyéndose en desaprensivos ‘peristas’ de los botines apañados por los cacos. La propia Nacional Gallery ha debido de hacer frente a la denuncia de que sus gestores habrían comprado, para su posterior exhibición, numerosas obras robadas por los nazis a los judíos, un supuesto mucho más complicado de justificar que la apropiación de los famosos frisos del Partenón –los mármoles de Elgin– que pueden contemplarse en el British Museum, puesto que, al fin y al cabo, dadas las circunstancias de la Grecia de entonces, si aquel lord no se hubiera llevado a Londres semejante tesoro no sería yo quien apostara un duro por su supervivencia. Hoy el miedo a los ladrones ha hecho que esos mismos ‘peristas’ (y quienes no lo son) deban recurrir al contrasentido de esconder en cajas fuertes del banco esos objetos hechos precisamente para la contemplación, lo cual no es, a mi entender, más que la consecuencia de la transformación de la sublime obra de arte en vulgar mercancía. Y no me digan que no resultan paradójicas estas pasiones artísticas en unas sociedades cuyos museos –modas y publicidades aparte– suelen arrastrar una vida más bien solitaria. Sólo el “robo famélico”, el que arrebata un busto para revenderlo como bronce industrial, podría explicarse en medio de estas confusiones. El otro no hace más que confirmar esa vecindad entre la garduña y la fortuna que funda tan sólidamente esta sociedad opulenta.

Especular desde arriba

A ver con qué cara va a repetir la Junta desde ahora en adelante eso de que las medidas contra la carestía de la vivienda sólo preocupan a los ‘especuladores’ tras conocerse con detalle –a través de El Mundo al menos– la escandalosa recalificación que el PSOE ha hecho de su propia sede sevillana por medio de su “Ayuntamiento amigo”. Una vergüenza agravada por el detalle, ahora también conocido, de que tras lograr ese pelotazo, el partido en el Gobierno obtuvo un crédito millonario hipotecando esa sede revalorizada. ¿Quién es y quién no es ‘especulador’, quién está en condiciones de repartir patentes de ética después de descubrirse un apaño como ése, que vale un buen montón de millones y que va a beneficiar a los mismos que tienen la obligación de evitar que se perpetren estos golpes? Lo de la mujer de César se le ha quedado chico a estos sobrados que no tienen el menor problema para admitir en público que ellos se lo guisan y ellos se lo comen antes y después de devorar al contribuyente. Si Chaves no enmienda esa plana no podrá levantar la voz nunca más frente a quienes viven, en efecto, de especular por su cuenta.

Cosas de IU

Denuncia el procónsul onubense de Valderas, Pedro Jiménez, la culpa de los dos grandes partidos en torno a la instalación de la central de Endesa en la Punta del Sebo, en razón de que en Huelva se produce electricidad de sobra mientras que en Sevilla, donde no se asientan esas plantas, hace falta energía. Claro que eso lo dice IU en Huelva pero no en Sevilla, donde, a cambio del “carril bici” y mucha tela marinera para dar y repartir, la coalición no dice ni pío del tema. Y Valderas afirma, por su parte, que maneja información (¿) que le garantiza estupendos resultados en las próximas elecciones, cosa extrañísima si se piensa que él mismo no sabe aún por qué provincia presentarse con menor riesgo de quedar una vez más en la cuneta. Es posible que IU está entilando incluso el estrecho margen que tenía como fuerza política residual, pero si el descalabro acaba produciéndose habrá que recordar todos estos antecedentes para dar sentido al batacazo.

La mollera seca

No es oro todo lo que reluce en la revolución cibernética. Un internauta chino, según informa la prensa pequinesa, ha fallecido, derrumbado sobre el ordenador de un cibercafé, tras pasar tres días con sus respectivas noches pegado a la pantalla. Según un periódico pekinés, la muerte del hombre, de unos treinta años y constitución fuerte, se produjo el sábado pasado cuando el centro estaba abarrotado de usuarios que, como es lógico, huyeron aterrados ante el trágico suceso para volver a sus puestos horas más tardes, cuando el ciber reabrió sus puertas una vez superado el soponcio. Nada pudo hacerse en la ambulancia ni en el hospital, fuera de certificar un fallecimiento atribuido por los médicos, en principio, a un fallo cardiaco provocado por el desusado esfuerzo, e igualmente se ignora la índole de tan larga navegación o los motivos de la hazaña, pero al Gobierno chino le ha faltado tiempo para utilizar el suceso en apoyo de su política de control de la informática, comenzando por prohibir de un plumazo nuevas aperturas de centros públicos y dejando entrever que van a adoptarse medidas cautelares –ya existe una suerte de censura no poco eficaz en aquel inmenso país– para mantener razonablemente controlados a esos más de ciento sesenta millones de usuarios que diariamente se asoman al mundo por encima de la Gran Muralla. ¡Tres días con sus noches navegando sin descanso! La pasión internáutica, sobre todo en los más jóvenes, recuerda ya a los viejos motivos legendarios en que odiseos y argonautas viajaban sin rumbo en busca de islas y vellocinos, o esos pilotos de Conrad que aguantaban, proa a los vientos más feroces, la violencia del tifón, cierto que ya sin rastro de aquella poesía arcaica y como arrastrados por una ilusión que ha llegado a obrar el milagro de sublimar la realidad concreta en la irresistible apariencia virtual. La leonera del chico o el rincón del solitario han abierto sobre el infinito el amplio ventanal de una imaginación que, junto a evidentes beneficios, no cabe duda de que está provocando perjuicios quien sabe si irreparables.
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A don Alonso Quijano, de tan poco dormir y tanto leer hazañas de la caballería andante, “se le secó el cerebro” que no recuperaría hasta el lecho de muerte, pero es posible que cada época disponga de su atracción fatal, e igualmente lo es que, en la nuestra, la obsesión navegante del internauta haya acabado por figurar sus propias Dulcineas y por fingir sus propios castillos encantados, sus gigantes y sus encantadores, hasta secarle el seso a mucho hidalgo aunque también a mucho hideputa. Hay ya por ahí quien todo lo abandona por seguir a la dama imaginaria –no sabemos el juego que la “cita a ciegas” podría haberle dado a Cervantes–, hay quien liquida el negocio familiar y huye con el botín en pos de un destino imaginario, hay quien emigra a otro continente o, incluso, quien miserablemente espía a niños inocentes para revenderlos en la lonja de la perversidad. Signos ciertos todos ellos de que no hay “novedad” enteramente benéfica sino que cada avance cualitativo conlleva eventualmente sus efectos indeseables, dicho sea todo ello son atisbo siquiera de revivir la histórica porfía entre “antiguos” y “modernos”, sobre la que mi maestro Maravall escribió tan memorable y definitivo ensayo. Un hombre muerto por extenuación tras tres días de vigilia cibernáutica es un supuesto que desborda cualquier argumento, aunque es posible que esa noticia exótica debiera preocuparnos por el impacto irrefrenable, adictivo, que el instrumento de la nueva era anda produciendo sobre chicos y grandes en medio de una indiferencia suicida. Los chinos, por lo menos, van a tratar de controlar el abuso de la consola. Yo me conformaría con que aquí hicieran lo propio esos padres que ven en el ordenata del niño el ídolo intocable de su leonera.