Cuentas ajustadas

Ya era raro que el presidente de la Mancomunidad de Aguas de Condado y alcalde de Bollullos, Carlos Sánchez (PSOE), no hubiera ajustado cuentas con quien, como el alcalde andalucista de Niebla, Francisco Viejo, no sólo se distanció del organismo de cuyo consejo de gobierno era miembro, sino que pidió públicamente la dimisión de Sánchez por considerarlo responsable del largo abastecimiento con agua no potable registrado en la comarca hace un par de meses. Por eso no sorprende la fría destitución del protestón que se produce –tardío pero cierto– sólo cuando el asunto se ha enfriado. Claro está que, si el vengador pudiera, lo habría echado incluso de la Mancomunidad, pero, como menos da una piedra, el hombre se ha conformado con esa pequeña venganza. Parece poco probable que estos políticos acepten alguna vez que en la vida pública hay que soportar críticas, en especial, de la oposición, y en consecuencia, dejen de manejar el Poder como reyes de bastos cando no les es posible manejarlo como reyes de oro.

Los dineros públicos

En el transcurso de la vista oral de que venimos hablando estos días –la seguida contra El Mundo a instancias del presidente Chaves por el caso del presunto espionaje a un presidente de Caja– ha aparecido un hecho, sin duda extraordinario, pero que apenas ha taladrado la piel coriácea de una sociedad hecha ya a carros y carretas. Se trata de la factura de 17 millones de pesetas que aparece en el sumario como pagada por la Caja de Ahorros en cuestión, en compensación de su trabajo de seguimiento a un presunto espía, a un sujeto que, por lo que se va comprobando en el plenario, ni siquiera es detective sino una cosa mucho más sutil, que creo que se pronuncia “investigador privado”, pero cuyo concepto no debe de estar muy claro cuando ni el propio interesado no acertó a precisar al Tribunal en qué consistía tan raro oficio. Se ha sabido también en esa investigación que el mismo ‘investigata’ habría trincado previamente otro pelotazo millonario de la misma Caja por espiar (esta vez no de manera presunta sino confirmada) a los jugadores de baloncesto financiados por esa entidad, cuyos impositores, si es que en este país ese concepto tan vago tuviera alguna entidad, deberían de andar devanándose los sesos o acaso rasgándose sus vestiduras. ¡Cómo para no luchar por el control de las Cajas, que es lo que provocó este cisma en el PSOE y aún colea amenazadoramente sobre el periódico que tuvo la audacia de enviar a esa contienda sus objetivos corresponsales! En un país donde aún se regatea en torno al salario mínimo, en el que no hay dinero para financiar la ley de Dependencia y una muchedumbre silenciosa cobra pensiones de hambre, se habla sin el menor complejo de un facturón de 17 millones pagados a un tío sin oficio ni beneficio (bueno, acepto que la locución es del todo impropia para el caso) por averiguar quién sigue al mandamás de una caja o a qué dedican el tiempo libre los gigantones del ‘basket’. ¿Qué, cómo se les ha quedado el cuerpo? Pues eso es lo que hay: así funciona por dentro el “régimen” andaluz.
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Es bueno que la gente se entere de estas cosas para que pueda valorar como es debido la razón de las luchas por el poder en nuestras populares instituciones de crédito, esas Cajas cuya pertenencia a una institución privada como la Iglesia católica se cuestionaba –tan tramposamente como cualquiera puede recordar– como si no se supiera hasta en la última aldea andaluza que, desde que se instauró el “régimen” dichoso, apropiarse de ellas ha sido el objetivo prioritario del partido en el poder. ¿No le condonó la de Jerez un crédito millonario al propio Chaves y un grupo de amigos? Pues en cierto modo aquellos polvos son los que han traído estos lodos. Un sujeto sin cualificar cobrando decenas de millones de una Caja por alcahuetear a personajes rebeldes o deportistas de élite: ahí hemos llegado. Pero a mí lo que me llama la atención es que, el lunes, mientras en la sala de la Audiencia se confirmaba esta revelación, el propio público la asumía a cambio de un efímero murmullo, indicio seguro del grado de postración al que ha llegado la estimativa pública o signo cierto, en fin, de un entreguismo moral que ha conseguido metabolizar sin mayores contratiempos la corrupción salvaje pero también estas formas legales de despilfarro. La gente de la calle, la que paga sin rechistar sus impuestos y acepta con disciplina la gestión pública, ha terminado por asumir, desgraciadamente, la sugestión patrimonialista que proyecta el Poder y nada lo demostraría mejor que esta suerte de realismo perverso que presenta como inevitables los desmanes de los nuevos amos. Vivimos una versión actualizada del caciquismo de toda la vida. La imagen de Borbolla (abuelo) recibiendo a sus clientes políticos sentado en su retrete no es una extravagancia, es un paradigma.

El eco velado

Ya saben que Camus decía aquello de que si se veía forzado a elegir entre la Verdad y su madre, elegiría a su madre. Hoy el dicho sería aplicable a muchos en el mundillo de la comunicación que, situados en semejante brete, suelen elegir a su patrón, al directo y al diferido, al que le paga la nómina y al que financia al pagador. Seguro que me entienden. Pero si así no fuera, echen un mirada al reflejo del juicio “Chaves vs. El Mundo”, como dirían los americanos, para ver cuánto tacto extremado, qué estudiada ambigüedad o, también, claro está, incluso qué crónica mendaz de lo realmente ocurrido en la Sala. Mantener un ‘medio’ al margen de los poderes y, en especial, al margen del Poder es difícil cuando no imposible. Por eso aceptamos tolerantes el papelón que están haciendo algunos, casi todos, a base de ponerle un cirio a Chaves mientras con la otra mano nos brindan una vela. Allá cada cual. Pero es deseable que se sepa que lo ocurrido en ese juicio tiene poco que ver con lo que cuentan los cronistas.

La ola de asaltos

No es bueno escupir al cielo. Lo comprueba estos días en Huelva un PSOE que tantas veces, y con tan dudoso fundamento, utilizó la alarma de la inseguridad para lastimar la imagen rival, para acabar contabilizando en Aljaraque, ahora bajo su exclusiva responsabilidad de gobierno, nada menos que seis atracos en seis días, es decir, un  asalto diario. Los vecinos están que trinan, con toda la razón del mundo preguntándose por qué el Ayuntamiento cerró la comisaría de proximidad que abrió el PP, y si no tienen nada mejor que hacer el consistorio que cambiarle absurdamente los nombres a las calles de esa que se está convirtiendo en una ciudad sin ley. Nunca es bueno escupir al cielo, ya digo, pero menos que nunca si la ofensa puede acabar cayéndole a uno encima. Que es lo que le ocurrido al PSOE onubense en esta ocasión. Ni más ni menos.

Primera sesión

Créanme que no suelo ir a los juicios salvo cuado me llevan. Si ayer fui a la primera sesión del que, contra El Mundo, se celebra en Sevilla a instancias del presidente de la Junta y del PSOE, Manuel Chaves, fue picado por la curiosidad y la prevención –no voy a negarlo– de que el bipresidente hubiera logrado entramar un tinglado siquiera medio consistente para castigar la insolencia de este periódico irreductible. Pero quiá. Uno no podía imaginar que semejante zarpazo a la libertad de expresión se urdiera con tan pocas mimbres ni tan malamente como evidenció esa maratoniana sesión que bastó, tal vez, para dejar en evidencia cuánto más cerca estamos de ‘Mortadelo’ que de la III Modernización, de qué oscura e indeseable manera se traslució el reverso de una trama por la que lo mismo vimos desfilar a un detective que no lo era que a un subastero verídico, enredados todos sin remedio en un mal guión en el que el nombre de Chaves era arrastrado por el lodo y sacado de la ciénaga por la misma mano, como en una moviola chusca, en la que se mezclaba el espía de tres al cuarto con el personaje en desgracia, y el poli partisano se las traía tiesas con su rival de partido. ¿Y esto era todo? ¿Todo lo que ha podido acarrear contra El Mundo la covachuela de Chaves cabe en esa ridícula muestra de insolvencia y cutrez? La gente salía ayer desnortada de la sala de la Audiencia preguntándose qué suerte de soberbia terciada de inopia ha podido sugerir a tan alto personaje un ataque tan alelado como el que ayer pudo ver en primera sesión. La imagen de Andalucía que, motivada por la incontinencia vengativa de su presidente, tomó cuerpo ayer ante la Justicia constituye una auténtica vergüenza para los andaluces. No exagero si les digo que ni en un Canal Sur de paletos y comadres hubiera dado el nivel.
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No entiendo cómo se espera reforzar un prestigio a base de bastinazos como el comentado. Chaves ha conseguido, seis años después, desenterrar la memoria de lo que fue la cacería celebrada en el coto de las Cajas, y colocar bajo el foco las cabezas disecadas de unos disidentes políticos junto a las bien erguidas de los periodistas que osaron romper el círculo de hierro de la precita información regional. ¡Pero qué grima, ver de cerca y, sobre todo, escuchar a los personajillos en los que se apoya la farsa, qué decepción comprobar que, como suponíamos, nada, salvo el Poder mismo con su imprevisible influencia, podía inquietarnos, qué pena contemplar las contorsiones de ese Poder en su intento de silenciar nuestra solitaria crítica! Poco ha cambiado esta Andalucía imparable de la de Juan Guerra –hasta el escenario sevillano, como en un teatrillo pobretón, es el mismo–, a juzgar por lo que ayer vimos y escuchamos en la sala, con los mismos cafelitos e idénticos comparsas, los enredos sinfín y los burdos malentendidos a os que se les entendía todo. Sólo un aliciente queda en el absurdo juicio con el que Chaves está haciendo perder tiempo a la Justicia y dinero a los contribuyentes, y es justamente ver al propio Chaves acudir ante el Tribunal a soportar el cuestionario de propios y extraños. En cierto modo, desde luego, el Presidente no podía haber encontrado mejor forma de valorar a esos periodistas ni peor para quedar en evidencia él mismo si ganara y en ridículo si llega a perder. Pero eso es cosa suya. Lo que nos afecta a todos es la gravedad de su asalto a la libertad de expresión y, por supuesto, el espectáculo denigrante de ese submundo próximo al Poder que ayer pululaba por la Sala, apicarado y ruin, exhibiendo, aunque fuera con el rabo entre las patas, las credenciales de la impunidad. No sé por qué me da que este juicio va a traer cola. Lo que no logro sacudirme es la agobiante sensación de miseria que, de palabra o sobre el papel timbrado, se ha ido acumulando tan torpemente. La venganza de Chaves está servida. Queda por ver ahora cómo salva esa difícil digestión.

La buena fama

Los políticos son muy celosos de su buen nombre y hacen bien. Claro que para que esa actitud se justifique es preciso que cuiden sin intermediarios su propia imagen, celosos como el que más, y llueva o ventee. Una casa ilegal, construida sobre suelo rústico de especial protección, para los concejales del PSOE moguereño era mucho, pero dos es una pasada. Del mismo modo que una plaza diseñada “a perfil” como dice los cúrsiles, para beneficiar a una hija de dirigente del mismo partido podía ser un escándalo, pero dos resultan demasiadas. Sé que lo más probable es que, conscientes de la rentabilidad del procedimiento, los afectados aguardarán ahora a que pase la tormenta, tal como aguardaron sus antecesores. Pero eso que –quién lo duda– puede ser estupendo para la familia o para la niña no debería ser admitido en un partido de Gobierno que en bastantes barrizales se ha visto ya. La buena fama hay que ganarla, conservarla y defenderla cuando llega el caso. Pararse y esperar a que escampe el chaparrón no es tolerable en una democracia.