Arón

La concejala calañesa Cinta Castillo hace lo posible y lo imposible por hacerse notar. Debe de creerse que ella es, en efecto, la futura candidata, creencia que le puede salir por donde le salió a Trillo, el pobre, en esta ocasión, quién sabe, hasta puede que por doña Petro. Ahora bien, no todo es lícito en la vida pública ni el fin –por muy políticamente hiperlegitimada que se crea una criatura– justfica unos medios que o son más que ruido sin valor alguno. Interrumpir al orador durante su turno legítimo es algo que está al alcance, incluso de Castillo, la heterófoba que una vez se negó a subir a un estrado porque había un varón en él y cuya tesis sobre Frossini tan divertida resulta que bien podría ser glosada en su día como ya lo fuera la vista y no vista novela de su compañero Ceada. Mientras tanto, no parece mucho pedirle a quien tan alto apunta que respete el derecho de los demás a hablar. 

Dos modelos

Hace pocos días el presidente ZP declaró, como extraviado en el atolondramiento, que contra la subida imparable de los precios nada se podía hacer. Era una declaración bizarra, viniendo de alguien que, aunque no resulte fácil saber por qué, sigue declarándose ‘socialista’, sino que, al contrario, durante estos años complejos, si algo ha demostrado ha sido su fervorosa aceptación del modelo de libre mercado. Se comprende que no resulte fácil desasirse de las modas, y menos en el ámbito político, donde la emulación funciona a rajatabla por razones de competencia electoralista, incluso si, como en el caso de esta izquierda residual, aceptar el modelo del adversario histórico implique la defección absoluta. Cierto, un Gobierno liberal podrá mantener activa su larga mano haciendo y deshaciendo en el ámbito económico mientras las cosas le vayan bien, y por supuesto, uno que se proclame socialdemócrata o, incluso, socialista, no encontrará obstáculos para profesar en la práctica el manchesterianismo más riguroso mientras los vientos soplen de popa y los buenos resultados justifiquen su contradicción. ¡Pocas cosas tan agradecidas como el éxito político! Ahora bien, cuando esas cosas se tuercen y los resultados comienzan a fracasar, cuando, pongamos por caso, los precios se disparan día tras día y, en consecuencia, crece simétricamente el descontento de quienes ven menguar a ojos vista su poder adquisitivo, entonces ni los liberales tendrán reparos para tirar de subvenciones ni sus competidores para retornar al viejo modelo. Se ha convertido en un tópico eso de que las políticas económicas de Rato y Solbes no las distinguiría ni el ojo de un águila, pero verán como la coyuntura crítica que, sin la menor duda, vivimos ya, se encarga de aclarar las cosas gane quien gane los próximos comicios. Entre tanto, quien pagará el pato será el consumidor, o sea, usted, yo y el de más allá, que somos, justamente, quienes no tenemos opción alguna para interferir por activa o pasiva en la marcha de la economía salvo quitándonos el pan de la boca. Que le cuenten a un pensionista que más vale no “intervenir” en la economía mientras suben los garbanzos o la bombona de gas, y ya veremos lo que responde.
                                                                  xxxxx
No está tan claro, sin embargo, que la autoproclamada izquierda tenga las manos atadas ni que el desplazamiento de la socialdemocracia hacia el terreno de los neocapitalismos resulte irreversible. Miren lo que ocurre en Francia, donde en una semana el PS ha pasado de ofrecer cuatro a proponer diez medidas para paliar la pérdida del poder adquisitivo, medidas que incidirán –más allá de las protestas liberalizadoras– lo mismo sobre los salarios que sobre el precio de la energía, el alojamiento o los productos alimentarios de primera necesidad. Es más, para la semana próxima planean los socialistas franceses una activa campaña en la que se incluye una jornada de movilización durante la que se proyecta distribuir, como en los viejos tiempos, dos millones de panfletos que seguro que rescatarán del baúl de los recuerdos el viejo discurso reivindicativo. Luego se puede hacer algo frente a la subida de los precios, y si le es posible a la izquierda francesa plantearle esas medidas a un Gobierno de derecha, más fácil lo debe de tener la española para exigírselas a “su” propio Gobierno. Pero ¿en qué quedamos, debe respetarse con escrúpulo el capricho del mercado y el juego libérrimo de la oferta y la demanda, es imprescindible ‘dejar hacer’ a la Mano Invisible o habrá que volver a la satanizada “intervención” de la que todos reniegan pero que todos aplican a su turno? “Menos hablar del poder adquisitivo y más aumentarlo”, proclaman los vecinos sociatas. Aquí el presidente ha dicho ya que no hay nada que hacer y se ha quedado tan tranquilo. Claro que también tiene dicho que la economía se aprende en una tarde. Visto lo visto, parece que ése debe de ser su caso.

Visto para sentencia

El juicio “Chaves contra El Mundo” acabó por fin ayer. No queda ahora más que esperar respetuosamente la sentencia tras un complejo plenario ejemplarmente dirigido, Pero ¿cuánto habrá costado a las arcas públicas, habrá calculado alguien el quebranto causado a una Administración de Justicia que no se ve las manos para atender a los casos de verdad justificados o urgentes? ¿Y el efecto desmoralizador que supone haber escuchado en los estrados tan gravísimas acusaciones a todo un Presidente y su pretorio o el escándalo vergonzoso del robo de las pruebas? Una sociedad que no se conmueva ante el robo de las pruebas que ha dado un inconfundible tono mafioso a los acontecimientos, o está en coma moral profundo o, lo que es más evidente, está muy mal informada. El Mundo se ha visto solo, que es lo suyo, en esta injusta prueba, defendiendo el fuero de todos. La inmensa mayoría de los demás se ha calificado a sí misma por acción pero, sobre todo, por omisión. Es lo normal en un “régimen”. Si hubiéramos pensado otra cosa seríamos unos ingenuos.

Se impone el ‘JB’

No sé qué hubieran pensado los socialistas históricos si se les propone “dinamizar” la vida de partido a base de copichuelas y ‘tragos largos’ en bares instalados en las propias  sedes del partido. Eso fue muy propio del franquismo más casposo –el bar de la Vieja Guardia, el del Frente de Juventudes, hasta el de la Hermandad de la Legión– pero nunca, que yo sepa, recurrió la izquierda a “fidelizar” a los suyos a base de alcohol. No nos faltaba más que llegar a ver un control de alcoholemia –ejem– en la puerta de la Casa del Pueblo una noche de elecciones, pero sin llegar a tamaño despropósito, insistamos en la impropiedad que para la imagen clásica del progresismo supone esta novedad. Desde luego, si todo lo que tiene en su mano esa izquierda para animar a sus bases es un buen trago, este cuento se ha acabado.

Males de ricos

Es frecuente escuchar que en el Tercer Mundo no existe la anorexia: lo que hay allá es hambre. No se privan de comer quienes carecen de alimentos sino aquellos que, por andar sobrados de ellos, cuestionan sus efectos y les endosan sus propios defectos reales o imaginarios. Incluso dentro de este paraíso feliz está probado que ese terrible desorden que atormenta a tantas familias se localiza entre los sectores privilegiados mientras que prácticamente se desconoce en los desfavorecidos. Toda una mitología surgida alrededor de las víctimas anoréxicas ha llegado a nimbar el fenómeno con una incierta aureola de equívoco prestigio (la “enfermedad de las modelos” la han llamado alguna vez) con el consiguiente daño, de paso que se ha hablado –tal vez sin demasiado rigor– del papel condicionante ejercido por el modelo extremo que propone una moda que ha idealizado hasta esquematizarla, en términos muchas veces inverosímiles, la silueta de la persona. Pero junto a este grave problema, común a todas las sociedades ricas, crece en ellas la preocupación por otros desórdenes entre los cuales destaca el consistente en una conducta a la que los expertos no acaban de decidirse a atribuir naturaleza patológica, y que consiste en la obsesión por reducir el alimento a tenor de un criterio higiénico estricto, de tal manera que se excluyan de la dieta todos aquellos que se juzgan perjudiciales o siquiera inconvenientes para la salud, esto es, en resumen, en la obsesión de la llamada “comida sana”, sin duda consecuencia última de una preocupación que, en su origen, no deja de tener sentido, a saber, la necesidad de evitar la ingesta de productos perjudiciales para el organismo o presuntamente contaminados por el espectro de la manipulación industrial. Desde las grasas hasta las bebidas carbónicas, desde los populares precocinados a toda materia sospechosa de contener aditivos químicos pasando por los malfamados transgénicos en general, el “ortoréxico” va desechando productos hasta reducir su dieta a una caricatura del todo insuficiente para una correcta nutrición. En el mundo pobre no hay más que hambre, en el rico, como puede comprobarse, las “maneras de mesa” son más sofisticadas.
                                                                xxxxx
Hablamos ahora también de una enfermedad de “elites”, de un desorden cuyo origen es obligado relacionar con la abundancia y que, como es natural, resulta inconcebible en las vastas concentraciones de miseria que afligen a la Humanidad doliente. No hay anoréxicos ni ortoréxicos, por descontado, en los basurales del mundo pobre, allá donde se dice que muere hambriento un niño cada pocos segundos. Pero hay que decir que esa conducta, patológica o no, es feudataria, a su vez, de una mentalidad que deriva de los pruritos narcisistas con que se adorna la propuesta estética de las sociedades desarrolladas, esas “sociedades opulentas” que retrató Galbraith con mano maestra, en las que el individuo suele proyectar su autoestima sobre ideales tan exigentes como infundados. Es verdad que encontramos en el pasado ideales estéticos que implicaron regímenes alimentarios estrictos y con frecuencia insanos, bien para conseguir una opulencia que connotara salud o fertilidad, ya con el propósito de estilizar la figura humana (la femenina, en general) hasta forzar la sugestión espiritualista. Las modelos de Rubens debieron de comer opíparamente en sus días, pero las damiselas y hasta los pisaverdes románticos ayunaban y bebían vinagre para acentuar su torturado perfil hasta el punto de idealizar el flagelo de la tisis, oscuramente integrado en el canon de la elegancia. Siempre sin salirnos de la clase acomodada, nunca entre la menesterosa, claro está. La ‘ortorexia’ sería la penúltima “enfermedad de clase” que castiga a esta especie omnívora que, a costa de su misma silueta, está haciendo del ayuno voluntario un indicador de prestigio.

De peor en peor

Tampoco ha aparecido el segundo video, presuntamente (el obligado adverbio valdrá para todos, digo yo) “extraviado” en el depósito judicial, y el Consejo General del Poder Judicial ha ordenado una investigación en el laberinto que ya verán cómo no esclarece nada o bien poco. Malas noticias para la acusación y para su coro mediático que no podrán insistir en la necedad de la falsificación técnica, malas para las autoridades que tendrían que responder por la pérdida de material tan valioso, indiferentes para los periodistas de El Mundo puesto que el contenido del video es bien conocido y consta en el sumario gracias a que otro medio, significativamente no querellado, lo publicó y colgó en su web. Otro caso más concerniente a la política que habrá que cerrar medio en falso, nueva demostración de la precariedad de las garantías con que cuenta, para su trabajo, la Justicia. Y una pregunta sobre todas: ¿quién o quiénes tienen motivos y medios para robar pruebas en un juzgado? Yo que el CGPJ me centraría en esa cuestión