El arca de Noé

No sabemos qué hacer, en el fondo, en medio de esta revolución zoológica que padece la civilización urbana. Empezando por las populares palomas, mudas portadoras de gérmenes y parásitos, “ratas volantes” cuyo excremento actúa como un eficacísimo corrosivo. Ante el Panteón romano, en la plaza de San Marcos, en Buenos Aires o en París muchos ciudadanos recelan de la creciente plaga urbana que ha convertido nuestros edificios en auténticos columbarios y discuten sobre los posibles métodos de combate disponibles. En las islas Galápagos las han eliminado por las bravas (era una especie invasora de reciente introducción), mientras en Ecuador o en Canarias, luchan con ellas a brazo partido y sin grandes garantías de éxito y en Barcelona los servicios municipales, como ya hiciera Rodríguez de la Fuente en nuestros aeropuertos, están utilizando parejas de halcones para ahuyentarlas del barullo ciudadano. Por su parte, la batalla contra la tórtola turca, más prolífica aún, al parecer, y mucho más competitiva, parece más o menos perdida sin remedio en perjuicio, entre otras cosas, de la raza autóctona, la del arrullo vespertino de los pinares, indefensa ante la tremenda vitalidad de la invasora. Ni siquiera el soponcio que supuso la campaña contra la gripe aviar logró detener a esos bárbaros alados contra los que poco pueden las legiones peatonales, aunque la lucha continúe un poco por todas partes. Un grupo de investigadores ingleses ha discurrido en Nottingham que el arma más afectiva en ese combate podría ser la disuasión por el espanto y ha inventado un halcón-robot que con su horrendo grito de caza consigue dispersar los bandos sin necesidad de mayores violencias. No sabemos qué hacer, ésa es la verdad, ante estos despliegues animales que han hecho del éxito reproductivo un arma invencible incluso para los anticonceptivos suministrados con el alimento que arteramente les han ofrecido los sayones o las jaulas trampa colocadas en los aleros y tejados. La paloma de la paz se ha llevado de calle al ciudadano en esta guerra por el territorio.
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Parece evidente, en todo caso, que la causa de estas invasiones no hay que buscarla en ninguna lógica animal sino en los errores de la propia civilización urbana y, por supuesto, en el hondo efecto de su ideología animalista. Las tórtolas turcas no vinieron solas, como es sabido, como no vinieron solas las diversas especies foráneas que andan compitiendo exitosamente con las indígenas en términos no pocas veces alarmantes. Sólo en Andalucía se reconoce oficialmente que, al margen de las especies vegetales aclimatadas en régimen de feroz competencia, colonizan el territorio, junto a la ubicua tórtola en cuestión, la rana toro, el cangrejo chino, el mejillón cebra, el galápago de Florida, la cotorra argentina (no es coña), el tejedor amarillo o la malvasía canela, un zoo complejo y, en buena medida, desconocido, ante el que poco puede hacer una Administración que bastante tendría con luchar con sus propias contradicciones. Las gaviotas ha dejado de ser costeras acogidas a la munificencia del basural y las cigüeñas no emigran ya hace años por la misma razón, aparte de que procrean cómodamente instaladas en los nidos que les construye diligente, en espadañas y postes eléctricos, el  poder que, sin embargo, no sabe como solucionarle al contribuyente el problema de su vivienda. La nueva civilización ha creado su propia Arca contribuyendo a una revolución zoológica sin precedentes en un tiempo récord y si  la menor idea de las consecuencias que habrán de derivarse de ella. El halcón de Nottingham es ya una caricatura de su misma función considerado el panorama general que se ofrece en todo el planeta. Que unas especies desaparezcan sin remedio mientras a otras no haya modo humano de exterminarlas lo dice todo sobre aquellas contradicciones.

Mandatos vitalicios

En buena parte han ido a poner la era IU y el PA, al solicitar, tras las huellas del PP, la limitación de mandatos. Cuando ZP prometió esa limitación en su primera aparición en Andalucía, un avezado militante le preguntó si sabía dónde estaba de pie. Chaves va a presentarse a la presidencia de la Junta por sexta vez consecutiva, Guerra lo hará en novena ocasión por el escaño sevillano al Congreso, pero como ellos, una legión de personajes de mayor o menor cuantía se eterniza en sus cargos agarrada con uñas y dientes. Claro que enfrente del PSOE no ocurre nada singularmente distinto, pues hay en ellos candidatos que son también los mismos –en el PP o en IU– desde el origen de los tiempos. Esta democracia es a la vez una profesión y, como en toda profesión, sus beneficiarios aspiran a la estabilidad en el empleo, o mejor, a la perpetuidad dentro de lo posible. Todos y cada uno, por supuesto, y a salvo las excepciones. En la derecha y en la izquierda. Como en los sueldos y otras bicocas, en eso han coincidido siempre tirios y troyanos.

Jugar con las sentencias

Lamenta el PA que el PSOE se alegre ante la sentencia del TSJA sobre la central de Endesa que costará cara (aunque está por ver si ello le interesa a la empresa) a los ciudadanos onubenses. Por su parte, Barrero pide en público que se ejecute la sentencia que condena a Fertiberia en el asunto de los fosfoyesos pero pidiendo que se haga “sin dañar los derechos de los trabajadores”, claro está que sin decir cómo se cuadra ese círculo. Por lo demás, la frustrada candidata a la alcaldía se ha permitido poner en duda el alcance de la sentencia que declara legal la compra de los terrenos del Ensanche, temeraria apreciación incluso más allá de su banalidad. Los políticos aprovechan las decisiones judiciales como armas arrojadizas mientras tratan de mantenerse en cada caso en una especie de terreno de nadie al margen de los problemas. Los únicos que han de mantenerse bajo ese fuego graneado son los ciudadanos contribuyentes, huérfanos con cien padres en tiempo electoral.

El ojo de Martínez

Las viñetas publicadas por ‘Martínez’ en El Mundo, relámpagos de ingenio a media distancia entre Siné y El Roto, llevan camino de acabar suplantado el análisis político del mismo modo y por razones idénticas a las que se argüían para sostener que, en fin de cuentas, nadie da mejor y más acabada noticia de la vida que la poesía. La del domingo era de las que hacen época y en ella su personaje –ese profesional de la política curtido en la tenería de su propia indecencia– decía literalmente levantando el índice filosófico: “Los políticos hace tiempo que si por algo trabajamos es por un sistema de promesas y ayudas… preelectorales donde no quede ni un voto…gratis”. No se puede resumir mejor el espíritu de insensata verbena que anima la actualidad en estos amenes de legislatura, seguramente porque, con las encuestas en la mano, el Gobierno no las tiene todas consigo frente a los próximos comicios, o quizá sólo porque el oportunismo electoralista ha sentado ya plaza fija entre nosotros. En las pasadas elecciones municipales hubo candidato que ofreció como aliciente a sus votantes el sorteo de un piso y candidata que lo que regalaba eran papeletas para la rifa de un dormitorio de los de antes, ocurrencias que se han quedado en pañales a la vista de la carrera de mercedes que el Gobierno viene prodigando día a día quizá estimulado por esa idea de ‘Martínez’: que no quede ni un voto gratis. ¿Se puede perder en las urnas prometiendo premiar a las paridas, subvencionar la vivienda de los jóvenes, subir las míseras pensiones de los abuelos, garantizar el derecho a la vivienda al ochenta por ciento de los ciudadanos y reducir los impuestos aunque sea –menos da una piedra– bajando el IRP sólo el dos por ciento bajo la inflación? Pues debe de ser que si, a juzgar por la agitación ambiente, la guerra del fútbol, el cisma de Mediapro y la rebelión del polanquismo ilustrado. El problema de la prodigalidad estriba en que el prodigado nunca cree tener bastante con la dádiva. Un perú que se le diera al elector no garantizaría su voto al cien por cien. Menos mal.

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Por supuesto que las promesas se hacen sin propósito de cumplirlas, como Tierno proclamaba con sincera desvergüenza. No creó González los famosos 800.000 puestos de trabajo con que se estrenó el ‘sociatismo’ ni cumplió su compromiso de premiar con una felación a cada votante cierta aventurera nórdica que hace poco escandalizaba con ese truco al personal, en ambos casos por la propia inviabilidad de la promesa. Chaves no edificó ni la mitad de las viviendas comprometidas cuando aún no garantizaba a todos su derecho, ni le dio a las amas de casa el salario prometido en concepto de vacaciones, ni mantuvo el cacareado ‘salario social’ de los más pobres. De manera que si algo no tiene sentido es la aprensión provocada por la idea de que esta piñata podría arruinarnos, supuesto sin base como sabe bien ese Solbes que se presta, eso sí, a hacer el paripé del administrador responsable y severo que vela por la bolsa de todos y de nadie. No se trata de cumplir, en resumen, sino de prometer, de embargar –como proyecta el personaje de ‘Martínez’– la intención de voto, de corromper la voluntad popular desvirtuándola en el ácido espurio de las promesas, y atraillándola con el bocado del interés. Desde el bebé al anciano, pasando por el joven, la ‘maruja’, el jornalero, el estudiante o el hipotecado, todos disponen de su correspondiente “plan Renove” que nadie puede garantizar que llegue a ejecutarse alguna vez –como tantas otras cosas comprometidas, después de todo– pero que, de momento, así a bote pronto, quién sabe si puede movilizar un voto tal como los esemeeses de la otra vez hicieron el milagro del voto bullanguero. Y es que lleva razón ‘Martínez’: no hay razón para dejar un solo voto sin pago en esta sociedad subsidiada. Anuncian los obispos que desde ahora los curas no trincarán del erario público. ¡Pues van a ser los únicos!

Nuevo sindicalismo

Fue todo un éxito la presentación, en el repleto paraninfo de la ujniversidad Pablo de Olavide, del nuevo Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT), nueva formación constituida en un principio por la aproximación del viejo Sindicato de Obreros del Campo (SOC), el Foro Sindical Andaluz, Autonomía Obrera y otros colectivos que, en total, representan hoy por hoy a 25.000 afiliados pero que aspira a representar no menos de 40.000 en un par de años, plazo en el que todos ellos se integrarán definitivamente en el nuevo proyecto. El SAT dice venir en busca de un sindicalismo distinto, directo y no burocrático, combativo y no determinado por los intereses de la ‘concertación’ como sus hermanos “mayoritarios”, aparte de salvar la brecha que separa a los trabajadores de sus propias organizaciones y llenar ese hueco con su presencia activa. A juzgar por la levantada del telón, apunta bien la propuesta. Sólo queda por comprobar si quedan energías en el trabajo andaluz para romper el círculo vicioso que cerró hace mucho la estrategia de concertación.

La mejor defensa…

Dicen que la mejor defensa es un buen ataque, pero la discreción aconseja no seguir los refranes al pie de la letra. La querella interpuesta por el ex-presidente de la Diputación, José Cejudo, contra la funcionaria que osó denunciar ante la Inspección de Trabajo su presunta (aunque más bien evidente) situación de ‘mobbing’ obedece –como ya va siendo habitual entre nuestros políticos, empezando por el propio Chaves– al intento de silenciar los recursos judiciales a base de réplicas inversas contra cualquiera que, en uso de su legítimo derecho, tenga la audacia de criticar al Poder o apelar a la Justicia para defender su fuero frente al arbitrio de los barandas políticos. Cejudo tiene pendiente, por lo demás, otra demanda por la misma causa que habrá de juzgarse estos días, pero en cualquier caso, no es ningún secreto que en la Diputación, como están hartos de denunciar algunos sindicatos, la política de personal no se viene ajustando al modelo más deseable. Esa funcionaria, por ejemplo, igual que el otro rebelado, andan en manos del médico desde hace demasiado tiempo a pesar del decidido apoyo sindical recibido. Tratar de tapar las bocas desde los despachos no parece la mejor solución para recobrar el sosiego.