Razones para un cambio

Algún día habrá que hacer balance del papel jugado en la batalla contra el terrorismo por las mujeres vascas. Las hay que presiden partidos, que defienden a las víctimas contra viento y marea, que sostienen en solitario ayuntamientos cercados o que se enfrentan a la hostilidad organizada con una determinación bíblica. Una de ellas, María San Gil, ha podido comprobar hace poco, con motivo de un contratiempo personal, el fervoroso cariño con que la distingue la mayoría de un pueblo agradecido, y ella nos visita hoy, ciertamente en un momento delicado, para traernos noticias de primera mano de este conflicto de los vascos que, por esa misma razón, a todos los españoles incumbe.
Ha sido una desgracia para esta nación que haya habido que andar afirmando algo tan obvio como que todo el mundo quiere la paz. ¿Quién no va a quererla, qué desvarío podría llevar a un ciudadano a preferir el conflicto a su solución? Hay un malicioso equívoco introducido de matute en el gran debate de esta legislatura sobre la idea de que hay en España quienes no quieren que termine la trágica agresión de ETA frente a quienes han postulado la negociación para liquidarla, un falso debate que nadie en sus cabales puede sostener sin evidenciar la intencionalidad partidista. Todos los gobiernos de España han negociado con ETA, aunque ciertamente unos más y otros menos, y no ha faltado siquiera el ominoso recurso de alguno de ellos a un contraterrorismo que no era menos genuino que el terrorismo contestado. Pero la que parece que acaba de finalizar no ha sido una negociación como las anteriores, sino un plan decidido a acabar con el antiguo problema  “como sea” (la expresión es del presidente del Gobierno), desde la perspectiva desacomplejada de que el entreguismo es un recurso tan válido como otro cualquiera: he ahí un planteamiento que rechazan –que rechazamos—muchos españoles no necesariamente, ni muchos menos, condicionados por ideologías o disciplinas partidistas, sino motivados tan sólo por un elemental sentido de la justicia.
Personas como María San Gil, que han debido ajustar su biografía a la exigencia de una amenaza constante, tienen más derecho a formular esa protesta, en cualquier caso, que los demás españoles, incluidos los que hayan tenido que soportar presiones sobre su libertad. Pero las víctimas, es decir, aquellos a los que el terror hirió irreparablemente contra todo derecho y fuera de toda razón, tendrían todavía más, si cabe, porque una tragedia como la provocada por ETA, muchas veces con la complicidad explícita o no, de ese nacionalismo que, ignoro por qué, se sigue llamando “moderado”, confiere una especie de legitimidad activa y superior que ni siquiera un Gobierno legítimo puede despreciar. Estos tiempos atrás hemos venido escuchado algo tan desconcertante como, por ejemplo, la tesis del Gobierno de que una simple metonimia, un vulgar cambio de nombre, exonera a una organización terrorista como Batasuna de toda culpa pasada y, en consecuencia, la rehabilita para la política. Antier nos decía el Fiscal General que “no consentirá” que los fiscales a su mando pierdan esta ocasión de buscar la paz social paliando la ley cuando y donde convenga. Pelillos a la mar, pues, con el millar de muertos, árnica sobre la evidencia de la barbarie, pragmática imposición de una paz prohibitiva al menos para media sociedad vasca, mientras el viejo catalanismo de las burguesías lugareñas evoluciona hacia formas despóticas que excluyen al disidente aunque el disidente sea el espíritu mismo de la Ley. Desde antesdeayer en cambio vemos invertirse esos criterios y tanto al Gobierno como a la Fiscalía General y a algún juez complaciente decir digo donde antes dijeron diego.
Vamos a escuchar a María San Gil, una mujer fuerte que ha vivido en primera línea de fuego todos estos años –casi toda su vida adulta—viendo cómo caían, junto a las suyas, las víctimas de los otros (llegado el caso, incluso las purgadas dentro por la propia banda), es decir, contemplando cómo la vida cotidiana se desestructuraba en una sociedad tan firme como la tradicional vasca, de qué manera la enfermedad nacionalista escindía en dos el país común para instaurar sobre la mitad rival la injusta disciplina del miedo. E imagino el dolor indignado de las víctimas ante tanto oportunismo, tanto entreguismo, semejante fraude de la letra y del espíritu de la Constitución, tal burla de la Justicia. La libertad de asesinos en serie se ha presentado como el precio de la paz, el borrón y cuenta nueva como la panacea de un mal que arrastra la misma serpiente hace al menos dos siglos, mudando de piel pero no de intenciones, dando de sí un inverosímil modelo de convivencia en el que Unamuno o Baroja se cambian mano a mano por Santi Potros o De Juana Chao. Y en el que el daño habría de olvidarse sin contrapartida alguna, camuflado el cambalache en el sofisma de una rendición disfrazada de paz. Que ya veremos, porque Clemenceau, que sabía de qué hablaba, ya nos advirtió que siempre resulta más fácil hacer la guerra que la paz, y bien parece que este desencantado Gobierno ha entendido al fin las razones del viejo estadista. Porque esa dudosa paz que el Gobierno perseguía hubiera sido, más que nada, una claudicación y el inicio de una nueva guerra: la que siempre provoca el olvido de la realidad, la que instiga la propia injusticia. ¿Quién no va a elegir la paz posible? Sobre esta falsa cuestión viene  a hablarnos una de las personas que, más allá de su capacidad probada, mejor título tienen para pronunciarse libremente frente una “solución” que puede que lo fuera para los terroristas y para el Gobierno pero no para el pueblo que ha sufrido esa tragedia, durante tantos años, en su propia carne. Como al fin se ha demostrado.
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El teatro vacío

El flamante ministro de Cultura se ha visto masivamente desdeñado en el hemiciclo del Congreso a la hora de defender su Ley del Cine. La foto del acto nos muestra una desoladora panorámica en la que un solitario curioso aparece en la tribuna de invitados y once diputados cabales ocupan unos escaños de los que sus colegas se acababan de ausentar en masa, nada más terminar la votación anterior, una imagen más que repetida, por supuesto, en esta democracia teatral y que hace tiempo fue amortizada por el cinismo parlamentario con el argumento de que los diputados no tienen obligación de permanecer atentos a los debates aparte de que nadie sabe cuánta faena les aguarda en sus despachos o, eventualmente, en la calle y hasta en el concurrido bar. El cronista parlamentario por excelencia, esto es Víctor Márquez Reviriego, mi viejo amigo, sostiene que ese absentismo glúteo debe de ser consustancial al sistema representativo puesto que su memorión certifica que siempre fueron normales las fugas en las sesiones plenarias (de las otras, mejor no hablar), en especial desde que el régimen representativo fue consolidándose. “Desengáñate –me tiene dicho más de una vez–, las democracias sólidas son aburridas, y si no, recuerda los llenazos de aquellas sesiones aurorales en que los debates versaban sobre grandes cuestiones, qué sé yo, aquel en que Jaime Añoveros forzaba con una enmienda la abolición de la pena de muerte, que no estaba prevista en principio, o aquel otro en que Pacordóñez defendía su denostado proyecto de divorcio, a cuya aceptación tanto contribuyó Fraga…”. Hoy la tribuna de prensa, por ejemplo –la misma hasta la que llegaron las ráfagas tejerinas– suele estar vacía en lugar de abarrotada como en los viejos tiempos, porque los plumillas tienen sala propia y siguen cómodamente los debates, como ciertos cronistas taurinos, por el monitor. Víctor ha descrito mejor que nadie aquellos tiempos fundantes en que Carrillo atestaba el mismo hemiciclo que su camarada Marcelino Camacho se encargaba de vaciar sólo con subir a la tribuna y desplegar su verbo florido, pero más recientemente, mucha gente recordará la divertida parodia de Guerra posando ‘distraídamente’ con el método de solfeo en una mano mientras con la otra se lucía midiendo el compás. La política es siempre teatro, un teatro en que los actores, como en el “teatro de la provocación”, se sientan en el patio de butacas.

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Es seguro que de nuevo tendremos que oír el argumento de la libertad del diputado, el único profesional que establece su propio sueldo y sus condiciones de trabajo, como lo es que no faltarán las protestas de quienes opinan que personas que cobran un sueldo muy por encima de la media alta de nuestras profesiones, que gozan de pingües privilegios y a las que, a poco que hayan resistido dos legislaturas (ocho añitos mal contados) en el escaño, aguarda una jubilación máxima cotizada, por cierto, con cargo al contribuyente, deberían extremar el celo y, desde luego, cuidar las apariencias. Porque un hemiciclo vacío, aparte de un escándalo laboral, supone un desinterés supino por el debate legislativo y si los legisladores no se molestan siquiera en conocer las leyes que aprueban unánimes obedeciendo como autómatas al jefe de fila, ya me dirán que puede esperarse del paripé democrático. Daba pena ese ministro echándole moral al desaire para ofrecer su razones a unas bancadas en cuadro, pero más inquietante resultaba comprobar una vez más la absoluta indefensión de unos ciudadanos a los que estos abusos injustificables de sus representantes convierten de hecho, en auténticos súbditos. ¿Ustedes se han fijado en las rarísimas ocasiones en que en nuestras Cortes se ha pedido ‘quórum’? Mal puede ir la cosa en un país cuyo poder legislativo es rehén del ejecutivo y controla con mano de hierro al judicial, sin necesidad siquiera de tragarse las sesiones.

Cosas de poca monta

Ninguna novedad que el delegado del Gobierno se dedique a responsabilizar a la oposición de los males de la patria. Grandísima, en cambio, y de lo más grave, que el de Andalucía considere “cosas de poca entidad” delitos definidos en el Código penal como las quemas públicas de banderas nacionales o de efigies del Jefe del Estado, y eso es lo que hecho el señor López Garzón en términos que justificarían su fulminante relevo, por decirlo suavemente. Ya digo que las cargas al rival partidistas entran en la lamentable costumbre, pero en modo alguno debe consentirse que quien habla por el Gobierno se permita relativizar hasta el ridículo delitos flagrantes como los aludidos. Ya se ve la imparcialidad que puede esperarse de un personaje semejante cuyo cuestionamiento debería constituir una prioridad para todos y cada uno de los partidos que todavía no hayan dado por enteramente liquidado el espíritu y la letra del Estado de Derecho.

Zonas catastróficas

¿Se acuerdan de lo que dijo el PSOE para justificar que sus diputados, incluídos los andaluces, votaran en contra de la declaración de los quemados del verano trágico como “zona catastrófica”, aquello de que esa “figura” había quedado obsoleta y en nada podía resultar útil para remediar la desgracia? Pues ahí tienen la celeridad con que se le ha arrimado la “figura obsoleta” a Alcalá de Guadaíra, como antes se le había arrimado a los montes abrasados de La Mancha. Los mismos gobernantes andaluces, los mismos diputados de la región, niegan a una provincia lo que otorgan a otra o conceden a una autonomía lo que niegan a la propia. Los diputados onubenses del PSOE que votaron contra esa ayuda a los montes de Huelva lo hicieron a favor de los ajenos, y la Junta que negó ese expediente clásico a Huelva se precipita para dárselo a Sevilla. Eso es lo que había y lo que hay. No hay refrán más certero que el que asegura que sarna con gusto, no pica.

Música y letra

Otra vez ha saltado el tema y proyecto del himno cantable, valga la redundancia, puesto que el himno siempre es cantable o no es tal: “Si… non cantetur, non est hymnus”, dice el sabio Agustín, o sea que, en buena lógica, lo que nos ocurre a los españoles no es que tengamos un himno sin letra sino que llamamos himno –se lo llama su Decreto– a una simple partitura musical, la “Marcha Real”, que ha funcionado durante siglos, más en el plano oficial que en el popular propiamente dicho, sin menosprecio de la carga sentimental que, evidentemente, adquirió en ese largo periodo. A uno, este comején por convertir en ‘cantabile’ lo que no es sino una marcha granadera no deja de resultarle arbitrario e improvisado, sobre todo si se entera de que el que anima la operación es el Comité Olímpico. Pero más le preocupa que se presente como una iniciativa novedosa lo que se intentó varias veces sin éxito, como es sabido, desde que Prim hubo de declarar desierto un certamen al que concurrieron cuatrocientos originales hasta que primero Marquina y después Pemán naufragaran sin remedio en la retórica tal vez porque, muerto o moribundo el romanticismo propiamente dicho, esa tentativa estuvo condenada al fracaso y lo más probable es que sigua estándolo. Los españoles hemos pasado siglos quitándonos la gorra cuando sonaba ese himno que no lo era, quizá, porque al no tener un origen revolucionario y aún teniéndolo, un himno se queda casi sin remedio en pura cohetería verbal. Nadie en sus cabales suscribiría hoy la bella Marsellesa si tomara en cuenta su letra –“qu’ un sang impure abreuve à nos sillons”…”, no les digo más– ni dejaría de sonreír melancólica o capciosamente escuchando cualquiera de las varias letras de la Internacional, por no hablar de la Varsovianka. ¿No anima le himno de Andalucía a los andaluces a que se levante y pidan “tierra y libertad”, ya ven que georgismo tan divertido si se piensa en la realidad de la verdad de la vida en nuestro actual “régimen”? En Uruguay tienen ahora mismo un problema, en cierto modo, inverso al español, pues de lo que se trata es de acortar sustancialmente un himno que duerme a las ovejas dada su inacabable murga, pero hagan lo que hagan, ya lo verán, el resultado habrá de pertenecer al mismo género murguista. Quién sabe si la discutida decisión asturiana de canonizar como himno una coral dominguera y amorriñada no fue, al fin y al cabo, un gran acierto. Mejor la morriña que la sangre derramada y el tronar de los cañones, ¿no?.
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Ya más en serio cabe proponer una hipótesis bien atractiva, y es que, al ser el himno, por naturaleza, una composición de origen religioso, su historia es la de un género que ha ido degradándose desde el lirismo exaltado de índole cultual hasta la pura retórica política, y siempre en el horizonte romántico que, por supuesto, incluye tiempos muy anteriores a los decimonónicos. Repasen las letras de los himnos hispanos que conocemos –“Els segadors” mismo, con sus hoces sin martillo, “Os Pinos” habaneros de las ‘galescolas’, el “Gernikako Arbola” de Iparraguirre, con su presunto arboricida invasor– y comprobarán que esas endechas van siempre dirigidas contra  Otro, más bien contra “El Otro”, disimulando la dinamita entre corchea y corchea. Por eso me parece inviable un himno cantado –¡en pleno siglo XXI!– pensado para llenarle la boca a los ‘seleccionados’ y darle caña, ya de paso, a cualquiera que no sea de “los nuestros”. Cuando hemos tenido himnos con letra en España –o sea, en las dos fallidas Repúblicas– el resultado no plantea dudas, incluso sin tener en cuenta la chabacana letrilla popular con que la ingenuidad de las izquierdas deletreaba el “Himno de Riego”. Por eso dudo que ni el COE, ni la SGAE ni ese comité de sabios al que le han colgado el mochuelo vayan más allá del intento. ¡Cualquiera sabe ya quién es “el Otro” en esta revuelta corrala!

País subvencionado

Ahora los pobres enseñantes: Chaves acaba de prometerles 7.000 euros anuales durante cuatro años en concepto de incentivo para “la consecución de los objetivos fijados por cada centro”. Vamos a ver en qué consisten esos “objetivos”, no vaya a resultar que se trata de bajar el listón para lograr el que supondría reducir el fracaso escolar a base de mano blanda y guante de seda, de la misma manera que el gran incentivo dedicado a los sanitarios se calcula, desde hace tiempo y en gran medida, en proporción inversa al gasto farmacéutico que origina cada cual. Menos gasto en medicinas, más dinero; menos suspensos a fin de curso, una pasta como premio. Tras la promesa de premiar con un millón de le pesetas viejas a los propios alumnos que no tiren la toalla tras la EGB, ahora esta dudosa zanahoria para los profes. Del ideal de la sociedad igualitaria hemos pasado al de la sociedad subvencionada. Hay que ser insustancial para seguir preguntándose en qué consiste hoy la izquierda real.