Tormenta en el grifo

Continúa la pedrea sobre el tejado de vidrio del SAS como consecuencia del inconcebible suceso de los diez pueblos sin agua potable. Los (i)rresponsables que mantuvieron abiertos esos grifos durante mes y medio dicen ahora que harán análisis diarios, lo que quiere decir que antes no se hacían, IU habla de dirigirse a la Fiscalía por lo menos de boquilla, el PP tampoco sabe aprovechar una ocasión tan excepcional para crucificar a una Junta burocratizada, y los agentes sociales callan o apenas levantan sus bienpagadas voces. Hay que insistir, no obstante, en que lo ocurrido en el Condado –diez pueblos consumiendo agua no potable durante mes y medio– ha tenido una gravedad muy especial, pero también en que los habituales saprofitos del fallo ajeno no están sabiendo sacar provecho del caso. Con esta oposición, la verdad es que el poder puede dormir a pierna suelta.

La aldea y el arrabal

Tras más de cien días sin gobierno, parecen percibirse en Bélgica señales de acercamiento entre las facciones que amenazan con destruir la nación. No parece haber cuajado el cuerpo federal del 93 ni que se haya secado la sangre vertida años antes en el Estadio de Heysel, mientras la pelea por la lengua resquebraja progresivamente una convivencia que implica, por descontado, graves intereses económicos tras la demanda de autonomía de los flamencos del norte a que se oponen los francófonos del sur. Puede que veamos a la emblemática Bruselas, símbolo de la Europa en construcción, aislada entre Flandes y Walonia, frente a un país desconcertado que anda colgando en los balcones sus respectivas banderas como si hubiera retrocedido a los días de los Borgoñas o los Absburgo, y en el que el 65 por ciento de la ciudadanía ve ya como agotado el proyecto común. Por su parte, hoy domingo se vota de hecho el modelo nacional en una Ucrania dividida entre quienes tratan de imponer el ruso como segunda lengua oficial y quienes se resisten esgrimiendo la memoria del “Holodomor” o hambruna de los años 30, cuando parece que el bloqueo soviético provocó más víctimas que el Holocausto nazi. En Marzo le tocó el turno a Quebec donde aún se sigue agitando el fantasma de un nuevo referédum separatista, pero una ojeada al mapamundi bastará para comprobar que el virus de la segregración alcanza, en uno u otro grado, desde las tribus chilenas de mapuches a los autonomistas de Puerto Rico pasando por movimientos más o menos extravagantes que pugnan por romper la nación dentro de Bolivia o en la propia Texas. Un reciente “cualitativo” realizado entre los belgas ha hallado un punto de convergencia entre los bloques enfrentados: la convicción de que el separatismo es un producto artificial obra de los políticos “pouvoiristes” (‘poderistas’), es decir, aquellos para quienes el poder se ha convertido finalmente en su propio objetivo. Es lo mismo que Guerra dijo aquí, no sé si lo recordarán, cuando se planteó la reforma del Estatuto andaluz que, por supuesto, él mismo terminaría votando disciplinadamente llegado el momento.
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Cuesta entender esta marea lugareña batiendo sobre la costa de la aldea global a no ser que demos por buena las anteriores sugerencias que la atribuyen a las maniobras de la ambición política que antier, sin ir más lejos, el propio Vargas Llosa endosaba sin remilgos, en nuestro caso, al mismísimo presidente del Gobierno. En Bélgica se preguntan qué harán los valones una vez conseguido el aislamiento del mismo modo que en España se cuestiona la viabilidad de la taifa cantábrica o el arrabal gallego en el caso de que lograran alguna vez una independencia inconcebible desde la geopolítica casi más que desde la historia, aunque ésa no sea la lógica de un separatismo que, desde Manresa a Alicante, reclama insaciable inversiones del Estado invasor al tiempo que lo denuncia como potencia ‘ocupante’ desde hace siglos que no es otra, todo hay que decirlo, que ésa cuyo gobierno legítimo financia presupuestariamente la rebeldía y la insolidaridad. No parece tener remedio la “política de campanario” de que habló Unamuno –ese intuitivo que decía que lo que corroe y arruina a España no es la lucha de clases sino la guerra de tribus– ni quedan muchas esperanzas de que el sentido común remiende, a estas alturas, los rotos desgarrados por esos “poderistas” que a punto están de liquidar la nación belga o de romper Ucrania como ya destrozaran en pedazos la vieja Yugoeslavia, incendiaran el polvorín chechenio o lograran cuartear Moldavia. Hasta en la Venezuela poco contemplativa de Chávez andan jugando con fuego los separatistas de Zulia, codiciosos de los tesoros de Maracaibo. Es más fácil manejar el arrabal que la aldea. Nadie sabe eso mejor que los lugareños.

T+P+C

Me ha dado un vuelco el corazón al leer en la prensa argentina que un pueblo español y andaluz, Pulpí, había entrado por la puerta grande en el libro Guiness de los récords. ¿Qué nueva tecnología, qué desconocidos primores labriegos, qué novedosas ‘I+D+I’ –me he preguntado– habrán improvisado estos paisanos en medio de esa zona milagrosa que ha conquistado los mercados europeos? Mi gozo en un pozo: lo que alza a la fama a Pulpí es el récord de ensaladas, conquistado al confeccionar una gigante de 6.700 kilos de tomates, pepinos, cebollas, pimientos y rabanitos que añadir a cuatro toneladas de lechugas de varias especies. De nuevo hay que preguntar si ésta es la “Tercera Modernización” que nos vienen prometiendo, qué tienen que ver estas ensaladas con las promesas de “I+D+I” de las que malvive dialécticamente esta autonomía a la deriva, y si nuestra perspectiva vital se mantendrá mucho tiempo todavía en este horizonte paleto. ¡Una ensalada gigante y diez pueblos sin agua potable! Tantos años después seguimos estando más cerca de Marruecos que de California.

Cambio de actitud

Parece que en el primer contacto del nuevo equipo de Diputación con CCOO se ha hablado con cierto sentido común del conflicto abierto por los procedimientos judiciales por ‘mobbing’ que acosan al ex-presidente Cejudo. Lo mismo Paco Orta, delegado de Personal, que la nueva responsable de Cultura, parecen defender una estrategia de apaciguamiento del todo razonable, postura que coincide con ciertos movimientos internos del partido en la capital y en la provincia que exigen el abandono del recurso a la judicialización. Hay que situar estas novedades junto a la actitud de la fiscalía al elevar su solicitud de pena de inhabilitación contra Cejudo hasta 12 años y la proximidad del otro caso de ‘mobbing’ pendiente por el presunto acoso a una funcionaria, a su vez querellada poco sensatamente por el ex-presidente. Y concluir que nadie ganaría con una condena de esos políticos de primer nivel pero que la Administración –y por extensión, la política– perderían demasiado. A la fuerza ahorcan, dice el refrán. Añadamos que más vale el bollo que el coscorrón.

La Historia oficial

Otra vez anda por medio el debate sobre la enseñanza de la Historia, es decir, la discusión sobre si la ‘socialización’ del conocimiento del pasado debe hacerse por libre o atraillada con mano firme por el comisario del Poder. Se comenta por doquier el proyecto de la Federación Rusa de oficializar una nueva historia de esa “nación de naciones” (que ésa sí que lo es) que sin salir del Kremlin le han pergeñado a Putin un grupo de escribas partidistas. Rusia tiene un problema, eso es algo sabido, a la hora de asumir el pasado con más sombras que luces de la era soviética, un problema tan grave que más de una vez ha permitido ver en él cierto complejo de culpa oscuramente sentido por las nuevas generaciones y, en especial, por los sectores más o mejor sintonizados con el estilo de la cultura occidental, y ese complejo parece ser que es lo que se trata de subsanar trocándolo nada menos que por el clásico sentimiento de orgullo nacionalista, es decir, por otro complejo igualmente expuesto a excesos o déficits en la valoración. De lo que se trata, obviamente, es de dotar a un personaje gris como Putin de una vitola presentable, y a esos intelectuales orgánicos no se les ha ocurrido nada mejor que establecer un parangón con el padrecito Stalin cuya obra de unificación, victoria bélica y éxito industrializador pasan nuevamente a primer plano para ocultar el horror de todos conocido. El texto en cuestión es un manual para educadores y será oficial, es decir, obligatorio, lo cual no debe extrañarnos en un país como el nuestro en el que se procede actualmente al desguace de la Historia común, “que es la única verdadera”, para sustituirla por las diferentes crónicas regionales animadas por los héroes propios de sus mitologías de pacotilla. Algo, como ha señalado el profesor Chic, que ha ocurrido antes en muchos países, desde los EEUU hasta China, y que verosímilmente ocurrirá sin remedio cada vez que la ínfula política se sobreponga al criterio objetivo y de la Historia se pretenda hacer una catecismo antes que un manual de ética colectiva. Eso de que el historiador es un profeta que mira hacia atrás, como decía Heine, no es más que una broma. En la realidad de la vida, el historiador tiene que elegir entre ser un censor o un elegíaco.

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Creo que una de las propuestas del partido nuevo (no sólo “nuevo partido”, ojo) de Savater y Rosa Díez, será ésa de reclamar el derecho de la colectividad a compartir una versión común del pasado, es decir, la facultad del Estado de impedir que la transmisión de la Historia se fragmente en la trituradora autonómica en perjuicio de la objetividad y a favor solamente de un impostación lugareña del mito. La Historia no debe ser una disciplina ‘ideológica’ sino una “investigación” (ése es su étimo griego) neutra y, en este sentido, ‘amoral’, es decir, no dirigida a “formar” las conciencias sino a “informarlas”, no puesta al servicio de intereses coyunturales o fantasías mitológicas, sino dispuesta como un instrumento de autoconocimiento de los pueblos y, en lo posible, construido, sin encono ni parcialidad, como proponía, no sin alguna ingenuidad, el genio de Tácito. Hoy es poco probable que se recuerde la conclusión del sabio y reaccionario Joseph de Maestre en el sentido de que, en el fondo, la Historia es la única “política experimental” de que disponemos y, por eso mismo, la única buena. Lo demás es pura propaganda, esa vaina que, según Valéry, justifica lo que se quiera con sólo disponer de manera adecuada los espejos de la cámara. Los comisarios del Kremlin o los que asisten a nuestra autonomías acaban dando, por caminos opuestos, en un mismo trampantojo al sustituir en su labor la Razón por la Moral. Es lo que pasa, indefectiblemente, cuando el historiador es sustituido por el escriba o, como dice Chic siguiendo a Paul Johnson, cuando el político desplaza al chamán. Vale que la Historia sea maestra de la vida. Lo malo es que cada maestrillo tenga su librillo.

La III Modernización

No sé si se equivocó lo dijo adrede, pero ZP usó una vez ese lema, la “III Modernización”, para situar a la Andalucía actual. Lo malo es que hechos son amores y no buenas razones, y ya me dirán como cohonestar ese proyecto vanguardista con el hecho, claramente tercermundista, de que 40.000 criaturas vecinas de diez pueblos del Condado onubense, se hayan tirado mes y medio trasegando agua no potable, o si lo prefieren, “no apta” para el consumo humano, según el propio SAS. ¿Qué modernidad es ésa que tiene una comarca tan amplia sin agua de beber, y que tarde 44 días en determinar analíticamente la condición del agua suministrada? ¿Y qué responsabilidad tienen el SAS, la consejería de Salud o la subdelagación del Gobierno en esta temeridad cuyos efectos, por fortuna para ellos, no hay mnodo de determinar a corto plazo? Si esta era la “Modernización” que en Chaves hace pivotar su “régimen”, aviada va esta autonomía que no sin razón figura a la cola de España en la práctica totalidad de los indicadores.