Respaldo a los tránsfugas

No es que hiciera falta esperar a los fastos del aniversario para comprobar el respaldo del PSOE al atraco tránsfuga de Gibraleón, pero parece como si el partido no quisiera dejar pasar la ocasión de reafirmar esa política que podrá suponer la miseria política, si se quiere, pero que, al fin y al cabo, le ha proporcionado, aunque sea tramposamente, a la organización el poder en un Ayuntamiento que se maneja ya como baza futura para reequilibrar el mapa electoral de la capital y en cuyo alfoz irá probablemente, en su día, el negociazo del aeropuerto. No hay por qué extrañarse de las declaraciones de Barrero porque él fue, en definitiva, quien hace un año diseñó el golpe tránsfuga, expulsión fingida de los golpistas incluida. Ahora, en todo caso, ya se sabe lo fundamental: el transfuguismo es bueno o malo según beneficie o perjudique al partido. El PSOE no es el único partido en practicar esa moral podrida, pero se ha erigido, ya sin remedio, en su primer paladín. 

Suma y sigue

Hemos escuchado a la vicepresidenta del Gobierno entonar una especie de disculpa por el fracaso palmario de las medidas de protección a la mujer. De hecho los números hablan por si solos, pues si el año pasado fueron asesinadas en España 52 mujeres este año, a falta todavía de un mes que podría aumentar la estadística, vamos ya por 68. De nuevo vendrán ahora las sociologías más o menos sensatas, otra vez las hipótesis sobre causas y concausas nos abrumarán con su dialéctica sin final, mostrándonos la extremada dificultad de un problema sin fronteras ante el que fracasan la teorías y resultan inútiles las prevenciones. Parece, para empezar, que esta locura atroz no es efecto de la dificultad económica sino que, al contrario, a mayor bienestar, más violencia y estadísticas más aterradoras, como demuestra el ejemplo de esas sociedades opulentas –las escandinavas, la propia Alemania—que encabezan el negro ránking. Se queda uno nota al enterarse de que en USA se registra (no se ‘produce’, se ‘registra’, que no es lo mismo, sino mucho más) un acto de violencia contra la mujer por minuto: hagan la cuenta ustedes mismos. O de que en Rusia, en un solo año, se han contabilizado (téngase en cuenta, claro, el volumen de población) la escalofriante cifra de 13.000 asesinatos de mujeres, el 75 por ciento de los cuales perpetrados por los propios esposos. Al timón de esta ‘nave de los locos’ va Finlandia, nada menos, ese paraíso helado y profiláctico, cívico y avanzado donde los haya, pero no muy lejos se agolpan Suecia, Dinamarca y también Alemania. Aunque haya cifras peores, claro. En México, el ruidoso escándalo de la mortandad de Ciudad Juárez, en Chihuahua, se salda con 464 víctimas femeninas en 13 años –es decir, más o menos 35 anuales, que viene a ser la mitad de la cifra española—mientras que la matanza de Taumapilas contabiliza un balance similar y en una ciudad como la argentina de Mendoza, 22 mujeres asesinadas en dos años provocaba un debate nacional. No tenemos ni idea, créanme, por más que el fundamentalismo moralista apunte a la disolución de las costumbres que comporta la modernización social, y el vocerío feminista se centre en la denuncia del machismo a secas. Ni idea, ya digo. El propio Gobierno trasluce ese despiste bajo el ‘mea culpa’.
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Dos cosas me parecen significativas en el conjunto del fenómeno. Una es lo que algunos han llamado “la reiteración de los patrones”, es decir, la constancia de los rituales asesinos, evidentemente determinada más que condicionada por el ejemplo que proporciona, sin proponérselo, por supuesto, la publicidad audiovisual: a un parricida que quema a su mujer le suceden veinte pirómanos; a un degollador lo imitan otros tantos: el propio mensaje que deplora el crimen daría, a mi juicio, más o menos subliminalmente, la pauta a seguir por el criminal. La otra circunstancia elocuente es le fracaso de la defensa social, la escandalosa inutilidad de las medidas legales, el fallo casi sarcástico de la protección teórica que se otorga a la mujer amenazada. Una ley gravemente sexista (a mi juicio, una vez más) como la vigente en España no ha conseguido detener la sangría sino verla incrementarse, ni reducir esos dos millones de maltratadas que el Gobierno dice saber que agonizan silenciosamente en nuestro país. Y ahora el Gobierno propio habla de lanzar una “campaña de sensibilización” lo que viene a ser cómo poner los cimientos una vea cubiertas las aguas. Ni tenemos idea de las causas ni sabemos por dónde tirar en la encrucijada, eso es lo que hay, aunque, ciertamente, pocos ciudadanos dudan de que un sistema penal y penitenciario como la gente disuadiría a mucho bárbaro en lugar de estimularlo con su lenidad. Matar a la parienta sale hoy barato, uno diría que tirado. Podemos seguir dándole vueltas al manubrio del ludibrio pero esta última es la más clamorosa razón de la hecatombe que estamos viviendo.

La oficina autonómica

El debate parlamentario andaluz parece un pasillo de comedia con guión y apuntador. Oigan a IU denunciando el fracaso de la prometida y jamás lograda “reforma de la Función Pública”, escúchenla recordar, con razón, el apaño sistemático de oposiciones y concursos y, en fin,  alertar ante la desmoralización de unos funcionarios burocratizados y sin perspectiva alguna de carrera administrativa fuera de la cuerda partidista. O bien no se pierdan  su exigencia de que se negocie con los sindicatos, esos costosos fantasmas que tienen demostrada en la Administración su servilismo más incuestionable, sabedores de que “con las cosas de comer no se juega”. Chaves niega la mayor, como es natural, y remite esas críticas a la subjetividad de la oposición, pero por más “encuesta de satisfacción” que muestre, cualquiera puede palpar el descontento y la desmotivación en el ejército funcionarial, la mayor masa laboral de Andalucía. El error de IU está en aparentar creer que a Chaves le interesa para algo una Administración motivada. El de Chaves, probablemente, en no sopesar el riesgo que supone ahogar a la función pública reduciéndola a una oficina de ganapanes.

La campana de cristal

Una comisión parlamentaria francesa que se ocupa de los problemas relacionados con el progreso de las sectas ha “descubierto” en Sus, cerca de Pau, un grupo de niños en edad escolar a los que sus padres –fervorosos creyentes en una “orden apostólica” que trata de implantar en el mundo doce comunidades en sustitución de las doce tribus de Israel– mantienen aislados del mundanal ruido y, en consecuencia, de la convivencia convencional con la ‘basca’. Aprovechando el derecho a la escolarización a domicilio –que no es otro que el que las grandes familias han practicado toda la vida, es decir, el de la encomienda del niño al preceptor–, esos sectarios rechazan la escuela, aíslan a las criaturas de todo trato con sus iguales, les prohíben ver la tele y no consienten verlos sentados ante Internet ni entretenidos dándole que te pego a la videoconsola, limitaciones que, sin embargo, un concienzudo psicólogo ha estimado que en nada lastiman a la prole ni suponen maltrato alguno. Aislados del mundo, pues, robinsones sin otro referente que la matraca bíblica, un poco a la manera de los “amish” y otros anacronistas, se trata de poner en práctica la idea de que es posible sustituir la socialización ejercida en el entorno por una educación exclusiva diseñada por el grupo, un mundo encerrado en otro mundo, como la ‘matrioska’, que preserva sus generaciones protegiéndose de fuera adentro. Como era de esperar, los padres de la patria han podido hacer poco más que declarar enfáticos el “encierro psicológico” que afectan a esos niños aislados que temen realmente al mundo exterior al punto de referirse a él como “chez vous”, es decir como vuestra ajena y peligrosa casa en la que el mal acecha a los inocentes agazapado entre la sugerente maleza. Una barbaridad, qué duda puede caber, un exceso más del fanatismo fundamentalista pero también, seamos razonables, un desafío a la convención que plantea graves cuestiones de difícil respuesta. No está este mundo feliz, ciertamente, en condiciones de imponerle nada a otros mundos posibles, incluyendo las utopías inverosímiles.
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Nada más plantearse el debate han surgido voces que tratan de explicar la reacción sectaria como una respuesta al fracaso de nuestro modelo normal y corriente. Voces que dicen, por ejemplo, que a ver por qué la enseñanza exclusiva va a ser peor que la que se imparte a trancas y barrancas en unos centros cuyo problema del día es la crisis de la autoridad docente y el consiguiente caos escolar. O que a ver cómo discutirle a un iluminado su boicot a la tele cuando los expertos claman inútilmente protestando contra una cultura abandonista que permite a los niños corrientes mirar sin pestañeo al televisor una media que oscila entre las cuatro y las cinco horas, lo que supone que, al final de la experiencia, esos escolares habrán pasado más horas ante la pantallita que ante su profesorado, sin contar con la conclusión de que esos enganchados son más agresivos y pesimistas pero menos imaginativos y empáticos que los niños bajo control. Dicen los psicólogos que engancharse más de diez horas semanales a Internet resulta perjudicial, pero ellos mismos confirman que el promedio estimado en nuestras sociedades supera las treinta horas. Mal lo tiene un mundo que recurre a la tele, a la Red o al videojuego para compensar la ausencia paterna del hogar, a la hora de corregir a unos sectarios aislacionistas que ven en las limitaciones del adanismo menos riesgo que en los actuales los programas infantiles o en la convivencia libre en una escuela sin rey ni roque en cuya puerta aguarda el camello o en cuyo patio reina el matón. Nadie en sus cabales puede aceptar ese secuestro fanático de la prole, pero tampoco negará que la providencia extremista de esos padres plantea a nuestra sociedad ‘normal’ preguntas sin respuesta. Los comisionados deberían darse una vuelta por el paraíso antes de irrumpir en el purgatorio.

Sin remedio

La comparecencia en el Parlamento del consejero de Agricultura, Pérez Saldaña, el mismo que se compró su propio coche oficial, ha servido para dejar clara una deplorable evidencia: la incapacidad absoluta de nueva parte de la clase política y su completa falta de sensibilidad para entender, cuando menos, la diferencia entre lo público y lo privado. Saldaña no se arrepiente, al contrario se queja, porque no logra ver en su cambalache –comprar el lujoso coche de la consejería sin pasar siquiera por el concesionario—ninguna acción reprobable ni la menor impropiedad política. Lo cual puede que se deba, en alguna medida, a la condición advenediza de algunos hombres públicos, pero en definitiva y en general, no es más que el efecto que ha de producir en la mentalidad de quienes gestionan de manera omnímoda un “régimen” ese sentido patrimonial que tanto daño ha hecho a la democracia. Saldaña, que ha pasado del cero al infinito o poco menos, no alcanza a ver por qué no puede comprar su propio coche oficial. Ni siquiera el sopapo que le ha dado Chaves ha conseguido abrirle los ojos. 

Relevo en Canal Sur

Relevo en la dirección de Canal Sur. Aseguran que a petición propia de la relevada, Ángela Blanco, una profesional cualificada y seria en su trabajo, pero me da el pálpito de que el relevo más bien debe de haber obedecido, por un lado, al honesto posibilismo mostrado en todo momento por quien se vio absurdamente desautorizada en más de una ocasión por el propio partido (mejor no acordarse de lo ocurrido cuando el escándalo de Gibraleón), y de otro, a la lógica prevención de esa discreta ante una campaña de municipales como la que se avecina, en la que, con toda probabilidad, acabará abrasado más de un responsable. Canal Sur es una radiotelevisión institucional lamentablemente controlada por un partido, algo difícil de sobrellevar, siquiera a medio plazo, por los profesionales auténticos. Claro que sobran los militantes. Lo hemos visto desde su creación y, desdichadamente, vamos a seguir viéndolo.