Modelo Queipo

Como Queipo confundió a Sevilla entera exhibiendo a un puñado de moros que cambiaban cada dos por tres de camión, el ex–consejero Ojeda –al que la juez Bolaños salvó del último auto de la juez Alaya nada más sentarse en su despacho– engañaba a la Junta y al lucero del alba por el procedimiento de equipar sus centros de formación hasta ser homologados, y luego los desmantelaba para repetir la jugada en otro de sus chiringuitos. No se le puede negar imaginación y arte a nuestra corrupción consentida como no se puede pretender desligarla del partido hegemónico que, en buena medida, con sus efectos clientelares, se mantiene en el poder casi tanto tiempo como se mantuvo Franco.M

Guerras de despachos

De toda la vida, el complicado negocio de la asignación de despachos a los políticos y funcionarios ha sido un quebradero de cabeza. Una ministra, creo que era de ZP, se gastó una pasta gansa en rehacer un despacho en buen estado para adaptarlo a la estética minimalista sin la que, por lo visto, aquella minerva no se hallaba a sí misma. Siempre hubo carrerillas y codazos entre los funcionarios por conseguir un territorio laboral lo más respetable posible, y yo mismo recuerdo que, una vez que sucedí a un asesor eventual, éste me entregó el suyo son dejar de encarecerme lo que el mismo había ganado tras la obra que –como “hombre de teatro”, decía—había ordenado con el fin de corregir cierta asimetría en aquel espacio. No había mejor castigo para el funcionario rebelde o siquiera “no afecto” al régimen que fuera, que adjudicarle un despachillo perdido y, a ser posible (y sigo hablando de mi propia experiencia), sin ventilación ni luz directa, aunque no debo callar que yo disfruté, una vez defenestrado “de facto”, de uno a estrenar que en el ministerio de Agricultura se había hecho construir, por si volvía alguna vez, Abril Martortell: debió de costar una fortunita aquel coqueto rincón en que me arrinconó el mando, ni que decir tiene que mano sobre mano.

El último caso de esta serie lo ha protagonizado Manuela Carmena, la alcaldesa podémica de Madrid, la cual ha movilizado a un escuadrón de albañiles para modificar el despacho faraónico que se hizo construir Gallardón, cuentan que con el propósito de constituir un espacio diáfano y exento de todo lujo. ¿Lo ven? Ahí tienen ya la batalla del despacho, que lo mismo puede plantearse por exceso que por defecto, aunque siempre, eso no hay ni que mencionarlo, con dinero público. Tanto el funcionario como el administrado valoran al titular del despacho por el despacho mismo y esa coquetería llega al extremo que, según contaba Miguel García de Sáez, el mismísimo Franco hacía que periódicamente le removieran los montones de legajos depositados sobre su mesa, no fuera a ser cosa de que un fotógrafo avisado descubriera alguna vez que eran los mismos que allí fueron depositados el día de la Victoria. El despacho hace al hombre, o a la mujer, y no el estilo, como prefería el insigne Buffon. Ni una hembra tan baqueteada como la Carmena se libra de este criterio en que llevamos gastados ríos de dinero. Del de usted y del mío, quiero decir, ya que el público, como saben, “no es de nadie”.

El cartero loco

Van a volver locos a los carteros. En Madrid, sin ir más lejos, la alcaldesa Carmena va a cambiar los nombres a ciento cincuenta calles –que ya son calles–, muchas de ellas con más razón que una santa y algunas algo más discutibles. La castiza plaza del Progreso, por ejemplo, que era un homenaje de la izquierda histórica a tan incuestionable valor presidido por el audaz desamortizador Mendizábal, pasó a llamarse con Franco plaza de Tirso de Molina tal como, desde ahora en adelante, la que tiene Vázquez de Mella en el barrio de Chueca se llamará de Pedro Zerolo: un revolucionario burgués por el fraile que inventó a “don Juan” y un carlistón histórico por un activista postmoderno: suma y sigue. La Historia de España se podría escribir en paralelo a la historia de sus calles, sobre todo a partir de ese siglo XIX que cada dos por tres cambiaba de piel política. Cuando yo era un muchacho vi con mis ojos poner nombre a las calles de una barriada nueva –Lepanto, Trafalgar, Bailén, Villalar, San Quintín…– tirando de una enciclopedia escolar, pero lo cierto es que esas mudanzas no han sido siempre tan insulsas sino que se han producido a mamporro limpio propinados a la goyesca por el cainismo español. No digo ni mucho menos que las calles hayan de conservar toda la vida su primer nombre pero sí que afirmo que esa obsesión nuestra por sustituir los del callejero no es más que un reflejo, también lamentable, de nuestra difícil convivencia.
El callejero franquista, en Madrid y en todas partes, fue un trágala intragable, como seguramente va a acabar siéndolo el que imponga nuestra postmodernidad, a pesar de lo cual este comején que le ha entrado a los munícipes por darle la vuelta como a una tortilla tiene un inconfundible tufo revanchista que en poco va a contribuir a pacificar la galerna siempre contenida de las rivalidades españolas. No hace mucho que en Sevilla el celo de los revisionistas despojó de su calle al General Merry padre –un veterano de la guerra de Cuba y el general más antiguo del escalafón—al entreverlo erróneamente con la camisa legionaria y la gorra de tanquista que se puso su hijo en la revuelta tarde del 23-F, tantos años después, y en Sevilla también tuvo su calle un personaje legendario, Bernardo del Carpio, hoy sustituido por un capataz de cofradía. Siempre que sale este tema a relucir me acuerdo, con preocupación, de la ocurrencia de Unamuno de que en España no hubo nunca lucha de clases sino guerras de tribus.

Gastos pagados

Desde Podemos se ha levantado una voz reclamando al Parlamento (es decir, a la Junta, que es la última instancia) que se supriman las dietas de agosto y se reduzca la generosa “compensación” que se da a los diputados para pagarse el piso. Por otra parte, nos enteramos de que la Junta abona al presidente del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) 1.300 euros mensuales para ayudarle a pagar su piso. Oigan, ¿y a los demás desplazados, quién les echa una mano fuera de sueldo? Yo no lo sé, pero entiendo que un juez no debería aceptar dinero de la misma institución que, llegado el caso, tiene que juzgar. Medio mundo va a gastos pagados en nuestra vida pública. Lo pagamos, por supuesto, desde la vida privada.

Libertad judicial

No sé si habrán escuchado ustedes la última andanada que el fiscal-consejero De Llera ha disparado contra la juez Alaya a propósito del informe que ésta ha dirigido al CGPJ mostrando sus diferencias con su sucesora. Dice Llera que ese informe “revela actitudes que no son propias de magistrados” aunque, naturalmente, antes y después de asegurar su respeto absoluto por el trabajo de la Justicia, a la que, por lo visto, se le ha olvidado que él pertenece también. ¿Por qué De Llera va a poder descalificar a una juez que molesta a su Junta y Alaya no va a poder advertir al CGPJ de circunstancias no poco graves y no poco evidentes que ella cree que afectan a su sucesora? Me da que el consejero no es precisamente un fervoroso de Montesquieu.

El globo chino

El milagro chino –una explosión capitalista dirigida por un Partido Comunista—ha constituido estos últimos años la gran noticia-paradoja de un planeta que tal vez creía que apenas le quedaban ya motivos para el suspense y la admiración. Los chinos andan haciendo exhibición de músculo financiero por todo el mundo, se han hecho con un paquete determinante en la deuda americana y vienen extendiendo sus redes comerciales al por mayor y al por menor a ojos vista, hasta el punto de que, tras haber crecido a un inaudito 10 por ciento del PIB llegaron a estar quejosos de crecer solamente a un 7 por ciento. Cada día amanece un puñado de nuevos millonetis chinos, como es sabido, y cada atardecer la “sky line” de Shangay se adorna con un nuevo rascacielo, pero a nadie se le oculta que, siendo cierto que esa economía ha creado y anda ensanchando a paso rápido una clase media hasta hace poco inimaginable, el éxito del Partido Comunista Chino se basa en la explotación salvaje de las grandes masas humanas que su impar demografía le permite mantener sometidas y, por supuesto, al servicio de un comercio internacional en absoluto escrupuloso que ha hecho realidad el sueño de Marco Polo. Bien, pero demasiado bonito para ser cierto: hace unos días la Bolsa china se ha desplomado –más de 8 por ciento en una sola jornada—arrastrando consigo sabe Dios qué intereses propios y ajenos y, ni que decir tiene que provocando la estampida de los inversores.

Nadie sabe, por lo que veo y entiendo, a qué responde ese cataclismo que amenaza –aún no se sabe hasta qué punto ni en qué términos—a las economías amigas y, muy especialmente, a ese comercio occidental que se ha venido forrando estos últimos años vendiendo como auténticas las perfectas imitaciones chinas o, simplemente, deslocalizando nuestras industrias para sustituirlas por los misteriosos obradores chinos. Qué ocurrirá si alguien no da a tiempo con esa tecla destemplada y China tira de la manta encima de la que se apoya, entre otros, nuestro propio crecimiento; cómo se explicará ahora el liberal-comunismo y hasta dónde alcanzará la onda concéntrica; es algo de lo que parece que nadie tiene idea o, lo que es peor, algo sobre lo que gravitan demasiadas interpretaciones. Aunque lo probable es que no pase nada, ya lo verán, como no pasó cuando Japón se vino abajo o como tal vez logremos que no pase aquí, donde hemos estado a pique de un repique del corralito griego. El dinero tiene razones que la Razón no entiende.