Papas fritas

En el larguísimo debate parlamentario de ayer, sus Señorías compitieron entre sí perorando sobre las patatas. No es extraño, habida cuenta de la degradación clamorosa de la nueva clase política: ayer en el Congreso, junto a la metáfora patatera, había, en efecto, muchos/as, muchísimos “papas fritas”, demasiados sobrevenidos, escaso nivel y menos categoría. Cuando se mencionó a Azaña y se estremeció el hemiciclo, como es natural, aunque dudo mucho de que la mayoría diputada tenga una idea siquiera mediana de quién fue aquel famoso al que no le tembló la mano para aplicar la ley en un conflicto similar al que hoy padecemos en Cataluña. Y lo siento, pero hubo un solo orador con talla de estadista: Rajoy. Justo ése contra el que se confabulan tirios y troyanos como si este caos se arreglara echándolo a él.

Mapa de la vergüenza

Ilustran ese mapa que ayer publicábamos 6 colores, desde el gualda claro de la prosperidad al triste morado del atraso, y Andalucía aparece en él tintada de ese color. Tras más de tres decenios de “régimen” y la millonada recibida de la solidaridad europea, nuestra comunidad autónoma –junto con el Mezzogiorno italiano y la Grecia arruinada– sobrevive con una tasa de paro máxima, una mermada población activa, un raquítico PIB y una población mal instruida, siempre por muy debajo de las medias española y europea. ¿No es evidente el fracaso de nuestra autonomía, por qué se mostrarán tan optimistas nuestros rabadanes si el rebaño ramonea famélico a duras penas? Quien dirige este diario se quejaba antier aquí de la pasividad social. No seré yo, desde luego, quien le discuta su razón.

¡Al pulpo, ni reñirle!

Con el ruido catalán se nos han escapado algunas de las mejores. La imagen del Parlamento andaluz, por ejemplo, votando una espartana proposición podemita que pretendía reducir los escandalosos “privilegios económicos” de sus Señorías. Pero, ca: a la hora de recortar la pasta se han unido como un solo voto, a fin de evitarlo, el PP mayoritario, el poderoso PSOE, los “moralizadores” de Ciudadanos y los escombros de IU, para que todo siga igual y el festín continúe. ¡Al pulpo, ni reñirle! Nada cambiará, pues, dado que los diputados, a diferencia del resto de los currelantes, son los únicos que establecen e imponen libremente sus beneficios y sus condiciones de trabajo. ¡Qué razón llevaba Chaves cuando advirtió que “con las cosas de comer no se juega”! Si lo sabría él…

La otra mitad

Gran exhibición la que ayer hizo la “muchedumbre silenciosa” de Cataluña apoyada por el inmenso coro español. Su rotunda presencia deshizo la falacia del país ocupado en busca de su independencia, pero evidenciando la realidad de un pueblo partido en dos mitades enfrentadas como los gañanes del cuadro goyesco. La sociedad ha dado una lección soberana a sus instituciones y éstas no deben olvidar esa irrefutable imagen ni desoír el doble mantra que atronó la calle: el “¡viva España!-¡visca Catalunya!” y el “Puigdemont a prisión”. Todo será más fácil desde ahora para el Estado aunque, sin duda, queden unas peligrosas manos pendientes en la partida de la tramposa timba secesionista. Se acabó, pues, la fábula y ahora hay que rematarla con una moraleja. Tan feliz como permita la circunstancia, tan implacable como merezca la sedición.

Final de partida

Hoy domingo, la inmensa mayoría estaremos en las calles de Barcelona apoyando la convocatoria de la Cataluña cuerda. Es lástima que no nos hayan convocado antes, como lo es que el Gobierno legítimo se haya excedido en su prudencia. Vale más hacer y arrepentirse –decía Maquiavelo, con perdón—que no hacer y arrepentirse. Y añadía sagazmente que la prudencia no estriba en evitar el peligro sino en calcular el riesgo y actuar “de manera decisiva”. Como hicieron, por cierto, los políticos de la República. Vean cómo alguno dijo en 1932 (léanse las memorias de Azaña o las de Lerroux) no estar dispuesto “a que se me comiesen la República” o cómo mostraron su determinación a “proceder con toda rapidez y con la mayor violencia (sic) reprimir la rebelión”. Escuchen también a Lerroux hablar de “la horda de Macià”, a quien calificaba de “mentecato”. Es inevitable recordarlos estos días aciagos en que González exige la aplicación del famoso 155 y Guerra sugiere incluso la intervención del Ejército. Con razón.

Muchos hemos respetado el ritmo lento de Rajoy pero la triste realidad no admite más cataplasmas. Vuelvo a Azaña, quien le dijo en una ocasión al general Batet que actuara de inmediato y que “entre la llegada de las tropas y la conclusión de los sucesos no debían pasar más de quince minutos…”. Ha tenido que ser el dinero, tan asustadizo, el que amague con fugarse para comenzar a recomponer el jarrón roto, y ahora le toca el turno a la “sociedad civil” –ésa de la que muchos hablan sin saber de qué–, o mejor dicho, a la otra mitad, hasta ahora incomprensiblemente silenciosa. Puede que alguien pregunte si es buen sitio la calle para dirimir tan graves diferencias, y seguro que habrá quien conteste que no; si lo hay, que señale un lugar mejor.

¿Y mañana? Mañana (o pasado) –¡cualquiera sabe lo que puede pasar hoy!–, ya veremos si esos locos proclaman su DUI o se lo piensan mejor. En este caso, habrá que rehacer la madeja devanada; en el primero, el Estado no tendrá otra salida que proceder contra los sediciosos y llevarlos ante la Justicia. ¡Otra vez la foto de Companys entre rejas! Tremendo, pero si no se actúa así, si el Gobierno continúa prefiriendo “no hacer y arrepentirse” luego, del Estado de Derecho, esa joya civilizatoria, quedará sólo su caricatura.

Hoy domingo, en todo caso, sabed no estáis solos, qué va, porque ya os digo que la inmensa mayoría de los españoles estamos con vosotros –los Albert, los Arcadi, los Álvarez de Toledo, los Gomá, los Arenas, los Carreras…–, más cerca o más lejos, pero íntimamente unidos. Gran paradoja: ¡han querido romper España y resulta que la han recompuesto! No recuerdo, desde luego, un disparate semejante ni un momento de mayor cohesión española que éste que vivimos.

El tercer pie

El golpe separatista no tiene otra solución que la unidad patriótica del “bloque constitucionalista” –es decir, PP, PSOE y Ciudadanos— frente los enemigos de la legalidad. Pero lo malo es que no hay un PSOE sino tres o cuatro: el de un Sánchez ambicioso y los suyos, que buscan el poder, sin más; el de un PSC que se agarra a la ambigüedad para disimular su fracaso; el andaluz, que muestra lealtad al Gobierno aunque nade y guarde la ropa; y el de los padres del invento que, como antier González y ayer Guerra, se aferran a la E de español, censurando los enredos sanchistas, abogando por la aplicación del 155, defendiendo el uso legítimo de la fuerza y hasta sugiriendo la intervención del ejército frente al caos. Para bien o para mal el futuro está en manos de este revoltijo.