Mal ambiente

Se respira en Andalucía un ambiente medroso. Sanitarios y enseñantes reclaman protección frente a la creciente agresividad que los aflige; los padres piden detener el también progresivo mal rollito escolar que se encarniza con no pocos niños; y una mayoría social incuestionable clama contra el proyecto demagógico de anular una Ley de Prisión Perpetua Revisable que rige ya en muchos países de nuestro entorno democrático. Ayer mismo se citaban el ministro del Interior y la presidenta de la Junta para tratar del caos en que ha roto la vida pública gaditana, avasallada por el desafío de unos narcos cada día más engallados. La propia policía sostiene que faltan en aquella zona al menos 300 agentes. Sea como fuere, lo que falta es, sencillamente, la restauración de una autoridad peligrosamente venida a menos ante la pasividad del Poder.

La voz de la calle

Fin de semana callejero. Parece que despierta la “sociedad civil” y preocupa que abra los ojos deslumbrada por los partidos. El sábado se citó en la calle, clamando con entera justicia y arremetiendo contra el Gobierno de derechas, el ejército de unas “clases pasivas”, que parece que van a dejar de serlo. El domingo, en cambio, la manifa, más que “activa”, se plantó contra la Oposición de izquierdas exigiendo que se mantenga la ley de Prisión Perpetua Revisable para equilibrar una Justicia hoy realmente desequilibrada. Da la sensación de que la democracia representativa está fallando hasta el punto de convocar en público incluso a los tradicionalmente más moderados. Si los partidos no toman buena nota de ello, mal nos irá a todos, a los que salen a la calle y a los que se quedan en casa.

Cortinas de humo

Recordaba el otro día en estas páginas Pedro Cuartango la brillante tesis de Guy Debord sobre “La sociedad del espectáculo”, este modelo social de estricta obediencia mediática que trae y lleva al ciudadano donde quiere, en no pocas ocasiones tras raros señuelos o incluso obediente tras la flauta de Hamelin. Y lo hacía a propósito del inmenso movimiento organizado en torno al crimen inconcebible que ha costado la vida de un niño inocente, un suceso tan pavoroso como incuestionablemente noticiable pero del que también se ha hecho un uso desmedido cuando no impropio. No es cuestión de volver sobre la porfía de si los medios deben difundir o disimular las graves las atrocidades que prodiga nuestra convivencia, dado que el interés público reclama con toda legitimidad esa información, pero sí lo es acaso de llamar la atención sobre la capacidad, en verdad alienante, de este modelo de vida llamado con tanto acierto “sociedad medial”. Demasiados casos recientes prueban hasta qué punto estas publicidades –tan legítimas en principio, insisto— pueden contribuir a limitar la actualidad extendiendo sus emotivas cortinas de humo sobre otras realidades en otros sentidos tan urgentes.

¿Nos hemos percatado de que la conmovedora y triste suerte del niño almeriense y la tragedia de su familia han borrado por completo del mapa atencional de España entera el resto de la actualidad nacional y extranjera? Ha habido telediarios –y ediciones, por supuesto— enteramente consagradas a esa crónica del horror, con el olvido pleno del drama catalán o hechos tan relevantes como los acaecidos estos días en China o Estados Unidos, por no hablar del repetido “thriller” de esos novelescos asesinatos de los rivales de Putin que la “premier” Theresa May considera casi evidentes y que Ignacio Camacho ve, con razón, como extraídos del universo de John Le Carré. Apenas si esa fijación ha dejado espacio para informar de la desconcertante sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos que condena a España por sancionar a los vándalos irrendentos que quemaron en público la imagen del Jefe del Estado, y hasta para eclipsar la desaparición simultánea de las tres mujeres asturianas, menos “atractivas” para la opinión pública, por lo visto, que la infame tragedia del niño: hasta el morbo es graduable en esta sociedad del espectáculo que ha convertido la televisión en un vertedero y a punto está de convertirla –como a los demás medios— en el escaparate de una casquería.

Cobrar y gastar

La Junta se ha rebrincado porque la autonomía madrileña ande rebajando los impuestos y dice que ese beneficio demuestra la responsabilidad de un Gobierno de la nación que no “dibuja un escenario común” para todas las regiones. ¿Se imaginan lo que los mismos responsables dirían si el Gobierno trazara ese dibujo? En fin, ya saben: “Piove, porco Goberno”… Pero la realidad es que la Junta gasta mucho y cobra más, que nunca fue capaz de controlar sus dispendios ni se planteó desgravar a sus contribuyentes, y que ahora no puede explicar por qué Madrid y otras comunidades pueden rebajar los impuestos que ella mantiene a rajatabla. Tienta pensar que, en efecto, el Gobierno nunca debió prestar a la zorra la llave del gallinero. En Alemania hace tiempo que se percataron de ese error y le pusieron puertas al campo.

Impropio silencio

Y más que impropio, inquietante, el mantenido por la Junta ante la dura campaña mediática que mantiene un médico del SAS acusando al sistema público de salud de dispensar fármacos “genéricos” presuntamente perniciosos, comprados en subasta a misteriosos e insolventes laboratorios tercermundistas. ¿Por qué calla la Junta incluso ante las gravísimas acusaciones e insultos dirigidas contra el SAS y la propia Presidenta? Pero sobre todo ¿por qué calla ante esas alarmas que inundan las llamadas redes sociales? ¿Es cierto que Andalucía es la única comunidad autónoma que compra en esas subastas, lo es que esos fármacos “genéricos” son tan ineficaces o peligrosos como afirman sus críticos? Los políticos son muy libres de hacer oídos sordos al improperio recibido, pero tan difundida inquietud social merece una urgente explicación. Tan grave sería difundir la noticia falsa como ocultar la realidad.

Cal y Arena

El mismo Interventor de la Junta que hace una semana dijo al tribunal que juzga el “caso ERE” que, “con los ojos de hoy” no veía que los gestores públicos hubieran “prescindido total y absolutamente del procedimiento” al dar sus subvenciones, le ha dicho o reconocido ahora que “cuando se quiere gestionar irregularmente se gestiona irregularmente y no hay informe que valga”: más claro el agua. Y claro está también que aquella “espantá” del Interventor no pretendía otra cosa que salvar los propios muebles, en máximo peligro si hubiera opinado otra cosa. Vean lo intrincada que es esa trama psíquica y política que antier se removía inquieta en sus asientos (no en el “banquillo”, ojo) venteando en este cambio súbito del viento procesal una grave amenaza. Para satisfacción de “justicialistas”, los nubarrones se ciernen otra vez, amenazantes, sobre el Poder acorralado.