Ya veremos el resultado que da en la práctica la nueva ley de protección a la infancia que, entre otras cosas, remueve la olla podrida de las adopciones con objeto de reducir la estancia de los menores en sedes de instituciones públicas. Lo que sí conocíamos ya era la red de montajes con que actualmente ha de vérselas la familia que pretenda adoptar a un niño, y conste que no doy detalles por no meterme en líos y fandangos. Desde ahora, según parece, va a ser más fácil constituirse en familia de adopción, aunque me temo que una burocracia será sustituida por otra –de la que desde ahora, tengo entendido, que se excluirá al juez–, así como sospecho que las coimas no acabarán por desaparecer del todo. Un gran tema, el de la adopción, que trae a la imaginación el caso del cuclillo tal como lo presentan estos días los sabios tanto en la revista “Popular Science” como en esa biblia del lego en que se ha convertido “Nature”, una vez averiguado que el endoso de la prole propia a otra familia lo consigue el famoso cuco, no sólo destruyendo la camada de los nidos reacios, sino dotando a sus crías de la facultad de segregar una sustancia repelente que, de paso que protege a los intrusos, protege a los adoptantes. Nada parece ser limpio y sin trampa en estas estrategias sociales concebidas para proteger a los hijos de padres dudosos, ni en la Madre Naturaleza ni en los despachos, mientras el proceso de adopción resulta un calvario para los padres adoptantes.

Ni que decir tiene que se entiende sin reservas la intervención de los poderes públicos para garantizar el buen fin de estos ajustes forzados de la población infantil abandonada a su destino, pero no tanto el laberinto administrativo y judicial en que se ven metidos de hoz y coz esos padres generosos. La trascendencia social de esos desvelos no ha sido reconocida aún pero no cabe duda de que el auge de las adopciones apunta a un delicado progreso de la conciencia pública, a veces –como en los supuestos de adopciones de niños enfermos y necesitados de un cuido especialísimo—realmente heroico. Sólo el prodigio que supone la integración inmediata y radical del niño adoptado a un medio por completo ajeno al suyo de procedencia, constituye el mejor alegato antirracista al poner de manifiesto la unidad esencial de la especie, cuestionada desde siempre en los estratos profundos de la mentalidad etnocéntrica.

3 Comentarios

  1. Hablando del cuclillo se me viene enseguida a las mientes el Martín Fierro, que le llama tero al teruteru de allá, sus tierras: “Pero hacen como los teros/ para esconder sus niditos:/ En un lao pegan los gritos/ y en otro tienen los güevos.”

    O el lema de las protectoras: “No compres una mascota: ¡adopta!

    Hoy las parejas tardan la intemerata antes de decidirse a tener el hijo. A los treintaymuchos o cuarenta, la mujer tiene ya poca fuerza para empujar. Cuánto mejor adoptar un hijo que enredarse en un embarazo/parto de riesgo.

  2. Sí que es alarmante cada nueva norma de menores, pero en este caso esperemos que sea para acabar con el absurdo problema de la dificultad y el costo económico exagerado de las adopciones, en algún caso convertidas en negocio. También estoy de acuerdo con Epi –¿dónde andan los demás, por cierto?– en el lamento por el envejecimiento de la población a que conduce hoy el, por otra parte inevitable, retraso de la paternidad.

  3. Creo que la nueva ley reconoce derechos a los padres biológicos que antes les estaban vedados.

    En los pocos casos que conozco de acogida o adopción de niños con padres conocidos ocurre que la madre suele chantajear a los padres adoptantes.

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