Todo el mundo recuerda el Muro de Berlín que tanta literatura ha producido desde que, en plena Guerra Fría, Kennedy, para rematar un memorable discurso, le lanzó su misil dialéctico en cuatro palabras: “Ich bin ein Berliner”, yo también soy un berlinés. Hay muchos muros, no crean, aunque la desinformación los oculte. En Padua levantaron uno hace pocos años para segregar o hacer un gueto que separara a los nativos italianos de la población inmigrante. En Cisjordania Israel levantó uno que ha resistido todas las protestas y conseguido no pocas defensas, algunas muy cualificadas. Lo mismo que el que los americanos han levantado en su frontera para evitar el coladero inmigrante mexicano dotándolo de todo elemento disuasorio. Otro es la famosa “línea verde” que separa en dos mitades del territorio chipriota de Nicosia dejando los turcos al norte y los indígenas al sur. Nosotros mismos tenemos en Ceuta uno que acumula ya su negra crónica de enfrentamientos y en Melilla otro que también tiene ya su triste historial. Decenas de Muros se han interpuesto en Belfast –le llaman la “línea de paz”– para separar a los católicos de los protestantes. Las dos Corea están aisladas por una tierra de nadie de cuatro kilómetros de ancho por doscientos cincuenta de largo. Marruecos ha aislado a los saharauis con seis paredes de dos mil setecientos kilómetros con alambre de espino y minas antipersonas. En Brasil se aíslan con muros las favelas para que el turismo no alcance a ver la miseria. Entre Kuwait e Irak levantaron los americanos en su día una barrera electrificada, la Arabia Saudí ha erguido otra de novecientos kilómetros frente a Irak, Perú separa en Lima a barrios pobres y ricos con un cerco, Egipto otro para aislar la franja de Gaza, Uzbekistán está cercado íntegramente por alambradas y minas, y lo mismo ha hecho Bostwana frente a Zimbabwe, e India frente a Pakistán.

El “apartheid” físico, tan antiguo como la Muralla China o el Muro de Adriano, no estaba sólo en el Berlín en el que los soviéticos trataban de evitar la seducción de la libertad sino un poco por todas partes, allí donde una rivalidad o un enfrentamiento separe a los pueblos. La reacción más dura reclamaba en pleno franquismo cercar el País Vasco aunque hayan sido los aberchales los que han levantado esa pesadilla sabiniana. Caín y Abel son algo más que una metáfora, no de un incidente aislado sino de toda la historia humana.

2 Comentarios

  1. El mundo está dividido en dos mitades, como la especie, por lo que nada tiene de extraño que se dedique a levantar muros. Siempre ha sido así, siempre será así. Hay empecinados como usted y otros muchos que nos empeñamos en unficarlo y abolir fronteras, pero eso no es más que una utopía.

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