Pocos casos tan evidentes y lamentables de saqueo generacional como el perpetrado por las circunstancias en la llamada “generación del 56”, un plantel excepcional de talentos y conciencias ninguneado primero y finalmente excluido por las cohortes siguientes. Entrillados entre los rigores del franquismo y la almoneda oportunista abierta en la Transición, gente como Pradera, Tamames, Enrique Múgica, Luis Gómez Llorente, Elías Díaz, Alfonso Ortí y tantos otros planetarios de Ridruejo en la España de Ruiz-Giménez y Laín, jugaron la carta más difícil enfrentándose a una dictadura que nada puede definir mejor que el exabrupto con que uno de aquellos espadones memorables concelebró, en febrero de 1956, la sospechosa muerte de un joven “caído” del Régimen, en un disturbio estudiantil: “¡Mientras yo sea capitán general aquí no se mueve ni Dios!”.

 

De ese destino común me hablaba en Punta Umbría Ignacio Sotelo cuando, hace unos años, lo invité al foro de opinión que yo coordinaba a la sombra de un periódico independiente, curiosamente perplejo al evocar el modo ingrato con que, en efecto, fue sobrepasada aquella élite brillante e intelectualmente tan bien pertrechada que, salvo en un par de casos, tan escaso aprecio despertó en sus hermanos menores. Sotelo era, dentro de esa pléyade sin suerte, un espíritu aparte, de enorme potencial dialéctico, amplio talento humanístico y una rara sensibilidad que le permitió transitar incontaminado por aquel paisaje no poco dogmático, libre de criterio siempre y abierto sin condiciones al debate ideológico que incluía sin remilgos el ámbito espiritual. Mucho le debemos “los del 68” y mucho le debe mi propia tesis doctoral a sus consejos y a su intensa pesquisa moral sobre la naturaleza y sentido del Mal, ese fantasma que él enfrentaba sin temor en el terreno de una teodicea tan inquieta como reflexiva, despertando el recelo en los sectores más toscos entre sus conmilitones. Su noble y discreta “espantá” tras la primera maniobra crítica del felipismo así como su inteligente contribución a la imprescindible autocrítica de la sociademocracia aguardan en la hemeroteca un imprescindble rescate.

 

Sotelo, como tantos de sus jóvenes coetáneos, salieron rebotados del chalaneo tramado en Bad Godesberg e iban ya en desbandada cuando los alevines de la nueva generación ganó el asalto el geriático de Suresnes, y ello habría de suponer, en mi opinión, una irreparable pérdida en el futuro de la izquierda española en su conjunto y no sólo en el ámbito socialdemócrata. Pero si hubo uno entre esos perdedores que siguió su camino sin inmutar su criterio último, ése fue el Ignacio Sotelo –tan alemán, tan francés–, aquel que tan tempranamente nos replanteó el inmoderado culto a Sartre y con tan buída precisión supo alertarnos sobre los riesgos de la nueva democracia, el mismo cuyos demoledores diagnósticos pesimistas sobre el futuro imperfecto de nuestra democracia se verían confirmados –fracaso tras fracaso y corrupción tras traición– hasta cuajar en la actual ignominia. Saltarse una generación no suele ser buen expediente, opinaba ya Goethe desde su refugio de Weimar. Ignacio lo sabía y lo tenía asumido con la más grave dignidad.

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