Dicen que la intervención militar francesa en Malí no responde más que a los intereses neocoloniales de la metrópoli y, muy en especial, al objetivo de garantizarse las reservas de uranio que tiene ese país sahaliano. La opinión francesa acoge con desigual humor la decisión bélica, en especial tras la ocurrencia argelina de bombardear la empresa gasística en la que los terroristas encerraban a los rehenes. Las guerras en África –¿y dónde no?—tienen indefectiblemente su motivación económica y es de sobra conocido el tema del uranio malí, pero me parece impropio enfocar esta guerra como una simple invasión colonial sin tener en cuenta el peligro real que para Europa entera representa el avance de Al Qaeda en el Sahel. La UE ha dado a Hollande una respuesta ambigua, le ha pasado la mano por el hombro y se ha comprometido a participar simbólicamente en esa operación ante un peligro gravísimo que no cabe duda de que a todos concierne, quizá porque no parecía presentable una nueva edición de las invasiones de Irak o de la más reciente de Libia, a mi juicio menos justificadas que esta reacción frente a una estrategia perfectamente definida de acercar el terrorismo yihadista a los países europeos. Echen una ojeada al mapa y verán, seguramente con inquietud, que de ganar esa baza los bárbaros la amenaza que suponen para nuestro continente es rotunda. En el caso de Malí me parece que los europeos no son conscientes de lo que en aquel país se juega, que a mi juicio no es otra cosa que abrir un nuevo Afganistán a un tiro de piedra de nuestra propia costa. Esa guerra, tan fácil de comenzar, va a resultar, además, complicada cuando alcance las montañas cercanas a Argelia. Será entonces cuando se caiga en la cuenta de que dejar solo a un país frente a la gran amenaza puede ser un error fatal.

A la vista del rumbo que toman los países revolucionados en la “primavera árabe”, lo lógico sería buscar una estrategia común que disuadiera a los fanáticos antes de que se convierta en una rotunda necesidad adoptar medidas de fuerza en las que, inevitablemente, pagarían infinidad de justos por pecadores. El fundamentalismo es incompatible con la libertad y todo proyecto de esta índole debe ser afrontado como una necesidad común, sin excesos ni complejos. Puede que no esté lejano el día en que nos lamentemos, por ejemplo, de haber dejado sola a Francia en su intervención de Malí.

3 Comentarios

  1. Inteligente comnentario, tan distimnto de los que sueles ofrecernos los tertulianos (perdón, don ja, no va por uisted). Si en Malí Francia no tiene éxito, a todos nos irá muy mal. Colabvorar prudentemente en esa intervención es obligado para un europeo.

  2. Los argumentos del autor son clarísimos y contudentes. La pregunta es cómo encajará la opinión pública española (en gran medida entregada al buenismo y otras utopías) las eventuales consecuencias del apoyo a este intervención.

  3. La opinión es maleable, como sabemos, amigo Rafa. Nuestro amigo hace lo que puede denunciando estas cosas. Personalmente yo le suelo pedir que nos deleite con temas interesantes de esos que sus ciolegas ignoran.

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