Esta desmesurada manifestación provocada por el video sobre Mahoma ha costado ya mucho más de lo que pueda pagarse por un acto presuntamente blasfemo. Un ministro paquistaní ha ofrecido ante las cámaras de televisión un premio de 700.000 dólares para quien logre ejecutar sin juicio al autor del video, pero también he visto muchedumbres pregonando que la afrenta debe ser castigada con la horca. El Gobierno de Pakistán se ha desmarcado enseguida de su vengativo ministro, pero la agresividad extremista de esos grandes colectivos ponen en evidencia la distancia insalvable que separa a las culturas teocráticas de nuestras democracias. Hemos insistido mucho en comparar la transigencia cristiano-occidental ante las tremendas ofensas recibidas, con la respuesta irracional del extremismo islamista que ha dado en poner a precio la cabeza de quien se le antoje. Desde luego, que la ocurrencia del “Charlie Hebdo” y otros provocadores no merece la protección que les proporciona el principio de la libertad de expresión, sencillamente porque este tipo de agresiones sensibles no se agotan en la provocación misma sino que dan lugar a movimientos de imprevisible alcance y a pérdida de vidas humanas, cada una de las cuales descalificaría esa libertad provocadora. Pero, en definitiva, lo que consiguen es poner de relieve la imposible convivencia normal entre sociedades que se rigen por una voluntad mítica y aquellas otras que se someten a los dictados racionales de una ley que garantice el derecho a un juicio justo y el monopolio de la violencia por parte del Estado. Un ministro poniendo precio a la cabeza de un provocador religioso es el signo incuestionable de un fracaso medieval que no hay manera de compatibilizar con las culturas que se acogen a llave maestra de la civilización.

 

Todo esfuerzo de neutralidad al respecto está condenado al fracaso, por no hablar de una “alianza de civilizaciones” que se ha revelado, como era de esperar, en un mero brindis al sol en un tendido desde el que te llueven los botellazos. La propia “primavera árabe”, tan jaleada desde Occidente, demuestra que, en este momento de la historia, las fórmulas teocráticas y, en consecuencia, sus regímenes, no son más que una amenaza para el mundo post-moderno, y un riesgo que cada día resulta más inquietante dada la ubicuidad del progreso tecnológico. No cabe diálogo con el sordo. Puede que Occidente no repare en ese axioma sino cuando sea demasiado tarde.

2 Comentarios

  1. Me ha sorprendido que nadie protestara por mi anterior comentario algo provocativo….¿Qué pasa que nadie acude al blog? ¿Están todos manifestando?
    Desde luego hoy sí que estoy totalmente de acuerdo con don José António. Lo de la «primavera árabe se veía venir desde tiempo atrás. Y lo de hoy también, aunque la prensa y las teles occidentales tengan sus culpas; y no sólo Charlie Hebdo sino también todos aquellos que predicen y dan amplia cubertura al fenómeno:estamos en une «société du spectacle», por más que nos pese.
    Besos a todos;

  2. Esos pueblos están en el 1433. Nada más parecido a nuestra sociedad. Un ejemplo: El papa Eugenio IV delega en el rey de Portugal la conquista de las Canarias. Por aquí, Juan II de Castilla anda con los líos del Condestable y Alfonso V, también llamado el Magnánimo, ha nacido en Castilla pero es rey de Aragón y ya andan los nobles catalanes celosos porque hay demasiado castellano en el mando. El papado ha sufrido el Cisma.

    ¿Tanta diferencia hay entre aquel medioevo nuestro y la sharia? La ley divina es la que ordena las actividades del ser humano. Como hoy en el islam tradicional, donde la religión es la base del derecho. Esa sharia que procede de dos fuentes semejantes a las de entonces: el Corán y de la tradición.

    ¿Se imaginan aquel polvorín entre castellanos y aragoneses para no irnos muy lejos, si dispusieran de teléfonos móviles para hacer estallar unas mochilas de piel de cabra? Y mejor no imaginar la que hubiera liado el papa Luna, teniendo polonio a mano para quitar de en medio a sus adversarios.

    Es lo que hay. Y ciertamente no me repugna leer de vez en cuando a la Fallacci, por muy fascista que algunos la pretendan.

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