Siempre hemos sabido que los chinos comen carne de perro. Somerset Maugham contaba una anécdota estremecedora que él presenció, por lo visto, cuando con uno de sus selectos grupos de ‘vips’ visitaba el todavía “continente prohibido” y fueron a cenar a un restaurante en el que el propio cocinero se ofreció obsequioso a custodiar al faldero que mimaba una de las damas para acabar sirviéndolo luego en salsa agridulce. Ahora, en el marco de la campaña contra los JJOO de Pekín, una organización inglesa ha mostrado la terrible práctica de los restaurantes de la especialidad, puestos al descubierto por la cámara oculta de unos investigadores suyos que hubieron de ingerir, para garantizar su coartada, un horrendo surtido de pulmones, pene y corazón caninos, pero sobre todo, las intolerables condiciones de esa práctica culinaria que no excluye el sangrado lento ni el despellejamiento por inmersión en agua hirviente de los desdichados animales. Hay que recordar que la misma acusación sirvió a los activistas del animalismo para oponerse, como es natural sin éxito, a la celebración de la Olimpiada en Corea del Sur, país que, como Filipinas o Vietnam entre otros del sudeste asiático, incluyen en su dieta tradicional al presunto mejor amigo del hombre. Aún recuerdo la alarma provocada en Madrid en los años 60 cuando un periódico difundió la inverosímil nueva de que en los “asadores” de Coslada y San Fernando de Henares lo que se ofrecía al cliente dominguero no era precisamente cordero lechal sino perro común, alarma que el novelista Martínez-Menchén desmontaba esgrimiendo la razón práctica de que la cría de corderos habría de resultar al mesonero incomparablemente más fácil y cómoda que organizar una ganadería perruna. Leyendas del cambiazo ha habido siempre hasta el punto de no hubo venta caminera que escapara a leyenda campesina del gato por liebre y aún de otras sustituciones que preferimos olvidar. Otra cosa es confundir el fraude con tradiciones legítimas en las que –seguramente por falta de reses convencionales para nosotros– el perro tiene asignada su contribución a la dieta en proteínas cárnicas. No hay canibalismo si sobran vacas, decían con sorna los antropólogos franceses que colonizaron culturalmente México. Antes que ellos, Las Casas vio comer allí aquellos “perrillos que no ladran” y que a Cortés le parecieron “asaz buenos”.

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 Nada hay que objetar a la denuncia de malos tratos a los animales, que hace poco traíamos aquí a propósito del desalmado que hizo pasar por escultura viviente a un perro atado a la pared de cierta Bienal hasta que el animal murió de hambre y de sed. Otra cosa es no ver en ésta de los perros chinos una estrategia poco original que, además, resulta casi indignante teniendo en cuenta la débil respuesta del mundo llamado libre a la crudelísima situación por la que, ante su silencio, atraviesan los derechos del hombre en ese gigante en alza. Meterse en las cocinas de un país que no se recata ante la exhibición de ejecuciones masivas o que proclama su decisión de aplastar por las bravas la rebeldía del Tibet, para acosarlo con el sin duda cruel comportamiento de sus cocineros resulta, me parece a mí, no poco absurdo o incluso ingenuo, sobre todo por parte de un mundo que presenció entre curioso e indiferente la tragedia de la “revolución cultural” o las escabechinas del tardomaoísmo. Es horroroso el relato de esos debeladores, con sus canes cazados a lazo y desollados sin piedad, no cabe la menor duda, pero inquieta comprobar que la imagen de ese sadismo funcional que se produce entre los fogones acabe conmoviendo más al demócrata lejano que las sevicias tal vez no inferiores soportadas entre nosotros por otros animales destinados a alimentarnos. Aparte de que en China hay un animal tradicionalmente maltratado y ese animal no es otro que el pobre. Ése sí que sería un buen argumento para objetar sus JJOO.

10 Comentarios

  1. El sacrificio del animal se debe realizar mediante una rápida incisión con una cuchilla afilada en la espalda, cortando la vena yugular y la arteria carótida, pero dejando intacta la espina dorsal. “No obstante quien se vea obligado a hacerlo en contra de su voluntad y sin buscar en ello un acto de desobediencia, no incurrirá en falta. Es cierto que Allah es Perdonador y Compasivo. Corán 2:173.” Así se define el ‘halal’, que se practica en la calle en la fiesta del Cordero.

    La matanza ritual es efectuada por el shojet, y consiste en un corte profundo y uniforme en la garganta del animal, con un cuchillo perfectamente afilado y sin defectos. No es raro que el shojet y el rabino sean una sola y misma persona. Reglas mencionadas en la Torá para el ‘kosher’, inspirado en Levítico 11, 7.

    ¿No han elegido nunca una langosta o lubrigante en el acuario y se la han preparado en una mesa auxiliar?. Dicen que se oye el quejido del animal. Yo sí he cocido nécoras vivas, que se sonrojaban de inmediato -les daría vergüenza- al entrar en el agua hirviendo. ¿No se cuecen en agua muy tibia los caracoles y cuando salen de sus conchas, huy, se m’hascapao, se da fuego al máximo para que mueran fuera de ellas?

    Esta fraila ha comido gato. En una caldereta grande había tres o cuatro liebre y al menos dos gatos, todo mezcaldo. Era 28 de dciciembre.

    ¿Han visto una matanza en la sierra, no han asado la pajarilla o páncreas mientras casi humea la canal del guarro mientras el carnicero, o el experto, je, je, lo despieza?

    Como de vez en cuando en el restaurante de mi amiguita Xuen, alguna vez lo he dicho. Otras veces voy para traer la comida a casa, un par de rollitos, cerdo agridulce o pato lacado. Nunca le he preguntado a Xuen qué carnicería les abastece. Como tampoco creo haber probado carne de hombre chino, pero si lo hubiera hecho, ¿qué?

    ¿De qué nos asombramos los occidentales?

  2. Curiosa nuestra conciencia de singularidad que nos impide admitir usos y costumbres distintos a los nuestros. Los islámicos no comen cerdo y ahí los tienen. Lean a Marvin Harris, “Bueno para comer”, y verán. En lo que concierne a la crítica política, de acuerdo totalmente una vez plus.

  3. También yo leí la noticia y era escalofriante. Una cosa es lo que se come y otra cómo se sacrifica a esos animales que no tienen por qué sufrir atrozmente. Aunque jagm lleva razón: ¿hablarenos de perros mientras se sigue masacrando a hombres? Comprendo a los “amigos del perro” pero admitan que hay una diferencia.

  4. ¿Nunca comieron gato ustedes? Pues les asgeuro que varía poco de la liebre. ¿Comieron ancas de rana, cañaíllas, ostras…? ¿Y no les dio asco. Seguro que hay países donde se horrorizarían ante la idea de comer algo de eso.

  5. Y añada que hay quien se ocme los moluscos vivos, sion contar con que aquí es normal cocer vivos a los crustáceos. ¿A que no habían caído ne eso?

  6. Mis don Zángano y don NN. Sé que puedo ser plasta, pero lo que dicen vuesas mercedes ya lo dejo yo escrito ahí más arriba. (Seguro que hacen bien en saltarse mis diarreas verbales).

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