Ningún parecido esta vez con las epopeyas de los buscadores de oro. Nada que ver con la visión aventurera de Jack London, ni con la descorazonadora (¿moralizadora?) peripecia de Mark Twain, menos aún con la amarga pero serena historia que le contó a Primo Levi en la celda aquel preso que se ufanaba de controlar su “auri fames”, su hambre de oro, y que estaba convencido de que lo ideal para la rebusca era el tiempo claro y la luna menguante. Lo que está ocurriendo en Nigeria con motivo del descubrimiento de oro en yacimientos del estado de Zamfara es tan distinto y brutal que ha sido calificado como una catástrofe “sin precedentes” por el Centro de Control y Prevención de Enfermedades de EEUU y se resumía, hace ya semanas, en un balance provisional de 355 buscadores enfermos y 163 fallecidos, de los cuales 111 eran menores ¡de cinco años! Los mata el contacto con el plomo de los yacimientos, 10 microgramos del cual en sangre es motivo suficiente para hospitalizar a un contagiado, aunque se estima que la proporción de ese metal en la sangre de las víctimas supera allí treinta veces esa dosis. Está prohibido ese “trabajo”, es verdad, pero ya me dirán cómo evitar el suicidio colectivo en una población que sabe que unas horas le bastan para agenciarse un gramo de oro valorado en 20 euros mientras que para conseguir 15 kilos de mijo, cuyo valor es de 15 euros, necesitaría al menos tres meses. Ninguna iniciativa ha bastado para curar esta fiebre que, como en día las de Alaska o California, y aunque libres ya de aquella impronta romántica, no suele conducir más que al delirio. Todos sabemos que hoy existen otras alternativas a la fortuna súbita, es cierto, pero ninguna acaso tan acreditada en su entidad mítica como el ansia inmemorial de lograr por la vía rápida la opulencia acumulando oro.

 

Tres meses –de enero a marzo– han tardado los sabios en determinar que la causa de la extraña epidemia era el contacto con el mineral que esos pobres “diggers”, tras arrancarlos de las minas con sus propias manos, almacenaban en casa como un tesoro en espera de venderlo a los procesadores, pero ni la sobrecogedora experiencia ha resultado suficiente para disuadir de su sueño a un pueblo en la miseria. Allí siguen los niños mineros y allí seguirán, probablemente, hasta que algún bandazo del mercado los libere despertándolos, para devolverlos a la rutina del mijo, a esa condición de condenados de la tierra que los descolonizadores de los 60 creyeron ingenuamente haber liberado con una bandera empapada en sangre. Como sus iguales de Patagonia o Burkina Faso, como los garimpeiros paraguayos o los yanomami peruanos. Que el mito no tiene edad ni conoce límites lo sabe el hombre desde que tiene memoria.

8 Comentarios

  1. Otra vez el crimen, estña claro que no puede usted sustraerse a la emoción de esas informaciones. Ni usted ni nadie bien nacido, quiero decir. Le doy gracias –y soy bien poco sensiblero– por resaltar lo de los niños sacrificados al becerro de oro. Por sus propias familias hambrientas. Esto es canallesco. Leerle hoy parte el corazón.

  2. Las víctimas son los de siempre, querido don Griyo, y aunque entiendo su argumento, ya me dirá usted qué hacen esos niños, los vivos y los muertos, en esas minas. El problema de los niños explotados es sangrante, como aquí fue puesto ya de releieve alguna vez, y sus números asustan cuando se conocen por primera vez, casi tanto como los que son víctimas de otras explotaciones si cabe máscannalescas y desde luego más inmundas.

  3. Este “mondo cane” no tiene remedio y por eso me admira la tenacidad moral de jagm, viejo conocido en medio de este desierto intelectual, que no deja pasar ocasión de encender el foco y apuntar hacia las situaciones más desoladoras que se viven por ahí y por aquí. Hay que agradecérselo desde luego y así me gusta ahcerlo hoy que me decido a asomarme a esta página, que sigo diariamente desde hace años.

  4. Sólo decir que el tema es otra vez descorazonador. Hoy está en Madrid un gran jefe africano genocida de Ruanda y andan discutiendo sobre si debe ser recibido o no por los jefes de democracia. Este mundo es un teatro.

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