El optimismo es estimulante, no cabe duda, pero hay que manejarlo con discreción, sobre todo en momentos críticos, para evitar que contribuya a la parálisis. Escuchar, por ejemplo, al consejero de Economía lanzar esa consigna apresurada de “No hablemos más de crisis” resulta poco sensato, por decirlo suavemente, ya que los indicios de mejora a los que se agarra no pueden ser en absoluto tomados ya como datos definitivos. Aparte de que la crisis, además de un concepto, es una realidad que comprueban en su carne diariamente millones de ciudadanos, y al margen, por supuesto, de que las previsiones más acreditadas prevén todavía crisis para rato. Ávila sabe que exagera. Si no lo supiera sería de lo más peligroso.

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