En un extenso artículo publicado hace unos días en este periódico, Ignacio García de Leániz se quejaba, no sin razón,  del olvido con que se ha vivido en España el bicentenario de la muerte de Jovellanos, acaso nuestro “ilustrado” de más alto fuste y mayor enjundia. Vaya por delante que yo mismo tuve el honor de coordinar recientemente en los Reales Alcázares de Sevilla un ciclo de conferencias que se vio correspondido por una digna asistencia espontánea y, en efecto, como era de esperar, por la ausencia más absoluta de nuestros responsables políticos y administrativos, incluidos los de Cultura. No sé, francamente, de qué se extraña nuestro autor teniendo en cuenta que la propia Universidad, a la que él pertenece, apenas si se ha acordado de la efemérides, que es lo normal un en un país desmemoriado en el que la tradición cultural tiene el peso que tiene, que es, ciertamente, bien poco. Este mismo año se debería haber conmemorado el 75 aniversario del fallecimiento de Unamuno y tampoco es que el acontecimiento haya dado para mucho, aparte de pullas aisladas que aquí y allá hemos podido ir coleccionando, atinentes las más de las veces a su controvertido perfil político de los últimos tiempos. Y se comprende la dificultad en esta coyuntura tan maniquea, ya que Unamuno –el entrañable maestro de mi generación– tuvo unos amenes no poco extravagantes como lo prueba su expediente en el que consta una destitución durante la monarquía, otra por parte de Primo de Rivera, una reposición por la República, una nueva destitución por Azaña, la nueva restitución por los franquistas y, en fin, el famoso incidente con Millán Astray que honra al hombre íntegro que fue siempre y más allá de todos los equívocos.

Hoy falta temple en esta sociedad para conmemorar al español más conocido de su época en buena medida porque los movimientos fascistas hicieron de él un referente propio motivados por los guiños que él mismo les hizo. No hay que olvidar que aquel “excitator Hispaniae”, penetrante y conmovedor a un tiempo, el liberal rabioso, era llamado “grande de España” por Ramiro Ledesma, dialogaba con José Antonio y era exaltado por Giménez Caballero. Es delicada la memoria y exige para ser auténtica un tacto fino que entre nosotros escasea. Don Miguel, por ejemplo, es un gigante de nuestra cultura pero los inquisidores hodiernos sin duda le buscarían a su gato los tres pies. Y él lo sabía y lo dejó dicho. “Son tan brutos que sigue siendo posible que un español se haga, como me hecho yo, una reputación mundial sin que ellos se enteren”. No veo la menor razón para esperar que tres cuartos de siglo después haya desaparecido esa bruticie.

3 Comentarios

  1. Querido ja, Unamuno siempre estará ahí para nosotros. Con toda su vehemencia, con todas sus locuras, con su enorme cultura, con su horadez radical. Miremos hacia atrás para consolarnos.

  2. No sé de qué se extraña ese profesor. En cuanto a lo de Unamuno, conforme. Ya lo explicó usted, mi don ja, en “Los fascistas y el 98”, tan citado en su día por Umbral, para que vea que me acuerdo.

  3. Soy sospechosísima pues Unamuno es mi autor predilecto entre los modernos españoles….Con Delibes.
    Besos a todos.

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