La moral sexual tiene evidentemente su calendario propio. Conceptos como el pudor o la decencia son de naturaleza histórica de manera que lo que en un momento se aprecia como normal en otro puede considerarse perverso. Choderlos Laclos o el mismo Sade serían unos pringaos si los juzgara Sócrates o el Píndaro que murió con el atleta recostado en sus rodillas. El modelo de sexualidad cambia con los tiempos y los contravalores también, hasta el punto que reveló el escandaloso affaire protagonizado por intelectuales franceses a fines de los años 70 cuando reclamaron en un manifiesto la despenalización de las relaciones sexuales entre adultos y adolescentes impúberes. Desde Foucault a Derrida o Gilles Deleuze, de Lyotard a Guattari, desde Sartre y Simone de Beauvoir a la eminente psiquiatra (¡católica!) Françoise Dolto y otros muchos pusieron bandera a la reivindicación libertaria tradicionalmente considerada nefanda en el civilizado Occidente. Lo dicho: ¡los tiempos!

En este que vivimos asistimos a la creciente puja de una flamante moral transgresiva que comenzó con la justa y tímida reclamación de la igualdad sexual y, apadrinada por Zapatero, discurriría luego embalada a fuerza de golpes de tuerca: un día la legalización del matrimonio homosexual, otro la del derecho de éste a la adopción, el siguiente la ascensión del supremacismo gay y así sucesivamente en una parábola de imprevisible órbita culminada hace poco por una ministra del Gobierno declarando en las redes sociales a una pareja de lesbianas que ella también lo había sido en su adolescencia y que incluso hoy, en una escala del 1 al 10  (representativos de la homo y la heterosexualidad), ella se consideraba situada “en un 3” o “quizá en un 4 o un 5”. Por su lado, el PP andaluz permitió con su abstención este verano una proposición parlamentaria que disponía que los centros escolares celebraran festivamente el Día del Orgullo Gay: todo vale contra ese “patriarcado heterosexual” que está dando de comer a tanto apóstol/a de la transgresión sexual acogido a esa condición como máximo indicador de prestigio en la mentalidad emergente.

Por mí, francamente, como si se operan, pero permítanme que muestre mi estupor ante el absoluto y extraño silencio de unos “medios” como los nuestros, tan incansables en la crítica y la denuncia. ¿Habían visto algo tan impresentable como una “miembra” del Gobierno fantaseando genitalidades en público con dos “bolleras” (así se califican ellas en el video)?  Bataille y Apollinaire serían lo que ustedes quieran pero, al menos, tenían talento. Estas amazonas en nómina, por el contrario, agotan el suyo en un papel de fumar o en un pareado obsceno. Mala suerte la nuestra quizá, pero es la que hay. Lo que ellas no saben es que cualquier día otra rebeldía cualquiera les arrebata la misión… y la bicoca.

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