Cada tarde el aplauso rompe el silencio eremita y me convoca al balcón. Hay que ovacionar a los sanitarios, esos héroes que están dando una denodada lección de civismo al gentío confinado. ¡Cómo no sumarse a esa convocatoria! Cierto que no nos acordamos de santa Bárbara hasta que truena y más cierto aún el hecho de que el habitante de la sociedad del bienestar ve en el hospital un orbe lejano en el que no suele pensar más que cuando la fatalidad propia o ajena lo fuerza a visitarlo.

Un vecino rompe el silencio de la calle solitaria atronándolo con la “Marcha Real” en un homenaje a los trabajadores clínicos, poco a poco van abriéndose balcones hasta que la calle cobra una apariencia teatral celebrada entusiásticamente desde sus palcos y plateas, y alguien enjuga una furtiva lágrima. Muy bien, nos estamos portando como corresponde. Esos héroes, tras tanto riesgo corrido y tantas jornadas agotadoras, no se merecerían menos.

¿Y más, se merecerán algo más que una ovación vesperal esos héroes? Contemplo no poco confuso el cívico espectáculo en el que se palpa la emoción espontánea de un pueblo unido por la desdicha común, y me pregunto cómo cohonestar este clamor de gratitud con la indiferencia  habitual con que, lo mismo peatones que gobernantes, han venido ignorando año tras año la situación profesional de esa profesión. Que yo recuerde, no se ha aplaudido a médicos y sanitarios cuando han sido agredidos un día sí y otro también, cuando ha sido pública y notoria –¡tantas veces!— su excesiva carga de trabajo o la gravedad de su riesgo laboral. Un galeno de base, de guardia en Matalascañas, tuvo un día tal parroquia doliente que cayó fulminado, ya de madrugada, por un infarto. ¿Alguien lo ovacionó o le honró nada menos que con el himno nacional? ¡Qué va!

Nada más lejos de mi intención que objetar el actual homenaje. Sólo he querido decir que, más allá de estas ofrendas cordiales, lo que debemos a esos hoplitas, es una reforma que otorgue a su profesión la dignidad que merece. Nuestra estupenda sanidad ha permitido abusos como las indignas urgencias borreguiles,  la afrentosa negativa a concederle al sanitario –en su territorio– la condición de autoridad pública o el contradiós  ¡de contratar médicos por hora! Todo eso debería haber  sido “escrachado” con una sonora pitada desde nuestros balcones y no se hizo. Cuando salgamos de la pandemia habría que saldar sin regateo el inapreciable mérito de estas otras víctimas de nuestro endémico desdén.

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