Ha fallecido en Villanueva del Ariscal, su pueblo entrañable, Antonio Herrera, el viejo profesor e investigador incansable, autor de una obra pionera e imprescindible en el área, tan desagradecida, de la historia local, pero de una historia local firmemente uncida a una memoria general que le deberá siempre una luz nueva sobre nuestro pasado. Hace años que, para acompañar a sus amigos de la revista Hespérides, pergeñé una evocación suya en la que lo contemplaba como el maestro silencioso, amable azacán retirado de tantas vanidades inútiles y atento sólo a su tarea: veo siempre y de cerca a Antonio –decía entonces– acogido al retiro solariego de su casa aljarafeña, tranquilo y diligente, encumbrado en su buhardilla o discurriendo apaciblemente a la sombra de un naranjo reventón que, con un ciruelo injertado y un “amasco”, constituyen su huerto ameno. Y así he continuado viéndolo durante años, nunca ocioso, equilibrado siempre y empeñado en esos desafíos de la memoria que constituyeron la obsesión de su vida.

Muchas veces hemos departido los dos amistosamente sobre el incomprendido valor de esa historia local –en su caso, la del Aljarafe sevillano, pero no sólo ésa—que, como solía decirnos el maestro Caro Baroja, no es sino la materia prima de la “otra historia”, la “general”, que malamente se tendría en pie sin el apoyo firme del conocimiento de esa realidad concreta, cuyo contenido abarca mucho más de lo que Unamuno entreveía en la que él llamaba “microhistoria”. Doctores tiene la Iglesia, suele decirse, pero para mí que la obra que nos ha legado Antonio Herrera deberá contribuir, y mucho, a la revisión detallista de las grandes hipótesis historiográficas sobre el pasado de nuestra tierra, y muy en particular sobre el amplio panorama que incluye desde el Renacimiento hasta la Ilustración. Me acojo a la autoridad de Sir John Elliot, académico de honor de la Real Sevillana de Buenas Letras –de la que Antonio era miembro Correspondiente—, cuya respetuosa admiración por esta obra silenciosa y, en concreto, sobre la que trata de la compleja circunstancia del “Estado de Olivares”, me expresó sin reservas en su día.

La obra de Herrera comprende una laboriosa e inacabable relación de estudios y publicaciones, y una aportación bibliográfica en la que su decisivo estudio sobre el Aljarafe sevillano durante el Antiguo Régimen –materia de su tesis doctoral, dirigida por su maestro Julio González— se vería luego ampliada por el magistral y ya mencionado sobre el Estado de Olivares y por diversas historias locales como las de Gelves, Bollullos de la Mitación, el Campo de Tejada, Castilleja de la Cuesta y la despoblada Castilleja de Talara, San Juan de Aznalfarache, Huévar y, en fin, la de su pueblo, Villanueva del Ariscal. Una obra trabajada en laborioso paralelo –Herrera fue un historiador archivístico más que libresco— con su larga tarea pedagógica como profesor de Historia, tanto en la Universidad como en la Enseñanza Media, en Cuenca, Málaga o Sevilla, en cuyos respectivos Institutos ejerció también cargos directivos. Alma de la Asociación Hespérides, foro y palenque del profesorado ejercido por historiadores y geógrafos, militó siempre en la viva preocupación por la decadencia de la enseñanza y sus causas, nunca extremado, sin perder los estribos, terne siempre en su ideal y convencido por el apotegma senequista de que “Homines dum dicent discunt”, de que los hombres aprenden al tiempo que enseñan. Antonio nos deja su ejemplo de hidalgo ilustrado y empedernido estudioso, su memoria de hombre cabal y ajeno al mundo, atento sólo a su deber de historiador y a su labor de docente, “rara avis”, sin duda, en este universo nuestro tan personalista y extrovertido.

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