El imaginario que inspira la odisea pionera del Oeste americano nos tiene familiarizados con el pistolero que pasea tranquilamente por las calles o entra en el saloon del poblado luciendo sus revólveres al cinto. Desde la semana pasada también podrá verse la misma escena en Texas, como ya se venía viendo en Oklahoma desde 2011, siempre que las lleven visibles en la cadera o en una funda terciada sobre el hombro, algo que, sin duda posible, constituye una victoria sin paliativos de un primitivismo para el que las frecuentes tragedias provocadas sobre los ciudadanos inocentes por frenópatas armados, importan más bien poco. Obama, “pato cojo” al fin y al cabo, poco va a conseguir con su intensa presión para conseguir el control de armas en manos privadas en un país que mantiene la idea de seguridad propia de los pioneros en sus caravanas o de los buscadores de oro que bajaban los sábados a los burdeles. Nada mejor que un arma en tu propia mano si te ves amenazado: he ahí la premisa falsa pero indeclinable que el yanqui lleva incrustada en el lóbulo temporal que es donde creo que se conservan nuestras ideas y recuerdos. Y pocas cosas tan fáciles como adquirir una de ésas –incluso “de guerra”—con sólo mostrarle al maestro armero el carné de conducir. Cientos de masacrados por locos y cuerdos en sus arrebatos no han logrado convencer a ese pueblo grandioso pero adolescente de que la seguridad que procura el revolver al cinto no es más que un embeleco imaginario. Y al western lo que es del western.

Es inútil exhibir estadísticas ante una población tan profundamente convencida de la bondad de la defensa propia. Las matanzas se suceden de manera casi ordinaria, más o menos a un ritmo de tres muertes por hora causadas por arma de fuego –es la principal causa de muerte en EEUU—, sin contar las tres muertes diarias a manos de agentes de policía, con preferencia sobre “blancos” afroamericanos. Pero no sólo en EEUU. En Venezuela, según informes oficiales, se producen entre setenta y ochenta muertes criminales diarias, un total de más de 250.000 víctimas durante la odisea bolivariana, es decir, en poco más de quince años, y en México alcanzan ya la cifra de 125.000 muertos las de la narcoguerra. En la España de 2015 han sido 57 las mujeres asesinas por hombres. Nos falta sólo eso: el derecho a portar armas a la vista de todos como un emblema invertido de la seguridad. En los EEUU ya lo van conquistando legalmente entre el miedo y la arrogancia.

2 Comentarios

  1. Dice el proverbio que el que viaja en moto o ha tenido un accidente o lo tendrá.

    Mutatis mutandi, quien porta un arma de fuego más pronto o más tarde, con razón o sin ella, hará uso de la misma.

    Jesús Mª Amilibia, conocido periodista, llevaba a mano un arma de fuego. En una simple discusión de tráfico disparó contra el oponente.

    Los hermanos Izquierdo, Puerto Hurraco, tenían licencia de caza y valiosas escopetas. La que liaron.

  2. Un comnocido mío dice cuando ve a un motorista: «¡Ahí va un donante!»… de órganos, se entiende.

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