Cuentan y no acaban en Santander sobre el nuevo obispo de Huelva, monseñor Vilaplana: que si su obsesión es la pobreza, que si se desvive por “los de abajo”, que si da hasta lo que no tiene… En Huelva, en cambio, la recepción se ha resuelto de entrada en la consabida comidilla cofrade, un poco en línea con la ya supongo que olvidada polémica mantenida con su antecesor, del que algún capillita conspicuo llegó a decir que, con un castoreño en la cabeza, venía a ser un picador. El obispo tendrá que entender, por supuesto, la peculiar idiosincrasia que tanto valora la religión popular, pero resulta obligado que las hermandades de lo que sea acepten su papel subordinado en el orden eclesiástico. Dicho esto desde fuera del tinglado –que es como está dicho—sólo queda apostar por una paz que permita a quien encabeza una institución tan influyente ejercer su papel profundo sin perderse en tiquismiquis. Porque ya digo que, en su anterior diócesis, cuentan y no acaban sobre ese pastor en relación con esas cosas fundamentales en las que en Huelva queda tanto por hacer. 

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